También hay una proporcionalidad directa entre la afrenta sentida por el felino y su reacción posterior. Si yo me voy unos días de vacaciones, al volver seguramente encontrará la ocasión para arañarme, morderme o subirse a la mesa del comedor, lo cual tiene estrictamente prohibido. Así son los machos, aunque estén castrados; no aceptan explicaciones ni coartadas. Allí no hay ofrendas, solo reproches.
Reflexiono sobre estos comportamientos salvajes en una mañana milagrosamente fresca de este verano de fuego, mientras miro la velocidad de vértigo de mi felino Tito cruzando el jardín y trepando al árbol para cazar algún mirlo desaprensivo. Mis gritos no lo detienen pero luego oigo un bullicio de pajaritos huyendo y afortunadamente la cosa termina sin víctimas.
Pero, en cambio, mi ganso ampurdanés llamado Cuaco y muy conocido en las redes sociales, ha mutado a animal cariñoso (solo conmigo, que quede claro. En fin, que soy bígama en relaciones mamíferos-aves). Apenas me ve en el porche, se acerca con un bamboleante caminar y me mira de lado con su perfil egipcio adornado de bellos ojos celestes, hasta que se agacha y se queda quieto con un ojo abierto y otro cerrado, siempre atento. Mas tarde, si yo entro, tiene la extrema osadía de meterse en la casa, recorrer la cocina, pasar al salón, camuflarse debajo del mantel de la mesa y también beber el agua de Tito, ante la indiferente y perezosa mirada gatuna. Hay un respeto mutuo. Después de su frustrada cacería, Tito está estirado sobre las baldosas frescas y se hace el dormido; mientras yo prosigo con mi lectura.



