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miércoles, 3 de junio de 2026

TITO Y CUACO

Tito y Cuaco a la hora de la siesta.
Narración de Mónica Bardi

Hace mucho que mis queridos animalitos no concurren al llamado desesperado de las redes sociales y sus innumerables seguidores. Es que ellos son así: caprichosos. La vida de ellos, exenta de sobresaltos, discurre sin preocupaciones políticas, contratiempos familiares y borrascas ocasionales. 

Nuestro famoso Cuaco, el ganso ampurdanés que aterrizó en el jardín y nunca mas se fue, sigue muy satisfecho con el traslado de su vivienda (recogida hace ya mucho tiempo de la basura pero, al fin y al cabo, confortable y sin hipoteca), a otro sector del jardín y da cuenta de ello porque está siempre metido en esa casita. Las ventanas no tienen vidrios ni postigos. A cambio de eso y en vista de las fuertes lluvias le pusimos una cubierta de plástico transparente. Fracaso total y estridentes  graznidos de protesta. Retiramos el plástico y todo volvió a la normalidad. El sabe hacerse entender. Si no está ahí, está en su piscinita de plástico con cara de hipopótamo (la piscinita). Lo más divertido fue cuando le pusimos un espejo entre las ramas de la enredadera. No paraba de mirarse con un evidente narcisismo. Lástima que con este ganso no tenemos intimidad: cada vez que llega alguien, todo el barrio se entera por sus escandalosos graznidos. Su carácter arisco e imprevisible alimenta mis tendencias gansicidas y me lo imagino sin plumas y todo dorado, crocante y jugoso saliendo del horno, aunque es solo una idea pasajera. Una cosa es soñar un crimen y otra muy distinta llevarlo a cabo. Su convivencia con el gato Tito es bastante armónica y eso que hablan distintos idiomas; igualito, igualito a la mayoría de los matrimonios de los mamíferos bípedos de inteligencia supuestamente superior. 

Tito ha cambiado de raíz su conducta desde que fué vilmente castrado. Está más gordito, duerme mucho y ya no viene con heridas de trifulcas felinescas como antes. Menos mal, pero a cambio de eso se ha vuelto demandante conmigo. Porque, como ya comenté en otras ocasiones, el cree que yo soy una diosa y me trae tributos como crías de ratitas de campo, mirlos o palomas. Todos muertos,  por supuesto o con graves heridas necesitadas de un veterinario, al cual nunca acudo, como se imaginarán. Esos asesinatos rituales tipo azteca me enfurecen, pero el insiste. 

Maúlla de madrugada para que lo deje entrar a mi dormitorio porque quiere dormir conmigo pero no lo dejo porque se me pega a las pantorrillas o se adapta a posiciones tipo cucharita y, como está gordito, me pesa y me molesta. Ya le dije ¡no quiero compartir mi cama con nadie!, pero el insiste. Desde el último mamífero bípedo con el cual conviví, es una decisión incontrovertible que necesito la cama toda para mi. Y punto. Si me da por haraganear para levantarme en una mañana dominguera, el maldito gato empieza a hacer cosas raras como subirse al escritorio y arañar las cortinas. ¡Qué ganas de matarlo!

Y así es, queridos amigos, una va indefectiblemente fluctuando entre el amor y el odio, condimentos siempre presentes en cualquier tipo de convivencia. 

jueves, 17 de julio de 2025

SIESTA

 Cuento corto de Mónica Bardi

Acrílico sobre lienzo (fragmento)

Hacía mucho que ella no lograba caer  desmayada en esas siestas reparadoras que se tienen de joven. No era joven y, ya se sabe, los viejos duermen poco. Pero esa fresca tarde, luego de la ola de calor, lo logró. Se durmió como un bebé. Entonces un sueño mágico empezó a tejer un cuento con absoluta irresponsabilidad.

Soñó y soñó que charlaba con un hombre agradable y sonriente al que, aparentemente, acababa de conocer  aunque se percibía de forma subliminal una fuerte sintonía. Una atracción. 

Había, de fondo, un mar rumoroso y médanos hospitalarios que enmarcaban una apropiada atmósfera de romance en ciernes. La lenta conversación no importaba en absoluto pero sí esa sensación indescifrable de amor naciente, de amalgama afectiva. El flechazo, que le dicen, pero no exactamente. 

Las miradas hablaban por si solas. En unos momentos, se largaban a nadar en cielos nublados acompañando a las gaviotas; en otros momentos caminaban relajadamente sobre aguas frías y serenas; apenas rozándose, mientras esa sugestión sobrenatural aumentaba y multiplicaba una narrativa llena de sobreentendidos: una loca libertad que sólo existe en un territorio soñado. Nunca se le hubiera ocurrido que una ensoñación por si sola sería capaz de verter en su torrente sanguíneo esas endorfinas que reedituaran con enorme nitidez emociones que creía olvidadas. 

Luego de un rato, él comentó que le había entrado agua en un oído y entonces ambos decidieron ir a una farmacia a buscar remedios para la otitis. Pero nada de eso importaba: lo decían como quien dice que va a la verdulería a comprar lechuga. Lo que realmente tenía sentido era ese deleite de seguir haciendo algo juntos. 

Salieron de la farmacia y ella, espontáneamente, se aferró a su brazo. Caminaron y pasearon dichosos en una fascinante travesía sin futuro. Como el flâneur de Baudelaire, el paseante que está siendo parte de algo pero que también está aparte de todo porque nada importa: solo el presente. No había desconfianza ni zonas oscuras: sin conocerse, ya compartían algo glorioso,  una comunicación irrepetible. Y eso, en el sueño, se podía casi tocar con la mano.  

Entonces ella se fue despertando,  sintiendo un bienestar absoluto, segura de haber vivido un amor que alguna vez conoció despierta. Se quedó un largo rato relajada, con los ojos cerrados,  saboreando la efímera excursión onírica. Todavía circulaban en su sangre esos mediadores químicos de la felicidad, porque los sentía, y quiso prolongarlos lo más posible: era como una abundancia venturosa que se vivía con el cuerpo entero. Recordó con extrañeza que no había en el sueño carga erótica ninguna, pero sí mucho más: una gran comunión espiritual con un ser que no se parecía a nadie que ella conociera.  

Mientras tanto, la imagen del tipo divino  se iba desdibujando lentamente sin abandonar la sonrisa, alejándose y dejándola otra vez sola. Si el nocturno de Chopin es lo más parecido que se ha escrito en piano a una despedida sin palabras, esa música acompañaba el despertar de una experiencia inédita. 

Con gran agradecimiento a la vida por tan inesperado regalo y todavía medio conmocionada, se sentó y se aferró al borde de la cama, sonriendo; luego, a sus muletas y, como siempre, ignorando años, dolores y molestias, se fue a hacer la comida para la cena. Pronto llegaría su familia. 

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Dice JORGE ALEMÁN (ensayista argentino): El psicoanálisis no es una ciencia: "se ocupa de todo aquéllo que la ciencia deshecha: los sueños, los lapsus, las pasiones insensatas, el amor en estado de confusión. Pero eso le abre a otra verdad. Permite conocernos a nosotros mismos. Y saber dónde uno está situado con respecto a los lazos sociales".



jueves, 13 de junio de 2019

SIESTA ANDALUZA.

Era un espléndido día primaveral en Chiclana de la Frontera, la ciudad española donde vivo actualmente. Así que mientras todos se iban a la playa, yo me dirigí resueltamente a mi sillón reclinable para insuflarme una siesta catamarqueña. Catamarca es una provincia argentina, famosa por el calor y la sequía y también famosa por las siestas integrales a las que se someten sus habitantes.
Para relajarme me pongo auriculares y busco alguna música o narración que me enganche. Así fue como me topé con un cuento relatado por Darío, un filósofo argentino; de Jorge Luis Borges, el Aleph; y lentamente me fuí sumergiendo en un estupor que orillaba cíclicamente el sueño y las ensoñaciones.
Iba y venía de un mundo de imágenes y sonidos que se mezclaban placenteramente.
¡Qué agradable es salir de las obsesiones por un rato! ¡Qué agradable es salir de una misma!
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"Traté de razonar.
_Pero, ¿no es muy oscuro el sótano?
-La verdad no penetra en un entendimiento rebelde. Si todos los lugares de la tierra están en el Aleph, ahí estarán todas las luminarias, todas las lámparas, todos los veneros de luz.
-Iré a verlo inmediatamente".
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El candelabro de dos velas cincelaba luces y sombras sobre el ruinoso y coqueto empapelado rosa, en un inútil esfuerzo por concretar fantasmas.
El Aleph seguía relatándome sus hechos extraordinarios cuando súbitamente entraron por la puerta principal (no la del consultorio) de la casa de Témperley, en Argentina, mi papá y mi mamá, que habían muerto hacía muchos años.
-Por fin- les dije sacándome un auricular- ya iba a llamarlos. Bueno, luego hablamos.
Ellos se fueron al interior de la casa y yo seguí con Borges.
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"Bajé con rapidez, harto de sus palabras insustanciales. El sótano apenas más ancho que la escalera tenía mucho de pozo. Con la mirada, busqué en vano el baúl de que Carlos Argentino me habló".
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El escenario iba mutando y una terrible punzada casi, casi me despierta. Aquéllo dolía mucho y se prolongaba demasiado. "Así que esto era parir", pensé con desesperación, porque solo tenía 4 centímetros de dilatación, me informaron.
-Hay para rato- dijo el médico y se fue.
Lo sobrellevaba jadeando y mirando los húmedos y hostiles azulejos de un color inexistente que, encima, permanecían mudos. Una enfermera rondaba periódicamente pero entre sus tareas no figuraba la de darle una palabra de aliento a la parturienta.
Estaba completamente sola si exceptuamos al bebé que también luchaba denodadamente por salir.

¿Era necesario pasar por todo este sufrimiento para graduarse de MUJER, como decían antiguamente? ¡Qué despropósito!
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"Cumplí con sus ridículos requisitos; al fin se fue. Cerró cautelosamente la trampa; la oscuridad, pese a una hendija que después distinguí, pudo parecerme total. Súbitamente, comprendí mi peligro: me había dejado soterrar por un loco, luego de tomar un veneno. Las bravatas de Carlos transparentaban el íntimo terror de que yo no viera el prodigio; Carlos, para defender su delirio, para no saber  que estaba loco, tenía que matarme. Sentí un confuso malestar, que traté de atribuir a la rigidez, y no a la operación de un narcótico. Cerré los ojos, los abrí. Entonces, vi el Aleph.
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Y por fin lo ví.  Era un precioso varón mi primer hijo. No le faltaba ningún dedo ni en las manos ni en los pies. El intenso dolor había pasado y yo, con eso nada mas y mi hijo al lado, ya estaba en la gloria.
Una enfermera me explicó que me iban a dar unos puntos de sutura pero sin anestesia, porque eran pocos y no valía la pena. No protesté ya que me encontraba en estado de beatitud.
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"En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba". (...) "...vi el Aleph desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo".
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Sentía con lacerante nitidez como la aguja y el hilo penetraban la carne de mis castigados genitales externos pero de pronto fui consciente de que aquello no me dolía. Muy sorprendida, me encontré en otro plano de la percepción. Esa epifanía, que había logrado abolir la transmisión del dolor, me hizo llorar de felicidad; sabía que no se iba a repetir. Miré a mis ahora amigos, los húmedos azulejos del paritorio porque allí, además, allí se reflejaban las miradas de mis padres y mi tía Elsa,  bañadas en miel.

Y ahora, 45 años mas tarde, recuerdo mi particular Aleph en mi sillón reclinable de Chiclana a la hora de la siesta.


viernes, 23 de diciembre de 2011

¡CÓMO BAJÓ EL LABURO!

Bueno, señores, la doctora está siesteando y los miles de pacientes impacientes en la sala de espera. ¡¡¡¡Noooo, crasso error!!!
La crisis se nota en todas partes, así que las cuotas de ortodoncia se van en los regalos de reyes. No hay pacientes...por lo tanto, ¡a siestear se ha dicho!
La claridad de la ventana es mucha, así que la mascarilla viene de perlas, menos hinchazón en los tobillos porque la posición ayuda al retorno venoso (la foto salió vertical, otra cosa que no puedo cambiar), hay más tiempo para leer y estudiar alemán, para pintar y se está menos cansado para ver a los amigos. ¿Qué no llega la hipoteca? ¿La misma ropa de hace 3 años? ¿Ya no se puede viajar? Y bué, qué se le va a hacer...ya tuvimos nuestra época de (falsa) prosperidad y ahora las vacas van a ser como las de la India, FLACAS.
Besos para todos y aunque sea, buen humor.