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miércoles, 1 de abril de 2026

TITO

 Cuento corto ilustrado de Mónica Bardi y de Cuyén Hidalgo Bardi.


Esa casa y ese jardín tenían propiedades magnéticas, pero nadie se explicaba porqué. Allí vivían 2 viejitas malhumoradas, que, sin embargo, con resignación monacal aceptaban la invasión, ya que misteriosos imanes atraían todo tipo de seres vivos: desde vegetales y bacterias hasta homo sapiens. De repente aparecían flores exóticas, gansos perdidos, gallinas silvestres, perros huérfanos, personas sin hogar, y siempre, siempre estaba ese lugar abierto a todas las razas, etnias y especies. Así fue como una gata preñada decidió que un porche oscuro era ideal para dar a luz a su progenie. Pasado el parto y la primera lactancia la muy desapegada se enamoró de un gato canalla y con viento fresco se largó. El ganso ampurdanés avisó con su aguda trompetilla que cuatro mamíferos pequeños quedaban abandonados; las damas de noche, espantadas, se cerraron en lugar de abrirse, el gran danés se durmió, demostrando así  su bajo nivel de implicación, las gallinas dejaron de empollar los huevos, el virus del covid huyó y algunos mirlos salieron de su nido para picotear la ventana. Hasta la luna se nubló, pero ninguno lograba hacerse entender a los bípedos que vivían bajo techo. Sus idiomas eran babélicos, no solo por las diferentes especies sino que serias comprobaciones científicas habían postulado que los humanos tampoco se entienden entre ellos. 

Afortunadamente la malhumorada abuela siciliana de la posguerra pensó que algo raro pasaba y rescató a los gatitos. Cuando crecieron se fueron yendo y solo quedó el gato Tito, el negro, el último en nacer. 

Pero entonces cayó un meteorito... ¡no, mentira! Eso no viene ahora. 

En medio del jardín había estacionada una caravana que un hijo de la señora malhumorada y su esposa decidieron limpiar una tarde cualquiera y la dejaron impecable. Terminada la limpieza, cerraron y se fueron a su casa, en otra ciudad. Pasaron las horas y oscureció. La madre malhumorada notó la ausencia de Tito, aunque en principio no le dió importancia: los gatos, aún castrados, adoran la noche y Tito, además, tenía mucha responsabilidad como guardián permanente de ese enorme y variopinto zoológico/botánico. Pero conforme avanzaba la hora ella empezó a preocuparse y salió afuera a buscarlo con la linterna. Oyó unos insistentes maullidos pero muy amortiguados; se acercó a su coche para ver si se había quedado en el maletero, que le encantaba; pero no, ahí no estaba. Miró en el bombo de la lavadora porque ése era su lugar preferido en invierno pero allí tampoco estaba. Fue a la caravana y, para su sorpresa, vio unas patitas negras arañando con desesperación el mosquitero. El muy tarado quiso jugar al escondite y se quedó encerrado. ¡Y nadie tenía la llave! "¿Y ahora qué hago?", pensó la pobre mujer. Como siempre, la abuela malhumorada de la posguerra vino con la solución. Con una ganzúa polvorienta arrumbada en un viejo baúl, recuerdo de su lejana juventud en la mafia siciliana, forzó la cerradura para dejar salir al bicho que, con actitud poco agradecida, parecía expresar: "Ya era hora". Entre la madre y la abuela le dieron una fuerte reprimenda al aspirante a okupa quien, con indiferencia felina, paseó su sedoso pelaje por los alrededores para comprobar qué había ocurrido en su ausencia. 

Asi fue como Tito se largó a filosofar sobre su vida y luego de beber y comer, pensó: "como  inmigrante indocumentado que soy (aunque nací en esta tierra), siempre desée dormir en ese espacio restringido y prohibido para mi... y por un momento lo disfruté a solas, con gran placer. Pero pasaron las horas hasta que el pánico se apoderó de mí. ¿Y si alguien llamaba a la policía de inmigración? Sentí sudores fríos en mi espalda peluda, hambre de saltamontes, sed de luciérnagas, deseo de luz de luna. Por fin, esos bípedos que me criaron también me liberaron, aunque de mi nuevo refugio para siempre me desterraron, pero a la policía, afortunadamente, no llamaron. Todo caos inesperado trae un orden necesario. ¿Dónde leí eso?" terminó pensando Tito, mientras se acurrucaba en su mantita. Y fue entonces cuando cayó el meteorito... pero ése es otro cuento. 

miércoles, 10 de diciembre de 2025

EL BESO

 𝐒𝐢𝐞𝐦𝐩𝐫𝐞 𝐦𝐞 𝐡𝐞 𝐩𝐫𝐞𝐠𝐮𝐧𝐭𝐚𝐝𝐨: ¿𝐐𝐮é 𝐡𝐢𝐬𝐭𝐨𝐫𝐢𝐚 𝐬𝐞  𝐞𝐬𝐜𝐨𝐧𝐝𝐞 𝐭𝐫𝐚𝐬 𝐥𝐚 𝐟𝐚𝐦𝐨𝐬𝐚 𝐟𝐨𝐭𝐨𝐠𝐫𝐚𝐟í𝐚 "𝐄𝐥 𝐛𝐞𝐬𝐨"? ¿𝐐𝐮𝐢é𝐧𝐞𝐬 𝐬𝐨𝐧 𝐞𝐬𝐨𝐬 𝐝𝐨𝐬 𝐣ó𝐯𝐞𝐧𝐞𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐬𝐞 𝐛𝐞𝐬𝐚𝐧, 𝐚𝐩𝐚𝐬𝐢𝐨𝐧𝐚𝐝𝐚𝐦𝐞𝐧𝐭𝐞, 𝐞𝐧 𝐦𝐞𝐝𝐢𝐨 𝐝𝐞 𝐞𝐬𝐚 𝐫𝐨𝐦á𝐧𝐭𝐢𝐜𝐚 𝐩𝐥𝐚𝐳𝐚 𝐝𝐞 𝐏𝐚𝐫í𝐬? ¿𝐐𝐮𝐢é𝐧 𝐝𝐢𝐬𝐩𝐚𝐫ó 𝐥𝐚 𝐟𝐨𝐭𝐨𝐠𝐫𝐚𝐟í𝐚 𝐲 𝐩𝐨𝐫𝐪𝐮é 𝐥𝐨 𝐡𝐢𝐳𝐨?... 𝐁𝐮𝐬𝐜𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐫𝐞𝐬𝐩𝐮𝐞𝐬𝐭𝐚𝐬 𝐡𝐞 𝐞𝐬𝐜𝐫𝐢𝐭𝐨 𝐞𝐬𝐭𝐞 𝐫𝐞𝐥𝐚𝐭𝐨.

 𝐋𝐨𝐬 𝐩𝐞𝐫𝐬𝐨𝐧𝐚𝐣𝐞𝐬 𝐬𝐨𝐧 𝐫𝐞𝐚𝐥𝐞𝐬, 𝐚𝐮𝐧𝐪𝐮𝐞 𝐦𝐞 𝐡𝐞 𝐩𝐞𝐫𝐦𝐢𝐭𝐢𝐝𝐨 𝐚𝐥𝐠𝐮𝐧𝐚𝐬 𝐥𝐢𝐜𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚𝐬 𝐥𝐢𝐭𝐞𝐫𝐚𝐫𝐢𝐚𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐬𝐨𝐧 𝐩𝐮𝐫𝐚 𝐟𝐢𝐜𝐜𝐢ó𝐧.

EL BESO. 

Mercedes Romero

Robert Doisneau jamás pensó que aquella fotografía tomada en 1950, llenaría de amargura los últimos años de su vida. La misma fotografía que le aportó fama y acabó convirtiéndose en un icono del amor.

En 1950, París había dejado atrás la estela oscura de la guerra. La ciudad bullía de cafés literarios, clubs de jazz y galerías de arte. A Doisneau le gustaba frecuentar aquellos ambientes bohemios.

Un día de abril, de aquel año, recibió un encargo de la revista Life. Debía realizar una serie de fotografías de enamorados en París. Pero había un problema: el reportaje tenía que ser entregado con celeridad.

Cargado con su cámara se dirigió al l´hôtel de Ville. Acostumbraba a esperar durante horas, como un cazador acechando su presa, hasta que llegaba ese momento preciso en el que atrapar el instante y su eternidad. Entonces disparaba así, sin más. Detestaba los posados, las fotos artificiosas. Pero aquella mañana, apremiado por los plazos de la entrega, contrató a una joven pareja: Jacques y Françoise para que posaran besándose, apasionadamente, para él.

En la mente de Jacques, la imagen de Françoise zarandeaba su alma como un barco a la deriva.  Se habían conocido en la escuela de teatro.  Después se enamorarían perdidamente, con un deseo salvaje, sin límites, sin ataduras. Ahora, de todo aquello, tan sólo quedaba un montón de ruinas.

En un último intento por sortear el destino, Jacques se pregunta: ¿debería recapacitar? ¿Todavía habría esperanza? No. Françoise ha sido clara, de una claridad que atraviesa, como una esquirla helada su corazón. Le cuesta respirar, porque cada bocanada de aire le recuerda que está vivo, y él ya sólo desea estar muerto.   

 En su pequeño apartamento, de la rue St Honoré, Françoise observa, distraídamente, las volutas de humo de su cigarrillo, que dibujan figuras caprichosas. A través de la ventana abierta le llega el perfume de los heliotropos, que a ella siempre le recuerda la tarta de cerezas, la que su madre horneaba, cada domingo, mientras escuchaba aquella canción de Charles Aznavour:

—"¿Qué decía? Ah, sí ya recuerdo: “J’attends l’air que je respire et le printemps” (“Espero el aire que respiro y la primavera”) .

Esta mañana verá por última vez a Jacques. Posarán en la plaza del l´hotel Deville para un fotógrafo llamado Doisneau. Y ¡qué ironía!! será una foto de enamorados.

Ya no le ama. Siente que a su lado se asfixia. Los días de suceden con una rutina insoportable. Olvidaron los lenguajes que inventaron, los momentos que crearon. Ahora son tan sólo dos extraños.

Afuera el viento arrastra, en remolinos, las hojas amarillas. Como las hojas, ella también quisiera ser arrastrada a otros lugares, a otras vidas.

Ya en la plaza del l’hotel Deville, mientras se besan para la foto, Jacques aprieta con fuerza la pistola contra el pecho de Françoise. Puede sentir el pulso de su sangre en el cerebro y el grito ahogado en la garganta de ella. Un disparo preciso, certero, retumba como un trueno entre el bullicio de la plaza. El segundo disparo va directamente a su cabeza.

jueves, 11 de septiembre de 2025

LA TELA Y LA VELA

 Cuento corto ilustrado de Mónica Bardi. 

Esas manos sarmentosas, llenas de falanges deformadas, conservaban, sin embargo, gran habilidad y creatividad a la hora de confeccionar ropa. Toda su vida había tejido primorosos escarpines y mantas multicolores. Le encantaba hacerlo mientras veía crecer a sus hijos. Ahora que ya era añeja, como le gustaba autodenominarse, seguía tejiendo. Pero desde que uno de sus hijos había muerto en trágicas circunstancias, esas manos sarmentosas usaban solo agujas. Sin lana y sin hilo. Tejía pensamientos enhebrados en una trama premeditada. 

La esposa del difunto, su nuera Andrea, no era una buena persona. Lo había hecho sufrir y la viejita lo sabía pero callaba. Reflexionaba sobre lo que decía Hegel con respecto al perdón y a la reconciliación pero su intención y su tejido incorpóreo no iban por ahí. 

 "Quedó alterada por el sufrimiento”, murmuraban a sus espaldas sus familiares y amigos. 

Ella seguía tejiendo sin titubeos, en silencio, y la tela crecía y crecía entre aires y rumores cautelosos formando una ingrávida y recóndita red. Lenta y transparente se extendía cada vez más lejos como si de ondas gravitacionales se tratara, transmitiendo todas las perturbaciones que en ella ocurrían, mientras el filósofo Foucault le susurraba a la anciana que el “ojo por ojo" no era un castigo justo. Pero otra vez, la imperceptible y endiablada  textura tampoco iba por ahí. 

Andrea, la nuera ahora viuda, estaba en su casa leyendo a la tenue luz de una vela, como acostumbraba hacerlo, cuando de pronto le pareció que se enredaba en algo y aunque se sacudió enérgicamente, ya era tarde y se quedó con una sensación de profunda incomodidad. Ella ignoraba que cada movimiento suyo hacía vibrar la tela en la había caído enviando su mensaje etéreo con fidelidad milimétrica a la lejana tejedora. Tampoco sabía Andrea que aquel vínculo era ya indestructible. 

Cuando la policía identificó su cadáver calcinado fue difícil explicar el origen del fuego. La hipótesis más plausible era que una vela encendida se cayó, con algún impulso desconocido, e inició el incendio. Y más difícil fue explicar por qué Andrea, llamativamente, no había podido escapar de las llamas… como si hubiera estado amarrada. 

Solo la tejedora de manos sarmentosas torció el gesto en algo parecido a una amarga sonrisa: el castigo se había cumplido. Al final, Nicolás Maquiavelo le había dado la clave: “cuando se le hace daño a alguien, se debe hacer de tal manera que le sea imposible vengarse”. 




jueves, 19 de septiembre de 2024

EL CANDELABRO

 

Acrílico sobre lienzo, Mónica Bardi

YA NO RECUERDO NADA MÁS. 

Cuento corto de Mónica Bardi. 

Algo trágico pasó porque las caras de espanto que alcancé a ver fugazmente entre los invitados a esa reunión tan elegante no encajaban con el espíritu festivo que los había convocado.

 Sólo sé que mi esposa malinterpretó mis aventurillas pasajeras. Siempre fue muy celosa y tremendamente exagerada.¡Qué mujer desconfiada! 

Claro que esa noche la niña estaba tan guapa... y tan joven... sentí una vehemencia erótica, una pulsión incontenible en ese nocturno y perfumado jardín rumoroso... yo jamás me hubiera propasado con nuestra hija... no soy ese tipo de persona despreciable... pero es que esa noche, recortadas sus curvas con los rayos de la luna sentí el aliento de Eros en todo mi cuerpo... solo quise acariciarla.

Alcancé a darme la vuelta y vi a mi esposa enarbolando un enorme candelabro. Ya no recuerdo nada más. 

sábado, 20 de mayo de 2023

LAS GAFAS

 

Cuento corto de Mónica Bardi. 

Esa pareja no pasaba por su mejor momento: la tensión en la convivencia era permanente y una mínima chispa desataba una catarata de reproches que herían por igual a ambos. "El ataque de las bocas sin cerrojo" diría Irene Vallejo. Circunstancias familiares, problemas domésticos y la erosión de la convivencia ponían a prueba la relación y por ahora salían perdiendo por goleada ya que en este caso el arco destinatario de la pelota era uno solo: la pareja. Los momentos de calma solo parecían preceder a la siguiente tormenta. Calma engañosa. Tímida tranquilidad hogareña siempre acechada por un lobo oculto en lo más oscuro de un bosque, listo para saltar. Y saltaba. Gritos, escándalo y amenazas de separación ipso facto rompían en un instante de violento desborde emocional, el delicado equilibrio. Y allí nadie se echaba atrás. La disputa por el poder y la toma de decisiones, no admitía retrocesos ni negociaciones y ni siquiera lograban llegar a un acuerdo de paz precario. En general, la tormenta duraba poco pero dejaba heridas cada vez más hondas, rencores que no cicatrizaban. 

Un día cualquiera, donde ya se habían dicho cuatro verdades sin pestañear, mirándose como feroces boxeadores; uno de los dos se dió cuenta que había perdido sus gafas, esas que le habían costado una fortuna. "¡Oh, no, otra vez no!" exclamaron a la par. Sin ellas no podía leer, protegerse del sol o conducir; lo cual era un problemón a resolver. Dejaron ambos a un lado las discusiones o la búsqueda de culpables e inmediatamente se estableció una tregua tácita. Los dos se abocaron a la tarea de encontrar las dichosas bifocales. Revolvieron habitaciones, bolsos y bolsillos, buscaron en el jardín, movieron muebles, otearon dentro de la nevera, rehicieron caminos recorridos ese día, llamaron al supermercado y fueron, porque el encargado les dijo que había tres pares de anteojos olvidados por los clientes... pero ésos no eran. Ambos emplearon toda su energía en ese asunto, sin peleas ni disputas. 

Después de horas de búsqueda uno de los dos decidió darse un descanso y se fue a echar una siesta, pero el otro siguió pensando y allí tuvo su momento Eureka.

Esa mañana hacía un frío excepcional y requería un abrigo que, muy poco después, se descartó por un sol incandescente que derretía lo que se pusiera a su alcance. ¿No estarían esas gafas escurridizas en un bolsillo del abrigo considerado fuera de temporada? Esa duda fue comunicada al instante a la pareja siestera que, de un salto, voló al canasto de la ropa para lavar porque allí estaban, riéndose de su travesura, las malditas gafas. 

¡Qué suerte... y qué lástima! Se acabó la tregua: otra vez el lobo estaba acechando listo para atacar. 




domingo, 1 de marzo de 2020

SIN LLAVES Y A OSCURAS.

           FABIÁN CASAS


Era uno de esos días en que todo sale bien.
Había limpiado la casa y escrito dos o tres poemas que me gustaban.
No pedía más.
Entonces salí al pasillo
para tirar la basura
y detrás de mí, por una correntada,
la puerta se cerró.
Quedé sin llaves y a oscuras
sintiendo las voces de mis vecinos
a través de sus puertas.
Es transitorio, me dije;
pero así también podría ser la muerte:
un pasillo oscuro, una puerta cerrada
con la llave adentro,
la basura en la mano.
                Fabián Casas.

Nota aclaratoria: en el dibujo, la ilustradora (yo), no pudo soportar la angustia de tal situación e, involuntariamente, le pintó las llaves en la mano derecha.

sábado, 29 de junio de 2019

LOS LIBROS DEL ÁRBOL

Por Mónica Bardi

CAPÍTULO UNO.
Había una vez un chico que, debido a unas trágicas circunstancias que luego detallaremos, se quedó, por decisión propia, a vivir solo en medio de un enorme bosque.

Ignoramos como logró sobrevivir, pero el hecho es que lo hizo porque, a fin de cuentas, no era tan pequeño cuando le ocurrió aquéllo. Un chico listo, además. Como el bosque no daba mucho de sí para alimentarse, se acostumbró a sacar comida de la basura por las noches en los pueblos vecinos. Alguien lo había visto y se había corrido la voz de que existía un chico salvaje en los alrededores aunque la mayoría creían que se trataba de un cuento para asustar a los más pequeños. Nuestro joven tenía un apellido que siguió manteniendo como si fuera un apodo: Baum y encontró un lugar idóneo para vivir en un enorme hueco de un árbol legendario. Una ardilla a la que había alimentado le hacía compañía. Un ejército de luciérnagas le iluminaba el sendero en las noches de luna nueva. Su vida era muy sencilla y estaba conforme con ella. Había experimentado la vida "normal" siendo pequeño y como estaba llena de obligaciones y horarios, prefería ésta. A veces echaba de manos a sus padres pero no demasiado porque estaban todo el día discutiendo. Sus compañeritos de la escuela no estaban mal y algunos eran hasta simpáticos pero estar tantas horas tragando información sentado y quieto no era lo suyo. Además, una vez lo llevaron a un médico que le quiso dar unas pastillas para mantenerlo todavía más quieto y tragando más información. Menos mal que su madre se negó alegando que todos los niños sanos son inquietos. ¡Su mamma! A ella la extrañaba, claro que sí. A él no le importaba que se encontrara a escondidas con el vecino, porque el vecino era muy, pero que muy cariñoso... con su mamma y con él. Al que recordaba con una punzada en el corazón era a su hermanito Marius. ¿Por qué tuvo que morir tan chico? Tanto le echaba de menos que a veces le parecía verlo entre el follaje. Otras veces lo oía correr con su vocecita infantil, llamándolo: "¡Baum, ven!" Pero como él no creía en fantasmas ni paridas semejantes, sabía de sobra que su hermanito estaba porque él lo recordaba. Hasta escribió su nombre con un punzón en la corteza del árbol. También añoraba las golosinas de colores que lo llenaban de caries. Y en cuanto al resto de su familia cada uno iba a lo suyo... mejor.


Por eso cuando ocurrió aquél terrible accidente donde murieron todos menos él, caminó sin rumbo en estado de shock internándose en el enorme bosque. Allí se quedó semi-inconsciente hasta que por fin, despertó. No tenía ni idea como volver y entonces fue cuando encontró ese enorme árbol ahuecado y, sin pensárselo dos veces, entró en él como quien vuelve al útero materno. La policía había peinado la zona buscándolo y hasta dragaron el río, pero como no hallaron nada al final se fueron... menos mal, pasaron a su lado pero no lo vieron. No confiaba mucho en la policía porque había visto en la tele cómo apaleaban a los jóvenes universitarios y deshauciaban y desalojaban a los ancianos a la fuerza. Sabía, porque su padre se lo había dicho, que ellos estaban para mantener el orden pero a él le parecía que era un orden injusto. ¿Y si lo culpaban a él del accidente? Después de todo iba al volante, sentado encima de su padre; ellos empezaron a discutir, como siempre y ese camión de frente... además, en varios capítulos de los Simpson tampoco salía la policía muy bien parada. En fin, que confiaba más en los animales y los vegetales. Claro que a veces pasaba frío, la lluvia lo empapaba; y más de una vez llegaban a sus recuerdos esas exquisitas sopas humeantes que preparaba su mamma ... las mismas que él rechazaba, como Mafalda.
A lo que se adaptó pronto fue a la oscuridad del bosque que tímidos rayos de sol apenas arañaban y a los ruidos de las hojas secas como pisadas vegetales de árboles andantes, igual que en el cuento de Chesterton, que leían con Marius antes de dormirse.
Un día que fue a buscar comida a un pueblo, un cachorro hambriento en estado calamitoso se le acercó con mirada suplicante. Baum pensó: "Oh, no, dos para comer" e intentó alejarlo pero como le dió lástima, al final se lo llevó. Lo llamó Riquet, como en el cuento de Anatole France.

 El tiempo pasó y ambos crecieron. La vida del joven se enriqueció enormemente desde que en los pueblos empezaron a reciclar la basura. Mucha gente ya no se interesaba en los libros, los tiraban al contenedor de papel y de allí los rescataba Baum y los devoraba sentado contra su árbol. "Leer es escuchar a los muertos con los ojos", escribió Quevedo y eso le quedó grabado a fuego a nuestro joven lector.  Como no tenía tele, ni móvil ni teléfono inteligente no tuvo más remedio que desarrollar su propia inteligencia de manera autodidacta alimentándose con literatura de gran calidad porque casi nadie tenía paciencia para leer extensos ensayos o largas novelas. Los atlas desplegaban sus maravillas ante sus ojos voraces con casi insolentes e insondables imágenes de galaxias y estrellas que quizás ya no existían. Luego levantaba la vista y estudiaba las constelaciones. Esa oceánica inmensidad lo emocionaba; a veces le parecía que se elevaba de tanto fijar la vista y tocaba a Sirio, la estrella más brillante de la noche, ese misterioso sistema binario que desde lejos parecía uno. Y entonces recordaba esa frase que tanto le costó entender: "Si miras fijamente al abismo, el abismo te devuelve la mirada".
CAPÍTULO DOS.

La noticia corría como la pólvora y como una bola de nieve se agrandaba alimentándose de terror. Alguien había asesinado a dos niños pero la policía carecía de pistas. El criminal había huido sin dejar rastros; no había testigos, sospechosos, nada. Y si había algo era secreto sumarial. El o los tipos podían estar todavía en el pueblo o haberse largado a alguna aldea o país vecino, a la gran ciudad por la autopista... al bosque...al país vecino...
Baum se enteró del crimen por los diarios tirados a la basura y pensó: "a ver si la policía sirve para algo" y se olvidó del tema porque en un restaurante caro cercano habían desechado un montón de exquisiteces recién hechas: lasañas, salchichas, ensaladas de frutas... ¡la boca se le inundaba! La digestión empezaba con la saliva, había leído en un libro de odontología y ese olorcito desencadenaba el proceso.
Con una enorme bolsa y saboreando por anticipado los manjares, se encaminó al bosque. Lo que no calculó adecuadamente fue el peso de lo que acarreaba. "Eso me pasa por glotón" y siguió adelante. "Yo puedo, siempre puedo" se dijo y se repitió a sí mismo.

CAPÍTULO TRES

Griselda se topó con ese árbol añoso y súbitamente entendió que allí vivía alguien.
"Qué curioso", pensó, " está todo lleno de libros. ¿Habrá algo para comer? Sí, hay, ya veo. Aquí me quedo por el momento y si alguien aparece, ya veré lo que hago".
Necesitaba descansar, tenía hambre pero sabía que probablemente la policía la estaría buscando por el tema de los niños, así que tenía que seguir huyendo.
"No tuve más remedio que matarlos, eran increíblemente crueles y al final, aunque lloraron y pidieron perdón, los tuve que matar. Por primera vez en mis 15 años de vida tuve la certeza de que brotaba un germen de justicia. Si, justicia, un poquito, al menos; espero que la policía científica no haga uno de sus rimbonbantes descubrimientos" se decía mientras devoraba unos tomates con patatas medio pasados.
CAPÍTULO CUATRO.

"Siempre puedo con estas cosas pesadas... pero hoy no puedo, es demasiado", se lamentó Baum mentalmente mientras observaba a su apetitosa bolsa medio desparramada en el suelo con las dos asas exhaustas colgando a cada lado, a la vez que pensaba como resolver el tema sentado en una piedra.
De golpe vio que un asa de la bolsa se izaba sola, como impulsada por una fuerza misteriosa. Su perro Riquet puso las orejas tiesas y movió el rabo... pero no ladraba.
El asa derecha se mantuvo erguida como invitándolo a coger la otra. Los segundos parecían horas y Baum seguía petrificado.
Cuando logró a duras penas superar su miedo a lo inexplicable, se acercó temblando y dijo en voz alta: "justo lo que me hacía falta: una mano amiga para poder llegar a destino. Entonces, ¿será verdad? ¿los fantasmas existen? ¿Eres tú, Marius, eres tú, hermanito mío?"
Finalmente, levantó la otra asa y comenzó a caminar con la mitad del peso, sin dejar de mirar a su derecha, aunque allí no había nadie... bueno, sí había...
CAPÍTULO CINCO.

Griselda se iba acomodando y mientras comía lo que encontraba, miraba atónita en derredor. Ese árbol parecía una biblioteca desordenada. Había libros de todas clases, colores y tamaños. Abiertos, cerrados y con señaladores, sirviendo de apoyos cual mesas, cama, sillas. Diríase que eran como muebles y que estaban así dispuestos para que verdaderos muebles no restaran espacio a los libros.
La enciclopedia británica en hileras iguales daban apoyo a un colchón y a un saco de dormir. Pilas de novelas sostenían lámparas de queroseno y tomos de ensayos daban sustento a platos y botellas de agua.
En las alfombras y esterillas del suelo descansaban revistas y libros abiertos, variados cuadernos con anotaciones e infinidad de lápices asomaban de botellas limpias y vacías.
Claveteados en las "paredes" había grandes ilustraciones de imágenes del sistema solar y galaxias lejanas. Mapas de todo el mundo y un globo terráqueo completaban el insólito lugar.
"Pero qué curioso, es como si aquí viviera un profesor o un bibliotecario, aquí podría vivir Borges".
En un rinconcito yacía vacía una camita de perro, con su plato y su bebedero y afuera, en una raída tienda de campaña, más libros. Un título llamó su atención: IDENTIDADES ASESINAS, de Amin Maalouf.
Lo abrió al azar y leyó: ["Los hombres son más hijos de su tiempo que de sus padres", decía el historiador Marc Bloch. "Siempre ha sido así, sin duda, pero nunca lo ha sido tanto como hoy. ¿Es necesario volver a recordar..."]
_¿¡Qué haces aquí¡?_dijo con una calma impostada un joven que entró inesperadamente.
Griselda dejó caer el libro y trató nerviosamente de explicarse: que se había perdido en el bosque, que tenía miedo, que tenía hambre... que encontró ese refugio... pero que no se preocupara, que no era ninguna ladrona.
_¿Qué leías?_preguntó Baum un poco más calmado.
_Esto_ murmuró ella mostrando el libro_ pero ya mismo lo dejo en su sitio.
El muchacho empezó a sacar las cosas de la bolsa, muy serio e improvisó una comida para dos, sin despegar sus ojos de esa extraña joven.
_¿Tienes hambre?
Ella asintió. Riquet se acercó y le lamió la mano. "Buena señal" pensó Baum. Ella lo acarició.
_¿Cómo se llama?
_Riquet.
_¿Qué? ¡Como el mío! ¡Pero qué casualidad!
_¿De dónde sacaste ese nombre?_ preguntó Baum con verdadera curiosidad.
_Mi padre llamaba así a todos sus perros.
_ Y ahora, ¿dónde están tus padres?
_ Cualquiera sabe. Algún día te contaré. ¿Y los tuyos?
_Algún día te contaré_contestó Baum pensando para sus adentros: "nunca lo sabrás". ¿Y tu Riquet?
_ Unos desconocidos le prendieron fuego a la cola y lo apalearon y aunque traté de curarlo por todos los medios, se murió. Los ojos de la chica se perdieron detrás de un lago contenido de lágrimas.
Baum desvió la vista discretamente y pensó: "le duele más el perro que sus padres".
_¡Qué hijos de puta!_ exclamó él, y notó enseguida que ese insulto provocó en ella una mirada de agradecimiento.
Comieron en silencio mientras se estudiaban con desconfianza.
Pero fueron pasando los días y los jóvenes se fueron acercando con cautela, sin molestarse. Ella se iba a pescar al río y él leía. O ella leía y él se acercaba a las aldeas.
Una nueva paz acariciante fue ganando esa zona del bosque. El árbol se llenó de hojas nuevas, la hierba se mecía riendo y el río parecía más transparente.
CAPÍTULO SEIS



Un día algo tormentoso unos hombres se internaron en el bosque y alejándose mucho del sendero se toparon con lo que parecía ser un picnic a lo grande. Cebados por la curiosidad se acercaron a un árbol centenario. En ese mismo instante, Baum salía por la "puerta". Muy sorprendido y en estado de máxima alerta sintió como la adrenalina inundaba su sangre. Esperó muy quieto, como un felino a punto de saltar.
Uno de los hombres lo abordó.
_Eh, chico, no te asustes. Somos policías.
Peor, pensó pero no dijo nada, claro.
_Pero ¿qué tinglado tienes montado acá, chico? No me digas que tú eres el salvaje de la leyenda. ¿Cómo te llamas?
_ Baum.
_ ¿Baum es tu apellido, no?
_Si. ¿Qué quieren?_Su cerebro funcionaba a todo tren mientras pensaba respuestas alternativas a su irregular situación.
_Nosotros hacemos las preguntas, no te equivoques. A ver tu DNI.
_No tengo. Pero soy mayor de edad.
_ Eso ya lo veremos. Aunque en realidad no te buscamos a ti, sino a una rubia, delgada, con aspecto de vagabunda. ¿La has visto?
_...No...no... eh... una mujer sola por estos lugares sería muy raro. No, no la he visto. De hecho, no he visto a nadie.
_¿Podemos entrar a tu... casa-árbol?
_Claro. dijo y pensó a toda velocidad si no habría rastros de Griselda.
Había, pero ni siquiera los vieron, alelados como se quedaron al ver tantos libros.
_Dios mío_ dijo uno_ no parece la cueva de un salvaje, sino una librería.
_Pero, ¿dónde están tus familiares, hijo?
_Muertos.
_¡Ya entiendo! La familia Baum, como Frank Baum, el autor del mago de Oz. Tú eres el chico desaparecido del accidente de circulación de hace unos cinco años.
_Seis años, cuatro meses y doce días.
_ Cómo pasa el tiempo... bueno, a lo que íbamos. Esta chica, si la ves, ten cuidado y avísanos. Ha matado a dos chicos.
_....
Baum todavía no entiende cómo esos dos hombres no detectaron la palidez mortal que le sobrevino al escuchar esa noticia.
Para disimular el mareo  dió unos pasos hacia su cocinita de dos hornallas y agarró la cafetera, como para ofrecerles café.
_No, gracias_ dijo el policía más joven_ no queremos café. Tenemos prisa. ¡Ah, y sácate el DNI, por favor!
_Lo haré, se lo prometo_ dijo Baum en una voz apenas audible.
Y se fueron.
CAPÍTULO SIETE

Griselda se preparaba para volver del río. Le había ido bien en la pesca. Estaba contenta. Por fin podía vivir en paz con alguien. Baum era tranquilo, no hacía muchas preguntas y algo parecido al amor había surgido entre ellos. Los unía la desconfianza del mundo y el amor a los animales. También le daba la sensación que ambos se protegían mutuamente. Ya iba caminando de vuelta cuando de repente un niño y un perro que le resultó familiar, se acercaron corriendo hacia ella muy agitados.
_¡Griselda, Griselda, espera! ¡Todavía no vuelvas! ¡Está la policía con Baum!
_¡Ay, Dios...!¡No me digas!, pero, pero, ¿tú quién eres?
_Yo soy Marius, el hermano pequeño de Baum.
Y se fué corriendo junto con el perro del rabo quemado.
Griselda, más aterrorizada por lo que pudiera saber Baum de los crímenes, que por la propia policía sentía que su incipiente y dulce mundo se venía abajo.
¿Qué pensaría él de los asesinatos y peor aún, de su mentira?¿Ahora qué hago?
Empezó a llorar con espanto y desesperación, preguntándose una y otra vez por qué no había tenido el coraje de decirle la verdad a Baum. Largo rato estuvo allí hasta que se decidió a volver y afrontar lo que fuera.
En ese momento lo vio acercándose. Había salido a su encuentro.
Se fueron acortando las distancias y las miradas de ambos cargadas de un pasado de dolor, se interrogaban con ojos acuosos.
_Vino la policía_ comentó serenamente Baum_ me obligan a sacar el DNI, dicen que no puedo seguir indocumentado.
_Ah, si... claro_ murmuró con la cara desencajada. Y agregó:  ¿nada más? Porque también me buscan a mí... creo.
_Ya lo sé, ellos me lo contaron. Bueno, ¿volvemos? Tengo hambre.
CAPÍTULO OCHO.

Mientras comían, Baum le preguntó a Griselda: ¿por qué tardaste tanto en el río?
_ Es que tu hermanito Marius me avisó que estaba la policía y que no volviera enseguida.
Baum enmudeció. Otra vez la adrenalina.
_ ¿De dónde salió tu hermano? Ni sabía
que tenías uno_prosiguió Griselda.
_Es que... es que... está muerto. Marius murió en el accidente de coche junto con mis padres. Yo sólo salí ileso.
_¿Cómo? ¿Me estás diciendo que es un fantasma?
_Si, y no es la primera vez que aparece.
A Baum le gustaban las respuestas escuetas e inequívocas.
Griselda guardó silencio. Era creer o no creer. Y allí cayó en la cuenta que el perro con la cola quemada era su Riquet, otro fantasma.
Baum rompió el mágico silencio y muy serio, dijo: "Griselda, tengo algo importante que decirte. Creo que nos tenemos que ir de acá. Una vez que la policía te mira con lupa, ya has perdido la paz. Cualquier problema que haya por allí, los vagabundos como nosotros siempre seremos culpables de algo".
Ella lo entendió a la perfección.
No sin pena dejaron atrás sus tesoros, sus libros, sus vidas; pero eran jóvenes y sobrevivientes de tragedias.
Atravesaron la frontera con dos mochilas y su Riquet.  Pero no eran solo tres: un niño y un perro transparentes pero presentes, los acompañaban.

                       


lunes, 1 de febrero de 2016

VIVOS Y DIFUNTOS

¡El pobre! El pobre se había quedado viudo. Bueno, pobre, lo que se dice pobre, no tanto. Al fin y al cabo él y su mujer estaban separados hacía años...aunque él hubo de reconocer que esas cosas de muerte siempre duelen. Justo es reconocer, además, que él, al igual que todos los seres vivos regados con TESTOSTERONA había buscado cierto consuelo entre otros brazos...cositas sin importancia, la verdad.  Gran parte de la vida del matrimonio (algo alejados emocionalmente) los momentos vividos juntos (algo alejados físicamente), los viajes (algo más motivados para pelearse): mucho los unía. En los viajes tenían más tiempo para discutir, porque en la vida cotidiana vivían como anestesiados por el entretenimiento laboral ...en realidad se ignoraban.
Y sí, yo tengo una amiga inglesa que afirma sin cortapisas: "yo quiero vivir con alguien para poder ignorarlo". Al principio no la entendí pero luego me dí cuenta que yo había hecho eso mismo toda la vida con mis múltiples parejas....bueno, tantas no fueron....pero no estamos hablando de mí. Volvamos a ellos: a los hijos que tenían juntos no podemos apelar porque hijos no tuvieron. Bueno, más o menos, él siempre decía: "mi madre continuamente me está pidiendo un nieto...si supiera todos los que tiene por allí".
¡El pobre! El pobre hubo de reconocer que su matrimonio no había sido un camino de rosas...en realidad una cagada, hablando en plata. Pero igual la extrañaba como se extraña una jaqueca cuando se va, o como un dolor de muelas una vez extraída. Yo de esto último sé mucho. No porque me hayan dolido muchas veces las muelas sino porque me dedico a la reactualizada profesión de barbero...pero no estamos hablando de mí. 
En fin, que se quedó solo. Lo bueno de quedarse solo es que nadie te disputa el dinero que ganas.Trabajaba mucho para olvidarse de la soledad y más dinero juntaba. Es que no tenía en qué gastarlo. Hasta se acostumbró a viajar solo porque su amigo y colega de toda la vida lo dejó tirado para unirse a la guerra santa. ¡Hay gente pa tó!
Con algunas compañeras de trabajo tuvo unos líos sin trascendencia ni descendencia...menos mal porque ya no era joven como para meterse en demasiados compromisos. ¡El pobre! Y bueno, los años fueron pasando, como siempre ocurre, sin que nos demos demasiada cuenta...es decir, "la vida es eso que pasa a tu lado, mientras estás haciendo otra cosa", como dijo....dijo...John Lennon, creo.
Al final se apuntó a clases de salsa porque una vecina lo invitó. Y los años siguieron pasando...
Un día cualquiera, en uno de ésos bailongos conoció a una mujer interesante, cosa nada fácil porque ya sabemos como está de devaluado el mercado de SOLAS Y SOLOS...un desastre. Los que no están frustrados, están en la bancarrota o están alcoholizados, ellos. Y ellas, sobremaquilladas, menopáusicas y fumadoras. Un desastre.
Pero ésta mujer era distinta: independiente (pero no ambivalente), viajada (pero no vejada), rica (pero no histérica) y, lo mejor de todo, sin HIJOS. Sí, ya saben, hijos, esos trastos que nunca nos dejan en paz y que se suponen el paradigma de la felicidad...por eso era rica, si no, ya se la hubieran fumado en pipa sus propios vástagos.
Bueno, pero a lo que íbamos. ¡El pobre!, bueno... ya no tan pobre....la vida parecía sonreírle. Porque aunque la cosa iba lenta, algo parecía ir cuajando... Se veían cada muerte de obispo (aunque yo no tengo ni idea que medida temporal es ésa...¿los obispos no se mueren nunca?), pero cuando lo hacían se sonreían, se invitaban y compartían momentos agrabables, aunque nunca pasaba de ahí.
El pobre no quería hacerse ilusiones y pensaba: "ahora me sale con que es un travesti". Tenía desconfianza, lógico, y se daba manija: "no puede salir bien, algo tiene que fallar gravemente, o, lo más probable: que no pase nada más de lo que está pasando".
Pero un día.....¡Ohhhh, un día glorioso ocurrió algo inesperado largamente esperado! Bueno, un día no, una noche. Después de bailar se fueron a cenar y hete aquí que, vinito mediante, terminaron en la camita. ¡¡¡¡Siiiiiiii, ese lugar que los matrimonios usan para DORMIR!!!! ¡¡¡Y los chicos también la usan para lo mismo...y a veces hasta para hacerse pis!!! Pero ellos dieron buena cuenta del cochón, que, menos mal, no era de los baratos. La cama se sintió en la gloria: ¡había recuperado su dignidad! y después de tantos años de abandono. 
¡El pobre! El pobre miraba a su nueva amante dormir tan relajada, en pleno postcoito, totalmente incrédulo. Pensó: "todavía funciono, que lo parió, Mendieta".(Mendieta, personaje de cómic argentino). De tanto mirarla y cavilar se quedó por fin frito. Cuajado. Entonces empezó a tener unas pesadillas espantosas... recurrentes. Se despertaba, miraba a ese ángel durmiendo a su lado, se volvía a dormir y vuelta a la misma pesadilla. Horrible.
Soñaba que había dos mujeres en su cama, sí, dos. Una a cada lado. Una dormía pero la otra decía: "¡¡Ehhhh, ojo con las manitas, ¿eh?!! Ni se te ocurra tocarlo...!!" Y sus ojos llameaban. Entonces la otra se despertaba y le decía: "Sin Viagra no vamos a ninguna parte, ¿no?". Y sus ojos ardían. ¡Horrible!

La sensación de angustia era espantosa, un vértigo oscuro parecía devorarlo y se despertaba sofocado y sudoroso. Pero ¿por qué pasaba aquéllo? ¿Por qué aquéllo olía a REPROCHE?  Si todo había ido bien...él estaba satisfecho, no estaba haciendo nada prohibido, a nadie tenía que rendir cuentas.....¿A qué venían estas pesadillas llenas de sensaciones culposas y violentas, llenas de negrura y monstruos?¿Tanto vino había bebido?
Menos mal que siempre que uno duerme al final se despierta...bueno, a veces no, pero dejémoslo ahí. Y el pobre al final despertó, el sol salió por el este, como siempre, los pajaritos cantaron y las viejas se levantaron, como siempre. La normalidad tomó el timón de la situación, aunque a él le quedó un sabor agridulce hasta que se fué diluyendo con la claridad de un día precioso. La felicidad y la risa por lo ocurrido iban ganando la carrera.
 Luego que ella se fue a su trabajo, él se preparó un café y miró sin querer el almanaque en la pared.
26 de septiembre......¡¡26 de septiembre!!.....¡¡¡¡26 DE SEPTIEMBRE!!!! ¡¡OH, NOOOOO, PERO CLARO!! EL CUMPLEAÑOS DE LA DIFUNTA....el cumpleaños de la difunta...Su reencuentro con el amor fué precisamente ese día. "¡Joder!", pensó. "de 365 días me viene a tocar justo éste. Ésta me la está jugando desde el más allá".
Él no se acordó de la fecha.....pero su cerebro sí.¡Por eso tuvo la pesadilla recurrente! ¡El pobre!
Pobre pero no boludo porque decidió seguir con su nuevo amor ignorando temores oscuros e inexplicables. Y porque este cuento tiene que terminar bien ¡POR COJONES!