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viernes, 13 de enero de 2023

ESTIÉRCOL

 CADA PERSONA TIENE SU ESTIÉRCOL PRIVADO. Manuel Vicent

Odio a los que gritan “¡al ladrón, al ladrón!” cuando ven correr al raterito. Odio a todos los delatores y arrepentidos. Odio a los mayordomos fieles, a la criada que cuenta las intimidades de su señora, a los amantes que presumen de sus hazañas amorosas, a la mujer que llama a su amiga para decirle que su marido la engaña, a los periodistas que se alimentan de delaciones, a los policías que deben su prestigio a los confidentes, a todos los que prosperan de la basura de los demás. Cada persona tiene su estiércol privado. Ése es su primer derecho. Odio a todos los que arraigan en este estiércol ajeno porque mi miseria constituye su fortaleza. Odio a la CIA y a las fuentes generalmente bien informadas, a las madres que atribuyen una paternidad rentable, a los financieros despechados que se vengan con informes venenosos, a los que después de soplar la noticia ruegan que no se publique su nombre. Todas las noches oigo pasar el camión de la basura. De los desperdicios que uno deja en el portal vive mucha gente. En las afueras de la ciudad hay basureros humeantes donde fermenta eso que usted ha desechado, y por esas colinas de inmundicia uno puede ver a furtivos escarbando todos los días. Es un vertedero público. A todos nos pertenece. Pero existe también en cada persona un basurero íntimo en el que uno va acumulando todas sus debilidades privadas. No hay derecho más natural que poder cultivar algunas flores en esa mierda sin que ningún furtivo pueda pisarlas. Mucha gente vive de las flaquezas del prójimo. Un desliz que cometas será un tesoro para otro. Odio a todos los censores, confesores, moralistas. Odio a los negociantes de escándalos, a los que presumen de saber de qué pie renguea cada uno. ¿Ha habido en la historia algún caso de delación que haya servido para algo noble? Odio a los que sin ser policías detienen al ladronzuelo que huía. Mi propia miseria, el estiércol privado, es lo que amo sobre todas las cosas.     


Manuel Vicent  


viernes, 28 de mayo de 2021

CUERPOS Y ALMAS.

 


COMUNIÓN. MANUEL VICENT. 

Se supone que alrededor de los siete años la inteligencia y con ella el libre albedrío se instalan ya en el neocórtex del cerebro humano y para celebrar semejante acontecimiento biológico la Iglesia católica establece el rito de la primera comunión. Esta primavera los niños y las niñas de familias creyentes, recién llegados al uso de razón, vestidos de marineros o de princesas, recibirán la gracia de Dios bajo el imperio de la pandemia. El Papa de Roma en medio de la soledad del Vaticano a la que está doblemente confinado, con la misma entonación solemne con que eleva al cielo las plegarias por la salvación de nuestra alma, ha anunciado también el deber que tienen todos los fieles de vacunarse contra el coronavirus. De hecho, esta vacuna se ha convertido en una moderna eucaristía, en un sacramento laico que, en este caso, viene a sustituir la gracia divina por el milagro de la ciencia, frente al que se levantan, como nuevos herejes, los negacionistas. Pero abrir la boca y sacar la lengua para que el cura revestido con sus brocados ornamentos deposite en ella la sagrada forma viene a ser un gesto litúrgico muy parecido al de arremangarse la camisa y dejar el hombro desnudo para que un oficiante sanitario con mascarilla y envuelto en plástico aislante introduzca la aguja en la carne e inocule en ella una extraña sustancia. Esa alegría anhelante con que los viejos reciben la vacuna es muy parecida a la que experimentaron de niños al recibir la primera comunión. En este caso solo les falta la tarta. Si un creyente comulga y después se vacuna, en teoría, la hostia consagrada y esa misteriosa sustancia de laboratorio se cruzarán, sin duda, en algún punto de su organismo, tal vez en el hígado o en el bazo o en el fluído de la sangre, en una lucha de poder a poder, entre la fe y la razón, una en busca de sanar el cuerpo y la otra de salvar el alma. 

sábado, 6 de junio de 2020

ZAFARRANCHO de Manuel Vicent.

"Si el Partido Popular hubiera ejercido una oposición crítica, leal y constructiva, y no imbuida con un odio africano, una vez derrotada la pandemia también habría podido con toda razón adjudicarse la victoria, pero al parecer solo está interesado en aprovechar el virus para derribar al Gobierno y se comporta como un boxeador tosco, que por exceso de furia acaba por echar el bofe antes de acertar con el gancho definitivo de derecha.
En este sentido, el Gobierno lo tiene muy fácil.
Ante una oposición tan ciega y desmesurada, la moderación y la sensatez, como defensa, resultan demoledoras. En vista del fracaso, los ataques al presidente Sánchez se producen ahora en toda regla por aire, mar y tierra. En este zafarrancho de combate la fiel infantería de la derecha en su doble falange aznarista ataca por tierra; los independentistas catalanes, ajenos al hecho de que sus vanos sueños, de momento, han saltado por los aires, siguen lanzando torpedos bajo la línea de flotación del Estado, y a este despliegue ofensivo se ha sumado por el aire la escuadrilla judicial con un pelotón de paracaidistas rábulas, que ha caído sobre el Ministerio del Interior con toda clase de enredos y sospechas; por si fuera poco, el vicepresidente Iglesias, llevado por su instinto ideológico provoca, crispa e insulta para marcar territorio y de hecho le siega la hierba bajo los pies al propio Gobierno.
Este ataque desde todos los flancos lleva empotrados a comentaristas políticos, embarradores del terreno de juego, especialistas en acertar la quiniela los lunes. En mi caso, siendo por edad una persona vulnerable, la única forma de salvarme, si no del virus, al menos de la asfixia de tanta basura política, consiste en cerrar con llave esta caja de Pandora llena de serpientes y colocar en la tapa una bailarina de Degas, que dé vueltas mientras suena la Barcarola".
            MANUEL VICENT.