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jueves, 23 de febrero de 2023

LUCIO

 

Niños Expósitos

Diana Sperling

LA HISTORIA DEL HORROR  ( del muro de Alejandra Boero )

Hay espantos que nos sacuden como si fueran nuevos: hechos que nos sorprenden y nos aterran, situaciones para las que nunca estamos preparados porque rozan lo inconcebible.

Sin embargo, muchos de esos horrores son tan antiguos como la humanidad. La historia abunda en ejemplos de actos malvados. Pero muchos de ellos eran, en ciertas épocas, “naturales”, formaban parte de la vida normal de la gente hace milenios y hasta estaban contemplados y codificados por la ley. El filicidio que hoy nos estremece era una práctica relativamente habitual, ya fuera por razones religiosas, cívicas, políticas o “sanitarias”.

El sacrificio de niños está atestiguado en numerosas culturas, desde las orientales hasta las latinoamericanas. Las célebres momias de Llullaillaco, que pueden observarse -no sin cierto temblor- en nuestro Museo de la Alta Montaña (Salta), son una prueba patente. Niñas vírgenes y pequeños, muchas veces primogénitos, eran ofrendados a los dioses como bienes preciosos para poner su voluntad a favor de los mortales. 

Una de las costumbres perfectamente aceptadas, tanto en Grecia como en Roma, era la llamada “exposición del niño”. Si el progenitor, por alguna causa, no quería conservar al recién nacido, simplemente lo dejaba en algún lugar público. A veces el chico era recogido por alguien que se hacía cargo de su crianza, frecuentemente con el propósito de convertirlo en esclavo o venderlo. Pero lo más habitual era que la criatura quedara ahí, como un objeto desechable. La muerte era su destino más seguro. Edipo, Rómulo y Remo y tantos otros personajes del mito y la literatura son casos que ilustran tal costumbre.

En Roma se lo depositaba en el suelo de la propia casa. Si su progenitor lo levantaba, eso significaba que lo aceptaba como hijo. De esa manera el adulto se convertía en padre. Como decía Eva Giberti, todo hijo es adoptado: es preciso que medie una operación simbólica de acogimiento del nacido para que la paternidad/maternidad advenga. Se sabe: ser padre o madre no es un hecho biológico, sino cultural y legal. 

Pero, si esos actos filicidas eran aceptados en la antigüedad, ¿qué es lo que cambió? ¿Por qué ahora constituyen la máxima aberración?

Es Jean-Jacques Rousseau, en su libro Emilio o De la educación, de 1762, el primero que concibe al niño como un ser con características propias, diferente al individuo ya crecido. Hasta ese momento (siglo XVIII, ayer nomás!), el infante era tan solo un “adulto en miniatura”, es decir, una todavía-no-persona, un mayor fallido. Su inmadurez implicaba un defecto que le impedía entrar en la categoría de ser humano cabal. Así, constituía más bien un objeto, algo de lo que se podía hacer uso y abuso ya que no contaba como ser completo.

Las consideraciones de Rousseau -en vísperas del Iluminismo- dan el puntapié inicial para cambiar esa mirada y otorgarle al pequeño el status de persona. Deberán pasar todavía más de dos siglos para que se dicten los Derechos del niño, en la huella de los también revolucionarios Derechos del Hombre (luego, Derechos humanos). Pero la realidad es que, durante milenios, ese estatuto de persona y de sujeto de derecho -que tenemos asumido e incorporado- era algo absolutamente impensable. 

El homicidio del pequeño Lucio nos retrotrae a las épocas más oscuras de la historia. Esa mujer, su genitora -imposible llamarla madre-, hizo de la criatura el blanco de una crueldad que excede todo lo que podamos imaginar. Usando como justificación (¿ante sí misma?) una ideología falsamente feminista, profesaba un recalcirante “odio al varón” y lo actuaba sin miramientos. Es imprescindible tomar en cuenta tal factor: en algunas vertientes del feminismo se confunde función paterna con patriarcado. Se pretende prescindir por completo del padre, como si este fuera un monstruo o un tirano. Está visto que la tiranía, el sometimiento y la opresión no tienen género. Si en esta rara configuración familiar hubiera habido un padre mínimamente a la altura de su función, habilitado por la ley y reconocido por la “madre”, tal vez habría podido evitar el terrible desenlace, separando al chiquito de una mujer (ya dudo incluso de llamarla así) devoradora, que cosificaba al niño y lo degradaba hasta lo más atroz. 

Reducir el hijo a la condición de cosa descartable -es decir, anularlo, volverlo nada- era el sentido de esas prácticas antiguas en Grecia y Roma, paradójicamente, las cunas de nuestra cultura. Tal vez no se ha reflexionado lo suficiente al respecto.

Las criaturas abandonadas en plazas, templos o portales mediante la exposición eran, literalmente, expósitos (expuestos). Quiso la mala fortuna, la casualidad o no sé qué diabólica coincidencia que ese sea el apellido de la homicida: Magdalena Espósito. Alguien podrá decir: cruel ironía del destino. Tragedia o muerte anunciada. Sin embargo, acá no hubo dioses en cólera exigiendo sangre de niños sacrificados, rituales de una cultura que “cree” en tales acciones, impuestas por la tradición y las normas de su comunidad. No, no es una tragedia, donde el héroe tiene poco margen de elección. En el caso que nos desvela, hubo plena conciencia del crimen, de la diferencia entre bien y mal, de las consecuencias inevitables que sobrevendrían. Las asesinas eligieron torturar y matar. 

Ese vientre del que nació Lucio no lo dio a luz (otra resonancia con el nombre) sino a la más tenebrosa oscuridad. Tampoco se debe confundir deseo de madre con capricho o antojo de posesión. La maternidad es una de las situaciones más complejas y difíciles de la especie humana. Ni angelical ni natural, es más bien un rol que se elige, una función a construir, con fallas y aciertos, con dudas e incertidumbres. Pero tiene como condición ineludible la capacidad de alojar al recién nacido indefenso y frágil, ligarlo filiatoriamente y darle un lugar en la propia existencia. Solo así madre e hijo se vuelven humanos. Elección, responsabilidad, amor y trabajo: los hilos del manto que protege la nueva vida.


Diana Sperling

Bs. As, febrero 2023

lunes, 4 de octubre de 2021

UN CUENTO DE BORGES

Ilustración de ALBERTO BRECCIA


EMMA ZUNZ de Jorge Luis Borges. 

El catorce de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fábrica de tejidos Tarbuch y Loewenthal, halló en el fondo del zaguán una carta, fechada en el Brasil, por la que supo que su padre había muerto. La engañaron, a primera vista, el sello y el sobre; luego, la inquietó la letra desconocida. Nueve diez líneas borroneadas querían colmar la hoja; Emma leyó que el señor Maier había ingerido por error una fuerte dosis de veronal y había fallecido el tres del corriente en el hospital de Bagé. Un compañero de pensión de su padre firmaba la noticia, un tal Fein o Fain, de Río Grande, que no podía saber que se dirigía a la hija del muerto. 


Emma dejó caer el papel. Su primera impresión fue de malestar en el vientre y en las rodillas; luego de ciega culpa, de irrealidad, de frío, de temor; luego, quiso ya estar en el día siguiente. Acto continuo comprendió que esa voluntad era inútil porque la muerte de su padre era lo único que había sucedido en el mundo, y seguiría sucediendo sin fin. Recogió el papel y se fue a su cuarto. Furtivamente lo guardó en un cajón, como si de algún modo ya conociera los hechos ulteriores. Ya había empezado a vislumbrarlos, tal vez; ya era la que sería. 


En la creciente oscuridad, Emma lloró hasta el fin de aquel día del suicidio de Manuel Maier, que en los antiguos días felices fue Emanuel Zunz. Recordó veraneos en una chacra, cerca de Gualeguay, recordó (trató de recordar) a su madre, recordó la casita de Lanús que les remataron, recordó los amarillos losanges de una ventana, recordó el auto de prisión, el oprobio, recordó los anónimos con el suelto sobre "el desfalco del cajero", recordó (pero eso jamás lo olvidaba) que su padre, la última noche, le había jurado que el ladrón era Loewenthal. Loewenthal, Aarón Loewenthal, antes gerente de la fábrica y ahora uno de los dueños. Emma, desde 1916, guardaba el secreto. A nadie se lo había revelado, ni siquiera a su mejor amiga, Elsa Urstein. Quizá rehuía la profana incredulidad; quizá creía que el secreto era un vínculo entre ella y el ausente. Loewenthal no sabía que ella sabía; Emma Zunz derivaba de ese hecho ínfimo un sentimiento de poder. 


No durmió aquella noche, y cuando la primera luz definió el rectángulo de la ventana, ya estaba perfecto su plan. Procuró que ese día, que le pareció interminable, fuera como los otros. Había en la fábrica rumores de huelga; Emma se declaró, como siempre, contra toda violencia. A las seis, concluido el trabajo, fue con Elsa a un club de mujeres, que tiene gimnasio y pileta. Se inscribieron; tuvo que repetir y deletrear su nombre y su apellido, tuvo que festejar las bromas vulgares que comentan la revisación. Con Elsa y con la menor de las Kronfuss discutió a qué cinematógrafo irían el domingo a la tarde. Luego, se habló de novios y nadie esperó que Emma hablara. En abril cumpliría diecinueve años, pero los hombres le inspiraban, aún, un temor casi patológico... De vuelta, preparó una sopa de tapioca y unas legumbres, comió temprano, se acostó y se obligó a dormir. Así, laborioso y trivial, pasó el viernes quince, la víspera. 


El sábado, la impaciencia la despertó. La impaciencia, no la inquietud, y el singular alivio de estar en aquel día, por fin. Ya no tenía que tramar y que imaginar; dentro de algunas horas alcanzaría la simplicidad de los hechos. Leyó en La Prensa que el Nordstjärnan, de Malmö, zarparía esa noche del dique 3; llamó por teléfono a Loewenthal, insinuó que deseaba comunicar, sin que lo supieran las otras, algo sobre la huelga y prometió pasar por el escritorio, al oscurecer. Le temblaba la voz; el temblor convenía a una delatora. Ningún otro hecho memorable ocurrió esa mañana. Emma trabajó hasta las doce y fijó con Elsa y con Perla Kronfuss los pormenores del paseo del domingo. Se acostó después de almorzar y recapituló, cerrados los ojos, el plan que había tramado. Pensó que la etapa final sería menos horrible que la primera y que le depararía, sin duda, el sabor de la victoria y de la justicia. De pronto, alarmada, se levantó y corrió al cajón de la cómoda. Lo abrió; debajo del retrato de Milton Sills, donde la había dejado la antenoche, estaba la carta de Fain. Nadie podía haberla visto; la empezó a leer y la rompió. 


Referir con alguna realidad los hechos de esa tarde sería difícil y quizá improcedente. Un atributo de lo infernal es la irrealidad, un atributo que parece mitigar sus terrores y que los agrava tal vez. ¿Cómo hacer verosímil una acción en la que casi no creyó quien la ejecutaba, cómo recuperar ese breve caos que hoy la memoria de Emma Zunz repudia y confunde? Emma vivía por Almagro, en la calle Liniers; nos consta que esa tarde fue al puerto. Acaso en el infame Paseo de Julio se vio multiplicada en espejos, publicada por luces y desnudada por los ojos hambrientos, pero más razonable es conjeturar que al principio erró, inadvertida, por la indiferente recova... Entró en dos o tres bares, vio la rutina o los manejos de otras mujeres. Dio al fin con hombres del Nordstjärnan. De uno, muy joven, temió que le inspirara alguna ternura y optó por otro, quizá más bajo que ella y grosero, para que la pureza del horror no fuera mitigada. El hombre la condujo a una puerta y después a un turbio zaguán y después a una escalera tortuosa y después a un vestíbulo (en el que había una vidriera con losanges idénticos a los de la casa en Lanús) y después a un pasillo y después a una puerta que se cerró. Los hechos graves están fuera del tiempo, ya porque en ellos el pasado inmediato queda como tronchado del porvenir, ya porque no parecen consecutivas las partes que los forman. 


¿En aquel tiempo fuera del tiempo, en aquel desorden perplejo de sensaciones inconexas y atroces, pensó Emma Zunz una sola vez en el muerto que motivaba el sacrificio? Yo tengo para mí que pensó una vez y que en ese momento peligró su desesperado propósito. Pensó (no pudo no pensar) que su padre le había hecho a su madre la cosa horrible que a ella ahora le hacían. Lo pensó con débil asombro y se refugió, en seguida, en el vértigo. El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español; fue una herramienta para Emma como ésta lo fue para él, pero ella sirvió para el goce y él para la justicia. 


Cuando se quedó sola, Emma no abrió en seguida los ojos. En la mesa de luz estaba el dinero que había dejado el hombre: Emma se incorporó y lo rompió como antes había roto la carta. Romper dinero es una impiedad, como tirar el pan; Emma se arrepintió, apenas lo hizo. Un acto de soberbia y en aquel día... El temor se perdió en la tristeza de su cuerpo, en el asco. El asco y la tristeza la encadenaban, pero Emma lentamente se levantó y procedió a vestirse. En el cuarto no quedaban colores vivos; el último crepúsculo se agravaba. Emma pudo salir sin que lo advirtieran; en la esquina subió a un Lacroze, que iba al oeste. Eligió, conforme a su plan, el asiento más delantero, para que no le vieran la cara. Quizá le confortó verificar, en el insípido trajín de las calles, que lo acaecido no había contaminado las cosas. Viajó por barrios decrecientes y opacos, viéndolos y olvidándolos en el acto, y se apeó en una de las bocacalles de Warnes. Paradójicamente su fatiga venía a ser una fuerza, pues la obligaba a concentrarse en los pormenores de la aventura y le ocultaba el fondo y el fin. 


Aarón Loewenthal era, para todos, un hombre serio; para sus pocos íntimos, un avaro. Vivía en los altos de la fábrica, solo. Establecido en el desmantelado arrabal, temía a los ladrones; en el patio de la fábrica había un gran perro y en el cajón de su escritorio, nadie lo ignoraba, un revólver. Había llorado con decoro, el año anterior, la inesperada muerte de su mujer - ¡una Gauss, que le trajo una buena dote! -, pero el dinero era su verdadera pasión. Con íntimo bochorno se sabía menos apto para ganarlo que para conservarlo. Era muy religioso; creía tener con el Señor un pacto secreto, que lo eximía de obrar bien, a trueque de oraciones y devociones. Calvo, corpulento, enlutado, de quevedos ahumados y barba rubia, esperaba de pie, junto a la ventana, el informe confidencial de la obrera Zunz. 


La vio empujar la verja (que él había entornado a propósito) y cruzar el patio sombrío. La vio hacer un pequeño rodeo cuando el perro atado ladró. Los labios de Emma se atareaban como los de quien reza en voz baja; cansados, repetían la sentencia que el señor Loewenthal oiría antes de morir. 


Las cosas no ocurrieron como había previsto Emma Zunz. Desde la madrugada anterior, ella se había soñado muchas veces, dirigiendo el firme revólver, forzando al miserable a confesar la miserable culpa y exponiendo la intrépida estratagema que permitiría a la Justicia de Dios triunfar de la justicia humana. (No por temor, sino por ser un instrumento de la Justicia, ella no quería ser castigada.) Luego, un solo balazo en mitad del pecho rubricaría la suerte de Loewenthal. Pero las cosas no ocurrieron así. 


Ante Aarón Loewenthal, más que la urgencia de vengar a su padre, Emma sintió la de castigar el ultraje padecido por ello. No podía no matarlo, después de esa minuciosa deshonra. Tampoco tenía tiempo que perder en teatralerías. Sentada, tímida, pidió excusas a Loewenthal, invocó (a fuer de delatora) las obligaciones de la lealtad, pronunció algunos nombres, dio a entender otros y se cortó como si la venciera el temor. Logró que Loewenthal saliera a buscar una copa de agua. Cuando éste, incrédulo de tales aspavientos, pero indulgente, volvió del comedor, Emma ya había sacado del cajón el pesado revólver. Apretó el gatillo dos veces. El considerable cuerpo se desplomó como si los estampidos y el humo lo hubieran roto, el vaso de agua se rompió, la cara la miró con asombro y cólera, la boca de la cara la injurió en español y en ídisch. Las malas palabras no cejaban; Emma tuvo que hacer fuego otra vez. En el patio, el perro encadenado rompió a ladrar, y una efusión de brusca sangre manó de los labios obscenos y manchó la barba y la ropa. Emma inició la acusación que había preparado ("He vengado a mi padre y no me podrán castigar..."), pero no la acabó, porque el señor Loewenthal ya había muerto. No supo nunca si alcanzó a comprender. 


Los ladridos tirantes le recordaron que no podía, aún, descansar. Desordenó el diván, desabrochó el saco del cadáver, le quitó los quevedos salpicados y los dejó sobre el fichero. Luego tomó el teléfono y repitió lo que tantas veces repetiría, con esas y con otras palabras: Ha ocurrido una cosa que es increíble... El señor Loewenthal me hizo venir con el pretexto de la huelga... Abusó de mí, lo maté... 


La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había padecido; sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios.


JORGE LUIS BORGES - EL ALEPH (1949)


Ilustración: ALBERTO BRECCIA

sábado, 29 de junio de 2019

LOS LIBROS DEL ÁRBOL

Por Mónica Bardi

CAPÍTULO UNO.
Había una vez un chico que, debido a unas trágicas circunstancias que luego detallaremos, se quedó, por decisión propia, a vivir solo en medio de un enorme bosque.

Ignoramos como logró sobrevivir, pero el hecho es que lo hizo porque, a fin de cuentas, no era tan pequeño cuando le ocurrió aquéllo. Un chico listo, además. Como el bosque no daba mucho de sí para alimentarse, se acostumbró a sacar comida de la basura por las noches en los pueblos vecinos. Alguien lo había visto y se había corrido la voz de que existía un chico salvaje en los alrededores aunque la mayoría creían que se trataba de un cuento para asustar a los más pequeños. Nuestro joven tenía un apellido que siguió manteniendo como si fuera un apodo: Baum y encontró un lugar idóneo para vivir en un enorme hueco de un árbol legendario. Una ardilla a la que había alimentado le hacía compañía. Un ejército de luciérnagas le iluminaba el sendero en las noches de luna nueva. Su vida era muy sencilla y estaba conforme con ella. Había experimentado la vida "normal" siendo pequeño y como estaba llena de obligaciones y horarios, prefería ésta. A veces echaba de manos a sus padres pero no demasiado porque estaban todo el día discutiendo. Sus compañeritos de la escuela no estaban mal y algunos eran hasta simpáticos pero estar tantas horas tragando información sentado y quieto no era lo suyo. Además, una vez lo llevaron a un médico que le quiso dar unas pastillas para mantenerlo todavía más quieto y tragando más información. Menos mal que su madre se negó alegando que todos los niños sanos son inquietos. ¡Su mamma! A ella la extrañaba, claro que sí. A él no le importaba que se encontrara a escondidas con el vecino, porque el vecino era muy, pero que muy cariñoso... con su mamma y con él. Al que recordaba con una punzada en el corazón era a su hermanito Marius. ¿Por qué tuvo que morir tan chico? Tanto le echaba de menos que a veces le parecía verlo entre el follaje. Otras veces lo oía correr con su vocecita infantil, llamándolo: "¡Baum, ven!" Pero como él no creía en fantasmas ni paridas semejantes, sabía de sobra que su hermanito estaba porque él lo recordaba. Hasta escribió su nombre con un punzón en la corteza del árbol. También añoraba las golosinas de colores que lo llenaban de caries. Y en cuanto al resto de su familia cada uno iba a lo suyo... mejor.


Por eso cuando ocurrió aquél terrible accidente donde murieron todos menos él, caminó sin rumbo en estado de shock internándose en el enorme bosque. Allí se quedó semi-inconsciente hasta que por fin, despertó. No tenía ni idea como volver y entonces fue cuando encontró ese enorme árbol ahuecado y, sin pensárselo dos veces, entró en él como quien vuelve al útero materno. La policía había peinado la zona buscándolo y hasta dragaron el río, pero como no hallaron nada al final se fueron... menos mal, pasaron a su lado pero no lo vieron. No confiaba mucho en la policía porque había visto en la tele cómo apaleaban a los jóvenes universitarios y deshauciaban y desalojaban a los ancianos a la fuerza. Sabía, porque su padre se lo había dicho, que ellos estaban para mantener el orden pero a él le parecía que era un orden injusto. ¿Y si lo culpaban a él del accidente? Después de todo iba al volante, sentado encima de su padre; ellos empezaron a discutir, como siempre y ese camión de frente... además, en varios capítulos de los Simpson tampoco salía la policía muy bien parada. En fin, que confiaba más en los animales y los vegetales. Claro que a veces pasaba frío, la lluvia lo empapaba; y más de una vez llegaban a sus recuerdos esas exquisitas sopas humeantes que preparaba su mamma ... las mismas que él rechazaba, como Mafalda.
A lo que se adaptó pronto fue a la oscuridad del bosque que tímidos rayos de sol apenas arañaban y a los ruidos de las hojas secas como pisadas vegetales de árboles andantes, igual que en el cuento de Chesterton, que leían con Marius antes de dormirse.
Un día que fue a buscar comida a un pueblo, un cachorro hambriento en estado calamitoso se le acercó con mirada suplicante. Baum pensó: "Oh, no, dos para comer" e intentó alejarlo pero como le dió lástima, al final se lo llevó. Lo llamó Riquet, como en el cuento de Anatole France.

 El tiempo pasó y ambos crecieron. La vida del joven se enriqueció enormemente desde que en los pueblos empezaron a reciclar la basura. Mucha gente ya no se interesaba en los libros, los tiraban al contenedor de papel y de allí los rescataba Baum y los devoraba sentado contra su árbol. "Leer es escuchar a los muertos con los ojos", escribió Quevedo y eso le quedó grabado a fuego a nuestro joven lector.  Como no tenía tele, ni móvil ni teléfono inteligente no tuvo más remedio que desarrollar su propia inteligencia de manera autodidacta alimentándose con literatura de gran calidad porque casi nadie tenía paciencia para leer extensos ensayos o largas novelas. Los atlas desplegaban sus maravillas ante sus ojos voraces con casi insolentes e insondables imágenes de galaxias y estrellas que quizás ya no existían. Luego levantaba la vista y estudiaba las constelaciones. Esa oceánica inmensidad lo emocionaba; a veces le parecía que se elevaba de tanto fijar la vista y tocaba a Sirio, la estrella más brillante de la noche, ese misterioso sistema binario que desde lejos parecía uno. Y entonces recordaba esa frase que tanto le costó entender: "Si miras fijamente al abismo, el abismo te devuelve la mirada".
CAPÍTULO DOS.

La noticia corría como la pólvora y como una bola de nieve se agrandaba alimentándose de terror. Alguien había asesinado a dos niños pero la policía carecía de pistas. El criminal había huido sin dejar rastros; no había testigos, sospechosos, nada. Y si había algo era secreto sumarial. El o los tipos podían estar todavía en el pueblo o haberse largado a alguna aldea o país vecino, a la gran ciudad por la autopista... al bosque...al país vecino...
Baum se enteró del crimen por los diarios tirados a la basura y pensó: "a ver si la policía sirve para algo" y se olvidó del tema porque en un restaurante caro cercano habían desechado un montón de exquisiteces recién hechas: lasañas, salchichas, ensaladas de frutas... ¡la boca se le inundaba! La digestión empezaba con la saliva, había leído en un libro de odontología y ese olorcito desencadenaba el proceso.
Con una enorme bolsa y saboreando por anticipado los manjares, se encaminó al bosque. Lo que no calculó adecuadamente fue el peso de lo que acarreaba. "Eso me pasa por glotón" y siguió adelante. "Yo puedo, siempre puedo" se dijo y se repitió a sí mismo.

CAPÍTULO TRES

Griselda se topó con ese árbol añoso y súbitamente entendió que allí vivía alguien.
"Qué curioso", pensó, " está todo lleno de libros. ¿Habrá algo para comer? Sí, hay, ya veo. Aquí me quedo por el momento y si alguien aparece, ya veré lo que hago".
Necesitaba descansar, tenía hambre pero sabía que probablemente la policía la estaría buscando por el tema de los niños, así que tenía que seguir huyendo.
"No tuve más remedio que matarlos, eran increíblemente crueles y al final, aunque lloraron y pidieron perdón, los tuve que matar. Por primera vez en mis 15 años de vida tuve la certeza de que brotaba un germen de justicia. Si, justicia, un poquito, al menos; espero que la policía científica no haga uno de sus rimbonbantes descubrimientos" se decía mientras devoraba unos tomates con patatas medio pasados.
CAPÍTULO CUATRO.

"Siempre puedo con estas cosas pesadas... pero hoy no puedo, es demasiado", se lamentó Baum mentalmente mientras observaba a su apetitosa bolsa medio desparramada en el suelo con las dos asas exhaustas colgando a cada lado, a la vez que pensaba como resolver el tema sentado en una piedra.
De golpe vio que un asa de la bolsa se izaba sola, como impulsada por una fuerza misteriosa. Su perro Riquet puso las orejas tiesas y movió el rabo... pero no ladraba.
El asa derecha se mantuvo erguida como invitándolo a coger la otra. Los segundos parecían horas y Baum seguía petrificado.
Cuando logró a duras penas superar su miedo a lo inexplicable, se acercó temblando y dijo en voz alta: "justo lo que me hacía falta: una mano amiga para poder llegar a destino. Entonces, ¿será verdad? ¿los fantasmas existen? ¿Eres tú, Marius, eres tú, hermanito mío?"
Finalmente, levantó la otra asa y comenzó a caminar con la mitad del peso, sin dejar de mirar a su derecha, aunque allí no había nadie... bueno, sí había...
CAPÍTULO CINCO.

Griselda se iba acomodando y mientras comía lo que encontraba, miraba atónita en derredor. Ese árbol parecía una biblioteca desordenada. Había libros de todas clases, colores y tamaños. Abiertos, cerrados y con señaladores, sirviendo de apoyos cual mesas, cama, sillas. Diríase que eran como muebles y que estaban así dispuestos para que verdaderos muebles no restaran espacio a los libros.
La enciclopedia británica en hileras iguales daban apoyo a un colchón y a un saco de dormir. Pilas de novelas sostenían lámparas de queroseno y tomos de ensayos daban sustento a platos y botellas de agua.
En las alfombras y esterillas del suelo descansaban revistas y libros abiertos, variados cuadernos con anotaciones e infinidad de lápices asomaban de botellas limpias y vacías.
Claveteados en las "paredes" había grandes ilustraciones de imágenes del sistema solar y galaxias lejanas. Mapas de todo el mundo y un globo terráqueo completaban el insólito lugar.
"Pero qué curioso, es como si aquí viviera un profesor o un bibliotecario, aquí podría vivir Borges".
En un rinconcito yacía vacía una camita de perro, con su plato y su bebedero y afuera, en una raída tienda de campaña, más libros. Un título llamó su atención: IDENTIDADES ASESINAS, de Amin Maalouf.
Lo abrió al azar y leyó: ["Los hombres son más hijos de su tiempo que de sus padres", decía el historiador Marc Bloch. "Siempre ha sido así, sin duda, pero nunca lo ha sido tanto como hoy. ¿Es necesario volver a recordar..."]
_¿¡Qué haces aquí¡?_dijo con una calma impostada un joven que entró inesperadamente.
Griselda dejó caer el libro y trató nerviosamente de explicarse: que se había perdido en el bosque, que tenía miedo, que tenía hambre... que encontró ese refugio... pero que no se preocupara, que no era ninguna ladrona.
_¿Qué leías?_preguntó Baum un poco más calmado.
_Esto_ murmuró ella mostrando el libro_ pero ya mismo lo dejo en su sitio.
El muchacho empezó a sacar las cosas de la bolsa, muy serio e improvisó una comida para dos, sin despegar sus ojos de esa extraña joven.
_¿Tienes hambre?
Ella asintió. Riquet se acercó y le lamió la mano. "Buena señal" pensó Baum. Ella lo acarició.
_¿Cómo se llama?
_Riquet.
_¿Qué? ¡Como el mío! ¡Pero qué casualidad!
_¿De dónde sacaste ese nombre?_ preguntó Baum con verdadera curiosidad.
_Mi padre llamaba así a todos sus perros.
_ Y ahora, ¿dónde están tus padres?
_ Cualquiera sabe. Algún día te contaré. ¿Y los tuyos?
_Algún día te contaré_contestó Baum pensando para sus adentros: "nunca lo sabrás". ¿Y tu Riquet?
_ Unos desconocidos le prendieron fuego a la cola y lo apalearon y aunque traté de curarlo por todos los medios, se murió. Los ojos de la chica se perdieron detrás de un lago contenido de lágrimas.
Baum desvió la vista discretamente y pensó: "le duele más el perro que sus padres".
_¡Qué hijos de puta!_ exclamó él, y notó enseguida que ese insulto provocó en ella una mirada de agradecimiento.
Comieron en silencio mientras se estudiaban con desconfianza.
Pero fueron pasando los días y los jóvenes se fueron acercando con cautela, sin molestarse. Ella se iba a pescar al río y él leía. O ella leía y él se acercaba a las aldeas.
Una nueva paz acariciante fue ganando esa zona del bosque. El árbol se llenó de hojas nuevas, la hierba se mecía riendo y el río parecía más transparente.
CAPÍTULO SEIS



Un día algo tormentoso unos hombres se internaron en el bosque y alejándose mucho del sendero se toparon con lo que parecía ser un picnic a lo grande. Cebados por la curiosidad se acercaron a un árbol centenario. En ese mismo instante, Baum salía por la "puerta". Muy sorprendido y en estado de máxima alerta sintió como la adrenalina inundaba su sangre. Esperó muy quieto, como un felino a punto de saltar.
Uno de los hombres lo abordó.
_Eh, chico, no te asustes. Somos policías.
Peor, pensó pero no dijo nada, claro.
_Pero ¿qué tinglado tienes montado acá, chico? No me digas que tú eres el salvaje de la leyenda. ¿Cómo te llamas?
_ Baum.
_ ¿Baum es tu apellido, no?
_Si. ¿Qué quieren?_Su cerebro funcionaba a todo tren mientras pensaba respuestas alternativas a su irregular situación.
_Nosotros hacemos las preguntas, no te equivoques. A ver tu DNI.
_No tengo. Pero soy mayor de edad.
_ Eso ya lo veremos. Aunque en realidad no te buscamos a ti, sino a una rubia, delgada, con aspecto de vagabunda. ¿La has visto?
_...No...no... eh... una mujer sola por estos lugares sería muy raro. No, no la he visto. De hecho, no he visto a nadie.
_¿Podemos entrar a tu... casa-árbol?
_Claro. dijo y pensó a toda velocidad si no habría rastros de Griselda.
Había, pero ni siquiera los vieron, alelados como se quedaron al ver tantos libros.
_Dios mío_ dijo uno_ no parece la cueva de un salvaje, sino una librería.
_Pero, ¿dónde están tus familiares, hijo?
_Muertos.
_¡Ya entiendo! La familia Baum, como Frank Baum, el autor del mago de Oz. Tú eres el chico desaparecido del accidente de circulación de hace unos cinco años.
_Seis años, cuatro meses y doce días.
_ Cómo pasa el tiempo... bueno, a lo que íbamos. Esta chica, si la ves, ten cuidado y avísanos. Ha matado a dos chicos.
_....
Baum todavía no entiende cómo esos dos hombres no detectaron la palidez mortal que le sobrevino al escuchar esa noticia.
Para disimular el mareo  dió unos pasos hacia su cocinita de dos hornallas y agarró la cafetera, como para ofrecerles café.
_No, gracias_ dijo el policía más joven_ no queremos café. Tenemos prisa. ¡Ah, y sácate el DNI, por favor!
_Lo haré, se lo prometo_ dijo Baum en una voz apenas audible.
Y se fueron.
CAPÍTULO SIETE

Griselda se preparaba para volver del río. Le había ido bien en la pesca. Estaba contenta. Por fin podía vivir en paz con alguien. Baum era tranquilo, no hacía muchas preguntas y algo parecido al amor había surgido entre ellos. Los unía la desconfianza del mundo y el amor a los animales. También le daba la sensación que ambos se protegían mutuamente. Ya iba caminando de vuelta cuando de repente un niño y un perro que le resultó familiar, se acercaron corriendo hacia ella muy agitados.
_¡Griselda, Griselda, espera! ¡Todavía no vuelvas! ¡Está la policía con Baum!
_¡Ay, Dios...!¡No me digas!, pero, pero, ¿tú quién eres?
_Yo soy Marius, el hermano pequeño de Baum.
Y se fué corriendo junto con el perro del rabo quemado.
Griselda, más aterrorizada por lo que pudiera saber Baum de los crímenes, que por la propia policía sentía que su incipiente y dulce mundo se venía abajo.
¿Qué pensaría él de los asesinatos y peor aún, de su mentira?¿Ahora qué hago?
Empezó a llorar con espanto y desesperación, preguntándose una y otra vez por qué no había tenido el coraje de decirle la verdad a Baum. Largo rato estuvo allí hasta que se decidió a volver y afrontar lo que fuera.
En ese momento lo vio acercándose. Había salido a su encuentro.
Se fueron acortando las distancias y las miradas de ambos cargadas de un pasado de dolor, se interrogaban con ojos acuosos.
_Vino la policía_ comentó serenamente Baum_ me obligan a sacar el DNI, dicen que no puedo seguir indocumentado.
_Ah, si... claro_ murmuró con la cara desencajada. Y agregó:  ¿nada más? Porque también me buscan a mí... creo.
_Ya lo sé, ellos me lo contaron. Bueno, ¿volvemos? Tengo hambre.
CAPÍTULO OCHO.

Mientras comían, Baum le preguntó a Griselda: ¿por qué tardaste tanto en el río?
_ Es que tu hermanito Marius me avisó que estaba la policía y que no volviera enseguida.
Baum enmudeció. Otra vez la adrenalina.
_ ¿De dónde salió tu hermano? Ni sabía
que tenías uno_prosiguió Griselda.
_Es que... es que... está muerto. Marius murió en el accidente de coche junto con mis padres. Yo sólo salí ileso.
_¿Cómo? ¿Me estás diciendo que es un fantasma?
_Si, y no es la primera vez que aparece.
A Baum le gustaban las respuestas escuetas e inequívocas.
Griselda guardó silencio. Era creer o no creer. Y allí cayó en la cuenta que el perro con la cola quemada era su Riquet, otro fantasma.
Baum rompió el mágico silencio y muy serio, dijo: "Griselda, tengo algo importante que decirte. Creo que nos tenemos que ir de acá. Una vez que la policía te mira con lupa, ya has perdido la paz. Cualquier problema que haya por allí, los vagabundos como nosotros siempre seremos culpables de algo".
Ella lo entendió a la perfección.
No sin pena dejaron atrás sus tesoros, sus libros, sus vidas; pero eran jóvenes y sobrevivientes de tragedias.
Atravesaron la frontera con dos mochilas y su Riquet.  Pero no eran solo tres: un niño y un perro transparentes pero presentes, los acompañaban.