Llego contenta, eufórica, ilusionada...como una loca desatada al club hípico de la Plata. Hoy es 15 de noviembre del 2014, fecha señalada, fecha esperada y alimentada por meses de expectativas, mensajes, conversaciones y búsquedas de personas al más puro estilo Sherlock....¡algo largamente nutrido por recuerdos, fotografías, asociaciones de ideas y de situaciones de un grupo de personas que compartió toda una etapa de su vida dentro de un recinto universitario!
No voy a negar que en el club hípico me llamó la atención la ausencia de movimiento, de autos, de gente guapa.....¿dónde están todos?....bueno, ya llegarán, razonamos con mi amiga Stella Botti, mi compañera con la cual compartíamos la perplejidad. Dimos unas vueltas por el lugar, aunque todo seguía desierto.....
Luego de algunas horas dándonos un voleo y otro...y otro más....yo empezé a tratar de comunicarme por teléfono con los números que había anotado prolijamente en papel, pero nadie contestaba.
¿QUË CARANCHOS ESTABA PASANDO? ¿POR QUÉ NADIE VINO?
Empezé a dudar de mi salud mental, me preguntaba obsesivamente: ¿dónde han quedado nuestros floridos y divertidos diálogos en el chat? ¿Y toda la actualización de nuestras vidas, todas las anécdotas, todos los aspectos de nuestras vidas actuales? ¿Fueron todas alucinaciones?. Dios mío, ¡debo estar loca! ¿me han implantado un chip en el cerebro con una historia inexistente, como he visto en algunas películas?¿O he visto demasiadas películas?
Por fin se hizo la luz: Daniel Choclin el immer erreichbar (siempre conectado), atendió mi llamada y me dijo casi gritando: ¡Pero no, Maina, estás totalmente equivocada! ¡Dios mío, no me digas que estás en La Plata!¡¡ Estamos en España, nos fuimos en un vuelo charter todos juntos para Cádiz y la reunión es en el restaurante EL FARO, en la Caleta dentro de 3 días!!Además, vos tenés que haber hecho la reserva.....¿o no la hiciste?
Para guardar las formas y no quedar como una descerebrada, aseguré: "Claro, claro, Dani, todo está OK". Pero nada estaba OK, en realidad estaba KNOCK OUT.
Me quedé absolutamente absorta y confusa y sólo la presencia de mi amiga me pudo sacar de mi ensimismamiento: "bueno, loca, no le des más vueltas....estamos viejas y boludas....y vos, tanto estudiar alemán, dale que dale, al final te quedaste Alzheimer total....daaaale, hacemos de goma las tarjetas y nos vamos para allá".
Me pareció un disparate pero como los disparates y las decisiones tipo VELOCIRRAPTOR son para nosotras el pan nuestro de cada día, salimos ipso facto hacia Ezeiza.
Pensé: "¿Y las valijas?¿Nos vamos sin nada?". y se lo comuniqué a Stella, la cual, con su habitual locuacidad lapidaria me contestó: "¿Siempre sos tan boluda?"
Ante semejante respuesta me quedé muda, preguntándome en silencio: "¿siempre....o sólo de a ratos?¿Es una maniobra para desequilibrarme psicológicamente, cómo decía desesperado EHMIDMV, cada vez que le escondíamos las llaves?"
Es que en realidad para esto están las amigas, las verdaderas, claro, para echarle a una un balde de agua fría cada tanto. Con Stellita una está, como quién diría, siempre EMPAPADA.
Llegamos a Cádiz justo a tiempo porque tuvimos suerte con los vuelos y sus combinaciones. Nos hipotecamos hasta las orejas, eso sí, pero ¿a quién le importa un mango más o menos cuando se trata de recuperar la juventud perdida, desperdiciada?...Bueno, desperdiciada no, aprovechada pero pasada, eso sí.
Llegamos a la plaza de la catedral de Cádiz, justo donde quedamos para ir todos juntos al restaurant EL FARO. Era temprano y lógico que todavía no hubiera nadie de los nuestros.
En ese momento suena el teléfono y es Susana Cosacarelli, quien, con su vocecita de ángel y algo vacilante, me dice "....Ayyy, Moni, no sé cómo decirte esto, pero.....ehhhh, ocurre que sentí una súbita necesidad de ver a mi hija, una morriña, como le dicen, y me fuí, en un impulso irracional, al Reino Unido a verla y no voy a concurrir a la reunión....¿me perdonarán?"
Esa fugaz llamada fué cubierta inmediatamente por otra: "Hola, Mónica, soy Alfredo Acuña, mirá, resulta que en Sierra Nevada hay nieve en estos días y no me pude resistir....espero que sepan perdonarme pero es que adoro el esquí....bueno, adiós, ya nos veremos"
Inmediatamente se superpone una llamada de Luigi, el antiguo Luis Arata quien manifiesta entusiamadísimo que va a participar en el Tour de Francia, que para él es una oportunidad única y que espera que lo entendamos.
Nelsa llama para avisar que se quedó en la pasarela Cibeles en Madrid y que está prácticamente hipnotizada, por lo cual no va a poder venir.
Tili, el inefable, el antiguo Atilio Damia, para no ser menos, avisa que se queda en el festival de jazz de Oviedo porque ha coincidido que está Woody Allen.
Peli y su hija Zara estaban en la biblioteca nacional en Madrid porque ella (su hija) estaba deslumbrada con unos ejemplares antiquísimos escritos en sánscrito y que le daba no se qué dejarla sola. Que otro día nos veíamos.
Nora Salveto quiso venir a dedo desde Madrid pero llegó hasta Aranjuez, donde decidió quedarse a vivir para siempre porque le encantó y se compró una casita cerca del Palacio Real y al borde del río Tajo.
¡Aquéllo era una CONSPIRACIÓN, más diría UNA TRAICIÓN! ¿Qué otra explicación había? Yo no salía de mi asombro y estaba tratando de hilvanar mis pensamientos cuando llamó el Pollo Ebbens para avisar que había una carrera internacional de presentaciones en Facebook y que había obtenido el primer premio....estaba enloquecido. Con el dinero del premio pensaba poner una pollería en Alicante.
Stella y yo nos sentamos a la sombra de las palmeras en una deliciosa cafetería a reflexionar sobre el tema cuando el ¡clinc! del teléfono me avisa que Daniel Choclin y Emma Martina se habían apuntado a un curso de audiovisuales y diseño de stickers en la facultad de Granada y que llegarían unos 3 días más tarde.
En cuanto a maría Rosa Montano......y, de gira por el Piamonte con su marido.
Para completar el cuadro Lina Zitaglia y Stella Lanfranconi encontraron super interesante un congreso internacional de dietética y nutrición titulado "Como y cuánto comer para llegar a ser un cadáver sano" en El País Vasco, aunque por línea privada me dijeron que lo que más les había gustado habían sido, en realidad, los vascos.
Ambrosi y Chispa Carnevali, por su parte, estaban buceando junto con delfines en el Estrecho de Gibraltar y contestaron que "ni de coña se perdían aquéllo"(textual)
"Bueeeeennnnoooooo", dijo Stellita, "no te preocupes, es que se están divirtiendo, es como una segunda, qué digo segunda, tercera, cuarta adolescencia....llegar van a llegar" (Lo de la inmadurez adolescente lo comprendí en seguida porque yo, la carrera de Odontología la hice cuando ví a los chicos divinos que me tocaban de compañeros y no por otra razón más....digamos, profesional. Fué, algo así como vocación por lo heterosexual). Hablando de inmadurez, un nuevo "clinc"me pone a Cristina Corian a la oreja, quien manifiesta muy suelta de cuerpo que se queda en Galicia porque no se irá de allí hasta que no aprenda a bailar la MUÑIEIRA.
Pero el colmo de los colmos es Malamud, quien dice que no puede venir porque ha desparecido dentro de la chistera de un mago, mientras hacía un curso de magia, a sólo dos cuadras de acá. Y en el hecho arrastró con él a Oscar Mondi, que sólo pasaba por allí. "¡Qué cara de cemento y qué chapuza de mago", pensé, "eso es más loco que los hipercubos de 4 dimensiones de Choclin, los teseractos".
Al final Stellita no tuvo más renedio que darme en parte la razón y declaró en su autoritario tono de directora de escuela (el que tuvo siempre, aún con 10 años): "Tus amigos están como un cencerro...bueno, como vos...y como yo".
"No, nena, eso ya lo sé, el problema es que yo me comprometí con el dueño del restaurant...ahora me acuerdo y es un montón de pasta"- dije preocupada.
"Bueeeeennnnnoooooo", replicó, "el peso argentino está en franca y repentina subida, son como dólares en la época de Menem...eso lo equilibra todo, ya te lo van a pagar"." Además, los que vienen seguro son los catalanes...ésos son muy formales, europeos, casi franceses...es otra cosa"
"Es verdad", pensé y, para asegurarme lo llamé a Carlos Otero que se encontraba con Tobías de camino.
Me atendió todo agitado explicándome que no sabían si llegarían a tiempo porque Cataluña se había independizado de España y estaban tramitando los pasaportes de la nueva nación catalana, pero que, a lo mejor, pasaban con los pasaportes argentinos ....aunque, claro, los tenían caducados.
"Bueeeeennnnoooooooo", dije esta vez yo,"será lo que deba ser"
Mi amiga desde la primaria ha sido siempre, al igual que yo, una persona reflexiva pero no impulsiva, por eso dijimos a dúo: "¡¡¡Vámonos a la mierda!!!!"
Si todo el mundo hace lo que le sale del arco de triunfo, nosotras también: Y NOS VOLVIMOS A ARGENTINA.
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sábado, 8 de noviembre de 2014
jueves, 23 de octubre de 2014
ANECDOTARIO III: NOS VAMOS AL SUR
¿Y si retrocedemos un poco? ¿Y si nos volvemos, cual potencial evocado, a Neuquén? ¿Por qué no? Allí también pasaron cosas...cosas buenas, malas, divertidas, absurdas...como la vida misma.
Repasando: con mi marido de aquélla época (a los maridos mejor ponerles números, como a los presos, porque, en definitiva, ¿qué otra cosa son?), o sea, con mi marido número 1, decidimos, de común acuerdo (como tiempo después, el divorcio) mudarnos al sur de Argentina.
En ese momento vivíamos en pleno centro de Buenos Aires; Callao entre Bartolomé Mitre y Cangallo, que no es donde canta un gallo pero sí donde había un gallito, mi maridito, que cacareaba y cacareaba con que se iba a conseguir un trabajo, pero la cosa no cristalizaba, por decirlo elegantemente. En ese amplio departamento compartíamos vida y pesares con otra pareja amiga, sin hijos. Mi hijo Camilo tenía pocos meses.
Como yo ya ostentaba mi flamante título de odontóloga y, además, estaba absolutamente contaminada con la moda revolucionaria de porqué proseguir con el antiguo modelo de familia tradicional. ¡No, señor! ¡Había que cambiar las estructuras sociales! ¡Subvertir los valores establecidos! La mujer debe trabajar afuera y el hombre cuidar a los niños, eso sí que es revolucionario...tanto, pero TANTO que jamás dió resultado. Buscando, buscando, finalmente logré un puesto como odontóloga en la provincia de Neuquén, pero hete aquí que había que ir para allá y luego ver el destino definitivo. Mi marido, hombre decidido, puso rumbo al horizonte y zarpó con los pelos al viento hacia el sur. El conseguiría una casa y yo luego me iría con mi hijo Camilo de 6 meses de edad.
Mientras, yo me quedé en ese depto. que compartíamos con nuestra pareja amiga, María Marta y Alberto.
Casualmente María Marta también consiguió trabajo allá, en Neuquén, así que yo me quedé con su marido y ella con el mío....bueno, es una manera de decir.
Repasando: con mi marido de aquélla época (a los maridos mejor ponerles números, como a los presos, porque, en definitiva, ¿qué otra cosa son?), o sea, con mi marido número 1, decidimos, de común acuerdo (como tiempo después, el divorcio) mudarnos al sur de Argentina.
En ese momento vivíamos en pleno centro de Buenos Aires; Callao entre Bartolomé Mitre y Cangallo, que no es donde canta un gallo pero sí donde había un gallito, mi maridito, que cacareaba y cacareaba con que se iba a conseguir un trabajo, pero la cosa no cristalizaba, por decirlo elegantemente. En ese amplio departamento compartíamos vida y pesares con otra pareja amiga, sin hijos. Mi hijo Camilo tenía pocos meses.
Como yo ya ostentaba mi flamante título de odontóloga y, además, estaba absolutamente contaminada con la moda revolucionaria de porqué proseguir con el antiguo modelo de familia tradicional. ¡No, señor! ¡Había que cambiar las estructuras sociales! ¡Subvertir los valores establecidos! La mujer debe trabajar afuera y el hombre cuidar a los niños, eso sí que es revolucionario...tanto, pero TANTO que jamás dió resultado. Buscando, buscando, finalmente logré un puesto como odontóloga en la provincia de Neuquén, pero hete aquí que había que ir para allá y luego ver el destino definitivo. Mi marido, hombre decidido, puso rumbo al horizonte y zarpó con los pelos al viento hacia el sur. El conseguiría una casa y yo luego me iría con mi hijo Camilo de 6 meses de edad.
Mientras, yo me quedé en ese depto. que compartíamos con nuestra pareja amiga, María Marta y Alberto.
Casualmente María Marta también consiguió trabajo allá, en Neuquén, así que yo me quedé con su marido y ella con el mío....bueno, es una manera de decir.
Después nos reuniríamos todos de nuevo en Neuquén capital. La cosa familiar se estaba normalizando...el país no, como siempre. Año 1973 y con eso está todo dicho: "Cámpora al gobierno, Perón al poder". Las dictaduras militares iban y venían. Todo estaba muy revuelto... o sea, como siempre. También por eso buscamos la migración interior.
Menos mal que llegó el momento de nuestra partida, porque había una amiga, de cuyo nombre no quiero acordarme, que nos visitaba demasiado asiduamente; aunque preguntaba sólo por Alberto, el marido de mi amiga ausente, "yo no sé por qué"...
Así que una vez, al llegar de la calle con mi nene Camilo y Celia, otra amiga, vimos, al abrir la puerta, cómo esa señorita salía raudamente del dormitorio de Alberto. Pero, pero... seguramente era porque le estaría ayudando a "hacer la cama". Alberto también salió ajustándose los anteojos pero sería porque aprovecharía el borde de una sábana para limpiárselos; al tiempo que se abrochaba la.......no, no, no, no, no sean mal pensados; la bragueta NO, la camisa, pero era porque la señorita se la estaría planchando, seguramente. Mi amiga Celia y yo corrimos un tupido velo y continuamos con nuestras vidas sin más comentarios que unas miradas elocuentes. En esas cuestiones de matrimonios amigos no podíamos meternos.
Por fin, Alberto, Camilo bebé y yo nos fuimos al sur, a reunirnos con nuestro respectivos. Allí me presenté a Salud Pública y primero me destinaron a Aluminé, pero luego no se produjo la vacante esperada, así que me ofrecieron San Martín de los Andes, con la desventaja de que allí Salud Pública no nos daba casa y no había para alquilar. Increíblemente, los lugareños no aceptaban alquilar a matrimonios con niños. El entorno era de una belleza alarmante, como diría Borges; deslumbrante, como vulgarmente digo yo. En otoño, yo me sentía como viviendo en un paraíso, rodeada como estaba por colores en toda la gama del castaño y el rojo, en un valle rodeado de montañas y con su inmenso lago Lacar.
Menos mal que llegó el momento de nuestra partida, porque había una amiga, de cuyo nombre no quiero acordarme, que nos visitaba demasiado asiduamente; aunque preguntaba sólo por Alberto, el marido de mi amiga ausente, "yo no sé por qué"...
Así que una vez, al llegar de la calle con mi nene Camilo y Celia, otra amiga, vimos, al abrir la puerta, cómo esa señorita salía raudamente del dormitorio de Alberto. Pero, pero... seguramente era porque le estaría ayudando a "hacer la cama". Alberto también salió ajustándose los anteojos pero sería porque aprovecharía el borde de una sábana para limpiárselos; al tiempo que se abrochaba la.......no, no, no, no, no sean mal pensados; la bragueta NO, la camisa, pero era porque la señorita se la estaría planchando, seguramente. Mi amiga Celia y yo corrimos un tupido velo y continuamos con nuestras vidas sin más comentarios que unas miradas elocuentes. En esas cuestiones de matrimonios amigos no podíamos meternos.
Por fin, Alberto, Camilo bebé y yo nos fuimos al sur, a reunirnos con nuestro respectivos. Allí me presenté a Salud Pública y primero me destinaron a Aluminé, pero luego no se produjo la vacante esperada, así que me ofrecieron San Martín de los Andes, con la desventaja de que allí Salud Pública no nos daba casa y no había para alquilar. Increíblemente, los lugareños no aceptaban alquilar a matrimonios con niños. El entorno era de una belleza alarmante, como diría Borges; deslumbrante, como vulgarmente digo yo. En otoño, yo me sentía como viviendo en un paraíso, rodeada como estaba por colores en toda la gama del castaño y el rojo, en un valle rodeado de montañas y con su inmenso lago Lacar.
Mi marido consiguió trabajo en el casino del hotel Sol y yo iba a atender pacientes de demanda espontánea al hospital Ramón Carrillo con mi gran compañera de profesión Bibiana Muñoz. (Siempre nos recordaba que su nombre era con B, b larga), que se ocupaba de atender a escolares. Grandes recuerdos tengo de esa joven sensible y trabajadora, con la que teníamos largas conversaciones.
Estuvimos unos meses viviendo en una hostería pero no podíamos seguir allí toda la vida.
Así que con gran pesar nos mudamos. Yo conseguí un traslado al hospital de Villa La Angostura, donde sí nos dieron una casita mediocre, que era mejor que nada. No era adecuada para ese clima, y nosotros la fuimos mejorando de a poco, adaptándola a ese frío y esa humedad. Pero eso sí, la vivienda estaba rodeada de esa bellísima naturaleza imposible de creer para unos ojos habituados a lo urbano. La hermosura circundante me seguía abrazando.
Los primeros meses vivía en trance con el paisaje...impensable ponerme a pintar...me amedrentaba tanta naturaleza desbordante, tanta variedad de matices con el cambio de estaciones; tal contraste de texturas. ¿Cómo podría pintar algo que supere o iguale a esto? Me pasó como cuando viví al lado del mar...¿pintar al mar? ¡imposible!
Las ventanas no tenían postigos, así que una noche, desde mi cama, ví unos ojos bovinos que me observaban desde la oscuridad....¡qué susto me pegué! Lo inesperado me sobresaltó, pero era sólo una vaca curiosa. Muchas veces los animales andaban sueltos en esos lugares salvajes.
Nació mi hija Cuyén y menos mal que todo salió bien porque el hospital de Bariloche estaba a 90 kms. por camino de ripio. Era el lugar más cercano donde había quirófano, en la eventualidad de una cesárea.
Nunca olvidaré una situación esperpéntica vivida en esa época. Ocurrió cuando llevaban a Bariloche, de urgencias, a un obrero que había caído desde gran altura y necesitaba un neurocirujano. La ambulancia chocó, el chofer quedó medio inconsciente y el enfermo en camisón se puso a hacer desesperadas señales con el suero puesto y todo. ¡Vaya estampa de lo precario de la situación y vaya si necesitaba un médico el pobre hombre! Y todo era así: se buscaba la solución sobre la marcha y encima luego nos reíamos del momento vivido.
Una vez al mes hacíamos la recorrida del lago Nahuel Huapi en la ambulancia por el Camino de los Siete Lagos, el Dr Arraiz, el chofer y yo para visitar a los enfermos de las empresas madereras. En Villa Traful había una enfermera experimentada a cargo del pequeño ambulatorio, que medicaba y desarrollaba su trabajo con auténtico heroísmo. Cuando llegaba yo, hacía las extracciones de cualquier pieza que hiciera falta extraer y cuando digo cualquiera es exactamente eso... incluídas las muelas de juicio y ¡Ojo! mientras hubiera luz natural, porque artificial no había. Sillón dental y todos esos modernos artilugios innecesarios, tipo microscopio y localizador de ápices, etc...¿para qué? Fruslerías.
Usábamos cajas gigantes de galletitas al por mayor apiladas para sentar al paciente: una caja para las piezas mandibulares (más baja) y dos cajas para las piezas del maxilar (más alta). A los lagos íbamos con una lancha y allí mismo los atendíamos: los pacientes sentados en los asientos de madera abrían la boca lo más que podían. Yo no veía nada si estaba nublado, pero me ayudaba con una linterna potente que me sujetaba el capitán de la lancha. IATROGENIAL CENTER...¿cuál era la alternativa? Ninguna, había que improvisar. La gente humilde, agradecidísima. Los chicos con un umbral del dolor altísimo. Nunca se quejaban, nada les dolía. Gente sufrida, curtida por los rigores de la vida. Yo lo hacía lo mejor que podía, conmovida por tanta humildad y pobreza. Allí nadie podía ayudarme ni asesorarme.
Las ventanas no tenían postigos, así que una noche, desde mi cama, ví unos ojos bovinos que me observaban desde la oscuridad....¡qué susto me pegué! Lo inesperado me sobresaltó, pero era sólo una vaca curiosa. Muchas veces los animales andaban sueltos en esos lugares salvajes.
Nació mi hija Cuyén y menos mal que todo salió bien porque el hospital de Bariloche estaba a 90 kms. por camino de ripio. Era el lugar más cercano donde había quirófano, en la eventualidad de una cesárea.
Nunca olvidaré una situación esperpéntica vivida en esa época. Ocurrió cuando llevaban a Bariloche, de urgencias, a un obrero que había caído desde gran altura y necesitaba un neurocirujano. La ambulancia chocó, el chofer quedó medio inconsciente y el enfermo en camisón se puso a hacer desesperadas señales con el suero puesto y todo. ¡Vaya estampa de lo precario de la situación y vaya si necesitaba un médico el pobre hombre! Y todo era así: se buscaba la solución sobre la marcha y encima luego nos reíamos del momento vivido.
Una vez al mes hacíamos la recorrida del lago Nahuel Huapi en la ambulancia por el Camino de los Siete Lagos, el Dr Arraiz, el chofer y yo para visitar a los enfermos de las empresas madereras. En Villa Traful había una enfermera experimentada a cargo del pequeño ambulatorio, que medicaba y desarrollaba su trabajo con auténtico heroísmo. Cuando llegaba yo, hacía las extracciones de cualquier pieza que hiciera falta extraer y cuando digo cualquiera es exactamente eso... incluídas las muelas de juicio y ¡Ojo! mientras hubiera luz natural, porque artificial no había. Sillón dental y todos esos modernos artilugios innecesarios, tipo microscopio y localizador de ápices, etc...¿para qué? Fruslerías.
Usábamos cajas gigantes de galletitas al por mayor apiladas para sentar al paciente: una caja para las piezas mandibulares (más baja) y dos cajas para las piezas del maxilar (más alta). A los lagos íbamos con una lancha y allí mismo los atendíamos: los pacientes sentados en los asientos de madera abrían la boca lo más que podían. Yo no veía nada si estaba nublado, pero me ayudaba con una linterna potente que me sujetaba el capitán de la lancha. IATROGENIAL CENTER...¿cuál era la alternativa? Ninguna, había que improvisar. La gente humilde, agradecidísima. Los chicos con un umbral del dolor altísimo. Nunca se quejaban, nada les dolía. Gente sufrida, curtida por los rigores de la vida. Yo lo hacía lo mejor que podía, conmovida por tanta humildad y pobreza. Allí nadie podía ayudarme ni asesorarme.
Para aprender más decidí hacerme autodidacta y pedí permiso a Neuquén capital, a mis jefes, para hacer endodoncias. Sin cobrarlas, por supuesto. Estaba prohibido. Me compré limas, tiranervios y todo lo demás y me puse a hacer un curso intensivo en el que la dictante y la alumna era la misma persona. Adquirí una práctica enorme haciendo ya saben qué, cagadas. Los dientes cuyas endodoncias salían mal eran extraídos, en lugar de ser extraídos desde el principio; ya que el programa de atención primaria provincial incluía solo obturaciones (empastes) y extracciones. A veces alguna prótesis completa si era muy necesaria. Perdía dinero o, mejor dicho, invertía porque ganaba conocimientos y experiencia. Cuando una sale de la facultad, la realidad es que no sabe nada de nada, solo teoría. Y como la odontología es una disciplina eminentemente práctica, sería igual que empezar de cero.
Tenía un aparato de rayos de medicina general del período cuaternario que prefería evitar para no irradiarme tanto así que todo era a ojo de buen cubero.
En uno de esos caseríos conocí a un pibe notable, que me contó que nunca había visto un auto, NUNCA. Sólo lanchas y veleros. En cierta ocasión, la maestra del lugar descubrió que ese chico era superdotado porque aprendía con una rapidez asombrosa y lo mandó a estudiar la secundaria a Villa La Angostura, con la idea de que luego fuera a la universidad; todo con becas. Pero él sólo quiso ser mecánico automotor... se había enamorado de los autos y, por lo visto, era un amor para toda la vida.
Al llegar el invierno jugábamos a las cartas con los amigos, no había televisión ni radio, los diarios llegaban tarde y como el techo era acanalado, pendían de él las estalactitas de hielo que dejábamos caer en nuestros vasos con whiskey. En ese ambiente alrededor del fuego, con ponchos de colores, charlas de chusmeríos del lugar, paisajes de una belleza imposible, nieve y... nuevo embarazo. ¡Lógico! Mi hijo Alejo decidió que, después de todo, era un buen lugar para nacer.
En uno de esos caseríos conocí a un pibe notable, que me contó que nunca había visto un auto, NUNCA. Sólo lanchas y veleros. En cierta ocasión, la maestra del lugar descubrió que ese chico era superdotado porque aprendía con una rapidez asombrosa y lo mandó a estudiar la secundaria a Villa La Angostura, con la idea de que luego fuera a la universidad; todo con becas. Pero él sólo quiso ser mecánico automotor... se había enamorado de los autos y, por lo visto, era un amor para toda la vida.
Al llegar el invierno jugábamos a las cartas con los amigos, no había televisión ni radio, los diarios llegaban tarde y como el techo era acanalado, pendían de él las estalactitas de hielo que dejábamos caer en nuestros vasos con whiskey. En ese ambiente alrededor del fuego, con ponchos de colores, charlas de chusmeríos del lugar, paisajes de una belleza imposible, nieve y... nuevo embarazo. ¡Lógico! Mi hijo Alejo decidió que, después de todo, era un buen lugar para nacer.
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