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martes, 10 de mayo de 2022

CONVERSACIÓN


 

 "- Paulo Freire: Muy bien, yo sé, ustedes no saben. Pero ¿por qué yo sé y ustedes no saben?

- Campesino: Usted sabe porque es doctor. Nosotros no.

- Exacto. Yo soy doctor. Ustedes no. Pero ¿Por qué yo soy doctor y ustedes no?

- Porque usted fue a la escuela, ha leído, estudiado y nosotros no.

- ¿Y por qué fui a la escuela?

- Porque su padre pudo mandarlo a la escuela y el nuestro no.

- ¿Y por qué los padres de ustedes no pudieron mandarlos a la escuela?

- Porque eran campesinos como nosotros.

- ¿Y qué es ser campesinos?

- Es no tener educación ni propiedades, trabajar de sol a sol sin tener derechos ni esperanza de un día mejor.

- ¿Y por qué al campesino le falta todo eso?

- Porque así lo quiere Dios.

- ¿Y quién es Dios?

- Dios es el padre de todos nosotros.

- ¿Y quién es padre aquí en esta reunión?

Casi todos levantando la mano, dijeron que lo eran. Mirando a todo el grupo en silencio, me fijé – dice Freire – en uno de ellos y le pregunté.

- ¿Cuántos hijos tienes?

- Tres.

- ¿Serías capaz de sacrificar a dos de ellos, sometiéndolos a sufrimientos, para que el tercero estudiara y se diera buena vida en Recife? ¿Serías capaz de amar así?

- ¡No!

- Y si tú, hombre de carne y hueso, no eres capaz de cometer tamaña injusticia, ¿Cómo es posible entender que la haga Dios? ¿Será de veras Dios quien hace esas cosas?

(silencio)

- No, no es Dios quien hace todo eso... ¡Es el patrón!"

Paulo Freire, de "Pedagogía de la esperanza" (conversación con estudiantes campesinos).

sábado, 27 de noviembre de 2021

ALARMANTE BELLEZA

 


[**] En una nota titulada “Una mujer muy bella…”, Borges relata esta anécdota: “Estaba en Montevideo en un almuerzo de escritores. En realidad no sé cuántos años hace de esto, treinta o más, no recuerdo. Había mucha gente importante, entre ellos Fernán Silva Valdés, Pedro Leandro Ipuche y Emilio Oribe. Me llamó la atención una señora de belleza casi alarmante. Me senté a su lado. Hablamos de todo. De la Argentina y de la República Oriental, de nuestros escritores y poetas. Por supuesto, no sé si por mera cortesía o por congraciarme con ella hice el panegírico de Herrera y Reissig. Ella, por no ser menos, el de Lugones. Era una carrera de virtudes literarias que no paraba. Mientras mi interlocutora se empecinaba en las dotes del argentino, más insistía yo en el oriental. Y así durante dos horas que no resultaron largas. La competencia no cejaba. Para mí Herrera y Reissig era extraordinario —en realidad no sé si lo creía así— porque uno no es dueño de lo que dijo ayer, ni de lo que dirá mañana. Lo cierto es que casi la tenía convencida, un capricho, no sé. La discusión llegaba a su fin. A los postres, y quizá un poco cansado, le pregunté: —¿Y usted, quién es? —Me llamo Juana de Ibarbourou, ¿y usted? —Yo me llamo Jorge Luis Borges.  No nos veríamos nunca más”. Véase Clarín, 19 de julio de 1979.