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domingo, 22 de marzo de 2026

ASESINADO

 

CLAUDIO LUIS ROMÁN, fue secuestrado y llevado al campo de concentración La Perla, luego asesinado en un enfrentamiento fraguado. Era alumno de la Escuela Superior de Comercio Manuel Belgrano. Es una de las víctimas del juicio que comenzará mañana en Córdoba.

“El encargado de la morgue del Córdoba, ante la desesperación de Román y de su cuñado, los dejó ingresar para ver si encontraban a Claudio.

El espectáculo era horroroso. Fue un golpe muy duro para el papá y el tío de Claudio. No estaban preparados para semejante espanto.

Los cadáveres amontonados como si fueran bolsas de basura sobre camillas improvisadas. La mayoría, muy jóvenes; se veían los cabellos largos de algunas chicas. Había cuerpos hasta en el suelo, en posiciones forzadas que demostraban que no habían sido tocados luego de que fueran tirados como desperdicios en la sala fría, lúgubre, oscura.

El papá de Claudio caminaba despacio, detrás de su cuñado. Cuando se chocaron con esas imágenes, creyeron que eran tragados por otro mundo.

Román se descompuso, quedó tirado en el piso, inerme, desolado, con las manos tapándose la cara. El encargado de la morgue, a pesar de los riesgos que corría, se interesó en ayudarlos para encontrar a Claudio.

–Es probable que esté acá. Pero con todos los milicos que hay no voy a poder hacer mucho.

–Por favor, llevamos horas buscando a mi sobrino.

–Hay una lista y me parece que por las características que usted describe puede ser el 817.

–¿Usted sabe dónde trabajo?

–Sí, me dijeron que sos de La Voz del Interior.

Forastelli pensó que si se sabía que era personal de un medio de prensa tendría las puertas abiertas.

Nunca imaginó que la vida lo enfrentaría de esa manera con la muerte. A medida que avanzaba por la fría sala, iba observando los cuerpos desnudos con agujeros de bala y marcas de tortura.

Primero, le mostraron un joven que tendría unos 23 años, era ingeniero, tenía la chapita número 817.

–No, ese no es mi sobrino. Claudio es más rubio, grandote...

El encargado llamó a otros dos empleados para consultarles.

En mi vida he visto esto, ni en películas. Ocho, diez cuerpos, apilados en forma de pirámide... ¿Puede ser que estés entre ellos? Eras como mi hijo, Claudio. ¡Cómo puede ser! Esto es un infierno, falta el diablo. No, no, el diablo está. Está allá, en el Tercer Cuerpo.

En la desesperación por encontrar a Claudio, su tío ayudaba a los empleados a correr los cadáveres apilados.

–Creo que es éste.

–Si es éste, se han equivocado al colocarle la chapita. Sacale la chapita al ingeniero y ponele el número que le corresponde. Román es el 817. Siendo el encargado, me estoy arriesgando, aquí me pueden hacer boleta a mí también.

Forastelli necesitó llamar a su cuñado; creía que era Claudio pero con las horribles marcas de tortura que prácticamente lo habían destrozado le costaba reconocerlo.

Tenía un lunar en la pierna y esa fue la señal inequívoca de que era él. Apenas 16 años. Cómo puede ser, Claudio, que hayas terminado así. Cómo habrás sufrido.

Tenía el cuerpo con quemaduras de picana eléctrica. Agujeros de balas en el vientre. En la cara, golpes. ¿Qué te han hecho, Claudio querido? Apenas 16 años.

Cuando el papá se acercó para reconocerlo, empalideció y sintió que se desmayaría. Su hijo mayor, aquel del primer día de clase con guardapolvo blanco; el de la foto con cara sonriente, con un cuaderno abierto y un lápiz en la mano, mirando a la cámara sonriente; aquel pequeño de flequillo sobre la frente con toda la vida por delante. Vas a ver, papá, que conseguiremos que todos puedan trabajar, estudiar, comer y vivir con dignidad. ¡Lo vamos a lograr, viejo! El sueño de un mundo nuevo, distinto, destrozado, tanto como el cuerpo de ese hijo que había sido la esperanza, la alegría y que ahora se lo tenía que llevar a velarlo.”


(Del libro "La vida por delante", A.M.)

Ana Mariani  gracias!

domingo, 14 de mayo de 2023

MEMORIA

 


A mi amiga Mónica que no olvida… 

(a su hermanito Mario)

MEMORIA 

En el camposanto de un pueblo olvidado

yacen enterrados los cuerpos de dos contrarios.

No se distingue el bando combatiente,

ni el emblema, ni la bandera.

En una sola fosa común 

las partes desmembradas

forman una eterna unión.

Sobre la loza blanca recién pintada 

señalada está la última fecha,

la inscripción advierte 

la presencia de dos restos sin nombre. 

Una mujer reemplaza las flores marchitas, 

entre susurros, le reza a los sin nombre.

Llora mientras acaricia tiernamente la cruz pintada de negro,

llora a los olvidados que yacen enterrados;

llora en memoria de su hijo Agustín;

el desaparecido. 

Jairo Roman

13/05/2023

jueves, 3 de febrero de 2022

HERMANO

 Las ventanillas traseras. MÓNICA BARDI

 Creo que era cerca del mediodía... no me acuerdo. Y ya no queda nadie a quien preguntarle: todos murieron, menos mi sobrina Selva, que era un bebé en aquel momento y yo. Se fueron en un taxi hasta el aeropuerto. Las 3 caritas nos miraban desde las ventanillas de atrás. Saludábamos agitando las manos sin demasiada convicción: era triste la situación. La hija de mi hermano Mario y de su mujer, Claudia, era una pequeña con nombre salvaje, Selva María y habían venido los tres a pasar unas vacaciones a mi casa de Villa La Angostura, en la provincia del Neuquén. Allí, en ese paisaje imposible de pinos, montañas y lagos, vivíamos con mi marido e hijos. Pero a los pocos días Selvita enfermó y, a pesar de que había en el pueblo un hospitalito, ellos se sintieron más seguros con la opinión de su pediatra en Buenos Aires y decidieron volverse. Al final solo fue una eruptiva, menos mal. 


Unos meses más tarde, mis padres vinieron a pasar unas vacaciones a ese mismo lugar, a relajarse y disfrutar. Cuando estábamos en lo mejor llegó un telegrama de mi cuñada Claudia, avisando que Mario estaba enfermo y que su vida corría peligro. Ante tal emergencia se fueron volando para Buenos Aires. Poco después supimos que, en realidad, lo habían secuestrado los parapoliciales y se lo habían llevado a la rastra. Estaba con el ambo de guardia (era médico) en la puerta de una clínica y un compañero del colegio que, casualmente, pasaba en un autobús, lo reconoció desde lejos y fue testigo de aquél brutal acto de violencia, como años después testificó.

Recuerdo, como si fuera hoy, las caritas de pena de mis padres en la ventanilla de atrás del taxi que los trasladaba al aeropuerto. Muchísimos años pasaron y, más que nunca, cuando uno se acerca a la puerta de salida de la vida, esos recuerdos lacerantes que no se pueden compartir más que con un blog, duelen más que si hubieran ocurrido ayer. 

Dicen que los años atemperan la pena de una pérdida, que el dolor se supera y queda el recuerdo. Pero ¿y si fuera al revés? ¿Y si los años nos abrieran ventanas sensibles que, siendo jóvenes, teníamos obturadas por las prisas, los hijos, el trabajo y las obligaciones? ¿Y si el tiempo nos ha remodelado la forma de mirar? ¿Y si la muerte de jóvenes cercanos nos ha tocado alguna fibra dormida? Todos hemos oído hablar de grandes políticos muy belicistas que se transforman en impulsores de procesos de paz, siendo mayores. Todos hemos visto aumentar la sensibilidad hacia los animales o personas desvalidas con el paso de los años. ¿Y si el verdadero valor de la vida se apreciara en toda su magnitud cuando el periscopio mira desde lejos? 

Recreo involuntariamente las escenas de las ventanillas traseras y un estilete de hielo me atraviesa de lado a lado. No puedo evitar imaginar la escena del secuestro de mi hermano una y otra vez, como si fuera un martillo: oigo gritos, veo patadas, un auto con las puertas abiertas, la voz de mi hermano, aullando: "¡No, no, no, soltame, hijo de puta!" Imagino músculos y tendones, sangre, corazones latiendo enloquecidos, ojos inyectados de odio... ¿para que seguir? Y luego... luego, nada. La nada. Un rato después la gente sigue con su vida tranquilamente. ¿Qué otra cosa pueden hacer?

Reitero la pregunta: ¿Y si muchas otras cosas fueran al revés? ¿Si fuera el Reino del Revés, como cantó María Elena Walsh? Recordemos un fragmento de una canción: "Me dijeron que en el Reino del Revés nadie baila con los pies, que un ladrón es vigilante y otro es juez y que dos y dos son tres". 

Y por fin me doy cuenta: las ventanillas traseras son una mirada al pasado, una mirada distinta, una mirada del revés, "donde nadie baila con los pies".