Narración de Mónica Bardi
He emprendido un viaje imaginario. Si, porque el que yo quería hacer era carísimo. Así que ya que la ambición es mucha, viajemos a lo imposible. Con esa idea en la cabeza y un par de pastillas alucinógenas, me monté en la nave que ha llegado a lo más remoto que jamás ha llegado el hombre: los confines del Sistema Solar; 24 mil millones (24.000.000.000) de kilómetros desde mi casa en Chiclana, millón más, millón menos. Se llama Voyager I, partió en septiembre de 1977 de Cabo Cañaveral, mientras yo le daba el biberón a mi hijo que ya cumplió 47 años. Dejé todo y me fui con el Voyager, porque era ahora o nunca y siempre me he considerado una mujer resolutiva. Viajamos años pasando por la bella Venus, que como gira al revés, el sol sale por el oeste y se pone por el este; Marte, el planeta rojo; vimos de cerca la gran mancha roja de Júpiter que resultó ser una temperamental tormenta que ya dura más de 300 años. ¡Y nosotros que nos quejamos del viento del Sahara! Contamos las 274 lunas que tiene Saturno aparte de sus famosos anillos formados por trozos de hielo. Y cuando ya estábamos en lo mejor, saliendo del sistema solar y llegando al espacio interestelar, sentí mucho frio porque el sol había quedado muy lejos, asi que me dí media vuelta y volví a la Tierra. Me metí en un laboratorio calentito para mirar dentro del núcleo de un átomo con un microscopio, así me formaba una idea ajustada de lo más grande y de lo más pequeño. Cual no sería mi sorpresa cuando vi en directo las cuerdas dentro de una partícula subatómica, aunque es sólo una teoría, pero yo las vi. Brevemente explicaré de qué se trata: son como cuerdecitas vibratorias de un instrumento musical: todas son distintas y cada una tiene un sonido propio. Y ese “sonido” único es el que transmite la información para que se combinen de tal manera que al final constituyen la enorme variedad de átomos que forman nuestro universo. Igual que con siete notas podemos crear multitud de sinfonías esas cuerdecitas podrían, en teoría, darle forma a nuestros mundos, según como se unan.
Por fin se me pasó el efecto del alucinógeno y me acerqué entusiasmada a mi agencia de viajes para hacer un viaje de verdad… ¡a mi infancia!

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