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miércoles, 11 de agosto de 2021

LA CALESITA INMÓVIL.

 Estoy proclive a los recuerdos: debe ser el sofocante verano que me pone las neuronas a baño maría. 


Y hablando de calor, el cual automáticamente me evoca agua transparente y fresquita; también vienen a mi memoria imágenes de las épocas de carnaval de la adolescencia en el verano del hemisferio sur, cuando había que cuidarse de las bombitas de agua que tiraban jóvenes "bandoleros" escondidos en los jardines vecinos, si una iba bien vestida para ir al cine. Lo cual no dejaba de ser un divertido desafío y una aventura. 
Poniendo la marcha atrás de los recuerdos me veo arriba de una calesita, aferrada a una de sus barras, riendo al unísono con mi hermanito, que iba sentado en un cochecito rojo de lata. Éramos felices como solo se puede ser feliz a esa edad, con todo el cuerpo. "No hay otros paraísos que los paraísos perdidos" dijo Borges. Mi hermanito Mario Aníbal estaba disfrazado de vaquero y yo de aldeana rusa. Lo curioso era que carnaval tras carnaval no cambiábamos de disfraz: usábamos el mismo. Nos encantaba esa costumbre. Eran otros tiempos, los vestidos eran eternos y la novedad, todo un acontecimiento. Mi papá, por ejemplo, alardeaba de que hacía 20 años que usaba el mismo traje. Los zapatos eran dos pares por año, unos de invierno y otros de verano. Pero volvamos a la calesita (o tíovivo, como se llama en otras latitudes).  

Yira que te yira (diría el tango) rotaba mi calesita de colores con coches, aviones y animales, ante las miradas sonrientes y movedizas de la parentela. No sabía si giraba o volaba, pero el hecho es que yo la sortija no la alcanzaba, por mucho que me estirara. El germen de lo que luego fue mi perseverancia ya se dibujaba desde esos remotos tiempos porque seguía insistiendo en cada vuelta, con ojos desorbitados y risas histéricas, el impulso de agarrar la sortija de marras. 


Cuando estaba por terminar la última vuelta, el hombre que sostenía la anhelada "joya" tuvo la generosidad de ponérmela a tiro. Eso no lo sospechaba yo: suponía que esta vez  me la había ganado a pulso gracias a mi buena puntería. 


Ese hombre joven que me facilitó apropiarme del tesoro probablemente nunca supo la inmensa satisfacción e inolvidable sensación de logro que me regaló aquélla tarde de verano. Todo se olvida pero esa emoción no. 

Cuántas personas nos han dejado huella y de las cuales solo conservamos eso: la huella. Ni caras, ni nombres, ni siquiera lugares, aunque lo indeleble persiste y persiste tercamente rodeado de imágenes difusas, músicas antiguas y personas inolvidables que ya han sido olvidadas, (otra vez Borges). Todo es evanescente, diluído, borroso y hasta llegamos a preguntarnos si de verdad aquéllo ocurrió, pero ya no queda nadie a quien preguntarle. 

 La flacucha de melenita oscura que era yo, ese día algo aprendió: a insistir una y otra vez, tautológicamente, sin perder de vista el objetivo. El "mandato" de feminidad de lograr algo dándole al tema las vueltas que sea necesario se lo copié a la calesita. ¡Por eso nos dicen víboras, jeje!

Tampoco olvidé cuando miraba con intrigada tristeza desde la ventana de mi casa al bello carrusel parado, con su funda de tela cubriéndola por completo y dándole un aire fantasmal, porque había una epidemia de poliomielitis en el año 1956. "¿Qué pasó con la calesita?" pregunté perpleja a María, la galleguita inmigrante que desde los 15 años vivía con mi familia y era buena para todo; y me contestó algo que entendí vagamente como "parada infantil", lo cual no se alejaba tanto de la realidad porque parálisis es estar parada, detenida. Por eso no íbamos al colegio, pintaban los árboles de blanco y llevábamos bolsitas de alcanfor colgadas del cuello. Pensé: ¿la calesita también puede enfermar y por eso está quieta?

Recuerdo el desborde de angustia que se desató en mi casa cuando mi hermanito amaneció un día con fiebre, en plena epidemia. Vino el pediatra volando y diagnosticó una amigdalitis. Menos mal. Me confundió mucho ver a mi madre sollozando agónicamente porque no entendí que era de alivio. La sonrisa de mi padre fue más explícita. Veía, a través de la ventana del living, a los vecinos de una familia muy pobre y numerosa jugando alegremente por la calle, a pesar de la polio y oí a mi padre que murmuró con serio semblante: "a ellos no les va a pasar nada, gracias a Dios. El virus vive en ambientes inmaculados con lavandina. Mejor, ya tienen bastante con la pobreza". Pensé: entonces  ahora mismo me voy a revolcar en el barro... no era mala idea y sonaba alegre y transgresor. ¡En el barro tibio con los tres chanchitos: una gozada!

En algún momento se restableció la normalidad, pero la polio había dejado un tendal. Se superó gracias a las vacunas de los doctores Salk y Sabin. Eterno agradecimiento hacia ellos. 

viernes, 26 de febrero de 2021

LA GALLEGUITA



            EL MAR. Jorge Luis Borges

Antes que el sueño (o el terror) tejiera

mitologías y cosmogonías,

antes que el tiempo se aclara en días,

¿Quién es el mar? ¿Quién es aquel violento 

y antiguo ser que roe los pilares 

de la tierra y es uno y muchos mares 

y abismo y resplandor y azar y viento? 

Quien lo mira lo ve por vez primera, 

siempre. Con el asombro que las cosas 

elementales dejan, las hermosas 

tardes, la luna, el fuego de una hoguera. 

¿Quién es el mar, quién soy? Lo sabré el día 

ulterior que sucede a la agonía.  



Cuando María bajó en Buenos Aires, del barco que la traía de Galicia, tenía solo 15 años y había cruzado el mar sin su familia."¿Quién es el mar, quién soy?" se preguntaría ella al igual que Borges. En el puerto la esperaban mi abuela Victoria Molfino y mi abuelo, Pedro Bardi. María iba a trabajar y vivir en la casa de ellos,  como empleada del hogar con cama adentro. Pasaron los años y la humilde galleguita pasó a formar parte de la familia. Ayudó en la crianza de todos mis tíos y de mi papá; era como una cálida y perenne sombra: entrañable y servicial que hablaba poco pero colaboraba en todo. Vivió las alegrías y las tragedias en esa casa del barrio de La Boca. Fue testigo de los logros, las risas y las lágrimas de esa familia que vivía en una casa de madera, pero dónde se tocaba el piano y se hacían pequeñas representaciones teatrales. Pobres pero amantes de la cultura. 

Nunca más se fue: no se casó, no tuvo una vida ajena a los Bardi y en mí quedó la impresión de que a ella el mundo le parecía un lugar en el cual no podía confiar. María cuidó de nuestra familia y nuestra familia cuidó de ella, hasta que la muerte las separó, cuando ella murió muy viejita. Uno de mis únicos recuerdos con ella fue que, siendo yo muy chica, le pregunté que qué pasaba que la calesita estaba cerrada, no íbamos al colegio y estábamos siempre metidos en casa. Ella me contestó, medio en susurros, ya que no se hablaba mucho del tema, para no asustar a los chicos: "Es por la parálisis infantil". Efectivamente, una epidemia de poliomielitis asolaba Argentina. Yo no entendí la palabra "parálisis" pero tuve una aproximación lógica a "algo parado, algo imposibilitado", y tan errada no estaba. La vida se había detenido hasta que la epidemia pasara con la ayuda de las vacunas Sabin y Salk. 

Recuerdo a María como una persona muy bajita, con las piernas anchas y algo aniñada, como si no comprendiera bien las cosas del mundo adulto. Pero también recuerdo su dulzura, su acento gallego y su ingenuidad. No creo haberla visto nunca contrariada o enfadada. En cierta ocasión, siendo ya ella muy viejita y viviendo con mis tíos Menes y Mari Esther en su casa de Lomas de Zamora, ocurrió algo que la pinta de cuerpo entero. 

Muy agitada fue a decirle a mi tía Mari Esther que un desconocido había tocado el timbre y le había dado un montón de billetes que a continuación le mostró a mi sorprendida tía, quien, de un golpe de vista, se dió cuenta que esos enormes billetes españoles debían ser de antes de las guerras carlistas...que ya es decir. Por lo visto, María había escondido durante 50 años (o más) todo ese dinero, por lo que pudiera pasarle en la vida y, a la hora de blanquearlo, no encontró mejor explicación que una fugaz aparición de un anónimo señor que cruzó el Atlántico con ese único propósito. Mi tía disimuló la risa e hizo como que todo estaba dentro de la lógica. Y le preguntó algo imposible, a ver si colaba: "María ¿quieres que vayamos al banco a ver si nos cambian ese dinero por plata argentina?". Ella contestó que nunca había entrado en un banco y que mejor fuera alguien de la familia. Naturalmente nadie fue pero sé que le hicieron creer que habían podido cambiarlo y le dieron unos cuantos australes (la moneda del momento...en Argentina somos muy cambiantes en ese sentido, jeje), que ella volvió a apalancar en algún bolsillo secreto por lo que el futuro le pudiera deparar. Cuando uno ya peina muchas canas llega a hacerse preguntas del tipo de ¿qué sentía María, qué pensaba María? ¿Por qué nunca tuvo amigos? ¿Alguien de mi familia la llevó alguna vez al Centro Gallego?¿Ella supo de la existencia de los miles de españoles inmigrantes con los cuales pudo haber tenido trato? ¿Era algo más que una sirvienta, aunque siempre viviera en las casas de nuestra familia? ¿Tenía miedo de salir del círculo familiar? ¿Tenía algún retraso intelectual o era solo timidez? ¿Sabía leer y escribir? ¿Por qué nunca supe su apellido? ¿Qué sería de su familia, tenía padres, hermanos? ¿Por qué vino a Argentina y sola y en qué año? ¿Alrededor de 1890? ¿Por qué nunca me contó de su vida en la verde Galicia?¿Por qué no me interesé por ella y su vida en otro continente? ¿Sería yo demasiado chica? Me asombra la cantidad de cosas que nunca supe de ella...y ya no queda nadie a quien preguntarle. ¿Se puede vivir una vida entera ignorándolo todo de alguien con quien se convive? ¿Quién es el mar? ¿Qué es María? Aunque en mi casa no vivió nunca y ella ya era viejita cuando yo era muy joven, me entristece lo que de María me perdí y que nunca me transmitieron mis mayores. 

Un día cualquiera que yo estaba en la casa de mis tíos me propuse pintarla al óleo. Yo tendría más o menos la misma edad de ella, cuando llegó a Buenos Aires, unos quince o dieciséis años. La senté en un lindo sillón y la pinté con una gama de marrones y amarillos. Me salió igualita porque tenía facciones muy marcadas, fáciles de lograr: con los pies cruzados y calzados con cómodas zapatillas, su eterno vestido beige y el pelo blanco. Cuando se lo regalé, se emocionó. Nos abrazamos y se llevó la pintura a su dormitorio, que era el de mi abuela cuando vivía. Allí quedó colgado, frente a su cama y me decía que todas las noches, antes de dormirse, la miraba y la miraba... Luego todos fueron muriendo y esa casa se habrá vendido. El heredero era mi primo Carlos Oxenford, que hace unos años, también falleció. 

¿Dónde habrá ido a parar esa pintura? Cómo me gustaría tenerla... así tendría un cachito de María, la galleguita. ¿Estará todo junto en el baúl de los recuerdos, en el reino de nunca jamás? Ya no queda nadie a quien preguntarle. 

domingo, 2 de febrero de 2014

RECUERDOS REMOTOS

Uno de los recuerdos más remotos que tengo es sobre una epidemia de poliomielitis que hubo en Argentina, allá por los años 50.
De golpe las escuelas, las calesitas (tíovivos) y los parques se cerraron y los niños quedamos confinados al hogar hasta que pasara el peligro. Recuerdo que mi padre no dejaba que lo tocáramos, al volver del trabajo, hasta que no se lavaba y se quitaba la ropa que traía de la calle.
Recuerdo haber preguntado a la viejita María, una gallega que desembarcó a los 15 años en el puerto de Buenos Aires completamente sola y que se quedó en mi familia hasta su muerte, que por qué no podíamos salir a la calle y ella me contestó: "por la parálisis infantil" y yo entendí: "por la parada infantil", lo cual no me aclaró nada de nada y aumentó mi perplejidad, pero, por lo visto, no se hablaba mucho del asunto para no asustarnos a mi hermano y a mí. Al mismo tiempo veía a unos niños vecinos que iban y venían sin problemas y comentaba mi padre: "míralos, seguro que a éstos no les pasa nada". Y no les pasaba nada, claro. Después se supo que en los lugares muy higienizados prendía más la polio, porque se eliminaban bacterias que abrían el camino a los virus .Fué la enfermedad de la gente con dinero. Algo increíble, porque siempre es al revés.
Recuerdo haber oído llorar a mi madre porque mi hermano tenía dolor de garganta y ella pensó que era el primer síntoma de la temida enfermedad, hasta que vino nuestro maravilloso pedíatra y dictaminó que no era. Las caras de alivio de mis padres jamás podré olvidarlas...esos suspiros, esas miradas entre ellos.
También recuerdo que mi padre consiguió, a través de mi tío, que trabajaba en la aduana, 2 preciosos estuches que traían la vacuna Salk...y, que, después de habérnosla inoculado, todo el mundo respiró tranquilo.
¡Pobres mis padres, qué angustia!¡Y cómo nos cuidaban! Qué afortunados fuimos.