miércoles, 1 de abril de 2026

TITO

 Cuento corto ilustrado de Mónica Bardi.


Esa casa y ese jardín tenían propiedades magnéticas, pero nadie se explicaba porqué. Allí vivían 2 viejitas malhumoradas, que, sin embargo, con resignación monacal  aceptaban la invasión, ya que  misteriosos e invisibles imanes atraían todo tipo de seres vivos: desde vegetales y bacterias hasta homo sapiens. De repente aparecían flores exóticas, gansos perdidos, gallinas silvestres, perros huérfanos, personas sin hogar, y siempre, siempre estaba ese lugar abierto a todas las razas, etnias y especies. Así fue como una gata preñada decidió que un porche oscuro era ideal para dar a luz a su progenie. Pasado el parto y la primera lactancia la muy desapegada se enamoró de un gato canalla y con viento fresco se largó. El ganso ampurdanés avisó con su aguda trompetilla que cuatro mamíferos pequeños quedaban abandonados; las damas de noche, espantadas, se cerraron en lugar de abrirse, el gran danés se durmió, demostrando así  su bajo nivel de implicación, las gallinas dejaron de empollar los huevos, el virus del covid huyó y algunos mirlos salieron de su nido para picotear la ventana. Hasta la luna se nubló, pero ninguno lograba hacerse entender a los bípedos que vivían bajo techo. Sus idiomas eran babélicos, no solo por las diferentes especies sino que serias comprobaciones científicas habían postulado que los humanos tampoco se entienden entre ellos. 

Afortunadamente la malhumorada  abuela siciliana de la posguerra pensó que algo raro pasaba y rescató a los gatitos. Cuando crecieron se fueron yendo y solo quedó el gato Tito, el negro, el último en nacer. 

Pero entonces cayó un meteorito... ¡no, mentira! Eso no viene ahora. 

En medio del jardín había estacionada una caravana que un hijo de la señora malhumorada y su esposa decidieron limpiar esa tarde y la dejaron impecable. Terminada la limpieza, cerraron y se fueron a su casa, en otra ciudad. Pasaron las horas y oscureció. La madre malhumorada notó la ausencia de Tito, aunque en principio no le dió importancia: los gatos, aún castrados, adoran la noche y Tito, además, tenía mucha responsabilidad como guardián permanente de ese enorme y  variopinto zoológico/botánico. Pero conforme avanzaba la hora ella empezó a preocuparse y salió afuera a buscarlo con la linterna. Oyó unos insistentes maullidos pero muy amortiguados; se acercó a su coche para ver si se había quedado en el maletero, que le encantaba, pero no, ahí no estaba. Miró en el bombo de la lavadora porque ése era su llugar preferido en invierno pero allí no estaba. Fue a la caravana y, para su sorpresa, vio unas patitas negras arañando con desesperación el mosquitero. El muy tarado quiso jugar al escondite y se quedó encerrado. ¡Y nadie tenía la llave! "¿Y ahora qué hago?", pensó la pobre mujer. Como siempre, la abuela malhumorada de la posguerra vino con la solución. Con una ganzúa polvorienta arrumbada en un viejo baúl, recuerdo de su lejana juventud en la mafia siciliana  forzó la cerradura para dejar salir al bicho que, con actitud poco agradecida, parecía expresar: "Ya era hora". Entre la madre y la abuela le dieron una fuerte reprimenda al aspirante a okupa quien, con indiferencia felina, paseó su sedoso pelaje por los alrededores para comprobar qué había ocurrido en su ausencia. 

Asi fue como Tito se largó a filosofar sobre su vida y luego de beber y comer, pensó: "como  inmigrante indocumentado que soy (aunque nací en esta tierra), siempre desée dormir en ese espacio restringido y prohibido para mi... y por un momento lo disfruté a solas, con gran placer. Pero pasaron las horas hasta que el pánico se apoderó de mí. ¿Y si alguien llamaba a la policía de inmigración? Sentí sudores fríos en mi espalda peluda, hambre de saltamontes, sed de luciérnagas, deseo de luz de luna. Por fin, esos bípedos que me criaron también me liberaron, aunque de mi nuevo refugio para siempre me desterraron, pero a la policía, afortunadamente, no llamaron. Todo caos inesperado trae un orden necesario. ¿Dónde leí eso?" terminó pens

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