El sable de San Martín, el odio de Rivadavia y Milei.
Por Mariano Saravia.
Hace exactamente 200 años, Rivadavia disolvía el Regimiento de Granaderos a Caballos. Hoy, Javier Milei le entrega a ese regimiento el sable corvo de José de San Martín. Pareciera que hay una contradicción en esos dos hechos, pero no los hay. Rivadavia es Milei, y Milei es Rivadavia, por sus formas y por sus contenidos.
Fue Rivadavia quien abrió la economía argentina en aras de la “libertad”… de mercado, obvio, y con eso destruyó las pequeñas economías regionales, exactamente lo que hace Milei, que en dos años mandó a la quiebra a 20 mil pymes. Fue Rivadavia quien tomó el empréstito Baring Brothers, dando inicio a la perversa deuda externa, un calco de la monstruosa toma de deuda de Milei. Fue Rivadavia quien benefició a los ricos y perjudicó a la mayoría del pueblo, igual que Milei. Y fue Rivadavia quien, por su subordinación al imperio de turno, Inglaterra, entregó la Banda Oriental, comparable con la obsecuencia arrastrada de Milei con el actual imperio: Estados Unidos.
Por lo tanto, no hay contradicciones entre Milei y Rivadavia. Tampoco en la cuestión del sable corvo de San Martín, el Museo Histórico Nacional y el Regimiento de Granaderos a Caballo. En realidad, hay una coincidencia total porque a los dos los mueve un odio visceral. A Rivadavia y a Milei los mueve el odio y el veneno que los carcome por dentro. Tanto odio tenía adentro Rivadavia, que se odiaba a sí mismo, sobre todo odiaba su origen mestizo, hijo de un español y una negra portuguesa. De chico, sus amiguitos le decían cruelmente Chocolate o Sapo del diluvio. Y de grande, se empolvaba la cara para blanquearse. Milei también tiene cuentas pendientes consigo mismo, con su historia personal, familiar y social, y con su apariencia física, por eso siempre sale en las fotos con esa ridícula pose de bajar la cabeza, fruncir los labios y chuparse los cachetes.
Y ese odio lo encausan los dos principalmente hacia sus opositores políticos. El gran enemigo de Rivadavia fue siempre San Martín. Desde el principio y hasta el final. Desde que el 8 de octubre de 1812, recién llegado, San Martín con sus Granaderos a Caballo, se plantó frente al Cabildo e hizo caer el Primer Triunvirato, que manejaba desde las sobras justamente Rivadavia.
Ese encono de Bernardino se transformó en espanto cuando vio el gobierno que hizo San Martín en Mendoza: una reforma agraria para repartir tierras entre los campesinos, una reforma tributaria para cobrar más a quien más tiene, un impuesto a las grandes fortunas, una política productivista y proteccionista y la expropiación de mulas, joyas y esclavos a los de la alta sociedad.
El encono y el espanto derivaron en odio cuando San Martín desoyó las órdenes de Buenos Aires en 1819 que pretendían que dejara de lado la liberación del Perú para volver con el Ejército de Los Andes a combatir a los caudillos artiguistas. Por todo ese odio acumulado no quiso ayudar a San Martín cuando ya gobernaba en el Perú e intentaba terminar la guerra contra los realistas, y por eso el nuestro dio el paso al costado en la famosa entrevista de Guayaquil, dejando paso a Bolívar.
Y todo ese odio de Rivadavia se vio también cuando San Martín, en 1823, quiso instalarse en Mendoza para cultivar su finca. El liberal le mandó espías, le abrían la correspondencia, le inventaron un cuaderno falso en el que San Martín supuestamente reconocía hechos de corrupción, y hasta intentó matarlo tres veces con sicarios a sueldo. Finalmente, lo mandó al exilio, un 10 de febrero de 1824, para nunca más poder volver a la Patria.
Pero el odio es un sentimiento tan poderoso que no se extingue ni se satisface nunca, y a Rivadavia no le bastaba haber mandado al exilio a San Martín, él quería que no quedara ni el recuerdo, ni el olor a San Martín. Y por eso, durante su presidencia, hace exactamente dos siglos, en 1826, disolvió por decreto el Regimiento de Granaderos a Caballo. Así como lo estás leyendo, el Regimiento de Granaderos a Caballo dejó de existir y recién se refundó en 1903, durante el segundo mandato de Roca.
El odio también es el verdadero motor que mueve a Milei. Hoy no se trata ni del sable corvo, ni de San Martín, de quien Milei no tiene idea ni quién fue ni qué hizo, tan es así que lo llamó “Juan José”, justamente el año pasado en el 213° aniversario de la creación del Regimiento de Granaderos a Caballo. No, tampoco se trata de Rosas, ni del Museo Histórico Nacional. Se trata de su odio hacia el peronismo, porque fue en 2015, durante el gobierno peronista de Cristina Fernández, que el sable corvo volvió adonde debe estar: el Museo Histórico Nacional. Y entonces ahora él hace lo contrario. Si Cristina hace a, él hará b, y viceversa.
Pero, ¿por qué digo que es en el Museo Histórico Nacional donde debe estar el sable? Veamos.
La historia del sable
Este sable corvo es un shamsir, es decir, una típica cimitarra de origen persa, que se usaba mucho a principios del siglo XIX, especial para caballería y para degüello de las tropas enemigas. San Martín lo compró en un anticuario de Londres en 1811. Podría haberlo usado en el combate de San Lorenzo, pero lo que es seguro es que lo acompañó toda su campaña militar en Sudamérica, entrando en acción en Chacabuco y Maipú.
Cuando Rivadavia lo mandó al exilio con su hija Merceditas, San Martín dejó el sable en consignación a su amiga Josefa Morales de los Ríos, pensando que algún día volvería a su Patria, cosa que no sucedió. En 1832, cuando Merceditas se casó con Mariano Balcarce y vinieron de luna de miel a la Argentina, San Martín le pidió que le llevara su sable, y así fue. Lo tenía en su casa de Gran Bourg, en las afueras de París. Finalmente, en su testamento de 1843, San Martín legó el sable a Juan Manuel de Rosas, por haber defendido la soberanía argentina frente al bloqueo y la agresión de Francia e Inglaterra que enarbolaban, oh casualidad, la bandera de la “libertad”… de comercio.
En su testamento, el Libertador dice textualmente: “El sable que me ha acompañado en toda la Guerra de Independencia de la América del Sud, le será entregado al General la República Argentina Don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de la satisfacción, que como argentino he tenido al ver la firmeza que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los Extranjeros que tratan de humillarla”.
Inmediatamente después de la muerte del Padre de la Patria, Merceditas cumple con su deseo y manda el sable a Rosas. Pero va a estar poquito tiempo aquí, porque en 1852 Urquiza derroca a Rosas en la Batalla de Caseros y la historia se repite: también Rosas se tiene que ir al exilio y se lleva consigo el sable de San Martín.
A fines de la década de 1880 se crea el Museo Histórico Nacional a instancias del historiador Adolfo Carranza, quien fue su primer director, durante 25 años. Muerto Rosas, su hija Manuelita recibe el pedido de Carranza para que el sable vuelva a la Argentina y sea exhibido en el Museo. Carranza había sido siempre un acérrimo anti rosista, y, a pesar de eso, Manuelita no lo duda y dona el sable. Pero en la documentación figura que la donación es al Museo Histórico Nacioanal, con la condición de que se exhiba ahí, y no en otro lado.
El sable llegó a Buenos Aires en 1897 y estuvo siempre expuesto en el Museo Histórico Nacional, de donde fue “secuestrado” dos veces en los años ’60 por militantes de la Resistencia Peronista. En 1967, el dictador Juan Carlos Onganía decidió exactamente lo que hoy decide Milei: trasladar el sable corvo de San Martín, del Museo Histórico Nacional al Regimiento de Granaderos a Caballo. Una decisión que revirtió en 2015 el gobierno peronista de Cristina Fernández, para que volviera adonde debe estar, y exhibido a todo el público.
Publicado en El Diario de Carlos Paz: https://www.eldiariodecarlospaz.com.ar/informes-especiales/2026/2/7/el-sable-de-san-martin-rivadavia-milei-254469.html
