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martes, 16 de septiembre de 2025

ÁTOMOS

 

Mis amigos y conocidos saben de mi amor incondicional a la ciencia y mi afán por comprender lo que los divulgadores científicos serios explican. Y cuando se trata de lo más enorme e inimaginable  como el universo, me embarga el vértigo... y la curiosidad. 

O cuando se trata de lo más pequeño, el núcleo del átomo, por ejemplo, entro en severo trance. Porque es tocar, o mejor dicho, rozar con la punta de los dedos (licencia literaria) lo remoto y misterioso que quién sabe si alguna vez llegaremos a comprender. Lo insondable, aquéllo que su tamaño tiene infinidad de ceros detrás de una coma, guarda sus intimidades al ojo humano, al panóptico que todo ambiciona ver.  

Escuchar al físico José Ignacio Latorre siempre me deja en estado comatoso. Comatoso en el mejor de los sentidos, es decir, en estado de sorpresa y nuevos conocimientos, dejando a un lado la circunstancia secreta de que yo estoy enamorada de él. ¡Qué fácil y qué lindo es sostener ese amor sin la mediocre convivencia, con YouTube de por medio!

Su amigo, Juan Inzua, otro divino, le hizo la siguiente pregunta, en unas conversaciones periódicas interesantísimas que tienen en YouTube: ¿qué comparación podría hacer para comprender mejor los tamaños relativos del núcleo del átomo con la parte externa de dicho átomo con nuestro mundo cotidiano?¿Sería como una yema y la clara de un huevo abierto en un plato?

Me explico: el átomo tiene unos electrones girando en su superficie como si fueran órbitas (parecido a los planetas) y luego un núcleo (parecido al sol) donde hay micropartículas de un tamaño muy, muy pequeño y de las cuales se ha sabido mucho gracias a las matemáticas, a la física y al gran colisionador de Hadrones, el LHC, un anillo de 27 kilómetros ubicado entre Francia y Suiza a 100 metros bajo tierra, construido entre 1989 y 2001. Aclaro que mis descripciones son licencias literarias con poco asidero a la realidad, pero ésta de abajo es una foto real de un átomo de hidrógeno y arréglense: acudan a su imaginación. 

Acudiendo a su imaginación, Latorre dijo que si un átomo fuera del tamaño de la Tierra, su núcleo sería como una nuez. El espacio entre esa "nube" de electrones y esa "nuez" está vacío. VACÍO. 

Explicó que algunas micropartículas del núcleo (la nuez) del átomo están unidas a pesar de que sus cargas son todas positivas: los protones. Me explico de nuevo: si las cargas eléctricas del mismo signo se repelen y las de signo contrario se atraen, ¿cómo es posible que esos protones con cargas positivas e iguales no anden a los trompazos si están tan cerca y dentro de un círculo "cerrado"? ¿Qué las une? ¿Cómo hacen para que su idéntica carga eléctrica no las repela y se alejen?

Y a continuación la guinda del pastel: esos protones pueden "convivir" porque una energía absolutamente desconocida y de una enorme e inimaginable potencia las mantiene en ese estado de vecindad. José Ignacio Latorre nos asegura que los científicos no tienen la más remota idea cuál puede ser esa fuerza descomunal que permite esa "convivencia". Pero lo que sí saben es que tiene que ser eso: descomunal. 

Y claro, me dejó pensando: si con la fisión del átomo pudieron fabricar bombas atómicas que destruyeron ciudades enteras y que mataron a incontables víctimas, prefiero no imaginar que harían mis queridos congéneres si pudieran acceder y manipular esa misteriosa fuerza que mantiene intacta la estructura del núcleo del átomo, o sea, de la nuez de marras. 

¿Por qué no la podríamos usar en nuestro favor? Que dicho sea de paso, creo desde mi insignificante comprensión, que lo mejor sería dejarla tranquila para que siga el universo en equilibrio. Porque si es tan descomunal y logran liberarla, supongo que no quedaría ni la Vía Láctea. A veces mis queridos científicos deberían andar con más cuidado antes de meterse, con esa curiosidad insaciable, donde se meten. Pueden teorizar todo lo que quieran pero paren ya de tantos acelerones de partículas. ¿Podrían darnos tiempo para que nuestra patética humanidad se adapte mejor a estos cambios vertiginosos? ¡Un poco más de prudencia, hermanos! ¡Un poco de paciencia!

Ojalá los sapiens sapiens pudiéramos unir nuestras vidas fraternalmente como lo hacen los protones y convivir para construir, porque los protones así ubicados (junto con los neutrones que no tienen carga, son neutros) contribuyen a "fabricar" átomos que dan forma a la materia de la cual está hecho todo lo que conocemos, palpamos, saboreamos,  vemos y oímos, incluídos nosotros mismos. (Y las sabrosas nueces, ya que vienen a cuento). En nuestro caso, sería deseable, a imitación del átomo, unirnos para crear sociedades armónicas, pacíficas y amables, donde se pudiera discutir sin pelear y llegar a consensos. Crecer en humildad y autocrítica. Ser mejores personas intelectual y emocionalmente. ¿Podrá el hombre gestionar sus emociones violentas o le seguimos vendiendo armas mortíferas? El mismo Latorre opina que todo debería ir más lento. Y yo pienso: ¿Dónde podríamos encontrar entre nosotros esa descomunal fuerza que nos una? Digo proporcionalmente a la que esconden los protones, la misma. 


miércoles, 16 de julio de 2025

HUMANIDAD

 


El Gallego y el Harrier: historia de un disparo, un abrigo y un abrazo

Lo conocí siendo muy joven, cuando aún me temblaban las manos y el alma por rendir las pruebas de ingreso al Curso de Comandos del Ejército Argentino. Aquel día, entre los evaluadores, estaba él: el entonces teniente primero Sergio Fernández, al que todos llamaban simplemente “el Gallego”. Serio, preciso, con esa sobriedad que tienen los que no necesitan levantar la voz para que los escuchen. Todavía no tenía la boina verde, pero ya intuía que estaba frente a alguien que la honraba con cada paso.

Con los años, tuve la fortuna de compartir destino, marchas, cursos y vivencias con él. Era un soldado a toda prueba. Profesional, dedicado, de esos que cuando las cosas se ponían difíciles, caminaban adelante. Un tipo que jamás dejó atrás a un compañero, que siempre estuvo atento a quien aflojaba, no para señalarlo, sino para tenderle la mano y levantarlo.

En mayo del ‘82, en pleno conflicto de Malvinas, al Gallego le tocó vivir una de esas injusticias tácticas que solo entienden los que estuvieron ahí. El 19 de mayo, sabiendo que el desembarco inglés en isla Soledad era inminente, Menéndez y Parada mandaron a casi toda la Compañía de Comandos 601 a isla Gran Malvina, tras detectar “movimientos sospechosos” al norte de Puerto Howard con un radar Rasit. Movimientos que, claro, nunca se confirmaron. “Nos mandaron a correr sombras”, dijo después Sergio. “Éramos la reserva, los que íbamos a morder cuando pisaran tierra. Y nos rifaron.”

Pero el destino no había terminado con él. El mayor Mario Castagneto —jefe de compañía— decidió entonces organizar una Sección de Emboscada Antiaérea. Y no dudó en elegir al mejor: Sergio Fernández, sin lugar a dudas el mejor apuntador de Blow Pipe del país. Había sido jefe del curso de ese sistema entre 1979 y 1982. Conocía ese misil como si lo hubiera parido. El Blow Pipe era un lanzamisiles portátil de fabricación británica, con un alcance de tres kilómetros y una velocidad Mach 1. Una suerte de bazuca moderna, cuyo guiado manual impedía que pudiera ser interferido por contramedidas electrónicas. Pero había un problema. En todo el teatro de operaciones de Malvinas, el Ejército argentino contaba apenas con tres lanzadores y seis proyectiles. En el continente, en cambio, dormían 20 lanzadores y 120 misiles, guardados como si la guerra estuviera en las vitrinas. Castagneto envió al Gallego a Stanley House, la sede del gobierno en Malvinas, para pedir autorización al general Oscar Jofre y traer más armamento. La respuesta fue un portazo sin matices.

—No. Es mucho problema. Nos arreglamos con lo que hay —le respondió el general Jofre.

El Gallego volvió masticando bronca. Pero con lo que tenía, iba a hacer historia. El 21 de mayo, en las primeras horas de luz, se apostó con el capitán Ricardo Frecha y el cabo primero Jorge Martínez en una posición elevada cerca del puesto del Regimiento de Infantería 5, en Puerto Yapeyú. Era una mañana helada. Y fue entonces que lo vieron: un Sea Harrier británico, el cazabombardero más temido por los soldados argentinos, avanzando rasante sobre el agua.

En un primer intento, lo tuvieron a tiro. Frecha autorizó disparar. El avión giró en el último instante y se perdió tras las lomas. Sergio no disparó. Sabía que no era el momento. Había algo en su mirada, en su quietud, que decía que el blanco volvería.

Y volvió. Desde el sur, apareció otra vez. Tal vez era el mismo Harrier. Esta vez, el Gallego no dudó. Lo dejó venir. Lo dejó acercarse. Hasta que lo tuvo al alcance justo. Dijo después: “Lo único que tenía en la cabeza era: ‘¡Hijo de ....., te la voy a poner en el blanco del ojo!’”.

Y disparó.

Un segundo. Dos. Una bola de fuego en el cielo. El Harrier, pilotado por Jeff Glover, se desintegraba sobre el agua helada. Pero antes del impacto total, se abrió un paracaídas. El inglés se había eyectado. El Gallego se quedó mirando en silencio. Dijo luego: “Estaba feliz por haber hecho bolsa al avión, y doblemente feliz porque el inglés se había salvado. Yo no quería matarlo. Quería detenerlo.”

Cayó al agua a unos 1800 metros. El frío podía matarlo en minutos. Los comandos salieron como alma que lleva el diablo. Corrieron, tropezaron, cruzaron campos minados, fusiles al hombro, sin saber si llegarían a tiempo. Y llegaron. Por puro milagro, justo ahí había un bote. El cabo primero Eduardo Ibarra se lanzó al rescate. Lo sacaron. Lo abrigaron. Y en la playa, Sergio le dio su campera de duvet. Le tendió la mano. Lo ayudó a bajar. Lo llevó al puesto de socorro junto al médico Llanos. El piloto, morado por el frío, todavía tuvo el gesto de ofrecer su sangre para un soldado argentino herido.

Al día siguiente, lo evacuaron en helicóptero. Sergio se acercó a despedirlo.

—Soy el que te derribó —le dijo.

—Me place estar vivo —respondió Glover.

—A mí también que lo estés —contestó el Gallego.

Décadas después, en 2016, se reencontraron. Esta vez sin misiles, sin boinas, sin guerra. Fue en el Hotel Alvear. Cuatro horas de desayuno, reconstruyendo aquel día, rindiéndose un abrazo que les debía el tiempo. Y el Gallego, emocionado, dijo: “Ese abrazo fue el que nos teníamos que dar. Si Dios quiso que sobreviviéramos, fue para que seamos mejores”.

Querido lector, si esta historia te llegó, si alguna vez pensaste que un soldado solo dispara, pensalo de nuevo. A veces, también abriga. Porque la dignidad no se mide por el uniforme, sino por lo que hacés cuando todo tiembla.


Foto del escritor: Roberto Arnaiz

Por: Roberto Arnaiz 


(www.robertoarnaiz.com/blog) 

Roberto Arnaiz | Escritor e Historiador

📚 Autor de más de 30 libros.


🌍 Exploro la historia y la cultura para conectar el pasado con el presente. 


✨ Descubre mis libros y contenidos exclusivos en: (www.robertoarnaiz.com)

miércoles, 12 de abril de 2023

MÁRGENES

FERNANDO PESSOA

He nacido en un tiempo en que la mayoría de los jóvenes ha perdido la creencia en Dios, por la misma razón que sus mayores la habían tenido: sin saber por qué. Y entonces, porque el espíritu humano tiende naturalmente a criticar porque siente, y no porque piensa, la mayoría de los jóvenes ha escogido a la Humanidad, como sucedáneo de Dios. Pertenezco, sin embargo, a esa especie de hombres que están siempre al margen de aquello a lo que pertenecen, no ven solo la multitud de la que son parte, sino también los grandes espacios que hay al lado. Por eso no he abandonado a Dios tan ampliamente como ellos, ni he aceptado nunca a la Humanidad. He considerado que Dios, siendo improbable, podría ser; pudiendo, pues, ser adorado; pero que la Humanidad, siendo una mera idea biológica, y no significando más que la mera especie animal humana, no era más digna de adoración que cualquier otra especie animal. Este culto de la Humanidad, con sus ritos de Libertad e Igualdad, me ha parecido siempre una resurrección de los cultos antiguos, en que los animales eran como dioses, o los dioses tenían cabezas de animales.  

Fernando Pessoa