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martes, 16 de abril de 2024

ARGENTINA

 


CARLES TÀVEC 

La Argentina es un país desequilibrado desde varios puntos de vista. Tenemos la misma población de España en un territorio 5 veces más grande, pero el 38% de la población vive en el AMBA, en no más de 15 mil kilómetros cuadrados. Las actividades de exportación provienen de la tierra y salen del país con escaso valor agregado. Por otra parte, los ingresos de esas exportaciones no se reinvierten en el país en otros sectores como la industria y por lo tanto terminan en Miami en emprendimientos inmobiliarios. En el octavo territorio políticamente organizado del mundo las líneas de trenes confluyen en Buenos Aires porque fueron diseñadas por los ingleses para llevarse las materias primas por el puerto. Es una nación de facciones. Nadie quiere resignar nada por propia voluntad y los gobiernos no han sabido aunar el sector público con el privado para llevar a cabo un proyecto integrador. Este gobierno agravó aún más las consecuencias de los dos pésimos anteriores porque lo que hizo hasta ahora era innecesario hacerlo en tres meses colocando en la desesperación a millones de argentinos cuando tiene 4 años por delante. La solución es profundizar la democracia y poner en marcha un proyecto consensuado. Se dice fácil, pero hasta ahora ha sido imposible y sospecho que algo tienen que ver los de afuera.

sábado, 6 de junio de 2020

MATE Y PANDEMIA.

CORINA VANDA MATERAZZI : El nivel de estreñimiento familiar superó el riesgo país, de manera que hicimos un campeonato de truco, donde el primer puesto fuera acreedor de una salida a la verdulería.
No tenía esperanzas de ganar, no porque no mienta, sino porque lo hago horrible. Creo que el azar puede ser tan sabio como la naturaleza, porque no paré de ligar anchos, sietes de los buenos, muchos tantos para los envidos, incluso varias flores.
Hoy por la mañana, me levanté a las siete con un entusiasmo, que debe haber superado a los bosteros cuando River descendió a la B.
Con todas las precauciones del protocolo sanitario salí y salí vestida de mujer.
Mientras regresaba con el baúl del auto cargado de verduras y frutas recordé que nada es gratis: al llegar a casa, debería limpiar, antes de guardar, todo lo que compré.
Entré el auto de culata, sin llevarme puesto nada de lo que había atrás. Eso y haber estado veinte minutos fuera, fue casi como haber ganado el Quini6.
Según lo requerido, hice todo lo que debía hacer primero. Sacarme el calzado, dejar colgado en el tender de afuera toda la ropa, rociarla con alcohol, entrar y lavarme.
Puse la pava a calentar, total me dije, qué apuro hay. Mientras estaba en eso, noté que la pava no encendía. No importa, pensé, saqué la vieja, la silbadora, que desde que tengo la eléctrica dejé de usar. Estaba optimista y nada en el mundo me iba a hacer abandonar ese territorio. Abrí la heladera para sacar el dulce para las tostadas. Fue un movimiento mecánico. Abrir, agacharme, agarrar el frasco y cerrar, al igual que a la mañana cuando levanto la tapa del inodoro para orinar. Sin embargo, al cerrar la puerta de la heladera, noté algo extraño,  algo no estaba en su lugar. Dudé, pero no pude con mí toc y volví a abrir la puerta. No había luz. Fui al tablero de las térmicas y todas las teclas estaban en su lugar.
En el conurbano bonaerense en muchos lugares, como en mí casa, si no hay luz, además de no haber wifi, además, no hay agua. Pensé en la verdura y fruta por lavar, en que la mercadería del freezer se iba a echar a perder.
Lloré. Lloré. Lloré y lloré. Creo que en estos nueve días llevo más milímetros cúbicos de lágrimas extirpados que en quince años de terapia.
La pava silbó. Me hice el mate cocido mientras me limpiaba los mocos. Me senté en la galería a desayunar mientras deseaba haber sido uno de los 999.999 espermatozoides de mi viejo, que el óvulo de mí mamá, desechó hace 52 años atrás.

Corina Vanda Materazzi

lunes, 30 de septiembre de 2019

EL TRÍO.

Por Mónica Bardi. (Basada en una historia irreal)

Sonó el teléfono.
-Hola- dijo ella.
-Hola- contestó ella. 
-¿Con quién desea hablar?- dijo Mérope Barbie. 
-Con Mérope Barbie.
-Ah, soy yo. ¿Quién habla?
-Soy Macarena Butrón.

-...¡No me diga! Bueno, no sé si debería decir "encantada de conocerla".
-No hace falta. Yo llamo para avisarle que Luis Giovanni me quiere a mi y no a ti. (Tuteo intempestivo). Está acá conmigo, en Buenos Aires y no contigo, allá en España. 
-Bueno, bien- contestó ella manteniendo la sangre fría, con su cerebro trabajando a todo tren.
Mientras se desarrollaba esa extraña conversación, la hija de Mérope Barbie, una adolescente cargada de insoportable adolescencia, recién emigrada de Argentina, igual que el resto de la familia, escuchaba con curiosidad creciente. Habían huido todos de la hiperinflación y la inseguridad en Argentina. Todos menos el padre de la familia, hombre muy patriarca pero no padre, que, como todo el mundo sabe, no es lo mismo. Jamás se había hecho cargo del sustento de la prole. 
La madre, Mérope Barbie, era la que trataba, con poco éxito, de cumplir todos los roles y sobre ella recaía la responsabilidad y la economía de haber emigrado. Hacía unos años que tenía una relación amorosa con Luis Giovanni, un buen hombre cargado de problemas y descargado de plata.

-Bien- repitió Mérope Barbie, continuando la conversación telefónica- si él está allá y te quiere, ¿cuál es el problema?
-El problema es que se quiere ir para España.
- Ah, qué se yo. Ya es bastante grandecito para decidir. Que venga.
-¡No!- exclamó Macarena Butrón.
-¿No? Y bueno, entonces que no venga.
-Es que quiere ir pero no tiene dinero. Tú le tendrías que pagar el pasaje y yo no creo que sería lo mejor. Te llamo para pedirte que no se lo pagues.
-Bueno, que me lo pida él y ya veremos.
-¡No!
-¿No? ¿Y por qué?
-Porque la vuestra es una relación enferma.
-¿Ah, si?¿Y eso quién lo diagnosticó?
-Mi prima, que es psicóloga y sabe mucho de parejas, me explicó con lujo de detalles que la gran diferencia de edades entre ustedes ha creado una relación paterno-filial y eso es patológico.
-Mira qué cosas, yo me acuesto con mi papi y me la paso bomba. A decir verdad, muy mal con los orgasmos no me siento.  Avísale a tu prima que el diagnóstico a control remoto que se construyó debe ser deconstruído o, al menos, revisado.
-¡¡Pero qué dices!! -se espantó Macarena Butrón- Si eso es como una enfermedad.
-Ahhhh, pero claro, por eso estamos tanto tiempo en la cama...
Los ojos azorados de la hija adolescente le iban dando un toque a lo Lisa Simpson.
En el otro lado de la línea, en Buenos Aires, Macarena Butrón tuvo algo así como un TELEFONICUS INTERRUPTUS, tragó saliva y volvió a la carga: -¿pero no te das cuenta que vuestra relación no tiene futuro?
-Es posible, pero tiene presente. Pero me lo he pensado mejor: sí le pagaré el billete.
-¡No!
-¿No?
Macarena Butrón empezó a sollozar con auténtica pena. Mérope Barbie sabía que había ganado la partida.
No obstante, decidió seguir el juego a ver hasta dónde era la otra capaz de llegar por amor. Y tuvo una idea estrafalaria, pero pensó: "no pierdo nada con proponérsela".
-Aunque- adelantó Mérope Barbie sinuosamente con voz misteriosa.
-¿Aunque qué?- articuló brusca y ansiosamente Macarena Butrón, entre moco y moco, aferrándose desesperadamente a la titilante posverdad.
- Tengo una idea. Creo que te va a chocar porque es algo muy loco, pero si no hay nada mejor...
-Te escucho...te escucho...
-¿Y si lo compartimos? A Luis Giovanni, me refiero. Seis meses contigo y seis meses conmigo. Me hago cargo que no es muy ortodoxo, claro.
-¡No!
-¿No?¿Por qué no? Sería un trío por temporadas, en diferentes países y financiado por nosotras mismas, no hace falta mezclarnos, y además, ¿quién se va a enterar? ¿Qué problema hay?
La carita de la hija de Mérope Barbie parecía la de un búho. Incluso pretendió intervenir pero la madre la hizo callar con un gesto de enfermera de hospital.

Esta vez la voz gimoteante de Macarena Butrón se tornó dura y pontificia.
-¡Estás loca! ¡La gente tiene razón!
-Claro que estoy loca. Vaya novedad. Pero por curiosidad ¿qué gente? Además, loca o no ¿tienes tú una solución mejor?
En ese momento Macarena Butrón colgó el teléfono e interrumpió el único diálogo que mantuvieron esas dos mujeres en sus vidas.
-Colgó- dijo Mérope Barbie- ¡Qué lástima! Me estaba divirtiendo mucho.
La hija, que ya parecía una estatua de sal, la miró estupefacta. La madre también la miró...y las dos estallaron en sonoras y prolongadas carcajadas.
Al final, la niña pudo articular, entre lágrimas de risa, la lógica pregunta: "pero, mamá, ¿y Luis Giovanni que va a decir?"
-¡Y qué se yo! En este caso parece como un hombre-objeto. Pero sabemos, al menos, una cosa: él se casó con ella para obtener la nacionalidad española. Yo en eso no lo puedo ayudar porque todavía estamos "indocumentados" y en este país, España, no nos molestan porque somos blanquitos y con aspecto europeo, pero, por el momento, papeles no tenemos.
Para averiguar algo más haremos algo que NUNCA, pero NUNCA se debe hacer.
-¡Ay, mamá, me das miedo!
-No, tú tranqui, que estás con la reina de las transgresiones.
Seguidamente, abrió un cajón y sacó unas cuantas cartas cerradas.
Mientras ponía una olla con agua a hervir, lanzaba su discurso: "mira, hijita, esta es una gran oportunidad para que aprendas la diferencia entre la teoría y la práctica. Como ya te dije, nunca se husmea en correo privado ajeno: esa es la teoría. Ahora vamos a abrir cartas que le mandó Macarena Butrón a mi amorcito, porque en este mundo la información privilegiada es clave: esa es la práctica. ¿Te ha quedado claro?"
-Pero, mamá, ¿eso no es una contradicción?
-Ay, mi niña, el camino de la vida está plagado de contradicciones. Ya lo irás entendiendo.
-Pero, mamá, ¿eso no es ilegal?
-Las leyes están para cumplirlas, siempre que se pueda; para pasearse a su alrededor en caso de problemas y, si es perentorio, saltárselas. Y ya basta de legislaciones y pongamos manos a la obra.

Abrieron todas las cartas con el vapor del agua, las leyeron y las volvieron a cerrar. Información obtenida: Macarena Butrón admitía, en muchas de ellas, que don Giovanni se le resistía.
Todas estas movidas generaron en la hija una cierta confusión mental, de la cual todavía no ha salido...no ha salido del neuropsiquiátrico, más exactamente.
Pero a lo que íbamos.
Cierto tiempo después de la llamada telefónica de marras, Luis Giovanni aterrizó en España y luego de la perceptiva "luna de miel" con Mérope Barbie, ella le entregó la correspondencia adulterada (y disimulada) en mano, mientras ironizaba: "el remitente dice M.B. pero yo, Mérope Barbie desde luego, no soy la que te escribe. Es tu socia de permiso de residencia en Europa, Macarena Butrón, que por una pirueta del destino, coincidimos en las iniciales de nuestros nombres. ¿Será por eso que también coincidimos en el mismo hombre?".
Luis Giovanni ignoró el comentario sarcástico, miró dubitativamente las cartas y comentó, tanteando el terreno: "¿tú sabes lo que me propuso Macarena Butrón cuando estaba a punto de subirme al avión? "
-¿Qué?-
-Que por qué no pasaba seis meses contigo y seis meses con ella, como si yo fuese un muñeco inflable. De hecho, así me sentí.
-¿Y tú que le contestaste?
- Que si estaba loca.
-Pero, claro, ¿de dónde sacó esa idea tan estrafalaria?
-Y qué se yo, no es propio de ella.
- Una loca- reafirmó Mérope Barbie y le dió un sonoro beso: "¡felicitaciones, te salvaste de una loca!"
CONCLUSIÓN: cuando la desesperación aprieta, los principios se aflojan.

domingo, 25 de agosto de 2019

MARCOS DOÑO Y LA MEMORIA.

"Carta abierta a Luis Brandoni

A USTED LE HABLO

Le hablo a usted, Luis Brandoni. Hace ya tiempo que quería decirle algunas cosas. No lo tuteo porque no me conoce, aunque yo sí a usted; bueno, quién no conoce a Luis Brandoni en la Argentina. ¿Ve?, en esto me lleva ventaja, porque mis palabras son las de un ciudadano anónimo, lo que hace que a veces lo que uno dice se transforme en una muda súplica. Pero las suyas son palabras precedidas por la fama de un actor que tiene tantas películas memorables en su haber. Es por eso que creo que hay una responsabilidad especialísima en usted cuando emite una opinión a los argentinos.
De todas las películas que interpretó, hoy quiero recordar una: “La Patagonia Rebelde”. ¿Se acuerda? Seguro que sí, Luis. Se lo abrevio al lector: es una historia real ocurrida en el sur argentino a principios del siglo XX, cuando los trabajadores laneros pedían mejores condiciones y salarios dignos, y el gobierno radical, en defensa de lo intereses de los dueños de las estancias, dio la orden al ejército para que terminara con esas protestas. Usted que es tan memorioso, ¿se acuerda cómo termina esa represión, Luis? El teniente coronel Héctor Benigno Varela, cumpliendo con la orden de “normalizar” la situación, terminó fusilando a casi 1500 trabajadores y deportando a otros cientos hacia Chile y España. En esa película, usted, Brandoni, interpretaba al gallego Soto, Antonio Soto, un español escapado de la miseria de su país, que al momento de las huelgas se desempeñaba como Secretario general de la Sociedad Obrera de Río Gallegos.
¡Qué tiempos esos; los del gallego Antonio Soto y los suyos, Luis, cuando interpretó a ese luchador que enfrentó con dignidad la explotación miserable y el maltrato de los terratenientes!
Pero hagamos más memoria. ¿Sabe de los  apellidos de esa oligarquía estanciera que relata la película? Recordemos algunos: Adolfo Bullrich, vendedor de todo lo que la campaña de Roca le quitó a los pueblos originarios y dueño de la mansión que hoy es el Patio Bullrich. Es el tatarabuelo del ex Ministro de Educación y actual senador macrista Esteban José Bullrich Zorraquín Ocampo Alvear, tal su apellido popular. Y familiar directo de la Patricia, la Ministro de Seguridad de la Nación, la tía segunda de Esteban, descendiente de Honorio Pueyrredón, ministro de Agricultura  y posteriormente ministro de Relaciones Exteriores del presidente Hipólito Yrigoyen, cuando ocurrió la represión en la Patagonia. Estaban también los Braun, los Peña Braun, los familiares directos del “patriota según Carrió” Marquitos Peña, el jefe de Gabinete del Gran Bonete Mauricio. Ah, casi me olvidaba de Pinedo, el apellido que selló el tratado Roca- Runciman, el que entregó a los ingleses el comercio de las carnes, los frigoríficos y tantas cosas que hacían a la soberanía de la Nación. Aquel es el familiar directísimo del calmo don Federico del PRO, el que fue presidente por unas horas. ¡Qué apellidos! Y no por apellidos sino porque cada una de esas familias han transcurrido el siglo XX y ahora el XXI preñados del mismo dogma de clase.
Pero volvamos al presente. Déjeme ahora recordarle al lector, también a usted y a mi, las palabras que por estos días les dirigió a los militantes y argentinos macristas, en un video que grabó en Madrid, adonde aclara que estaba “cumpliendo un compromiso asumido hace muchos meses”. Allí, con una bien actuada voz, tan cercana al tono de homilía dominical de un cura párroco, dijo lo siguiente:
“… acá estamos, en España… ¡preocupado… pero no derrotado! Al contrario, queda mucho por hacer, todavía. Por lo pronto, el sábado, el sábado 24, salgamos a las calles y las plazas de todo el país para mostrar y mostrarnos que somos muchos, muchos más los que queremos un país republicano, democrático y decente. Y prepararnos para la de ‘en de veras’, la del 27 de octubre, con fiscales en todas las mesas, convencidos y seguros.
Perdimos la República muchas veces… otra vez no.” Y finaliza sollozando: “Abrazos y viva la patria… eh.”

¿Qué es lo que lo que tanto le preocupa, Luis? ¿Qué insinúa con ese tono mendicante, de hablar bajito, cuando balbucea: “queremos un país republicano, democrático y decente... con fiscales en todas las mesas, convencidos y seguros.?” ¿A qué argentinos está alertando cuando clama bajito: “perdimos la República muchas veces… otra vez no”?

Su soberbia indigna, pero más su falta de sentido democrático y republicano, el que reclama para sí y para los suyos como patrimonio, dejándome a mi y a millones afuera. Por eso quiero contarle sucintamente quién soy yo, aun a sabiendas de que quizás usted nunca se entere de mis palabras.
Me llamo Marcos Doño; soy periodista y escritor. Como la mayoría de los millones de argentinos, soy un ciudadano común con una historia particular llena de momentos felices y también trágicos. Me crié en una familia de clase media; mis abuelos paternos eran inmigrantes venidos de Turquía y los maternos de Ucrania, escapando a las persecuciones y los pogroms antisemitas. Fueron luchadores incansables, como lo eran todos los inmigrantes llegados a principios y mediados del siglo XX. Mis abuelos paternos trabajaron en la ciudad de Buenos Aires, en Córdoba, en San Isidro y en el Partido de Tigre, donde nació mi padre, un genio natural, músico de jazz y luego un pequeño industrial, un trabajador incansable que se vio obligado a salir al ruedo de la vida desde muy temprano, a los ocho años, trabajando de canillita. Los maternos se asentaron en una colonia de un campo de Entre Ríos, donde junto a otros fundaron una cooperativa agrícola. Eran esos gauchos judíos que cuenta la novela homónima de Gerchunof. Y eran socialistas; socialistas de Palacios y de Repetto, como me decía siempre mi zeide (abuelo). Y hablando de ese patriotismo republicano que usted declama como un puñal que se clava en contra de los otros argentinos, los que usted denuesta con cada sílaba, hay un hecho que quiero destacar: mis abuelos tenían la costumbre de colgar la bandera argentina del balcón en cada fecha patria. Y una de esas banderas me fue dada en herencia como un tesoro invalorable. Así crecí, como tantos millones de argentinos, envuelto en esta identidad, educado en la escuela pública, aprendiendo día a día el sentido fundamental del trabajo y la honestidad como los valores esenciales para una vida digna. La ironía maldita quiso, sin embargo, que un día, mejor dicho una noche eterna, cuando estaba secuestrado y torturado, uno de mis verdugos me dijera“…que seas zurdo vaya y pase… pero donde la cagaste es en que sos judío… vos no sos argentino”. Pero resulta que yo estaba allí, estaqueado en esa cama de metal, desaparecido para el mundo, por ser un joven apasionado que se había decidido a luchar por la Patria, por la República y por la Democracia que usted y los suyos dicen defender y yo no, señor Luis Brandoni.
La República perdida, esa que tanto le asusta se vuelva a perder con el peronismo, fue secuestrada durante la larga noche que dio inicio el 24 de marzo de 1976 con el golpe de Estado. ¿Recuerda usted, Brandoni, los apellidos de esos cruzados de la muerte que asolaron la Argentina durante los años de la dictadura videlista? Busque y se va a encontrar con la sorpresa de que son las mismas familias, los mismos apellidos que vienen de lejos en el tiempo haciendo las mismas iniquidades desde que decidieron que la Argentina sería por siempre su propiedad privada. Son los mismos apellidos que aborrecían a San Martín y Belgrano y su política de construir una América grande, respetando a sus pueblos originarios en su cultura y en el derecho a la propiedad  de sus tierras y sus bienes. A José de San Martín lo odiaban como hoy se odia a otras y a otros. Por eso el Libertador debió irse y morir en Francia, porque no quiso participar de la desunión nacional que promovía el odio a una clase. Y porque su asesinato estaba resuelto. Bien, la mayoría de estos apellidos los va encontrar también reunidos en la Sociedad Rural Argentina. Son los mismos que no tuvieron empacho en insultar y silbar a Raúl Alfonsín, su amado Alfonsín, quien fue claro cuando dijo que Macri era el límite para un radical, en un acto antidemocrático en contra de todo lo que representaba su política distributiva. Usted lo sabe, don Luis, esos gritones ganaderos no eran peronistas.
No, Luis. La vida y la historia no son blanco y negro. Y como en las mejores familias, en los partidos hay de todo; un Alfonsín y un Sanz, un Moreau y un Negri, un Néstor y un López Rega, como el que lo persiguió a usted. Y también a mi, don Brandoni. Y también a tantos peronistas asesinados por esa banda de ultraderecha, las Tres A, que usted siempre pone en punta de lengua cuando quiere tipificar al peronismo de antidemocrático y antirepublicano. Eso se llama maniqueísmo, Brandoni. Porque usted sabe, o debería saber, que el “brujo” López Rega era de la misma estirpe ideológica que Rivarena Carlés, aquel allegado al radicalismo que casi un siglo atrás comandó la Liga Patriótica durante la Semana Trágica.
No hay ángeles ni demonios, como usted quiere don Luis Brandoni. Sólo hay seres humanos. Por eso la historia es así, sinuosa, como los amores y los odios. Pero si se trata de robo, de saqueo masivo, de robar la República, debería coincidir conmigo que son ellos, don Luis, los que verdaderamente se robaron la República, una y otra vez. Y mire usted, son los apellidos que hoy defienden con tanto ahínco como la garantía de la democracia y el republicanismo. Tampoco ignora usted, Brandoni, quiénes llenaron las cárceles de la dictadura de los Pinedo, los Bullrich, los Ortiz Ocampo, los Alvear. En su mayoría eran peronistas. ¿Entonces?
Y conste que por esos días yo no sólo no era peronista sino que muchas veces me había comportado como un gorila profesional. Pero eso sí, mi gorilismo jamás rozó el odio, como el que usted transpira. ¿Cómo podría odiar sabiendo que allí anidaba el clamor de la mayoría del pueblo argentino trabajador? Lo mío era un antiperonismo como el de Julio Cortázar o el del Che Guevara. Era más bien un arraigo cultural, una costra de prejuicio nacida de la mirada general de una clase media que odiaba al general, y también de cierta ortodoxia marxista que cabalgaba en mis venas y que me impedía acceder, como lo haría años después, y como finalmente lo hicieron Cortázar, el Che y tantos, a la comprensión de un movimiento popular que para otros millones nunca dejaría de ser la encarnación de todos los males de la Argentina. Reconozco que en mi siempre había anidado una llama que más de una vez me hacía repensar mi posición.
Esa llama la había encendido mi madre, quien desde lo puramente sentimental se había sentido cerca de ese pueblo peronista al que el odio de clase no esperó para etiquetar como el “aluvión zoológico”, desde ese primer 17 de octubre, cuando las masas obreras llegaron y se concentraron en la Plaza de Mayo. Seguro que usted, Brandoni, como tantos otros millones de argentinos, están convencidos al día de hoy quienes comenzaron con la grieta. Pero no busque tan cerca porque no fue ni Cristina, ni Néstor, ni Perón, ni en alguna grieta lejana en el tiempo, que de tanto en tanto se abre. Esta última, la que divide a peronistas de gorilas, no la va a encontrar en los cuentos y diatribas de Jorge Lanata, Majul, Leuco y usted mismo. ¡No! Al menos tenga valentía intelectual de buscarla en el odio de clase que bautizó  a la clase trabajadora de “aluvión zoológico”, cuando la alegría de sentirse dignificados y visibles los llevó  a marchar y concentrarse por primera vez en la historia en La Plaza de Mayo, ese 17 de octubre de 1945. Ahí la va encontrar, en el odio explícito y explicitado de una clase social en contra de otra. Hoy, el aluvión tiene otros nombres para ese odio de clase. Se llama “grasa militante”, “choripaneros”, “planeros”, “camporistas”, “vamo a volver”.
Por todo esto, por sus dudas y por las dudas que peligrosamente usted está tratando de inyectarle a la población, don Brandoni, quiero decirle lo siguiente: Yo soy un ciudadano común que sufrió la cárcel de la dictadura por espacio de casi dos años. Yo viví la muerte, la tortura y las vejaciones más indecentes en carne propia y las sufridas por mujeres y hombres que lucharon por recuperar la República perdida, la República de TODOS.
Yo soy un ciudadano que se alegró como millones de argentinos cuando la democracia volvió de la mano de Alfonsín como presidente. Un Alfonsín que fue votado por propios y por peronistas. Un Alfonsín que poco tiempo después, cuando su gobierno estuvo acorralado por los militares golpistas carapintadas, se sostuvo en el poder por el apoyo y la lucha de TODOS los argentinos que salimos a defender la democracia y la República.
Yo soy un hombre común, Brandoni. Soy un hombre decente y republicano que a pesar de haber sufrido el exilio y escarnio, y de haber estado tantas veces cerca de la muerte junto a mi esposa, pude formar una familia maravillosa con tres hijos y nietos que somos parte de la construcción de esta Nación que usted cree es honesta sólo si se la piensa como usted. Por eso yo no voy a permitirle que desde el odio y el resentimiento más profundos, únicas guías de su lengua, me acuse a mi y acuse a millones de argentinos de ser parte de una especie de conspiración que quiere destruir la República.
Le pido que repase en su memoria los apellidos que hoy gobiernan este país y que usted defiende con tanta pasión, alimentado por su memoria cada día más selectiva, tan selectiva como lo es una clase dominante en detrimento de la clase dominada. Son ellos, Brandoni. Allí va a encontrar los apellidos que se robaron la República y la Democracia con toda la indecencia que se pueda uno imaginar.
Y concluyo: No lo odio Brandoni como seguramente usted me odia a mi. Lo que sí puedo afirmar y decir con razón, es que le he perdido todo respeto."

Marcos Doño

sábado, 15 de julio de 2017

IRONÍA INESPERADA

"...pero quizá lo mejor fue averiguar que existía un plan B para trasladar a Eichmann (criminal de guerra nazi) desde Argentina a Israel (para ser juzgado). Dado que no había vuelos regulares, de no haber conseguido finalmente transportarlo a escondidas en el avión de una delegación oficial, lo habrían llevado en un barco que cargaba.....ternera KOSHER" ANDREW NAGORSKI, El País Semanal.

domingo, 21 de diciembre de 2014

MUDANZAS.

Por Mónica Bardi

Me voy a mudar. Mejor dicho, nos vamos a mudar. Mi hijo, el menor, y yo queremos vivir juntos pero con mucha más independencia. Así que conseguimos una casa y media. Un jardín precioso y un corto desfiladero de palmeras jalonando la entrada te da la bienvenida. La llegada a la casa es un poco tortuosa y en algunas partes los pinos han levantado el asfalto con ondulaciones y desniveles. Las calles tienen nombres que suenan a cosas pasadas: calle de Canasteros, camino de los Chopos, Campillo. Uno se pierde con facilidad en esos recovecos con calles que se fueron creando al azar, sin planificación alguna.
La vegetación es típicamente mediterránea...otra no aguantaría los vientos ardientes del Levante español o requeriría mucho riego. Tendremos agua de pozo...menos mal. La de red nos costaría carísima y ésta no hay que pagarla. Bueno, gratis no es, hay que pagar la electricidad del motor del pozo que la extrae.
Total, a lo que iba. Esto de mudarse tiene sus implicancias. Reflexionando sobre este tema pienso: ¿cómo recuerdo yo las casas en las que he vivido? Para contestar esto debo remontarme a mi casa paterna. Una linda casa en un suburbano con un patio interior que la iluminaba completamente. La había diseñado mi papá y él la adoraba. Recuerdo mi niñez allí y por supuesto que no todo fué idílico. Teníamos tropiezos como todas las familias y, a medida que mi hermano y yo crecíamos, crecían también los problemas. Si evoco esa casa me viene una sensación de protección, de calor, de luces, de música, de olor a comida. 
Cuando andaba por ahí, tratando de independizarme aún antes de terminar la carrera, recuerdo que extrañaba la sensación de protección que me daba esa casa. La misma que toda la vida traté de que sintieran mis hijos...Esa cosa de hogar que se ve en medio de la oscuridad.  
Recuerdo perfectamente cuando terminé segundo año de odontología, que fué tan duro. Yo andaba a salto de mata entre las casas de Willy Vicuña y Stella Lanfranconi estudiando fisio, fármaco, materiales...¡mama mía, qué añito!. Cuando terminó el curso volví a la casa de mis padres, estaba tan agotada que creo que dormí 3 días ininterrumpidamente sintiendo esa protección paterna, esa seguridad. ¡Qué descanso!
¡Qué afortunados los que tenemos un techo protector, comida, calefacción! Siempre pienso en eso y en toda la gente que carece de esas cosas básicas para la supervivencia.
Pero esa casa también alberga momentos muy negros, sufrimientos....mejor ni pensar en ello y considerarlo parte del pasado con casa y todo. Las contingencias que viven sus habitantes quedan impresas para siempre en sus paredes, entre sus plantas, en los cajones, aunque esa historia sólo la revivan quienes la recuerdan aún. .....las risas de la niñez, las lágrimas de la adolescencia, los gritos de la ira, la rebeldía de los que van creciendo, las velitas de las fiestas de cumpleaños, los miedos a la oscuridad, las visitas de los amigos. 
 Luego, en Villa la Angostura, sentí como nunca esa protección ambiental en medio de la nieve y el frío tan intenso, con mis hijos tan chiquitos siempre alegrándose cuando llegaba de trabajar. Mi marido me decía que veía las luces de la casa desde lejos y que rememoraba un nido. Él, que había sufrido desprotección y horfandad.
Normalmente relacionamos una casa, un pueblo o una ciudad con lo que nos pasó allí. Salvo grandes desgracias, todo tiene para mí un sabor agridulce, siempre es una mezcla. No recuerdo situaciones con emociones nítidas, completas, absolutas. Quizás el primer período del enamoramiento consiste en esa ceguera a lo que luego vemos con claridad.
Entonces miro estas paredes que todavía me rodean en la casa que estoy a punto de dejar y me pregunto: ¿qué tipo de vínculo emocional he tenido con esta vivienda? Siento sinceramente que es sólo una casa, 4 paredes y un techo que me brindaron cobijo y seguridad. ¿Qué cosas me pasaron mientras viví acá?
Como siempre, hubo de todo. Bueno y malo. La casa no tiene la culpa pero uno puede llegar a sentir rechazo a cuatro paredes porque le evoca alguna situación desgraciada y con la cual cuesta reconciliarse. 
Lo que más gratamente recordaré de esta casa son sus atardeceres mágicos. Llega una hora en que el jardín pasa por todos los tonos de los colores fríos, todos los azules y violáceos, colores crepusculares que relacionamos con la nostalgia. Las hojas de las plantas tienen un color diferente en el anverso que en el reverso (como las olas del mar, cuando descubrí atónita que al caer el sol el hueco de la ola se torna violáceo). Me hipnotiza ese tránsito hacia la oscuridad total hasta que me acuerdo de encender las luces.
La ciudad que sin duda tiene, para mí, esa mezcla de amor-odio es Cádiz.
Y el país, Argentina. En ambos casos, son sólo lugares. Lugares donde vive gente de todo tipo, con paisajes maravillosos y con una mochila bien llena que es su historia y que les ha moldeado una manera de ver el mundo. Lo que siempre tuve claro es que esos lugares pueden darme cosas positivas pero también restarme calidad de vida. Argentina me permitió obtener un título universitario gracias al cual he podido hacer una vida independiente pero en cierto momento me dió miedo vivir allí...todo era inestable y hasta peligroso. Rescato a mi gente querida (que no es poca)y al tango, que me emociona.Y yo, ¿qué le dí a mi país? Bueno, unos cuantos años trabajando en el interior de forma un poco precaria en lugares a donde mucha gente no quiere ir.  
Cádiz me brindó una gran oportunidad laboral y una seguridad ciudadana muy alta pero no comulgo con muchas de sus costumbres y su fondo religioso cuando le conviene. Me quedo con sus risas y su historia trimilenaria. Y yo ¿qué le dí a Cádiz? Años de trabajo con el mejoramiento evidente de la salud buco-dental (estética y funcional) de muchos de sus habitantes. Tanto de Argentina como de España aprendí cosas: en la primera, mi profesión (y lo latinoamericano); en la segunda, la práctica profesional en un entorno estable (y lo europeo).
Los países, igual que las personas, pueden llegar a resultar tóxicos o nutritivos por una suma de circunstancias en las que interactúan el individuo y el lugar. Buenos Aires tiene aspectos tóxicos, como la inestabilidad política y económica y la inseguridad y Cádiz los tiene también, como la superficialidad, la aceptación social del alcohol y el querer vivir del cuento.   
Sigo sin comprender ese amor incondicional a las casas, a las ciudades, incluso a los países. Lo veo en mucha gente pero yo creo que nunca lo he sentido. No lo cuestiono, por supuesto, sólo que no lo siento. Ese amor incondicional lo tengo sólo con ciertas personas, no con cosas o lugares. 
¿Y qué siento por esa casa nueva? Todavía nada, sólo cierto placer estético. Es algo que acabo de conocer. No sé que les pudo haber pasado a las gentes que vivieron allí antes que yo y creo que tampoco me importa. A esa construcción todavía anónima le tengo que poner mi impronta, vestirla con mis pinturas, con las fotos de padres, hijos, amigos. Debo ponerle maquillaje. Quiero llenarla de situaciones, de vivencias, de miradas, de tiempo y de gente...tengo que VIVIRLA y con la mayor felicidad posible. 
 

martes, 9 de diciembre de 2014

LA ARGENTINA Y LAS ETAPAS DEL NARCOTRÁFICO




jueves, 23 de octubre de 2014

ANECDOTARIO III: NOS VAMOS AL SUR

¿Y si retrocedemos un poco? ¿Y si nos volvemos, cual potencial evocado, a Neuquén? ¿Por qué no? Allí también pasaron cosas...cosas buenas, malas, divertidas, absurdas...como la vida misma.
Repasando: con mi marido de aquélla época (a los maridos mejor ponerles números, como a los presos, porque, en definitiva, ¿qué otra cosa son?), o sea, con mi marido número 1, decidimos, de común acuerdo (como tiempo después, el divorcio) mudarnos al sur de Argentina.
En ese momento vivíamos en pleno centro de Buenos Aires; Callao entre Bartolomé Mitre y Cangallo, que no es donde canta un gallo pero sí donde había un gallito, mi maridito, que cacareaba y cacareaba con que se iba a conseguir un trabajo, pero la cosa no cristalizaba, por decirlo elegantemente. En ese amplio departamento compartíamos vida y pesares con otra pareja amiga, sin hijos. Mi hijo Camilo tenía pocos meses. 
Como yo ya ostentaba mi flamante título de odontóloga y, además, estaba absolutamente contaminada con la moda revolucionaria de porqué proseguir con el antiguo modelo de familia tradicional. ¡No, señor! ¡Había que cambiar las estructuras sociales! ¡Subvertir los valores establecidos! La mujer debe trabajar afuera y el hombre cuidar a los niños, eso sí que es revolucionario...tanto, pero TANTO que jamás dió resultado. Buscando, buscando, finalmente logré un puesto como odontóloga en la provincia de Neuquén, pero hete aquí que había que ir para allá y luego ver el destino definitivo. Mi marido, hombre decidido, puso rumbo al horizonte y zarpó con los pelos al viento hacia el sur. El conseguiría una casa y yo luego me iría con mi hijo Camilo de 6 meses de edad.
Mientras, yo me quedé en ese depto. que compartíamos con nuestra pareja amiga, María Marta y Alberto.
Casualmente María Marta también consiguió trabajo allá, en Neuquén, así que yo me quedé con su marido y ella con el mío....bueno, es una manera de decir. 
Después nos reuniríamos todos de nuevo en Neuquén capital. La cosa familiar se estaba normalizando...el país no, como siempre. Año 1973 y con eso está todo dicho: "Cámpora al gobierno, Perón al poder". Las dictaduras militares iban y venían. Todo estaba muy revuelto... o sea, como siempre. También por eso buscamos la migración interior. 
Menos mal que llegó el momento de nuestra partida, porque había una amiga, de cuyo nombre no quiero acordarme, que nos visitaba demasiado asiduamente; aunque preguntaba sólo por Alberto, el marido de mi amiga ausente, "yo no sé por qué"...
 Así que una vez, al llegar de la calle con mi nene Camilo y Celia, otra amiga, vimos, al abrir la puerta, cómo esa señorita salía raudamente del dormitorio de Alberto. Pero, pero... seguramente era porque le estaría ayudando a "hacer la cama". Alberto también salió ajustándose los anteojos pero sería porque aprovecharía el borde de una sábana para limpiárselos; al tiempo que se abrochaba la.......no, no, no, no, no sean mal pensados; la bragueta NO, la camisa, pero era porque la señorita se la estaría planchando, seguramente. Mi amiga Celia y yo corrimos un tupido velo y continuamos con nuestras vidas sin más comentarios que unas miradas elocuentes. En esas cuestiones de matrimonios amigos no podíamos meternos. 
Por fin, Alberto, Camilo bebé y yo nos fuimos  al sur, a reunirnos con nuestro respectivos. Allí me presenté a Salud Pública y primero me destinaron a Aluminé, pero luego no se produjo la vacante esperada, así que me ofrecieron San Martín de los Andes, con la desventaja de que allí Salud Pública no nos daba casa y no había para alquilar. Increíblemente, los lugareños no aceptaban alquilar a matrimonios con niños. El entorno era de una belleza alarmante, como diría Borges;  deslumbrante, como vulgarmente digo yo. En otoño, yo me sentía como viviendo en un paraíso, rodeada como estaba por  colores en toda la gama del castaño y el rojo, en un valle rodeado de montañas y con su inmenso lago Lacar. 

Mi marido consiguió trabajo en el casino del hotel Sol y yo iba a atender pacientes de demanda espontánea al hospital Ramón Carrillo con mi gran compañera de profesión Bibiana Muñoz. (Siempre nos recordaba que su nombre era con B, b larga), que se ocupaba de atender a escolares. Grandes recuerdos tengo de esa joven sensible y trabajadora, con la que teníamos largas conversaciones. 
Estuvimos unos meses viviendo en una hostería pero no podíamos seguir allí toda la vida. 

Así que con gran pesar nos mudamos. Yo conseguí un traslado al hospital de Villa La Angostura, donde sí nos dieron una casita mediocre, que era mejor que nada.  No era adecuada para ese clima, y nosotros la fuimos mejorando de a poco, adaptándola a ese frío y esa humedad. Pero eso sí, la vivienda estaba rodeada de esa bellísima naturaleza imposible de creer para unos ojos habituados a lo urbano. La hermosura circundante me seguía abrazando. 
Los primeros meses vivía en trance con el paisaje...impensable ponerme a pintar...me amedrentaba tanta naturaleza desbordante, tanta variedad de matices con el cambio de estaciones; tal contraste de texturas. ¿Cómo podría pintar algo que supere o iguale a esto?  Me pasó como cuando viví al lado del mar...¿pintar al mar? ¡imposible!
Las ventanas no tenían postigos, así que una noche, desde mi cama, ví unos ojos bovinos que me observaban desde la oscuridad....¡qué susto me pegué! Lo inesperado me sobresaltó, pero era sólo una vaca curiosa. Muchas veces los animales andaban sueltos en esos lugares salvajes. 
Nació mi hija Cuyén y menos mal que todo salió bien porque el hospital de Bariloche estaba a 90 kms. por camino de ripio. Era el lugar más cercano donde había quirófano, en la eventualidad de una cesárea. 
Nunca olvidaré una situación esperpéntica vivida en esa época.  Ocurrió cuando llevaban a Bariloche, de urgencias, a un obrero que había caído desde gran altura y necesitaba un neurocirujano. La ambulancia chocó, el chofer quedó medio inconsciente y el enfermo en camisón se puso a hacer desesperadas señales con el suero puesto y todo. ¡Vaya estampa de lo precario de la situación y vaya si necesitaba un médico el pobre hombre! Y todo era así: se buscaba la solución sobre la marcha y encima luego nos reíamos del momento vivido. 
Una vez al mes hacíamos la recorrida del lago Nahuel Huapi en la ambulancia por el Camino de los Siete Lagos, el Dr Arraiz, el chofer y yo para visitar a los enfermos de las empresas madereras. En Villa Traful había una enfermera experimentada a cargo del pequeño ambulatorio, que medicaba y desarrollaba su trabajo con auténtico heroísmo. Cuando llegaba yo, hacía las extracciones de cualquier pieza que hiciera falta extraer y cuando digo cualquiera es exactamente eso... incluídas las muelas de juicio y ¡Ojo! mientras hubiera luz natural, porque artificial no había. Sillón dental y todos esos modernos artilugios innecesarios, tipo microscopio y localizador de ápices, etc...¿para qué? Fruslerías. 
Usábamos cajas gigantes de galletitas al por mayor apiladas para sentar al paciente: una caja para las piezas mandibulares (más baja) y dos cajas para las piezas del maxilar (más alta). A los lagos íbamos con una lancha y allí mismo los atendíamos: los pacientes sentados en los asientos de madera abrían la boca lo más que podían. Yo no veía nada si estaba nublado, pero me ayudaba con una linterna potente que me sujetaba el capitán de la lancha. IATROGENIAL CENTER...¿cuál era la alternativa? Ninguna, había que improvisar. La gente humilde, agradecidísima. Los chicos con un umbral del dolor altísimo. Nunca se quejaban, nada les dolía. Gente sufrida, curtida por los rigores de la vida. Yo lo hacía lo mejor que podía, conmovida por tanta humildad y pobreza. Allí nadie podía ayudarme ni asesorarme. 
Para aprender más decidí hacerme autodidacta y pedí permiso a Neuquén capital, a mis jefes, para hacer endodoncias. Sin cobrarlas, por supuesto. Estaba prohibido. Me compré limas, tiranervios y todo lo demás y me puse a hacer un curso intensivo en el que la dictante y la alumna era la misma persona. Adquirí una práctica enorme haciendo ya saben qué, cagadas. Los dientes cuyas endodoncias salían mal eran extraídos, en lugar de ser extraídos desde el principio; ya que el programa de atención primaria provincial incluía solo obturaciones (empastes) y extracciones. A veces alguna prótesis completa si era muy necesaria. Perdía dinero o, mejor dicho, invertía porque ganaba conocimientos y experiencia. Cuando una sale de la facultad, la realidad es que no sabe nada de nada, solo teoría. Y como la odontología es una disciplina eminentemente práctica, sería igual que empezar de cero. 
Tenía un aparato de rayos de medicina general del período cuaternario que prefería evitar para no irradiarme tanto así que todo era a ojo de buen cubero. 
En uno de esos caseríos conocí a un pibe notable, que me contó que nunca había visto un auto, NUNCA. Sólo lanchas y veleros. En cierta ocasión, la maestra del lugar descubrió que ese chico era superdotado porque aprendía con una rapidez asombrosa y lo mandó a estudiar la secundaria a Villa La Angostura, con la idea de que luego fuera a la universidad; todo con becas. Pero él sólo quiso ser mecánico automotor... se había enamorado de los autos y, por lo visto, era un amor para toda la vida.  
Al llegar el invierno jugábamos a las cartas con los amigos, no había televisión ni radio, los diarios llegaban tarde y como el techo era acanalado, pendían de él las estalactitas de hielo que dejábamos caer en nuestros vasos con whiskey. En ese ambiente alrededor del fuego, con ponchos de colores, charlas de chusmeríos del lugar, paisajes de una belleza imposible, nieve y... nuevo embarazo. ¡Lógico! Mi hijo Alejo decidió que, después de todo, era un buen lugar para nacer.
   
 

lunes, 10 de septiembre de 2012

¡¡VISITE ARGENTINA ANTES QUE SE ACABE!!

         EL REINO DE BOLONQUIA. Exponen Jorge Maculan y Pablo Bach
         Galería Leonardo Da Vinci, Libertad 1226, Buenos Aires. 12/8 al 21/10

El General Pelón, pancreator del reino.


El rey Carlo Minimun, cemento.


La parejita, acrílico.
El emperador Carlo Minimun.


¿Cómo podría estar ausente...nuestro dios?

Cualquier parecido con la realidad NO es mera coincidencia. Lo dicho: visite Argentina antes de que la acaben...algunos argentinos.

miércoles, 29 de febrero de 2012

COMPARTO ESTA OPINIÓN DOLOROSA

Los trenes en Argentina, los llevan firmas privadas, en este caso una empresa que se llama TBA
Ahora se vuelve hablar de sacarle la concesión y administración de los mismos.
No funcionaban los frenos desde hacía más de siete estaciones hasta que se produjo el accidente a las 8:32 horas de Argentina dónde murieron entre el primer y el segundo vagón 49 personas y centenares de heridos.


El 31 de agosto de 1999 un avión de la compañía Lapa a las 20:54 hs se estrelló en el Aeroparque Jorge Newbery con el triste resultado de 65 muertos y 17 heridos.
En este caso al iniciar la aeronave su carrera de despegue comenzó a sonar una alarma a la que lospilotos hicieron caso omiso.
Esa alarma, indicaba que los flaps se hallaban retraídos, lo que les impidió despegar pese a haber superado la velocidad mínima que habían calculado que necesitaban para hacerlo. Imposibilitados de frenar antes del fin de la pista por la velocidad que traían, continuaron la carrera fuera de ella, rompiendo luego las vallas del perímetro delaeropuerto, cruzando una avenida, arrastrando en su trayecto a un automóvil que circulaba por ella, para terminar colisionando sobre unas máquinas viales y un terraplén.
 La pérdida de combustible sobre los motores calientes y el gas expelido por la rotura de una planta reguladora de gas existente en el lugar, provocaron el incendio y destrucción total de la aeronave.


En el caso de del tren los frenos no funcionaban y fallaban según la versión del conductor desde hacia tiempo. Otros comentan el estado deplorable de las vías, y el paupérrimo servicio de los trenes tanto por su incomodidad como del deterioro.


Argentina es eso, un avión a punto de estrellarse, unas alarmas que no queremos escuchar porque ya se solucionará.... algún día, en algún momento.


Argentina es un tren sin frenos, no nos importa lo que hacen otros países, lo que es un control de calidad, un seguro de vida, un posible accidente, la vida en Argentina es un accidente.


Argentina es un tren a punto de colisionar, no tiene freno, no hay límites, todo es exagerado, todo es desproporcionado, sobredimensionado. "Estamos en el horno" es una frase hecha en Argentina para demostrar que la cosa "está que arde", como si del mismo infierno se tratase.


Argentina es un país que no puede autodiagnosticarse a pesar de los millones de sicologos que tiene, es una herida sin cicatrizar, es una historia sin final, es todo un eterno prologo.


Argentina es introducción la filosofía de Maradona, con sus frases y sus meteduras de pata.
Argentina es una presidenta que estrena todos los días un vestido o un accesorio de Luis Vuitton, es apariencia es superficialidad, son cirujías estéticas solo por debajo en números detrás de Venezuela o Brasil, es vivir con una tarjeta de crédito para comprar en 3 cuotas un litro de leche en el supermercado.


Argentina es la mala gestión de los recursos, la venta de la patagonia al mejor postor, es mandar a niños sin formación a una guerra perdida antes de comenzada como fue "Malvinas".


Argentina es como los fusiles de esos chicos que no funcionaban, es un arma que no dispara.
Es un gatillazo en toda regla, es un bluf de la historia.

domingo, 27 de marzo de 2011

HOY RECORDAMOS A UN ARGENTINO MARAVILLOSO: ANTONIO BERNI

Dijo Ernesto Sábato que Antonio Berni era un gran poeta de la pintura. Fué un niño prodigio y luego un hombre "renacentista"en toooodo el largo y sentido de la palabra. Era un buen tipo...pero de los bueeenos. Tenía talento, compromiso, INTEGRIDAD. (¿Qué era eso?)
Fué vanguardista pero cuando sintió que las vanguardias eran, años más tarde, retaguardias, las dejaba sin complejos. Creó a JUANITO LAGUNA, el chico de la villa miseria, pero con una tremenda mariposa de colores merodeándolo. Creó a RAMONA MONTIEL, la prostituta , donde incorporó la basura industrial como material artístico  Si uno ve sus pinturas no puede simplemente verlas e irse, ¡no!, es imposible. Las miras y sientes cómo el corazón se acelera, porque esas caras te miran, atraviesan el tiempo y el espacio.
Era GENEROSO. Rozaba el expresionismo con su realismo.  En vez de óleos y lienzos llegó a usar arpillera y temple (antepasado del óleo, cuyos pigmentos se diluyen en clara de huevo). Sus collages eran enormes.
En el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires hay una pintura que me llega a la alma : PRIMEROS PASOS (1937). Siempre me llegó al alma. Es una triste mujer joven sentada en una máquina de coser,con la cabeza apoyada en un puño, levemente inclinada y con el pensamiento a muchos kilómetros de distancia. Es guapa  ¿con qué o con quién sueña? ¿Qué la desasosiega? ¿Está frente a una disyuntiva vital? ¿No es muy joven para tener esa mirada? En el paisaje del fondo se ve un cielo azul un poco oscuro y un poblado muy humilde . ¿Qué me dice esa mujer?¿Por qué me fascina de tal manera? ¿Qué es lo que me transmite?¿En qué lugar está ese hilo invisible que nos une?
Ayy, querido rosarino, lástima que no puedo comprar esa pintura, sólo tengo una reproducción. Bueno, mejor porque si la tuviera estaría todo el día mirándola y no iría a trabajar, no estudiaría alemán, no iría al cine y me evaporaría lentamente en un ente que sería absorbido por el butacón. La gente se preguntaría ¿pero ésta dónde mierda se metió? ¡¡Y mi gato me buscaría todo el día!! Yo me habría ido a la pintura para estar al lado de ella y pasarle la mano por el pelo...las dos en silencio.
¡Cómo me alegro de que un argentino haya sido visitado por los dioses y que lo transformaron en un dios de carne y hueso. Dijo alguien de él: "Berni estableció las diferencias entre lo que debe ser la vanguardia en un país dependiente y lo que es en un país desarrollado. Lo tremendo es que lo expresara con la misma brillantez teóricamente y en su propia obra". Su temática es lo más importante: pone en evidencia lo que por pudor, prejuicios o miedo, no se menciona. ¡ESTÁS CON NOSOTROS, QUERIDO BERNI! LA GENTE COMO VOS NO SE VA.