sábado, 20 de junio de 2026

MILEI

 


De la página de Facebook de María Claudia Orueta

Que tristeza todo. Un presidente impresentable al lado de un corrupto descarado y una turba de desclasados gritando "Presidente presidente" como si estuvieran ante un gran estadista. Todo mi mundo está muriendo. Me siento (e intuyo que como yo se sentirán millones) como el Quijote, añorando un tiempo que ya estaba muerto. Pero sin Sancho Panza para hacerme creer el delirio. Estamos solos. Sin escudero ni piedad. Allí donde nosotros vemos molinos de viento ellos ven cirptomonedas. Allí donde nosotros vemos dignidad ellos ven coimas. Alli donde nosotros vemos lucha ellos ven narcos. 

El mundo se ha vuelto opaco. Lo veo cada día en mis escuelas. Los pibes ya no creen en nada. Nacen vacíos. Los llenan de mierda. Nos cercan los protocolos de burócratas  y perdemos todo contacto. Y mientras tanto el engendro ahí, desencajado en todo sentido presidiendo el país y ella en su balcón de Constitución encerrada. Y nosotros acá tan aturdidos. Tan huérfanos. Tan quijotes sin Sancho Panza. 

Mi tiempo está muriendo. Mi forma de ver el mundo. Mi música. Mis canciones. Y veo en los pibes que frecuento cada día en mis escuelas un vacío que no parece querer tomar la posta. Hablan todo el día de dinero. Es impresionante. Mi hijo de 12 también. Sus compañeritos de la escuela. El tema de esta generación es volverse millonario. Tener dinero. Lamborghinis. Mansiones. Aviones privados. Por eso Adorni no espanta. Porque es la encarnación de la utopía actual. Un tipo cuyo norte es hacerse millonario. Punto. Fin.

Y Adorni lo hizo. Manoteó lo que la oportunidad le ofrecía y listo. ¿Qué tiene eso de malo? ¿Cuál es el problema? Lo banca. Despeinado en el acto oficial por Belgrano que lo hubiera fusilado.

E.T

viernes, 5 de junio de 2026

VIAJE

Collage hecho por Adrián Hidalgo Glez.

Narración de Mónica Bardi

He emprendido un viaje imaginario. Si, porque el que yo quería hacer era carísimo. Así que ya que la ambición es mucha, viajemos a lo imposible. Con esa idea en la cabeza y un par de pastillas alucinógenas, me monté en la nave que ha llegado a lo más remoto que jamás ha llegado el hombre: los confines del Sistema Solar; 24 mil millones (24.000.000.000) de kilómetros desde mi casa en Chiclana, millón más, millón menos. Se llama Voyager I, partió en septiembre de 1977 de Cabo Cañaveral, mientras yo le daba el biberón a mi hijo que ya cumplió 47 años. Dejé todo y me fui con el Voyager, porque era ahora o nunca y siempre me he considerado una mujer resolutiva. Viajamos años pasando por la bella Venus, que como  gira al revés, el sol sale por el oeste y se pone por el este;  Marte, el planeta rojo; vimos de cerca la gran mancha roja de Júpiter que resultó ser una temperamental tormenta que ya dura más de 300 años. ¡Y nosotros que nos quejamos del viento del Sahara! Contamos las 274 lunas que tiene Saturno aparte de sus famosos anillos formados por trozos de hielo. Y cuando ya estábamos en lo mejor, saliendo del sistema solar y llegando al espacio interestelar, sentí mucho frio porque el sol había quedado muy lejos, asi que me dí media vuelta y volví a la Tierra. Me metí en un laboratorio calentito para mirar dentro del núcleo de un átomo con un microscopio, así me formaba una idea ajustada de lo más grande y de lo más pequeño. Cual no sería mi sorpresa cuando vi en directo las  cuerdas dentro de una partícula subatómica, aunque es sólo una teoría, pero yo las vi. Brevemente explicaré de qué se trata: son como cuerdecitas  vibratorias de un instrumento musical: todas son distintas y cada una tiene un sonido propio. Y ese “sonido” único es el que transmite la información para que se combinen de tal manera que al final constituyen la enorme variedad de átomos que forman nuestro universo. Igual que con siete notas podemos crear multitud de sinfonías esas cuerdecitas podrían, en teoría, darle forma a nuestros mundos, según como se unan. 

Por fin se me pasó el efecto del alucinógeno y me acerqué entusiasmada a mi agencia de viajes para hacer un viaje de verdad… ¡a mi infancia! 


miércoles, 3 de junio de 2026

TITO Y CUACO

Tito y Cuaco a la hora de la siesta.
Narración de Mónica Bardi

Hace mucho que mis queridos animalitos no concurren al llamado desesperado de las redes sociales y sus innumerables seguidores. Es que ellos son así: caprichosos. La vida de ellos, exenta de sobresaltos, discurre sin preocupaciones políticas, contratiempos familiares y borrascas ocasionales. 

Nuestro famoso Cuaco, el ganso ampurdanés que aterrizó en el jardín y nunca mas se fue, sigue muy satisfecho con el traslado de su vivienda (recogida hace ya mucho tiempo de la basura pero, al fin y al cabo, confortable y sin hipoteca), a otro sector del jardín y da cuenta de ello porque está siempre metido en esa casita. Las ventanas no tienen vidrios ni postigos. A cambio de eso y en vista de las fuertes lluvias le pusimos una cubierta de plástico transparente. Fracaso total y estridentes  graznidos de protesta. Retiramos el plástico y todo volvió a la normalidad. El sabe hacerse entender. Si no está ahí, está en su piscinita de plástico con cara de hipopótamo (la piscinita). Lo más divertido fue cuando le pusimos un espejo entre las ramas de la enredadera. No paraba de mirarse con un evidente narcisismo. Lástima que con este ganso no tenemos intimidad: cada vez que llega alguien, todo el barrio se entera por sus escandalosos graznidos. Su carácter arisco e imprevisible alimenta mis tendencias gansicidas y me lo imagino sin plumas y todo dorado, crocante y jugoso saliendo del horno, aunque es solo una idea pasajera. Una cosa es soñar un crimen y otra muy distinta llevarlo a cabo. Su convivencia con el gato Tito es bastante armónica y eso que hablan distintos idiomas; igualito, igualito a la mayoría de los matrimonios de los mamíferos bípedos de inteligencia supuestamente superior. 

Tito ha cambiado de raíz su conducta desde que fué vilmente castrado. Está más gordito, duerme mucho y ya no viene con heridas de trifulcas felinescas como antes. Menos mal, pero a cambio de eso se ha vuelto demandante conmigo. Porque, como ya comenté en otras ocasiones, el cree que yo soy una diosa y me trae tributos como crías de ratitas de campo, mirlos o palomas. Todos muertos,  por supuesto o con graves heridas necesitadas de un veterinario, al cual nunca acudo, como se imaginarán. Esos asesinatos rituales tipo azteca me enfurecen, pero el insiste. 

Maúlla de madrugada para que lo deje entrar a mi dormitorio porque quiere dormir conmigo pero no lo dejo porque se me pega a las pantorrillas o se adapta a posiciones tipo cucharita y, como está gordito, me pesa y me molesta. Ya le dije ¡no quiero compartir mi cama con nadie!, pero el insiste. Desde el último mamífero bípedo con el cual conviví, es una decisión incontrovertible que necesito la cama toda para mi. Y punto. Si me da por haraganear para levantarme en una mañana dominguera, el maldito gato empieza a hacer cosas raras como subirse al escritorio y arañar las cortinas. ¡Qué ganas de matarlo!

Y así es, queridos amigos, una va indefectiblemente fluctuando entre el amor y el odio, condimentos siempre presentes en cualquier tipo de convivencia.