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jueves, 19 de agosto de 2021

CUENTO GANADOR

 Cuento ganador de "Quilmes a Contar" de FEDERICO CANIZZARO.

  



EL ASCENSO


Beto se había ido como, luego supimos, se estaban yendo muchos en ese momento, y con él se fueron tantas cosas que costaba pensar en lo que nos quedaba. Yo también me fui un poco con él, o con todo eso que nos dejó su ausencia; lo abrupto de su partida nos dejó tambaleando en tiempos en los que necesitábamos estar de pie. Yo me quedé de este lado del río y de la realidad, pero también me fui en cierto modo, porque estar aquí no era estar del todo; algo nos oprimía y no podíamos nombrar esa fuerza que poco a poco se nos instalaba adentro; y también afuera en la ciudad, que ya venía siendo otra cosa por completo distinta a la que estábamos acostumbrados a ver, se oscurecía. El olor a malta y río con el que crecimos, ese sabor nuestro, de entrecasa, que percibíamos en cualquier esquina de la ciudad, nunca dejó de hacernos saber que estábamos, como siempre, en Quilmes, pero lo cierto era que nos caíamos, nos estábamos cayendo en un pozo y la ciudad pozo nos hundía con Beto, con lo que Beto nos dejaba. Porque Beto se fue, se tuvo que ir o se lo llevaron, y esas tres posibilidades de pensar en su suerte nos conectaba con nuestra propia ausencia.



Siempre fuimos tres, Beto Robledo, Carlos Peralta y yo; amigos desde siempre, nos unían muchas cosas que nos venían de antes, la ciudad, el barrio, la misma cuadra, pero mucho más nos aferraba eso que habíamos elegido, decidido y tomado de niños como si fuésemos adultos con cordones desatados, éramos hinchas de Quilmes; Cerveceros, como nos gustaba proclamarnos en la escuela y en la vida, como si de esa manera afirmáramos aún más nuestra elección; porque de Quilmes obviamente éramos, habíamos nacido aquí, todos los quilmeños son de Quilmes, pero Cerveceros no todos y nosotros sí, y ésa era nuestra razón de ser. Pensábamos que ver a Quilmes con ojos Cerveceros era ver dos veces una misma cosa pero distinta, especial. Tal vez por eso, años después, comenzamos a percibir que en cada detalle la ciudad se nos estaba escapando; había algo, luego todos lo comprendimos, que contrastaba fuerte lo que sucedía en la cancha con lo que estaba pasando en la ciudad. La cancha se llenaba, la gente iba en multitudes, pero la ciudad perdía sus pasos y sus paseantes; las casas cerraban sus puertas, la cuadra apagaba la luz. Algo o alguien se había adueñado de nuestra ciudad y nos la quitaba de a poco.


Fuimos creciendo juntos, los sábados en Guido y Sarmiento, en nuestra ciudad, mucho antes de todo, mucho antes de lo de Beto. Empezamos yendo los tres cuando comenzamos el secundario y podíamos cuidarnos solos. Nos juntábamos en la casa de Carlos y caminábamos hasta la cancha. Luego los años, la facultad y nuestras vidas fueron modificando ese ritual y nos encontrábamos directamente en los tablones más altos del codo que daba a la sede social. Para ese entonces peleábamos el ascenso a primera, pero de a poco algo empezaba a decirnos que la pelea era por algo más; no teníamos del todo claro qué era, pero sentíamos que algo tiraba para abajo y nosotros saltábamos sobre los tablones como queriendo soltarnos de esa presión.


Se venían los últimos partidos del campeonato y el ascenso se perfilaba a una realidad. La ciudad entera estaba en la cancha, pero esa tarde Beto no vino. Con Carlos pensamos, o tal vez preferimos limitarnos a pensar, que estaba preparando exámenes o cursando en la Facultad, porque la ciudad estaba vacía, jugaba Quilmes, y no hubiese sido lo mejor que la tarde lo encontrara demorado en la calle, caminando hacia la cancha para poder estar. Ganamos dos a uno y el ascenso se definía en casa si lográbamos al menos un empate de visitante. Salimos de la cancha y caminamos hasta la peatonal; la gente buscaba rápido sus destinos, nadie quería demorarse mucho. Apuramos el paso nosotros también, contagiados por la multitud que huía con el sol y le escapaba a la noche, que ya le ganaba a la ciudad. Hablamos poco de la ausencia de Beto esa tarde pero no dejábamos de pensar en eso; sabíamos bien que jamás se perdería ese partido, en ese momento, con tanto por ganar, con tanto que afirmar. Caminamos esas cuadras buscando a Beto, sin decirlo, entre los últimos hinchas que se perdían doblando la esquina; esperábamos verlo aparecer de repente y abrazarnos los tres después de semejante victoria, queríamos contarle cada detalle del partido que se había perdido por culpa del examen, del demorado tren o de lo que fuese; pero la ciudad ya estaba vacía, volvía a ser ese desierto al que tanto nos estábamos acostumbrando, como a la sensación de que un tigre hambriento comenzaba a merodear. Me despedí de Carlos en Mitre y Rivadavia, nos veríamos el sábado en la estación para tomar el tren y buscar ese punto de visitante. Caminé unos metros y miré hacia atrás, busqué a Beto una vez más. Me resistía un poco a todo esto.


Salir de la ciudad nos daba una tregua a Carlos y a mí, es probable que también a los cientos de hinchas que viajaban con nosotros en el tren; alejarnos un poco nos liberaba de algún modo de ese estado de hundimiento en el que nos tenía la ciudad, buscábamos el ascenso. Beto no viajó con nosotros, y al igual que el sábado anterior tampoco estuvo ese día. Comenzábamos a asimilar su ausencia. No teníamos modo de buscarlo más que por un pequeño itinerario que agotamos rápido con la habitación que alquilaba en Caballito, que la había abandonado sin aviso ni sus cosas, y la Facultad, donde hacía varios días que nadie sabía nada de él. Buscarlo en la ciudad no fue una opción. Conseguimos un empate en el Oeste y sólo restaba lograr el triunfo en casa.


Ese último sábado en Guido y Sarmiento, la cancha estaba como nunca, no entraba un alma; las tribunas se abarrotaban de hinchas que se apretaban para hacer un poco más de lugar y recibir a los que seguían entrando. Faltaban dos horas para el comienzo del partido y la cancha era una marea azul y blanca en permanente movimiento. No podría calcularse la cantidad de hinchas que había, veinte o treinta mil, o tal vez uno solo, no había distinción, era una sola fuerza que empujaba hacia arriba y gritaba, se hacía escuchar en un mismo abrazo en el que nos fundíamos todos los Cerveceros, Carlos y yo. Asomaron las primeras camisetas blancas al campo de juego y el aire se hizo papel, millones de partículas de aire convertidas en papeles azules y blancos cubrieron todo y llenaron nuestros pulmones para volver a gritar con más fuerza. Empezó el partido y la euforia aumentaba, los tablones se arqueaban y devolvían el impulso de un resorte, íbamos a tocar el cielo. Llegó el tiro libre y el primer gol, y con él un cerrojo estallaba, algo se abría. Abracé a Carlos, que reía con lágrimas en los ojos, comprendí que había visto a Beto mezclado entre la marea. Siguió el partido y seguíamos ascendiendo, no parábamos, no queríamos parar de gritar y cantar, liberábamos una presión que nos excedía. Llegó el penal, el segundo gol y una puerta que se hacía pedazos, la voz de Beto, inconfundible, me llegaba con su grito de gol desde alguna parte de la tribuna o de ese mundo en el que se había convertido la cancha.


Terminó el partido y la calle fue una continuación de los tablones, la marea se expandía por las calles de la ciudad. La gente aparecía por todas partes, se abrían las puertas de las casas y salían como de la boca de un subterráneo, se sumaban a la multitud que no paraba de crecer; habíamos logrado el ascenso, salíamos del pozo y con miles de manos apretadas nos empujábamos a la superficie. Caminaba junto a Carlos en la multitud de bombos y banderas, saltando y cantando, no podíamos más, no nos quedaba un hilo de voz pero seguíamos, no podíamos parar. Una cortina de humo azul y blanco nos acompañaba, era nuestro cielo, no había límite, éramos la ciudad. Las bocinas de los autos y la música que salía de algún bar, el griterío y el canto desbordaban el volumen de la calle; un estruendo en el cielo y luego otro más, y ya no nos escuchábamos, y todos éramos uno y Beto con los ojos vendados, atado a una silla, los brazos lastimados y los bombos que sonaban cada vez más fuerte y saltábamos sobre el tablón de cemento que era la Avenida Mitre y Beto conteniendo la respiración y el grito de dolor; una bengala azul volvía a pintar el cielo y cantábamos, gritábamos y Beto encapuchado, arrojado al baúl de un auto y saltábamos, no podíamos parar de saltar, de agarrar bien fuerte a la ciudad que era nuestra otra vez, y el silencio, y las lágrimas y el miedo y el terror de Beto que se nos escapaba, nos soltaba la mano y el cielo se abría otra vez, y la marea bajaba, y la calle se despejaba, la gente se perdía y se alejaba por las esquinas como disolviéndose en ese instante que nos preparaba para lo que vendría después.


Seguí caminando con Carlos y los últimos hinchas que se iban quedando atrás. Caminamos sin hablar y llegamos a la peatonal; nos despedimos cuando anochecía. Una noche larga era la que iba a comenzar. Caminé, esta vez sin mirar atrás. Seguí buscando a Beto en cada esquina y en cada gol.

                  FEDERICO CANIZZARO

martes, 26 de enero de 2021

MIS TÍAS Y MIS PRIMOS.

 

Estoy esperando dentro del coche a mi amiga Marité en la puerta de un inmenso tinglado chino donde venden hasta helicópteros (de juguete, jeje, aunque nunca se sabe, habría que preguntar). Ella está enganchada al consumismo: adora comprar todo tipo de cosas. Yo la aguanto como puedo. Al final, me va a enganchar a mí también pero me resistiré. Odio salir de compras. Además, nunca tengo un mango, así que para qué salir. Me quedo pintando, leyendo o escribiendo. Cocinando jamás , limpiando, never. Las tareas domésticas implican un alto riesgo, no son rentables y nadie las valora. Mejor dejarlas. A veces no hay más remedio que sacar el polvo de las estanterías. Es el momento en que una puede escribir "TE QUIERO" con los dedos en la tierra posada sobre un mueble. La ventaja que tiene escribir sobre el polvo acumulado es que si una escribe "TE ODIO", se puede borrar rápido, con trapo seco (o húmedo) y listo el pollo. Sería como una constancia escrita de sentimientos con fecha de caducidad. Bueno, igual que los sentimientos. 

Pongo la radio del coche, suena jazz, el delicioso y amado jazz; es Duke Ellington. Y de golpe algo me cierra los ojos: es algo cegador, como un martillazo directo a la mandíbula. Una luz distinta, amarillenta, cálida y antiquísima. Mi papá está agachado, con una sonrisa, hablándome: yo debo tener unos cinco o seis años y también sonrío. Estoy segura, aunque no me veo, pero me siento. Estamos en el living, está puesto el mantel y la vajilla para los invitados. Mi mamá revolotea con su vestido de lunares, mientras protesta siempre con el mismo argumento: "hoy debo haber caminado kilómetros dentro de esta casa". Menos mal que la casa no se modifica a medida que ella camina, como en el cuento de Borges. 

Mi hermanito está jugando con algo, en el suelo, cerca nuestro. Y se ríe. Mi hermanito Mario Aníbal no puede ser más lindo, más inteligente ni más simpático. Es un ser de otro mundo: un mundo bueno que ya no existe. (Ya no es mágico el mundo, dice Borges). Mi papá va hacia el tocadiscos, que es un mueble venerable con radio y todo. Es que se acabó el disco, lo va a cambiar y hay que tener cuidado con la púa. Las púas son caras. Todo es delicado y merece respeto, hasta un disco. Se rompían si se caían, se rayaban con una mirada fuerte. Por eso, a los niños nos estaba prohibido ir toqueteando todo por ahí. (Igual que ahora, mamma mía, los locos bajitos, (Serrat) que arrasan con todo). En la foto de abajo estoy yo con mi disfraz de aldeana rusa en el fondo de la casa de Témperley.


Afuera, en el jardín, crecen a la par de los niños, un hermoso árbol paraíso, un laurel de jardín cuajado de flores rosas y varias ligustrinas. Si se pudiera volver a vivir, aunque sea un ratito, esa época pasada: escuchar esas voces, tumbarse en esas reposeras, tomar ese sol, aspirar ese aire que ya nunca volverá, como el río de Heráclito. "¿Hubo un Jardín o fue el Jardín un sueño?" se preguntaba Borges. (...) "Y, sin embargo, es mucho haber amado, haber sido feliz, haber tocado el viviente Jardín, siquiera un día". 

Escucho un sonido de pulseras y risas de mujer que vienen del sofá del living, atravesando los helechos del patio central de la casa. Risas voladoras, alegres y seguras de sí mismas. 


Es mi tía Mari Esther, mi tía preferida, la flaca. Es radióloga y es la esposa de mi tío paterno Menes, hermano de mi papá. La más directa para decir las cosas (cosa que le repateaba el hígado a mi papá), la más independiente. La inolvidable. La que no tuvo hijos porque su hijo era su marido, al que cuidaba con devoción. La que durmió una noche en la misma cama con él recién muerto. (Te han dejado. Ya no compartirás la clara luna ni los lentos jardines, dice Borges). 
Mi tía Mari Esther nunca creyó que yo pudiera llegar a odontóloga y siempre me lo recordaba, burlándose: "Ayyyy" decía sacudiendo las pulseras, "qué loca, yo no sé para qué estás perdiendo el tiempo yendo a la facultad". Yo no decía nada porque no me sentía aludida. Tampoco dije nada cuando, años más tarde, ya odontóloga, la tuve sentada en el sillón dental para arreglarle un premolar: demasiado la quería y secretamente le agradecía que me hubiera servido de modelo para la vida. Su preferido era su sobrino Carlitos Oxenford, el hijo de su hermano Fito. Era rubio, lindo, lleno de pretensiones y malcriado. Empezó abogacía y lo dejó. Se fue a EEUU corriendo atrás del gurú Marahaji, y lo dejó. Su padre le puso una venta de galletitas al lado de la estación de Témperley y lo dejó. Mejor ni recordar el resto...otro pijo malogrado. Niño consentido con padres amorosos. ¡Qué desperdicio! diría mi papá. 

Yo he tenido muchas tías, paternas y maternas y son todas inolvidables. Las paternas eran educadas y convencionales: niñas bien sin un duro. Se casaron con buenos partidos porque, como mi abuelo había muerto, mi papá mantenía a toda la familia. Ellas, chicas elegantes, iban a un club de tenis donde engancharon a buenos candidatos para maridos. 

Las tías maternas eran más locas, diversas e interesantes. De hecho, algunos de sus hijos sobresalieron en sus respectivas profesiones, mientras que, del lado paterno hubo unos primos muy previsibles, bastante mediocres; no sé si me explico. No me sirvieron de modelo. 



Una de las maternas, la tía Lía, con su risa y sonrisa perpetuas y su voz un poco ronca, tan, pero tan simpática. Adorable. Se casó con un peletero, Enrique, un santo varón. A partir de ese momento los tapados de pieles de nutrias, de astracán, etc, que iban y venían de su elegante local en el centro de Buenos Aires pasaron a formar parte rutinaria del  guardarropas de la familia.

La tía Sofía, hermosa y dominante; su sola presencia imponía una atmósfera de prudente distancia, no sea cosa que le diera por armar un escándalo. Su marido y sus dos hijos varones Carlos y Eduardo, le temían y no era para menos. 

La tía Juana (con remera oscura en la foto de abajo), era gorda y millonaria, Tenía dos hijos varones, Leonardo y Edgardo. Y los abuelos en el medio de la foto. 

La tía Ada, dulce e inteligente, (foto más abajo), enferma de Parkinson, la mamá de mi primo Beto (mi preferido, el que abandonó ingeniería para dedicarse a su gran amor: el teatro) y mis dos primas, Mirta, psicóloga y Clarita, abogada, que ya se habían emancipado y no vivían en la misma casa. En la foto de abajo los 3 hermanos Rubinstein. 

Beto atendía la joyería de la familia, desde la muerte de su padre, a la vez que estudiaba. Ellos son muy especiales para mí porque viví un año en su casa de la Plata, mientras estudiaba segundo de odontología y entonces pude tratarlos más íntimamente. Fue una linda convivencia que jamás olvidaré porque cada uno iba a lo suyo y no recuerdo que hubiera conflictos ni broncas, y sí había libertad, simpatía y cariño. Una vez vino mi prima Mirta con su nuevo novio, un psiquiatra, creo recordar. Y cuando se fueron, la tía Ada, sentada como siempre en su silloncito (ya enferma), dijo aquéllas simples palabras que no olvidé: "A mí lo único que me importa es que ella sea feliz". Un espíritu generoso. Abajo foto de la tía Ada de jovencita.

Hablando de conflictos, recuerdo un rocambolesco almuerzo de familia en el que algo se torció y hubo un griterío terrible. Éramos chicos Mario Aníbal y yo y esto ocurrió en la casa de Témperley.  Estaban mis tíos Sofía (la hermosa y dominante) y Manolo, su marido y creo que sus hijos, Carlos y Eduardo, pequeños, también estaban. La conversación subió de volumen más y más hasta que mi papá tiró del mantel, con toda la vajilla y la comida causando un tremendo desparramo. Mi mamá lloraba, mi tía gritaba y al final los tíos y primos huyeron muy airados y creo que no vinieron más. Mi hermanito y yo nos quedamos desorientados mientras mi mamá limpiaba el desbarajuste. Al final, Mario y yo nos fuimos al jardín a reírnos de la situación a escondidas, porque nos parecía como una comedia italiana, donde todo es tan excesivo. Dicen que la niñez es el territorio de la felicidad pero para mí no lo fue del todo. 


Mi mamá (en la foto de arriba), con sus frustraciones por no haber podido estudiar; mi papá, con sus certezas por haber estudiado tanto; mi hermanito, con su asma que no lo dejaba respirar y yo con mis horribles dientes que no me dejaban reír, llenaron de grises una familia que mejor colorear y perfumar un poco para alegrar la remembranza. Parece necesario ajustar la narración a tonos más alegres, como quien desajusta el zoom de una cámara para verlo más borroso e imaginativo, no tan nítido y tristón. (Emulando un poco a NIEBLA de Unamuno). Al fin de cuentas, la vida es una obra de teatro. Creo que Beto estaría de acuerdo. Y hablando de teatro, estábamos Mario y yo en el living y pasó una de las tías con un cuchillo en la mano, muy ligerita, mientras vociferaba: "Esto no va a quedar así". Pensamos que iba a matar a alguien...a mi papá, obviamente. Salimos corriendo atrás de la asesina en potencia y ¡oh, desilusión! Sólo estaban podando un rosal. Lo que nos pudimos reír al darnos cuenta del equívoco, está en los anales de la historia familiar y hasta el día de hoy, mi hija Cuyén se dobla de risa cada vez que lo cuenta (de oídas, porque faltaban mil años para que ella naciera). Perdón: no faltaban mil años, se me fué la olla. Ella me ayudó a ajustar el zoom de los recuerdos: Cuyén estaba allí, fue testigo de este hecho y lo recuerda claramente. 

Mi papá era muy buena persona pero tenía una característica desagradable y negativa, para él y para los demás. Era soberbio y se ocupó de alejar a la familia de mi mamá primero y luego a la suya propia. Era intolerante, espantapersonas y ahuyentagente y no aceptaba que lo contradijeran. Esa lección de intolerancia a mí no me entró nunca pero posiblemente a Mario Aníbal si... en fin, puras especulaciones. Así fue como nos quedamos los cuatro solos, algo que repercutiría negativamente en el aprendizaje sobre las relaciones humanas, en nosotros, sus hijos. Por ejemplo, como desenvolvernos con los demás durante una convivencia, como funciona una familia más amplia, que señales corporales tener en cuenta de los demás, como tolerar o perdonar; algo que, indefectiblemente, se aprende en la niñez o luego cuesta mucho aprender. Más tema de emociones que de sentimientos. 

Y cambiando de tema sin cambiar del todo, un día cualquiera hice una síntesis mental espontánea e involuntaria que me tomó por sorpresa: mis primos maternos, los prolíficos judíos, sobresalieron en casi todo lo que emprendieron, fueron buenos en sus respectivas profesiones y lograron hacer en sus vidas cosas útiles para los demás y para sí mismos. Mientras que mis primos paternos, los "niños-bien", típica clase media argentina con aspiraciones a clase alta y muchos pajaritos en la cabeza (no lo digo desde el prejuicio, obvio), tuvieron vidas convencionales y bastante tristes, superficiales y mediocres. ¡Qué cosa! ¿no? 

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Mi primo Beto, en una foto actual.  Destacado actor y director teatral, con un libro publicado de este tema y siempre implicado en las luchas por una sociedad mejor. 



Su hermana Mirta, psicóloga, ya fallecida, quién desarrolló una intensa actividad profesional. 

Siempre preocupada por las necesidades de la infancia, se dedicó a atender los trastornos de aprendizaje en la niñez y fue tal el interés que le despertó la especialidad que promovió la implementación de gabinetes psicopedagógicos en la enseñanza inicial, un vacío hasta entonces en la estructura de la educación formal. 

¿Y yo? Soy tan prima de unos como de otros y la verdad es que, cuando miro hacia atrás,  me hace sentir bien que muchas personas puedan sonreír con confianza y seguridad por los cientos de tratamientos de ortodoncia que hice, llegando a buen puerto. Eso es bastante más que nada y me satisface que así sea. Es un logro poder reír y sonreir con agrado y sin complejos. No como Borges y sus espejos insondables: "Yo, de niño, temía que el espejo me mostrara otra cara o una ciega máscara impersonal que ocultaría algo sin duda atroz".(...). 
Atroz era la dentadura que tenía yo de pequeña y quizás eso me empujó a resolver desde mi especialidad, ese mismo problema en tanta gente y brindarles un poco de felicidad cada vez que le sonrieran al espejo. 

Como hobby, escribo con placer tratando de que tenga algo de música lo que escribo, como aprendí de mi papá; y de ello da cuenta mi blog y muchos manuscritos. Pinto como una aficionada que soy y algunas veces obtengo resultados aceptables, otra vez como mi papá. Soy una aficionada en arte y una profesional en ciencia. No llegué a los logros como mi primo Beto o mi prima Mirta, aunque estoy satisfecha, ya que las comparaciones me parecen tontas. Es agradable hacer un balance que nos deje bastante contentos, cuando se ha llegado casi al final del camino. Otras cosas no salieron tan bien pero bueno...todo, todo no puede resultar diez puntos.  

 Bien, volvió Marité de los chinos, se acabó la película y la imagen en retrovisor del pasado. Otro día la seguimos.