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sábado, 25 de marzo de 2023

CALESITA

RECUERDOS DE MÓNICA BARDI

Estaba esperando a una persona en una esquina de mi pequeña ciudad y me apoyé en un poste de una señal de tráfico, inadvertidamente. 

En ese momento todo cambió y mi entorno se iluminó con luces de otra época en un terreno baldío. Mi vaquero mutó a un vestidito de verano, bajé treinta kilos, mis dientes se proyectaron hacia delante en antiestética posición y una gran excitación se apoderó de mí al ver tan de cerca la ambicionada sortija. Mientras tanto, una calesita en la que estaba subida, revoleaba luces y colores en alocados círculos desparramando risas. Mi hermano Mario estaba en un cochecito rojo y azul, girando como loco el volantito. Inesperadamente, reviví ese delicioso momento cuando la felicidad está tan cerca que uno puede sentir su respiración. Un hombre humilde, mayor; que es quien decide a qué niño le acerca en cada vuelta la calabaza de madera (la bocha) con la sortija, para que pueda llevarse el premio gordo (una vuelta gratis), seguramente recordará  lo que su propio corazón infantil vibraba al alcanzar el artilugio. Ese hombre ya está muerto pero su sonrisa flotante y su mirada amable quedó impresa en mi. Y a lo mejor, en muchos niños más. ¿Quiénes habrán sido los adultos de alma generosa e imaginativa que inventaron ese pasaporte al mágico mundo giratorio? El carrusel o tiovivo se inventó en el siglo XIX en Europa pero la idea de la sortija es un invento argentino inspirado en las carreras de sortijas de los gauchos. A decir verdad las sortijas andan a la búsqueda de niños anhelantes, por darle la vuelta a la cosa y viene a ser algo que le agrega a la calesita, lo que para cualquiera que la haya vivido, la razón de ser. 

miércoles, 11 de agosto de 2021

LA CALESITA INMÓVIL.

 Estoy proclive a los recuerdos: debe ser el sofocante verano que me pone las neuronas a baño maría. 


Y hablando de calor, el cual automáticamente me evoca agua transparente y fresquita; también vienen a mi memoria imágenes de las épocas de carnaval de la adolescencia en el verano del hemisferio sur, cuando había que cuidarse de las bombitas de agua que tiraban jóvenes "bandoleros" escondidos en los jardines vecinos, si una iba bien vestida para ir al cine. Lo cual no dejaba de ser un divertido desafío y una aventura. 
Poniendo la marcha atrás de los recuerdos me veo arriba de una calesita, aferrada a una de sus barras, riendo al unísono con mi hermanito, que iba sentado en un cochecito rojo de lata. Éramos felices como solo se puede ser feliz a esa edad, con todo el cuerpo. "No hay otros paraísos que los paraísos perdidos" dijo Borges. Mi hermanito Mario Aníbal estaba disfrazado de vaquero y yo de aldeana rusa. Lo curioso era que carnaval tras carnaval no cambiábamos de disfraz: usábamos el mismo. Nos encantaba esa costumbre. Eran otros tiempos, los vestidos eran eternos y la novedad, todo un acontecimiento. Mi papá, por ejemplo, alardeaba de que hacía 20 años que usaba el mismo traje. Los zapatos eran dos pares por año, unos de invierno y otros de verano. Pero volvamos a la calesita (o tíovivo, como se llama en otras latitudes).  

Yira que te yira (diría el tango) rotaba mi calesita de colores con coches, aviones y animales, ante las miradas sonrientes y movedizas de la parentela. No sabía si giraba o volaba, pero el hecho es que yo la sortija no la alcanzaba, por mucho que me estirara. El germen de lo que luego fue mi perseverancia ya se dibujaba desde esos remotos tiempos porque seguía insistiendo en cada vuelta, con ojos desorbitados y risas histéricas, el impulso de agarrar la sortija de marras. 


Cuando estaba por terminar la última vuelta, el hombre que sostenía la anhelada "joya" tuvo la generosidad de ponérmela a tiro. Eso no lo sospechaba yo: suponía que esta vez  me la había ganado a pulso gracias a mi buena puntería. 


Ese hombre joven que me facilitó apropiarme del tesoro probablemente nunca supo la inmensa satisfacción e inolvidable sensación de logro que me regaló aquélla tarde de verano. Todo se olvida pero esa emoción no. 

Cuántas personas nos han dejado huella y de las cuales solo conservamos eso: la huella. Ni caras, ni nombres, ni siquiera lugares, aunque lo indeleble persiste y persiste tercamente rodeado de imágenes difusas, músicas antiguas y personas inolvidables que ya han sido olvidadas, (otra vez Borges). Todo es evanescente, diluído, borroso y hasta llegamos a preguntarnos si de verdad aquéllo ocurrió, pero ya no queda nadie a quien preguntarle. 

 La flacucha de melenita oscura que era yo, ese día algo aprendió: a insistir una y otra vez, tautológicamente, sin perder de vista el objetivo. El "mandato" de feminidad de lograr algo dándole al tema las vueltas que sea necesario se lo copié a la calesita. ¡Por eso nos dicen víboras, jeje!

Tampoco olvidé cuando miraba con intrigada tristeza desde la ventana de mi casa al bello carrusel parado, con su funda de tela cubriéndola por completo y dándole un aire fantasmal, porque había una epidemia de poliomielitis en el año 1956. "¿Qué pasó con la calesita?" pregunté perpleja a María, la galleguita inmigrante que desde los 15 años vivía con mi familia y era buena para todo; y me contestó algo que entendí vagamente como "parada infantil", lo cual no se alejaba tanto de la realidad porque parálisis es estar parada, detenida. Por eso no íbamos al colegio, pintaban los árboles de blanco y llevábamos bolsitas de alcanfor colgadas del cuello. Pensé: ¿la calesita también puede enfermar y por eso está quieta?

Recuerdo el desborde de angustia que se desató en mi casa cuando mi hermanito amaneció un día con fiebre, en plena epidemia. Vino el pediatra volando y diagnosticó una amigdalitis. Menos mal. Me confundió mucho ver a mi madre sollozando agónicamente porque no entendí que era de alivio. La sonrisa de mi padre fue más explícita. Veía, a través de la ventana del living, a los vecinos de una familia muy pobre y numerosa jugando alegremente por la calle, a pesar de la polio y oí a mi padre que murmuró con serio semblante: "a ellos no les va a pasar nada, gracias a Dios. El virus vive en ambientes inmaculados con lavandina. Mejor, ya tienen bastante con la pobreza". Pensé: entonces  ahora mismo me voy a revolcar en el barro... no era mala idea y sonaba alegre y transgresor. ¡En el barro tibio con los tres chanchitos: una gozada!

En algún momento se restableció la normalidad, pero la polio había dejado un tendal. Se superó gracias a las vacunas de los doctores Salk y Sabin. Eterno agradecimiento hacia ellos.