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sábado, 14 de noviembre de 2020

FAMILIAS y ALGORITMOS

 


Cuando una barre con el rastrillo las hojas secas de un albaricoque en otoño, concurren pensamientos inesperados que acompañan el ritmo monótono de lo que se arrastra. Las neuronas recorren pistas remotas que, aparentemente, no vienen a cuento. Son asociaciones de ideas aleatorias. Metáforas a punta pala: arraste de hojas...arrastre de hechos pasados...arrastre...arrastre, una queda para el arrastre; así quedé yo después del parto, con esa sutura de una episiotomía en el hospital Penna de Buenos Aires, a raíz del nacimiento de mi primer hijo, donde, por única vez en mi vida experimenté el paso de la aguja y el hilo suturando mis carnes sin sentir dolor. Algo había separado el dolor del sufrimiento. Allí no hubo arrastre, sino sorpresa. ¿Sería la felicidad por el hijo deseado; ese escurridizo y remanido estado interior que ha llenado páginas y más páginas de la literatura universal? A todo esto, ¿existe la felicidad? Y qué sé yo. Ya me conformo con vivir tranquila. Acá intercalo un párrafo de Jorge Luis Borges sobre este tema: "Tampoco jugaré a ser feliz, porque lo soy a ratos perdidos. Pero a veces, caminando por la calle, siento una racha de felicidad, y trato de no indagar por la razón; porque si lo hago comprobaré con harta felicidad que me sobran motivos de desventura" (Borges).

Las hojas amarillas sonríen al paso del rastrillo, ya no tienen clorofila ni nada importante que hacer. Han sido separadas de la rama pero todavía viven aunque no padecen. (Como mi episiotomía) Se dejan llevar...eso es una vida serena, como mi vejez tranquila. ¡Qué diferencia con las urgencias de la juventud! 


Hablando de juventud, Bartolo, el joven gato de mis vecinos, se trepó torpemente al árbol y, tratando de no caerse, sacudió las ramas, que mansamente dejaron caer hojas viejitas sobre mi cabeza y me brindó involuntariamente, una chispa de felicidad y de risa. 

De padres neuróticos suelen salir hijos neuróticos. Y así, en el maremágnum de los vértigos emocionales, nacieron y crecieron mis 3 hijos. Los pobres ni se imaginaban donde habían caído. Porque los hijos no nos eligen, simplemente nacen y se tienen que aguantar con lo que hay. Igual que nosotros con nuestros padres y así hasta el origen de la primera ameba. Pero la neurosis no tiene nada que ver con la dureza o blandura del corazón, con los sentimientos hacia los demás, con la empatía (palabra de moda poco aplicada en la práctica). Cada uno de nosotros, en esta familia, tiene una madera esencial y primaria y cada uno de nosotros fue arrojado al mundo que nos tocó, sin contemplaciones. Con esos elementos, nuestro entorno y con esa madera, nuestra genética; nos miramos las manos y, siempre pero siempre, tomamos decisiones con lo que tenemos en estas manos. Tenemos el imperativo categórico que podemos (Kant). No mucho más. Improvisamos. Hablando de improvisaciones, estoy podando un rosal. Improvisando: cortando ramas llevada por el instinto y con cuidado de no pincharme, aunque muchas veces me pincho igual. Eso pasa con las familias también: nos pinchamos, nos decimos cosas dolorosas sin medir las consecuencias y a la vuelta de los años nos hemos podado mal, dejando cicatrices que duelen más que las propias heridas y que han terminado por crear auténticos cañadones. Si todo se redujera a podar un rosal... en fin. 

Uno es un DASEIN, según Martín Heidegger, un humano con un escenario ya montado donde los personajes, la historia que nos antecede, la educación, la política y mucho más, condicionan nuestro futuro y delinean nuestra personalidad. Mi hijo mayor Camilo hizo cosas, con las posibilidades de que disponía, que siempre le agradeceré, pero hay una que destaca con luz propia: él solito tuvo que cortar (podar) el cordón umbilical conmigo porque yo no podía. Simplemente no podía. Y eso sí que es enfermizo. Me recuerda a mi tenaz enredadera, que lo invade todo con su amoroso verde y sus patitas adherentes: un apego demasiado pegote. Mi hijo logró deconstruirse (como dicen ahora) y de a poco, reconstruirse en otro país partiendo de cero. Años más tarde pudo darle trabajo en el cámping de Dinamarca a su ex y a su hijo y, aunque después las cosas terminaron como el rosario de la aurora (porque trabajar con la familia es muy complicado), acá estamos para rescatar lo positivo, coser y no cortar y dejar atrás las lastimaduras para que, si es posible, se vayan curando con el paso de los siglos.  Cuando los bordes de una herida se acercan y contactan nítida e íntimamente, (como en los tejidos bucales. Deformación profesional) es probable que lleguen a cicatrizar. OJALÁ.


Y hablando de heridas, es como cuando me muerde los pies mi ganso ampurdanés bautizado en la religión de los agnósticos Cuaco, que me sigue como un perrito y ha decidido quedarse a vivir con nosotros sin permiso; las lastimaduras que provoca son las de un animal salvaje. A lo mejor es una muestra de cariño y los dasein no sabemos interpretarlas. Eso no impide que lo saque a escobazos, obvio. Y al final, tampoco sabemos interpretar a los de nuestro propio idioma. Todo se ha vuelto cada vez más incomprensible, como los algoritmos.

 Sigo hilando reflexiones mientras trabajo en mi jardín. Con la llegada del otoño, el césped ha sido tapizado por un manto de tréboles. Debajo está esa maraña dura y consistente del gramillón. Al igual que nosotros, que nos volvemos impenetrables. ¿Será como con el principito, que lo esencial es invisible a los ojos?

El viento de levante arrecia y las altísimas palmeras doblan sus troncos pero no se quiebran, aunque murmuren entre sí, protestando, porque se les arruina el peinado. Mi hija Cuyén, la segunda y la del medio, sostuvo ella solita, como una palmerita muy resultona, a mi empresa mientras yo transitaba mi particular calvario: una enfermedad autoinmune y como colofón una reabsorción de la cabeza del fémur con posterior prótesis de cadera. Durante un año ella se ocupó de todo mientras yo hacía lo que podía, trabajando a los trompicones, mientras me iba curando de a poco. Del cuerpo y del alma. Como si eso fuera poco, ella me puso en contacto con una familia muy buena que me alquiló la casa de La Rosaleda, en Chiclana, con lo cual me resolvió un problema y no sólo eso: poco tiempo después esa misma familia me la compró. Esa venta salvó mi siempre arriesgada economía de la crisis de la quiebra de Lehmans Brothers. Mi hija Cuyén es una chica decidida, como cuando era jovencita y se largó a Londres a explorar el mundo como una semilla que vuela grandes distancias para intentar fructificar en otros idiomas. 


Hay en mi jardín árboles de hoja caduca y de hoja perenne. Los de hoja perenne están siempre presentes, en las buenas y en las malas. Así es mi hijo Alejo, que estuvo al lado de su padre en Argentina hasta su muerte, en los momentos más aciagos y terribles de una enfermedad terminal. Eso no lo hace cualquiera por un padre que estuvo ausente la mayor parte de su vida.  Años antes, me acompañó durante mi recuperación de la cadera, aunque tuvo que venir de Londres, donde vivía en ese momento. De hecho, en la clínica dónde me operaron, en mi primera ducha después de la cirugía, me armó un camino con toallas hasta el baño para que no me resbalara con las muletas; eso fue para mí, un precioso recuerdo que atesoro y que nunca olvidaré. Allí comprobé que este chico tenía vocación de cuidador, de protector, como las copas de las higueras bien podadas,  que son la sombrilla más perfecta para el prepotente sol del verano.  

Y llegado el momento tuvo el valor de desapegarse él también e iniciar una nueva vida en Argentina, alejándose de cosas que le hacían daño, por ejemplo, una familia neurótica. Mis hijos saben volar con alas propias, sólo espero que sepan aterrizar cuando llegue el momento. Como se bastan a sí mismos, creo que todavía no aprendieron, que, en tiempos difíciles, más vale unirse que alejarse. Y no me refiero a la lejanía física. Pero ya lo descubrirán, como dice el Martín Fierro. La vida se encarga generalmente de eso. 


Siempre que el granado de mi jardín está feliz con sus grandes frutos colgando, una no puede dejar de evocar un arbolito de navidad. Navidades hubo muchas pero yo no olvidaré con particular ternura una en la que, milagrosamente, estábamos todos. La reunión era en el piso mío de Cádiz y ya habíamos cenado. Cuyén bajó a comprar algo (alcohólico, seguro) y se encontró con 2 alemanes desconocidos, totalmente perdidos y que pululaban desorientados, buscando un hotel dónde quedarse. Hablaban un inglés perfecto. Ni lenta ni perezosa se los trajo a mi casa a cenar lo que había quedado. Charlamos hasta quedarnos sin saliva. Encantadores los dos. 

A Alejo le pareció disparatado que trajera a dos desconocidos a una reunión íntima y familiar (siempre tan formalito) y por eso estuvo un tiempo con cara de malas pulgas, pero eso no le impidió relajarse luego y salir de copas con ellos hasta las tantas de la madrugada y conseguirles un hotel. Fue una Navidad muy divertida. Camilo se reía como nunca de la inesperada situación. Es un lindo recuerdo de cuando estábamos juntos. El factor imponderable apareció muchos años más tarde: el coronavirus. El mundo ya no volverá a ser igual. Está en manos de pocas personas y ahora nos gobiernan los algoritmos, que no están al alcance y al espíritu crítico de cualquiera, con lo cual, estamos en sus dudosas manos. Lo del libre albedrío démoslo por muerto y hagamos lo que podamos.

Sólo nos queda el amor, aquéllo que según Ignacio Martínez Mendizábal, el paleontólogo de la sierra de Atapuerca, empujó a la selección natural de nuestra especie. Sólo nos queda el amor. ¿De verdad habrá subsistido?

jueves, 23 de octubre de 2014

ANECDOTARIO III: NOS VAMOS AL SUR

¿Y si retrocedemos un poco? ¿Y si nos volvemos, cual potencial evocado, a Neuquén? ¿Por qué no? Allí también pasaron cosas...cosas buenas, malas, divertidas, absurdas...como la vida misma.
Repasando: con mi marido de aquélla época (a los maridos mejor ponerles números, como a los presos, porque, en definitiva, ¿qué otra cosa son?), o sea, con mi marido número 1, decidimos, de común acuerdo (como tiempo después, el divorcio) mudarnos al sur de Argentina.
En ese momento vivíamos en pleno centro de Buenos Aires; Callao entre Bartolomé Mitre y Cangallo, que no es donde canta un gallo pero sí donde había un gallito, mi maridito, que cacareaba y cacareaba con que se iba a conseguir un trabajo, pero la cosa no cristalizaba, por decirlo elegantemente. En ese amplio departamento compartíamos vida y pesares con otra pareja amiga, sin hijos. Mi hijo Camilo tenía pocos meses. 
Como yo ya ostentaba mi flamante título de odontóloga y, además, estaba absolutamente contaminada con la moda revolucionaria de porqué proseguir con el antiguo modelo de familia tradicional. ¡No, señor! ¡Había que cambiar las estructuras sociales! ¡Subvertir los valores establecidos! La mujer debe trabajar afuera y el hombre cuidar a los niños, eso sí que es revolucionario...tanto, pero TANTO que jamás dió resultado. Buscando, buscando, finalmente logré un puesto como odontóloga en la provincia de Neuquén, pero hete aquí que había que ir para allá y luego ver el destino definitivo. Mi marido, hombre decidido, puso rumbo al horizonte y zarpó con los pelos al viento hacia el sur. El conseguiría una casa y yo luego me iría con mi hijo Camilo de 6 meses de edad.
Mientras, yo me quedé en ese depto. que compartíamos con nuestra pareja amiga, María Marta y Alberto.
Casualmente María Marta también consiguió trabajo allá, en Neuquén, así que yo me quedé con su marido y ella con el mío....bueno, es una manera de decir. 
Después nos reuniríamos todos de nuevo en Neuquén capital. La cosa familiar se estaba normalizando...el país no, como siempre. Año 1973 y con eso está todo dicho: "Cámpora al gobierno, Perón al poder". Las dictaduras militares iban y venían. Todo estaba muy revuelto... o sea, como siempre. También por eso buscamos la migración interior. 
Menos mal que llegó el momento de nuestra partida, porque había una amiga, de cuyo nombre no quiero acordarme, que nos visitaba demasiado asiduamente; aunque preguntaba sólo por Alberto, el marido de mi amiga ausente, "yo no sé por qué"...
 Así que una vez, al llegar de la calle con mi nene Camilo y Celia, otra amiga, vimos, al abrir la puerta, cómo esa señorita salía raudamente del dormitorio de Alberto. Pero, pero... seguramente era porque le estaría ayudando a "hacer la cama". Alberto también salió ajustándose los anteojos pero sería porque aprovecharía el borde de una sábana para limpiárselos; al tiempo que se abrochaba la.......no, no, no, no, no sean mal pensados; la bragueta NO, la camisa, pero era porque la señorita se la estaría planchando, seguramente. Mi amiga Celia y yo corrimos un tupido velo y continuamos con nuestras vidas sin más comentarios que unas miradas elocuentes. En esas cuestiones de matrimonios amigos no podíamos meternos. 
Por fin, Alberto, Camilo bebé y yo nos fuimos  al sur, a reunirnos con nuestro respectivos. Allí me presenté a Salud Pública y primero me destinaron a Aluminé, pero luego no se produjo la vacante esperada, así que me ofrecieron San Martín de los Andes, con la desventaja de que allí Salud Pública no nos daba casa y no había para alquilar. Increíblemente, los lugareños no aceptaban alquilar a matrimonios con niños. El entorno era de una belleza alarmante, como diría Borges;  deslumbrante, como vulgarmente digo yo. En otoño, yo me sentía como viviendo en un paraíso, rodeada como estaba por  colores en toda la gama del castaño y el rojo, en un valle rodeado de montañas y con su inmenso lago Lacar. 

Mi marido consiguió trabajo en el casino del hotel Sol y yo iba a atender pacientes de demanda espontánea al hospital Ramón Carrillo con mi gran compañera de profesión Bibiana Muñoz. (Siempre nos recordaba que su nombre era con B, b larga), que se ocupaba de atender a escolares. Grandes recuerdos tengo de esa joven sensible y trabajadora, con la que teníamos largas conversaciones. 
Estuvimos unos meses viviendo en una hostería pero no podíamos seguir allí toda la vida. 

Así que con gran pesar nos mudamos. Yo conseguí un traslado al hospital de Villa La Angostura, donde sí nos dieron una casita mediocre, que era mejor que nada.  No era adecuada para ese clima, y nosotros la fuimos mejorando de a poco, adaptándola a ese frío y esa humedad. Pero eso sí, la vivienda estaba rodeada de esa bellísima naturaleza imposible de creer para unos ojos habituados a lo urbano. La hermosura circundante me seguía abrazando. 
Los primeros meses vivía en trance con el paisaje...impensable ponerme a pintar...me amedrentaba tanta naturaleza desbordante, tanta variedad de matices con el cambio de estaciones; tal contraste de texturas. ¿Cómo podría pintar algo que supere o iguale a esto?  Me pasó como cuando viví al lado del mar...¿pintar al mar? ¡imposible!
Las ventanas no tenían postigos, así que una noche, desde mi cama, ví unos ojos bovinos que me observaban desde la oscuridad....¡qué susto me pegué! Lo inesperado me sobresaltó, pero era sólo una vaca curiosa. Muchas veces los animales andaban sueltos en esos lugares salvajes. 
Nació mi hija Cuyén y menos mal que todo salió bien porque el hospital de Bariloche estaba a 90 kms. por camino de ripio. Era el lugar más cercano donde había quirófano, en la eventualidad de una cesárea. 
Nunca olvidaré una situación esperpéntica vivida en esa época.  Ocurrió cuando llevaban a Bariloche, de urgencias, a un obrero que había caído desde gran altura y necesitaba un neurocirujano. La ambulancia chocó, el chofer quedó medio inconsciente y el enfermo en camisón se puso a hacer desesperadas señales con el suero puesto y todo. ¡Vaya estampa de lo precario de la situación y vaya si necesitaba un médico el pobre hombre! Y todo era así: se buscaba la solución sobre la marcha y encima luego nos reíamos del momento vivido. 
Una vez al mes hacíamos la recorrida del lago Nahuel Huapi en la ambulancia por el Camino de los Siete Lagos, el Dr Arraiz, el chofer y yo para visitar a los enfermos de las empresas madereras. En Villa Traful había una enfermera experimentada a cargo del pequeño ambulatorio, que medicaba y desarrollaba su trabajo con auténtico heroísmo. Cuando llegaba yo, hacía las extracciones de cualquier pieza que hiciera falta extraer y cuando digo cualquiera es exactamente eso... incluídas las muelas de juicio y ¡Ojo! mientras hubiera luz natural, porque artificial no había. Sillón dental y todos esos modernos artilugios innecesarios, tipo microscopio y localizador de ápices, etc...¿para qué? Fruslerías. 
Usábamos cajas gigantes de galletitas al por mayor apiladas para sentar al paciente: una caja para las piezas mandibulares (más baja) y dos cajas para las piezas del maxilar (más alta). A los lagos íbamos con una lancha y allí mismo los atendíamos: los pacientes sentados en los asientos de madera abrían la boca lo más que podían. Yo no veía nada si estaba nublado, pero me ayudaba con una linterna potente que me sujetaba el capitán de la lancha. IATROGENIAL CENTER...¿cuál era la alternativa? Ninguna, había que improvisar. La gente humilde, agradecidísima. Los chicos con un umbral del dolor altísimo. Nunca se quejaban, nada les dolía. Gente sufrida, curtida por los rigores de la vida. Yo lo hacía lo mejor que podía, conmovida por tanta humildad y pobreza. Allí nadie podía ayudarme ni asesorarme. 
Para aprender más decidí hacerme autodidacta y pedí permiso a Neuquén capital, a mis jefes, para hacer endodoncias. Sin cobrarlas, por supuesto. Estaba prohibido. Me compré limas, tiranervios y todo lo demás y me puse a hacer un curso intensivo en el que la dictante y la alumna era la misma persona. Adquirí una práctica enorme haciendo ya saben qué, cagadas. Los dientes cuyas endodoncias salían mal eran extraídos, en lugar de ser extraídos desde el principio; ya que el programa de atención primaria provincial incluía solo obturaciones (empastes) y extracciones. A veces alguna prótesis completa si era muy necesaria. Perdía dinero o, mejor dicho, invertía porque ganaba conocimientos y experiencia. Cuando una sale de la facultad, la realidad es que no sabe nada de nada, solo teoría. Y como la odontología es una disciplina eminentemente práctica, sería igual que empezar de cero. 
Tenía un aparato de rayos de medicina general del período cuaternario que prefería evitar para no irradiarme tanto así que todo era a ojo de buen cubero. 
En uno de esos caseríos conocí a un pibe notable, que me contó que nunca había visto un auto, NUNCA. Sólo lanchas y veleros. En cierta ocasión, la maestra del lugar descubrió que ese chico era superdotado porque aprendía con una rapidez asombrosa y lo mandó a estudiar la secundaria a Villa La Angostura, con la idea de que luego fuera a la universidad; todo con becas. Pero él sólo quiso ser mecánico automotor... se había enamorado de los autos y, por lo visto, era un amor para toda la vida.  
Al llegar el invierno jugábamos a las cartas con los amigos, no había televisión ni radio, los diarios llegaban tarde y como el techo era acanalado, pendían de él las estalactitas de hielo que dejábamos caer en nuestros vasos con whiskey. En ese ambiente alrededor del fuego, con ponchos de colores, charlas de chusmeríos del lugar, paisajes de una belleza imposible, nieve y... nuevo embarazo. ¡Lógico! Mi hijo Alejo decidió que, después de todo, era un buen lugar para nacer.