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domingo, 16 de agosto de 2026

BÍGAMA



Las ofrendas de él van en proporción directa a la atención que ella le presta. ¡Tiene lógica! Solo una puntualización: el es el gato Tito, felino y ella soy yo, mujer sapiens. El diálogo interespecies siempre ha sido mucho más fácil que el de los humanos que jamás se entienden pero así y todo, tiene sus bemoles. De tal manera que si yo lo ignoro él amanecerá detrás de la puerta cerrada de mi dormitorio con maullidos más agudos que van en proporción directa al tamaño de la ofrenda. Me explico: un maullido suave se corresponde a una cucaracha muerta; un maullido agudo será seguramente el cadáver de una suculenta paloma toda desplumada. Como un canto de guerra tipo Tarzán. 

También hay una proporcionalidad directa entre la afrenta sentida por el felino y su reacción posterior. Si yo me voy unos días de vacaciones, al volver seguramente encontrará la ocasión para arañarme, morderme o subirse a la mesa del comedor, lo cual tiene estrictamente prohibido. Así son los machos, aunque estén castrados; no aceptan explicaciones ni coartadas. Allí no hay ofrendas, solo reproches. 

Reflexiono sobre estos comportamientos salvajes en una mañana milagrosamente fresca de este verano de fuego, mientras admiro la velocidad de vértigo de mi felino Tito cruzando el jardín y trepando al árbol para cazar algún mirlo desaprensivo. Mis gritos no lo detienen pero luego oigo un bullicio de pajaritos huyendo y afortunadamente la cosa termina sin víctimas. 


Pero, en cambio, mi ganso ampurdanés llamado Cuaco y muy conocido en las redes sociales, ha mutado a animal cariñoso (solo conmigo, que quede claro. En fin, que soy bígama en relaciones mamíferos-aves). Apenas me ve en el porche, se acerca con un bamboleante caminar y me mira de lado con su perfil egipcio adornado de bellos ojos celestes, hasta que se agacha y se queda quieto con un ojo abierto y otro cerrado, siempre atento. Mas tarde, si yo entro, tiene la extrema osadía de meterse en la casa, recorrer la cocina, pasar al salón, camuflarse  debajo del mantel de la mesa y también beber el agua de Tito, ante la indiferente y  perezosa mirada gatuna. Hay un respeto mutuo. Después de su frustrada cacería, Tito está estirado sobre las baldosas frescas y se hace el dormido; mientras yo prosigo con mi lectura. 


Lo que de Cuaco no se ha podido determinar es su sexo pero si en todos estos años no ha puesto un huevo, se supone que es macho. Nuestras relaciones de pareja mejoran con el tiempo justo al revés que en las relaciones mamífero-mamífero o humano-humano, para ser más concreta. O sea, en relación inversa, volviendo a las matemáticas. Parece que no sufrimos el desgaste de una convivencia prolongada y quizás sea porque somos muy independientes, al revés que con Tito, siempre tan demandante y exigente. En fin, la vida continúa en este trío interespecies. Y hasta aquí llegamos con las novedades animalísticas para este boletín. 


miércoles, 1 de abril de 2026

TITO

 Cuento corto ilustrado de Mónica Bardi y de Cuyén Hidalgo Bardi.


Esa casa y ese jardín tenían propiedades magnéticas, pero nadie se explicaba porqué. Allí vivían 2 viejitas malhumoradas, que, sin embargo, con resignación monacal aceptaban la invasión, ya que misteriosos imanes atraían todo tipo de seres vivos: desde vegetales y bacterias hasta homo sapiens. De repente aparecían flores exóticas, gansos perdidos, gallinas silvestres, perros huérfanos, personas sin hogar, y siempre, siempre estaba ese lugar abierto a todas las razas, etnias y especies. Así fue como una gata preñada decidió que un porche oscuro era ideal para dar a luz a su progenie. Pasado el parto y la primera lactancia la muy desapegada se enamoró de un gato canalla y con viento fresco se largó. El ganso ampurdanés avisó con su aguda trompetilla que cuatro mamíferos pequeños quedaban abandonados; las damas de noche, espantadas, se cerraron en lugar de abrirse, el gran danés se durmió, demostrando así  su bajo nivel de implicación, las gallinas dejaron de empollar los huevos, el virus del covid huyó y algunos mirlos salieron de su nido para picotear la ventana. Hasta la luna se nubló, pero ninguno lograba hacerse entender a los bípedos que vivían bajo techo. Sus idiomas eran babélicos, no solo por las diferentes especies sino que serias comprobaciones científicas habían postulado que los humanos tampoco se entienden entre ellos. 

Afortunadamente la malhumorada abuela siciliana de la posguerra pensó que algo raro pasaba y rescató a los gatitos. Cuando crecieron se fueron yendo y solo quedó el gato Tito, el negro, el último en nacer. 

Pero entonces cayó un meteorito... ¡no, mentira! Eso no viene ahora. 

En medio del jardín había estacionada una caravana que un hijo de la señora malhumorada y su esposa decidieron limpiar una tarde cualquiera y la dejaron impecable. Terminada la limpieza, cerraron y se fueron a su casa, en otra ciudad. Pasaron las horas y oscureció. La madre malhumorada notó la ausencia de Tito, aunque en principio no le dió importancia: los gatos, aún castrados, adoran la noche y Tito, además, tenía mucha responsabilidad como guardián permanente de ese enorme y variopinto zoológico/botánico. Pero conforme avanzaba la hora ella empezó a preocuparse y salió afuera a buscarlo con la linterna. Oyó unos insistentes maullidos pero muy amortiguados; se acercó a su coche para ver si se había quedado en el maletero, que le encantaba; pero no, ahí no estaba. Miró en el bombo de la lavadora porque ése era su lugar preferido en invierno pero allí tampoco estaba. Fue a la caravana y, para su sorpresa, vio unas patitas negras arañando con desesperación el mosquitero. El muy tarado quiso jugar al escondite y se quedó encerrado. ¡Y nadie tenía la llave! "¿Y ahora qué hago?", pensó la pobre mujer. Como siempre, la abuela malhumorada de la posguerra vino con la solución. Con una ganzúa polvorienta arrumbada en un viejo baúl, recuerdo de su lejana juventud en la mafia siciliana, forzó la cerradura para dejar salir al bicho que, con actitud poco agradecida, parecía expresar: "Ya era hora". Entre la madre y la abuela le dieron una fuerte reprimenda al aspirante a okupa quien, con indiferencia felina, paseó su sedoso pelaje por los alrededores para comprobar qué había ocurrido en su ausencia. 

Asi fue como Tito se largó a filosofar sobre su vida y luego de beber y comer, pensó: "como  inmigrante indocumentado que soy (aunque nací en esta tierra), siempre desée dormir en ese espacio restringido y prohibido para mi... y por un momento lo disfruté a solas, con gran placer. Pero pasaron las horas hasta que el pánico se apoderó de mí. ¿Y si alguien llamaba a la policía de inmigración? Sentí sudores fríos en mi espalda peluda, hambre de saltamontes, sed de luciérnagas, deseo de luz de luna. Por fin, esos bípedos que me criaron también me liberaron, aunque de mi nuevo refugio para siempre me desterraron, pero a la policía, afortunadamente, no llamaron. Todo caos inesperado trae un orden necesario. ¿Dónde leí eso?" terminó pensando Tito, mientras se acurrucaba en su mantita. Y fue entonces cuando cayó el meteorito... pero ése es otro cuento. 

viernes, 18 de octubre de 2024

TITO

 

Relato breve de Mónica Bardi

Mi pareja y yo tenemos algunos cortocircuitos en nuestra comunicación, como el resto del mundo. Antes de seguir con la narración me parece oportuno aclarar que mi pareja es mi gato Tito y, a pesar de nuestra enorme diferencia (de especie) de edad, hay que tener en cuenta que los gatos viven mucho menos que los sapiens, así que, año más, año menos, nos vamos a morir alrededor de la misma época, si antes no sobrevienen accidentes o enfermedades inesperadas. 

Yo creía que mi gato Tito me traía ofrendas como habitualmente se le llevan a una diosa. Mirlos, ratones o lagartijas, muertos o casi, tipo sacrificio humano azteca, para así tenerme contenta, pero últimamente me está entrando la duda. 

Ahora más que ofrendas, obsequios o regalos, parecen como castigos o reproches porque siempre ocurre cuando me ausento más de lo habitual. Esta hipótesis está abonada por la base científica de CAUSA-EFECTO.

Voy a dar un ejemplo: me voy a un congreso y duermo 2 noches fuera de mi casa. Al volver, Tito no está. Pero tiene suficiente comida y agua que le ha dado mi hija. Lo llamo, pero nada. Sacudo su cuenco de pienso porque con ese ruidito vuelve siempre. Pero nada. Le mando un WhatsApp y nada. 

Por fin, llego a la misma conclusión que con todas mis anteriores parejas: "que vuelva cuando quiera y sino, que no vuelva".

Al rato largo entra maullando repetidamente. Yo lo recibo con grandes manifestaciones de alegría y arrumacos y el me agarra una pierna con sus dos patitas y me da mordisquitos que, a veces, pasan de castaño oscuro. ¡Qué bien!, pienso. Ya pasó la bronca. Y nos vamos a dormir muy juntitos.

Pero sistemáticamente, al día siguiente hay un cadáver en las inmediaciones de mi dormitorio y plumas por todo el pasillo. ¡Eso no puede ser un indicio de alegría por mi vuelta, como quien lleva un ramo de flores! Es inútil, no hablamos el mismo idioma. Igualito, igualito que con los Sapiens. 

Además, Tito es enteramente negro. Y ya se sabe: son todos iguales. Eso de que en la noche todos los gatos son pardos es mentira: de noche y de día todos los gatos negros son negros. Así que si veo otro negro flaco por el barrio, no se si es Tito o no. 

Visto y comprobado: si no falto de casa, no hay sacrificios, pero si me da por hacerme la independiente, alguien tiene que pagar el pato. 

Y hablando de patos, Cuaco, mi ganso ampurdanés, fue abandonado miserablemente por su pareja, la Cuaca, que salió volando y no volvió más. Menos mal que no tuvieron cuaquitos. A mi me parece que tenían una pareja complicada: siempre juntos pero muchas veces peleando salvajemente. No sé bien de que lado ponerme, pero ahora que lo pienso, mi cariño incondicional es para el Cuaco. 

En esta casa las emociones se desbordan con facilidad. 

¿Qué pasaría si los árboles pudieran caminar, como en el cuento de Chesterton? ¿Se quedarían, se irían? Qué se yo. La vida es un continuo peregrinar...


 

viernes, 25 de agosto de 2023

DÍAS DE VERANO

 





DÍAS DE VERANO. Por Mónica Bardi

Mi gato Tito cree ingenuamente que el universo es nuestra casa y el jardín. Más allá el NON PLUS ULTRA, o sea, lo desconocido. Otra cosa: a mi me avisaron desde la sonda Voyager 2 (fuera ya del sistema solar, a 19.900 millones de km de mi jardín), que han captado un maullido lejano de la gata Tita y han enviado una respuesta que esperamos con ansiedad hace unos 30 días. 

En cambio, el ganso Cuaco ha volado por lejanas latitudes hasta que aterrizó en mi jardín y allí se quedó. Por momentos parece resignado y hasta contrariado pero no se va. El Rover Curiosity, que hace años aterrizó en Marte desearía tener alguna presencia viva para alegrar su corazoncito robótico de vez en cuando pero el Cuaco se niega. No tiene ganas de largos viajes. 

Mi gato Tito todavía es muy chico para emprender riesgosas aventuras por el desconocido mundo exterior pero ya pispea desde lo alto del albaricoque al vecindario llenos de misterios. Le habla a la Luna porque mi gato es un poeta. 

Mi ganso Cuaco tiene grandes altibajos emocionales según la estación del año en la que se encuentra: en verano se acerca mucho más a la gente. Hasta parece festejar mi llegada con grandes exteriorizaciones de sus blanquísimas alas y no ataca. En primavera se torna hostil y vive más alejado, como si estuviera enojado por no tener pareja. Ya se sabe, la primavera la sangre altera. Pero la gran sorpresa de su vida plumífera estaba esperándolo a la vuelta de la esquina: una gansa guapa. Claro que él todavía no lo sabe. A nosotros ya nos avisaron desde la Estación Espacial Internacional, que todo lo ven desde una visión panorámica, que se aproxima la gansa guapa.  

Mi gato Tito es apegadísimo a compartir cama con humanos durante la noche. Solo que, a veces, los humanos no lo dejan y entonces se queda maullando en la puerta del dormitorio hasta que se cansa y se tumba en las toallas del baño con celestial resignación. Pero nunca le perdonaré que haya destruido mi orquídea y por eso lo he mandado al ostracismo... pero no quiere ir. Dice que no sabe dónde queda.

Mi ganso Cuaco entra a la cocina exigiendo más cereales para el almuerzo y sistemáticamente caga. ¡Pato criollo, a cada paso una cagada!

Y así transcurre la vida entre animales y vegetales. Nosotros, igual que Tito, pensamos que nuestro universo son los lugares donde nos movemos porque mirar al abismo es acojonante ¿Y si el abismo nos contesta?