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jueves, 23 de febrero de 2023

LUCIO

 

Niños Expósitos

Diana Sperling

LA HISTORIA DEL HORROR  ( del muro de Alejandra Boero )

Hay espantos que nos sacuden como si fueran nuevos: hechos que nos sorprenden y nos aterran, situaciones para las que nunca estamos preparados porque rozan lo inconcebible.

Sin embargo, muchos de esos horrores son tan antiguos como la humanidad. La historia abunda en ejemplos de actos malvados. Pero muchos de ellos eran, en ciertas épocas, “naturales”, formaban parte de la vida normal de la gente hace milenios y hasta estaban contemplados y codificados por la ley. El filicidio que hoy nos estremece era una práctica relativamente habitual, ya fuera por razones religiosas, cívicas, políticas o “sanitarias”.

El sacrificio de niños está atestiguado en numerosas culturas, desde las orientales hasta las latinoamericanas. Las célebres momias de Llullaillaco, que pueden observarse -no sin cierto temblor- en nuestro Museo de la Alta Montaña (Salta), son una prueba patente. Niñas vírgenes y pequeños, muchas veces primogénitos, eran ofrendados a los dioses como bienes preciosos para poner su voluntad a favor de los mortales. 

Una de las costumbres perfectamente aceptadas, tanto en Grecia como en Roma, era la llamada “exposición del niño”. Si el progenitor, por alguna causa, no quería conservar al recién nacido, simplemente lo dejaba en algún lugar público. A veces el chico era recogido por alguien que se hacía cargo de su crianza, frecuentemente con el propósito de convertirlo en esclavo o venderlo. Pero lo más habitual era que la criatura quedara ahí, como un objeto desechable. La muerte era su destino más seguro. Edipo, Rómulo y Remo y tantos otros personajes del mito y la literatura son casos que ilustran tal costumbre.

En Roma se lo depositaba en el suelo de la propia casa. Si su progenitor lo levantaba, eso significaba que lo aceptaba como hijo. De esa manera el adulto se convertía en padre. Como decía Eva Giberti, todo hijo es adoptado: es preciso que medie una operación simbólica de acogimiento del nacido para que la paternidad/maternidad advenga. Se sabe: ser padre o madre no es un hecho biológico, sino cultural y legal. 

Pero, si esos actos filicidas eran aceptados en la antigüedad, ¿qué es lo que cambió? ¿Por qué ahora constituyen la máxima aberración?

Es Jean-Jacques Rousseau, en su libro Emilio o De la educación, de 1762, el primero que concibe al niño como un ser con características propias, diferente al individuo ya crecido. Hasta ese momento (siglo XVIII, ayer nomás!), el infante era tan solo un “adulto en miniatura”, es decir, una todavía-no-persona, un mayor fallido. Su inmadurez implicaba un defecto que le impedía entrar en la categoría de ser humano cabal. Así, constituía más bien un objeto, algo de lo que se podía hacer uso y abuso ya que no contaba como ser completo.

Las consideraciones de Rousseau -en vísperas del Iluminismo- dan el puntapié inicial para cambiar esa mirada y otorgarle al pequeño el status de persona. Deberán pasar todavía más de dos siglos para que se dicten los Derechos del niño, en la huella de los también revolucionarios Derechos del Hombre (luego, Derechos humanos). Pero la realidad es que, durante milenios, ese estatuto de persona y de sujeto de derecho -que tenemos asumido e incorporado- era algo absolutamente impensable. 

El homicidio del pequeño Lucio nos retrotrae a las épocas más oscuras de la historia. Esa mujer, su genitora -imposible llamarla madre-, hizo de la criatura el blanco de una crueldad que excede todo lo que podamos imaginar. Usando como justificación (¿ante sí misma?) una ideología falsamente feminista, profesaba un recalcirante “odio al varón” y lo actuaba sin miramientos. Es imprescindible tomar en cuenta tal factor: en algunas vertientes del feminismo se confunde función paterna con patriarcado. Se pretende prescindir por completo del padre, como si este fuera un monstruo o un tirano. Está visto que la tiranía, el sometimiento y la opresión no tienen género. Si en esta rara configuración familiar hubiera habido un padre mínimamente a la altura de su función, habilitado por la ley y reconocido por la “madre”, tal vez habría podido evitar el terrible desenlace, separando al chiquito de una mujer (ya dudo incluso de llamarla así) devoradora, que cosificaba al niño y lo degradaba hasta lo más atroz. 

Reducir el hijo a la condición de cosa descartable -es decir, anularlo, volverlo nada- era el sentido de esas prácticas antiguas en Grecia y Roma, paradójicamente, las cunas de nuestra cultura. Tal vez no se ha reflexionado lo suficiente al respecto.

Las criaturas abandonadas en plazas, templos o portales mediante la exposición eran, literalmente, expósitos (expuestos). Quiso la mala fortuna, la casualidad o no sé qué diabólica coincidencia que ese sea el apellido de la homicida: Magdalena Espósito. Alguien podrá decir: cruel ironía del destino. Tragedia o muerte anunciada. Sin embargo, acá no hubo dioses en cólera exigiendo sangre de niños sacrificados, rituales de una cultura que “cree” en tales acciones, impuestas por la tradición y las normas de su comunidad. No, no es una tragedia, donde el héroe tiene poco margen de elección. En el caso que nos desvela, hubo plena conciencia del crimen, de la diferencia entre bien y mal, de las consecuencias inevitables que sobrevendrían. Las asesinas eligieron torturar y matar. 

Ese vientre del que nació Lucio no lo dio a luz (otra resonancia con el nombre) sino a la más tenebrosa oscuridad. Tampoco se debe confundir deseo de madre con capricho o antojo de posesión. La maternidad es una de las situaciones más complejas y difíciles de la especie humana. Ni angelical ni natural, es más bien un rol que se elige, una función a construir, con fallas y aciertos, con dudas e incertidumbres. Pero tiene como condición ineludible la capacidad de alojar al recién nacido indefenso y frágil, ligarlo filiatoriamente y darle un lugar en la propia existencia. Solo así madre e hijo se vuelven humanos. Elección, responsabilidad, amor y trabajo: los hilos del manto que protege la nueva vida.


Diana Sperling

Bs. As, febrero 2023

lunes, 26 de septiembre de 2022

EL ROPERO

 


¡OH ! 

Cuento corto de Moisés Saucedo Jiménez

                 Le escuchaba hablar desde el asiento que ocupaba al otro lado de mi mesa. Era inevitable, tenía, el hombre que decía aquellas palabras, un torrente de voz indomable. Parecía a simple vista que poseyera una fuerza descomunal. Una mayúscula espalda y unos brazos enormes, que movía de un lado para otro sin parar, era lo único, aparte de su voz, que se le adivinaba desde el sitio en el que yo estaba. Su compañero de mesa, a quien yo veía perfectamente, era pura atención y yo también diría que puro asombro. Después de haberme tragado, casi sin querer, toda la conversación, toda su historia, no entendía cómo un hombre tal podía haberse confesado de aquella manera tan sincera. Y cuando se levantó para salir del bar, entendí mucho menos cómo podía haber sido objeto de violencia  por parte de su mujer. Me sacaba dos cuartas y yo no soy bajo. Era, lo que se dice, un ropero empotrado. El hombre salía del bar cabizbajo y paradójicamente dando palmaditas de ánimos en la espalda de su amigo.

Les seguí, la curiosidad me mataba. No tuve que andar mucho hasta el momento en el que se separaron. Entonces mi interés fue extremo. Yo soy nuevo en el barrio. No soy detective, soy escritor y lo que había escuchado no sé si era digno de una novela, pero sí de un buen relato como mínimo. Tenía que ver con mis propios ojos a la pareja de aquel hombre o nunca me creería la historia que acababa de oírle. 

La curiosidad mata al gato y aquella tarde estuve a punto de no volver a maullar. Aquella mujer me sacaría unas cuatro cuartas y por lo tanto era dos palmos más grande, en altura y sabe dios en que más, a su marido, a “su hombre”. Si la voz del hombre en aquel bar me resultó indomable, la de la mujer… no debe existir máquina capaz de  medir los decibelios que por aquella boca salían.  Como dije que el marido era un ropero empotrado, al verla a ella se me vino a la mente uno de los antiguos, de esos de cuatro puertas con todos los adornos habidos y por haber. La gigantona no paraba de gesticular con sus dos manazas y yo me imaginaba al ropero antiguo abriendo y cerrando las puertas, como poseído por una extraña y diabólica fuerza.  Salí corriendo antes de que me viera y solté un suspiro que llegué a confundir con un maullido, o no sé si fue al revés. No cabe ninguna duda de que la historia que oí en aquel bar me la creí de cabo a rabo. 

Ahora no sé si escribir el relato.

                     MOISÉS SAUCEDO JIMÉNEZ

domingo, 16 de enero de 2022

MALTRATO

 Episodio del enemigo, Jorge Luis Borges.


Tantos años huyendo y esperando y ahora el enemigo estaba en mi casa. Desde la ventana lo vi subir penosamente por el áspero camino del cerro. Se ayudaba con un bastón, con un torpe bastón que en sus viejas manos no podía ser un arma sino un báculo. Me costó percibir lo que esperaba: el débil golpe contra la puerta. Miré, no sin nostalgia, mis manuscritos, el borrador a medio concluir y el tratado de Artemidoro sobre los sueños, libro un tanto anómalo ahí, ya que no sé griego. Otro día perdido, pensé. Tuve que forcejear con la llave. Temí que el hombre se desplomara, pero dio unos pasos inciertos, soltó el bastón, que no volví a ver, y cayó en mi cama, rendido. Mi ansiedad lo había imaginado muchas veces, pero solo entonces noté que se parecía, de un modo casi fraternal, al último retrato de Lincoln. Serían las cuatro de la tarde.

Me incliné sobre él para que me oyera.

-Uno cree que los años pasan para uno -le dije-, pero pasan también para los demás. Aquí nos encontramos al fin y lo que antes ocurrió no tiene sentido.

Mientras yo hablaba, se había desabrochado el sobretodo. La mano derecha estaba en el bolsillo del saco. Algo me señalaba y yo sentí que era un revólver.

Me dijo entonces con voz firme:

-Para entrar en su casa, he recurrido a la compasión. Le tengo ahora a mi merced y no soy misericordioso.

Ensayé unas palabras. No soy un hombre fuerte y solo las palabras podían salvarme. Atiné a decir:

-En verdad que hace tiempo maltraté a un niño, pero usted ya no es aquel niño ni yo aquel insensato. Además, la venganza no es menos vanidosa y ridícula que el perdón.

-Precisamente porque ya no soy aquel niño -me replicó- tengo que matarlo. No se trata de una venganza, sino de un acto de justicia. Sus argumentos, Borges, son meras estratagemas de su terror para que no lo mate. Usted ya no puede hacer nada.

-Puedo hacer una cosa -le contesté.

-¿Cuál? -me preguntó.

-Despertarme.

Y así lo hice.

martes, 29 de diciembre de 2015

HISTORIA DE NAVIDAD II (HISTORIAS REALES)

Un joven y una joven se enamoran. Eran MUY jóvenes, unos chiquillos en realidad. Empezaron a verse y a salir juntos. De sexo nada porque ella era muy estricta al respecto. Ella confiaba en él ciegamente, como suele ocurrir con los enamoramientos.

Una noche él la invita a dar una vuelta en su furgoneta. Se interna en un bosque oscuro como un laberinto con la intención de que ella perdiera la orientación y así tenerla a su merced. Se detiene e intenta forzarla pero ella lucha como una leona. Entonces él se enfada y la empuja fuera del vehículo, dejándola sola.
LA OSCURIDAD ERA TOTAL. Intenta orientarse a través de las lágrimas que la enceguecen todavía más. Camina y camina varias horas hasta que encuentra un galpón aparentemente abandonado y allí intenta refugiarse.
En ese momento alguien la asalta gritando por detrás. Era él que había vuelto. Ella se hace pis encima mientras él ríe a carcajadas.
CUARENTA AÑOS más tarde ella pasea feliz con sus nietos por un precioso bosque donde el sol se cuela por el espeso ramaje y las agujas de pino tapizan el suelo. Todos ríen mientras corretean. La armonía se puede palpar junto con el aroma primaveral.
De golpe ella sufre una inesperada taquicardia y un mareo la desequilibra, de tal modo que los niños se dan cuenta y alarmados le preguntan que qué le pasa. Pero la abuela ha enmudecido. Pálida y asustada intenta entender que le está pasando. De a poco se va reponiendo y le va restando importancia.
Varios días más tarde llega a su cerebro la verdad cegadora: ese lugar en el bosque era el lugar exacto donde hacía cuarenta años había tenido lugar el ignominioso suceso. SU CORAZÓN LO SUPO ANTES QUE SU CONSCIENCIA. Y lo más ignominioso fué que la presión social y familiar la obligó a casarse con ese joven que maduró en un hombre resentido....QUE LA SIGUIÓ MALTRATANDO HASTA EL DÍA DE HOY.  FINAL INFELIZ.