Mostrando entradas con la etiqueta flavio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta flavio. Mostrar todas las entradas

jueves, 5 de enero de 2023

ESCLAVOS

Cuento de Mónica Bardi

Corría el año 1859 en EEUU y parece que no había escapatoria para el esclavo negro. Samuel ya empezaba a peinar canas y soñaba, tanto dormido como despierto, con volver a la zona libre de esclavitud, en New York, de donde fue secuestrado siendo joven y vendido por unos traficantes como mercancía a otros desgraciados que lo maltrataban. Ya había recibido severos castigos por defender a otra esclava.

Trabajaba de sol a sol en las plantaciones de algodón en Kentucky. Ni siquiera podía leer algo, que tanto le gustaba, en algún minuto libre, para evadirse de esa vida miserable y dejar volar su imaginación a destinos más hospitalarios. Estaba rigurosamente prohibido que los esclavos supieran leer y escribir. Los patrones temían y desconfiaban de esa libertad mental, de ese viaje individual y silencioso que podía proporcionar la lectura. Además, recelaban de esos esclavos que eventualmente podrían  escribir a alguien de zonas libres de esclavitud para pedir ayuda. Por ejemplo, a su familia. Así que Samuel escondía celosamente ese valioso conocimiento aprendido precozmente en el cálido hogar donde había nacido. Dominaba el inglés y el español, hablado y escrito. Temblaba de sólo imaginar los brutales latigazos que recibiría si lo pescaban in fraganti, así que simulaba ser analfabeto, incluso ante los demás esclavos. No podía fiarse de nadie. 

Un día cualquiera, sin embargo, algo inesperado lo impulsó a escapar. Había encontrado tirado un resto de papel de periódico donde se enteró que se estaba gestando una ley en contra de la esclavitud y eso lo animó. Pensó que una vida así no valía la pena de ser vivida y quizás por eso empezó a preparar su fuga. El riesgo que correría sería inmenso porque muchos kilómetros lo separaban de la zona libre. Tenia que remontar el río Kentucky, luego el río Ohio y encontrar por allí lo que llamaban el "ferrocarril subterráneo" que no era ferrocarril ni era subterráneo, aunque así se denominaba coloquialmente a una larga red clandestina de personas, que, a la manera de eslabones, formaban una cadena solidaria hacia la libertad. También los llamaban "carriles" y conducían a estados no esclavistas o a Canadá. Seres generosos ayudaban a esos pobres desafortunados proporcionándoles refugio, escondite, comida y orientación en ese trayecto desesperado, aún sabiendo que estaba penado por la ley. La heroína más conocida de esta red fue una temeraria mujer negra llamada HARRIET TUBMAN que había escapado en 1849 de la plantación hacia Filadelfia. Ella había sufrido terribles daños y vejaciones de su patrón que la habían llevado al borde de la muerte. No obstante, ya libre, con un espíritu más combativo que nunca y encima con un alto precio por su cabeza; había vuelto en numerosas ocasiones a rescatar a más gente, entre ellos a sus padres. Nunca la pillaron. 

Si él pudiera contactar con alguien de esa red... era difícil. No podía confiar en nadie pero la historia de Harriet lo envalentonaba. Por fin, un día Samuel se decidió. Esperó la noche y con el sigilo de un gato se largó a correr a la vera del río que había oído que lo podía acercar al "ferrocarril subterráneo".

                 Harriet Tubman

                             CAPÍTULO II

En el Egipto de los faraones los esclavos eran considerados subhumanos, es decir, no personas, sino cosas y podían hacer con ellos lo que quisieran, incluso matarlos, como quien rompe un jarrón. 

Esta espantosa situación cambió radicalmente en el mundo grecolatino, donde las leyes de Petronio y Cornelia prohibían matar a un esclavo. Incluso los tratos brutales no estaban bien vistos. 

Había varias categorías de esclavos: públicos, que trabajaban sin remuneración como policías, conserjes, secretarias, etc. pero también estaban los privados o domésticos, encargados de la enseñanza secundaria (ludimagister) a los hijos de las familias ricas. A esta última categoría pertenecía Flavio, el otro personaje de esta historia. Procedente de la antigua Grecia, su amo patricio consideraba que tenía mayor y mejor educación que la suya propia. El pobre Flavio, aunque había nacido libre, adquirió la condición de esclavo porque, además de haber contraído deudas que no podía pagar, era prisionero de guerra. 

Los hombres libres y ricos valoraban la cultura aunque miraban con malos ojos la docencia, propia de "seres inferiores" o sofistas, tramposos que se conocían todos los trucos de la retórica para ganar una discusión. Flavio no vivía mal si se portaba bien y obedecía sin chistar todo lo que se le ordenara, aunque mayormente estaba sumergido en sus obligaciones de docente sin demasiadas exigencias. Hablaba, leía y escribía con fluidez griego y latín. Dominaba la filosofía, la poesía y la música y tenía la suerte de que sus alumnos parecían esponjas y por todo se interesaban. Un día cualquiera consiguió permiso para dar un paseo y salió de la casa del amo, en la calle romana de Cardo Maximus con la idea de reflexionar sobre ciertas cuestiones aristotélicas que lo traían de cabeza como el "estado contemplativo", mientras miraba correr las aguas del río Tíber. 

              CAPÍTULO III

¡Ya lo habían visto! ¡Los cazadores de esclavos habían visto a Samuel! ¡Horror! Enloquecido, el negro se lanzó al río a una muerte segura en sus aguas caudalosas. No obstante, logró aferrarse a una ramas podridas que lo hacían retroceder más que avanzar, por el sentido de la corriente. Aún así, a unos pocos kilómetros logró llegar a la orilla opuesta, totalmente extenuado. Al ponerse de pie con gran dificultad quedó perplejo con un inesperado paisaje. Hipnotizado como un zombie, miraba en derredor sin comprender nada. "¿Habría muerto y éste era el otro mundo?" se preguntaba. El entorno salvaje del que había salido dejó paso a una ciudad populosa con aires de antigüedad. ¿Qué era aquéllo?

Superado el primer trance de la delirante situación intentó encajar lo que estaba viendo en un marco racional. Después de todo, era un hombre culto. Y entre muchas otras personas vio a un paseante totalmente absorto en sus pensamientos y, como le pareció inofensivo, se acercó y le balbuceó algo con profunda humildad.  El hombre, sorprendido, salió de su burbuja y le contestó en un idioma desconocido, más sobresaltado por sus extrañas ropas que por su aspecto mojado y miserable. Los dos se miraron durante unos momentos con cierta tensión y luego, como autómatas, retomaron el camino juntos, sin entender nada, confiando solo en sus miradas piadosas y en sus instintos. Después de todo, ambos eran sobrevivientes. 

Fue muy difícil para Samuel y Flavio llegar a comunicarse. El docente pudo ir hilvanando algo gracias a su enorme conocimiento del latín y Samuel se arregló bastante bien con gestos y su dominio del inglés y español. Eran lenguas hermanas, después de todo. 

Flavio le buscó un escondite a Samuel y le trajo comida y ropa, profundamente conmovido cuando vio la espalda del náufrago con las terribles cicatrices de los latigazos. Los dos entendieron que ambos eran esclavos pero que por algún salto mágico ininteligible, se habían encontrado en diferentes épocas y continentes. Pasados unos pocos días de práctica ya podían mantener una conversación sencilla. 

-¿Entonces tú eres maestro? ¿Y puedes ser maestro siendo esclavo?- preguntó Samuel, el norteamericano, muy extrañado.

-Si, no me pagan pero me gusta lo que hago. La mayoría de los docentes romanos somos esclavos- contestó Flavio, acompañándose de gestos para ser comprendido.- Me considero un ser privilegiado, vivo con bastante comodidad; mis alumnos son inteligentes y respetuosos y aunque no pueda tener casa ni familia propia, me conformo. Millones de hombres, mujeres y niños están mucho peor que yo.  

-Ya lo creo, aunque no puedas tener familia.¡Qué pena! Pero al menos puedes leer poesía, filosofía; lo que quieras. Un gran consuelo- dijo Samuel, pensativo mientras rebobinaba la palabra "romanos". Y continuó: -En cambio, yo tenía mujer e hijos en la zona libre de esclavitud hasta que me secuestraron hace 12 años y ahora, como esclavo, no puedo verlos ni comunicarme con ellos. Creerán que estoy muerto. Ni una simple carta les puedo escribir y por eso me escapé.  

- ¿Existen zonas sin esclavitud? Increíble. Pero eso no puede ser: ¿quién hace todo el trabajo?- se extrañó Flavio. 

- Por ley la esclavitud está prohibida en muchos lugares del mundo. Y el trabajo lo hacen personas a las que se les paga. Pero a lo que iba: mis amos, personas muy crueles, jamás deben saber que yo puedo leer y escribir. Es mi gran secreto; si se enteraran, me ahorcarían. Sospecharían de inmediato que podría escribir a mi familia y ellos mandarían un abogado para rescatarme. 

-¿Abogado?

-Si, letrados que defienden a los acusados de algún delito. Concretando: decidí escaparme pero lo que no logro entender es qué misterioso encantamiento me ha traído hasta aquí.  

- Yo tampoco lo entiendo. Algún dios pudo haberte traído. Los dioses son caprichosos. ¿Y de qué siglo dices que eres?

-XIX... después de Cristo, naturalmente.

- ¿XIX? ¡Qué barbaridad! ¿Qué has dicho... después de Cristo? ¿Quién es Cristo?

Samuel se quedó sin habla. Ese hombre era de la época de antes de Cristo. Apenas balbuceó: "Jesucristo". 

Flavio asintió pero sin tener ni idea de quién podría ser ese señor Cristo Jesucristo. "Seguramente un emperador", pensó, siempre dando por sentado que el imperio romano era eterno. "Para que lo usen como punto de referencia, habrá sido muy importante". Y viendo a Samuel tan profundamente interesado en la lectoescritura, le explicó  minuciosamente que su trabajo como educador era transmitir lo escrito por escritores ya muertos que utilizaban su voz, (la suya y la de los otros esclavos lectores), para contar en voz alta lo escrito. Ellos eran meros transmisores, los encarnaban, ya que el escriba se había apoderado de sus cuerdas vocales temporalmente. El espíritu del escribiente había entrado en ellos, sus sirvientes. 

-¿Eso creen? ¿de verdad lo creen? ¿Que el alma del que escribió entró en vuestro cuerpo? ¿Cómo si resucitara? - preguntó incrédulo Samuel.

-Eso es asi, indudablemente. No lo creemos, lo sabemos con certeza-. afirmó rotundo Flavio- ¿y dónde dices que vives?

-En Norteamérica. 

- ¿Norte... qué? No he oído nunca esa tierra. ¿Queda por Hispania, yendo a poniente?

- ¿España? Bueno, para ese lado queda, pero mucho más al oeste, cruzando el océano Atlántico. 

- ¿Atlántico, dices? No conozco ese mar. El mundo termina en las columnas de Hércules. Más al oeste no hay más que agua y luego, la nada. "Non plus ultra". 

Las certezas inapelables de Flavio alejaron a Samuel de cualquier intento de descripción de la historia posterior al imperio romano. Viendo la imposibilidad de contarle la fantástica epopeya del descubrimiento de América y el océano Pacífico por los españoles, optó por cambiar de tema y preguntó cómo se llamaba ese río y esa ciudad donde se encontraban ahora. "El río es Tíber, el emperador es Tiberio y la ciudad es Roma" explicó orgulloso Flavio y a continuación se explayó un poco en describir su presente ante la mirada maravillada del negro, que obnubilado, pensaba: "estoy en el imperio romano... Tiberio... claro... antes de Cristo... no lo puedo creer, este es un sueño del cual no quiero despertar. Tanto que leí sobre el imperio romano y sus inmensas conquistas, sus calzadas y sus acueductos, con todo el Mediterráneo a sus pies". 

     


                         CAPÍTULO IV

Pasaron muchos días en los cuales los dos esclavos estrecharon su amistad y se narraron sus vivencias saltando de sorpresa en sorpresa por sus descripciones de cosmogonías tan distintas. 

Pero ya no había manera de seguir ocultando a Samuel de las autoridades romanas. Así que Flavio, compadecido y temeroso por el futuro, sugirió ir al Templo de la Concordia a pedirle a sus dioses públicos (también había privados) una ayuda urgente para su amigo venido del futuro. Se dirigió a Júpiter, principal deidad de la mitología romana, padre de dioses y de hombres; a su esposa Juno, y a Minerva, la diosa de la sabiduría y les suplicó que  devolvieran a Samuel a su tiempo y a su espacio. Espantado, éste rogó que no lo regresaran al mismo lugar porque su vida corría peligro, pero luego se dió cuenta que no podía pedir tanto. Callado, dejó hacer al otro, que parecía saber mucho más sobre conversaciones con dioses.  

-"Confía en mis dioses" afirmó el maestro, "ellos nos hicieron dueños del mundo. Nuestra polis replica una energía cósmica. A propósito, ¿cuáles son tus dioses? Ni los has nombrado". 

"Somos monoteístas. Tenemos uno solo". 

"¿Uno? ¿Solo uno? ¿Y con eso alcanza?".

"Mucho me temo que no", respondió apesadumbrado Samuel.

"Logice". declaró triunfante Flavio. Y le explicó a Samuel que las ofrendas eran como un pacto contractual. Si los dioses no les hacían caso, él no les rendiría más culto y punto final. "Casi como un contrato comercial. ¡Qué asombroso!" pensó Samuel y recordó a su único dios verdadero, ése que nunca le había ayudado en todos estos años, por mucho que le rezara. "Quizás me iría mejor con estos dioses" razonó con ironía, casi riéndose de sus propios pensamientos. 

Júpiter sumió a Samuel en un profundo sueño, mientras Juno lo acunaba y Minerva le susurraba al oído vaya a saber que cosas en latín. Despertó, en brazos de unos pescadores, justo antes de ahogarse, en el río Hudson, en el estado de Nueva York, a salvo ya de los esclavistas. 

                 CAPÍTULO V

Nunca contó a nadie como había logrado llegar hasta ahí y que había ocurrido en ese mágico salto cuántico. Si hasta él mismo dudaba que todo no hubiera sido más que un sueño del otro mundo. Como Borges, "acaso sueño haber soñado". Sus tres hijos, ya crecidos, se habían acostumbrado a esos extraños trances místicos en los que parecía caer su padre de cuando en cuando, nombrando y agradeciendo a tres remotos dioses paganos y a un hombre llamado Flavio, cuyos nombres sonaban a historias milenarias y al reino de la fantasía. Los hijos pensaban que serían secuelas psíquicas por tanto sufrimiento no superado de su etapa de vida como esclavo. 
Muchos años después, y ya muy, muy viejito, Samuel le contó todo lo sucedido, hasta en sus más mínimos detalles, a su nieta menor Pamela. La memoria había mantenido intacto ese tesoro y su nietita era la primera persona en la que confiaba. Ella le creyó absolutamente todo mientras lo escuchaba con respeto y veneración en sus redondos ojos negros. Todavía era pequeña, podía seguir creyendo.

FIN





jueves, 20 de junio de 2019

LA MUELA Y EL TABACO.

Era una de las familias notables de la ciudad, ésas con solera, patriarcas y tragedias, de origen italiano. Vivían en la calle 25 de Mayo, en Témperley, provincia de Buenos Aires. 
Ella se sentía honrada paseando su adolescencia tardía (de la cual nunca se recuperó) por los pasillos de esa vieja y elegante casa con aromas de misterio, como si fuera un altillo grande, con baúles que se abren solos en las noches de luna llena. Ese tipo de casa donde todavía viven los abuelos y hay pecados escondidos en cada rincón. Los retratos colgados en las paredes de los antepasados la escrutaban en color sepia con ojos reprobatorios, siempre reprobatorios.
Ella no podía evitar furtivos vistazos a las habitaciones que se iban abriendo a su paso y oler susurros apagados de pretéritas historias fabulosas. Le encantaba aquello.
Su gran amiga y compañera del secundario Birgitta Steinmann Bozzini la había invitado a ésta, su ilustre casa.
Birgitta tenía un hermano, Manfred, muy inflexible y que se había visto obligado a hacer de padre ya que el doctor Steinmann, el padre de Birgitta, se había largado de esa familia con una bailarina del Ballet Ruso, dejando a su esposa dando suspiros... de alivio.


Pero lo que a ella la dejaba absolutamente fascinada era el tío materno de Birgitta, un hombre mayor refinadísimo que narraba entre sonrisas y comentarios irónicos, hechos de su vida cosmopolita, plena de vicisitudes en lugares lejanos y rutilantes, allá, en la vieja Europa. 
El tío Flavio era la oveja negra de la familia, a pesar de haber sido un eximio violinista demandado por las mejores orquestas del mundo. Aunque lo que trasuntaba era mucho más que eso: él era libre, libre como una libélula, como un pájaro; y eso lo exhalaba por todos los poros de su piel. Más se deslumbraba Ella.
Al revés que sus hermanos que habían obedecido mansamente al patriarca, el abuelo Bozzini, y habían estudiado carreras rentables para perpetuar y acrecentar la fortuna familiar, Flavio, desde muy joven, había dado muestras de rebeldía y desarraigo.
Esa actitud bohemia a Ella la subyugaba y suspiraba, sin despegarle la mirada: "si tan solo fuera más joven". Tan delgado y elegante, tan viajado y delicado. 
Sus relatos de cuando era un pibe talentoso y trotaba por el mundo europeo pasando hambre y frío en sus principios, aunque visitara salones aristocráticos, la remontaban a lejanos paisajes románticos con candelabros y nieve. 
Por fin, siguió relatando Flavio, logró hacerse un lugar en el competitivo mundo musical y su vida dió un vuelco favorable. Y allí fue cuando se enamoró...y... y... ¡sonó el teléfono!
_¡Noooo!_ gritó Ella_ ¡déjalo! ¡No lo atiendas! 
No podía soportar que la trajeran de vuelta a este  pedestre mundito, cuando ella volaba junto con el tío Flavio en una alfombra mágica por los cielos de Praga y de París.
Pero el demandante campanilleo iba en aumento y Birgitta lo atendió. 
_Es para vos. Tu novio Roberto.
_Ufffff, no_ protestó Ella.
…….......................................................................
Estaban los dos en un bar. Él tenía algo importante que decirle.
_No me vayas a malinterpretar_ dijo Roberto cariacontecido y culposo.
_Claro que no, no, no te preocupes_ aseguró Ella, ardiendo de curiosidad.
_Es que es un asunto... algo... ¿cómo decirlo? Es un asunto delicado ¡Eso! Delicado... y puntual, desde luego, no va a volver a ocurrir.
_Me hago cargo. Cuenta, cuenta, no tengas miedo.
_¿¡Miedo yo!?_ saltó Roberto como un resorte.
_Oh, oh_ pensó Ella_ botón equivocado.
No le convenía seguir con la misma estrategia. Y allí terminó la conversación y se extinguió temporalmente la confidencia. 
..............................................................................Ella, muy contrariada por la interrupción, atendió por fin el teléfono.
Su novio Roberto era un agradable, barbudo y machista muchacho, separado de su esposa. Tenía hijos, tenía problemos pero, por suerte, tampoco tenía plata.
En fin, a Ella le gustaban los problemáticos, porque así podía redimirlos y reconducirlos a la buena senda... no se le daba bien la otredad.
Roberto pedía auxilio, cuándo no, porque le dolía una muela con dolor agudo de verdad y como era domingo, no había conseguido un dentista disponible. Ya sabemos de sobra como son los dentistas. Para sacarte dinero, siempre están, pero para sacarte un dolor, nunca.
Él se preguntaba si el tío de ella, Menes, que era de la profesión querría tener a bien atenderlo de urgencia en su consulta de Lomas de Zamora.
El tío Menes, hermano del padre de Ella, estaba casado con Mari Esther, radióloga, y ambos tenían debilidad por esa díscola y soñadora sobrina, siempre elucubrando con trotar por el mundo. 


Y así se hizo. Roberto tomó el último autobús que venía de la ciudad de La Plata y ambos se acercaron al consultorio del tío Menes, que, por suerte, estaba al lado de su casa.
Fueron recibidos con alegría. La desconsiderada muela fue extraída y todos se despidieros con besos y arrumacos.
Como Roberto no tenía medio de transporte para volver a La Plata, mientras buscaban una solución, volvieron a la casa de Birgitta. ¿Dónde dormir? En la casa de Ella imposible. Su padre no lo hubiera permitido.
Entonces el tío Flavio, acostumbrado como estaba a las transgresiones, sugirió que, por esa noche, podrían quedarse en la insigne residencia Bozzini. Lugar había y buena voluntad también. 
Fiorella, la madre de Birgitta, lanzó un grito escandalizada. 
_¡No, no, no! ¿Qué va a decir papá?
_El viejo patriarca no va a decir nada porque está en su precioso campo en Cañuelas- aseveró tío Flavio_  no va a volver y aquí nadie va a soltar la lengua. 
_Pero, pero_ balbuceaba Fiorella casi llorando, demostrando así su perpetuo miedo, su alma de mujer dócil. 
_ ¿Y mi hijo Manfred? Él va a llegar en cualquier momento ¿No pensaron en él?
_Manfred hoy no vuelve; se queda a dormir en la casa de su novia. Pero eso sí, en dormitorios separados_ ironizó el tío Flavio, bajando la voz.
Ella pensó: "se ve que el tío Flavio está muy decidido... es un divino este hombre. Si tan solo fuera más joven", suspiró sin despegarle ojo. 
No obstante_ dijo él ya mas serio_ quiero que quede claro que en esta casa no se fuma. ¿De acuerdo?
_Por supuesto, por supuesto._ coreamos todos.
..............................................................................
Ella y Roberto seguían en el bar. 
Ella se acercó suave como un gato a Roberto y le acarició el pelo mientras sonreía.
Todo muy suave para que él no fuera a sospechar que tenía un solo objetivo: saber lo que había pasado, eso que le costaba soltar.
_Mi amor, seamos sinceros: si no quieres, no me cuentes. Yo solo quería que fuera un desahogo, un alivio para vos. A alguien se lo tienes que contar.
_¡No seas hipócrita!_ gritó dando un puñetazo en la mesa._ ¡Que te conozco, bicho colorado!
_Uy_ pensó la hipócrita_ otra vez me equivoqué. Y ahora ¿qué hago?
Supuso que sus últimos ases en la manga eran dos: uno, un buen revolcón sexual o, segundo, quedarse callada, con carita de pena... optó por lo segundo y esperó el resultado. 
.............................................................................


Fiorella, la mamá de Birgitta y hermana de Flavio, se arrodilló en su altarcito a rezar, como quien espera la llegada de los hunos.
Ignorándola, el tío Flavio nos mostró su dormitorio con dos camas pequeñas. Ella dormiría con Birgitta en el dormitorio de las chicas, y Roberto con el tío Flavio. Los chicos con los chicos y las nenas con las nenas. Salvado el honor. Ella no entendía por qué Fiorella se preocupaba tanto y se lo tomaba todo tan a la tremenda. 
Un silencio cómplice revoloteaba como un nubarrón oscuro. Cenaron, charlaron de sandeces y se fueron a dormir. Ella seguía pensando: ¿a qué se debe tanto drama?
..............................................................................
En el bar Roberto se iba ablandando. El silencio de su novia y los whiskies que oportunamente ella invitaba aflojaban las barreras, los pruritos y las vergüenzas.
_Esto promete_ pensó Ella. Pero siguió callada porque le pareció la mejor estrategia. 
...............................................................................
Al día siguiente, en la casa de la calle 25 de Mayo, estaba el tío Flavio muy temprano en la cocina, preparando desayunos para todos. Tenía cara de haber dormido poco y mal, aunque hizo hincapié, más de una vez, que se había quedado como un tronco apenas apoyada la cabeza en la almohada.
La joven Ella fue a despertar a su amado, que torraba a pata suelta.
Siendo siempre tan distraída, algo curioso llamó a lo puerta de su intuición para lo que a priori no encontró una explicación racional... ni a posteriori.
El paquete de cigarrillos de Roberto estaba en la otra mesita de noche, la del tío Flavio. ¿Cómo había ido a parar allí? ¿No era que estaba prohibido fumar? ¿No era que el tío había comentado insistentemente que se había quedado cuajado al instante de acostarse? Si él se había dormido y Roberto había aprovechado para regalarse un pitillo a escondidas, tendría que tener el tabaco de su lado. Olor a cigarrillo no había pero, indudablemente, algo olía a chamusquina.
..............................................................................
_¡Tú ganas!_ exclamó Roberto resolutivamente y con un fuerte aliento alcohólico_ ¡confieso que... que tuvimos una noche de pasión con el tío Flavio...si, de sexo...y además confieso que nunca había sentido tanto placer! ¡Si, ninguna mujer me hizo sentir nada semejante, nunca!... Eso no significa que me gusten los... los... hombres ¿entiendes? La miró casi llorando, acojonado y acongojado. 
Y bajando el tono de voz terminó susurrando y mirándola como un cachorrito huérfano.
_¿Qué... qué... te parece?
_Bueno, esteee... cosas que pasan... cosas que pasan. Tampoco le des mayor importancia. Fue una noche algo... rara. 
Y todo por un dolor de muelas. Mira a qué territorios te puede conducir un dolor de muelas.
Y se quedó muy pensativa ¿Qué sentía en realidad? Ni enojo, ni excesiva sorpresa, ni rechazo... perplejidad, quizás.
Al final, agarró la mano de su novio y mientras lentamente caminaban dijo, quitándole hierro: _Tiempo al tiempo, no te angusties. Ha sido sólo un episodio aislado.
Y pensó: ¡QUÉ ENVIDIA! ¡CON EL TÍO FLAVIO!