Narración basada en hechos reales. Mónica Bardi.
Y no quedó más remedio. Todos nos resistimos pero no hubo caso: al gato Tito hubo que hacerle una testiculotomía, o sea, cortarle sus huevecitos, castrarlo. ¡Qué palabritas, mamita mía! La decisión se tomó porque volvía destrozado de sus aventuras nocturnas: gatos, gatas y gates, como se dice ahora, caían bajo su mágico influjo de tipo entre seductor y mafioso, como Al Pacino. Vivía entre el amor y el odio, los celos y la competencia; a juzgar por el estado en que retornaba al hogar.
En la familia se intentó todo para encarrilar a ese felino adolescente pero sin ningún resultado. El Cuaco, mi ganso ampurdanés, lo regañó severamente, graznando a todo volumen, yo también pero no graznando sino hablándole dulcemente; mi hija se horrorizó al verlo en ese estado y le gritó, mi nieto le advirtió que sus aventuras siempre habían terminado mal, quizás basándose en su propia experiencia. Pero para Tito toda admonición era inútil porque su conducta era compulsiva. Se veía empujado por fuerzas irresistibles a conquistar el imperio persa, o sea, la casa del vecino: lo deberíamos haber bautizado ALEJANDRO.
Cuando las heridas en su carita felina adquirieron tintes dramáticos se lo metió en un transportín con destino a un veterinario y adiós a sus posibilidades de dejar descendencia. O quizás ya la dejó y no supimos nada. Es que no cuenta nada el muy boludo: todo en su vida es un misterio, como un vulgar Vito Corleone.
Y ahora la secuencia: para que se le curara la profunda herida de la cara hubo que ponerle ese espantoso collar isabelino y cortarle las uñas de las patas traseras, impedirle salir al jardín y que se acostumbre al cajón de arena en el baño.
Sufrió mucho pero fue todo lo buen paciente que pudo: se dejaba desinfectar y poner la crema cicatrizante dos veces por día. Tomaba las pastillas mezcladas con delicatessen para gatos. Por la noche, sin embargo, era cuando venían los problemas. Maullaba agónicamente por los pasillos de la casa pidiendo guerra porque las hormonas restantes todavía tiraban de él, pero nadie le abría la puerta o la ventana hasta que se curara. El gato desesperado. Pero claro, hay que entender que Tito está a cargo de un extenso jardín y allí no puede entrar nadie que no sea humano: es mucha responsabilidad para un bicho de año y medio.
El ganso Cuaco salta las alarmas con su trompetilla aguda, pero para más no da el pobre plumífero.
Así que un nuevo sonido salió de la garganta de Tito: un rugido. Sí, un rugido siempre nocturno. Sorpresa general: ¿y ese nuevo ruido teñido de salvajismo? Todo el mundo saltó de la cama, varias puertas de dormitorios se abrieron y otros tantos ojos legañosos miraron al pasillo: allí estaba el guardián nocturno emulando a un león y exigiendo más libertad. Sólo le faltaba una motosierra para destrozar obstáculos, cualesquiera que estos fueran.
Los días pasaron lo mejor que pudieron, las heridas se fueron curando lentamente y por fin se le pudo sacar el agónico collar gótico, aunque se le volvieron a cortar las uñas de las patas traseras. Como verán, todo es a base de filos, tijeras y bisturíes. De a poco fue cicatrizando, ganando libertades y el jardín recuperó a su panóptico atento y vigilante. Afortunadamente, las hormonas descendieron y su agresividad quedó como de película cómica. Ahora tiene un severo retroceso: un ataque de gatitis, o sea, algo parecido a la mamitis que es el apego a su "madre". Que vengo a ser yo. ¡Tendré que poner una cama de matrimonio, mon Dieu!
Que privilegio ser un gato si fuera un hombre .A este lo atendemos Al hombre lo echamos y las ganas de castrarlo quedara platónico
ResponderEliminarTe traerá menos problemas que un HOMO_ BIPEDO_🤔
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