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miércoles, 11 de octubre de 2023

BUENOS AIRES-MADRID

 

Supongo que un síntoma de envejecimiento (o madurez, para ser más benévolos) es que a una los recuerdos la tomen así, por asalto, cargados de sentimentalidad. Me explico: este vuelo de septiembre de 2023, desde Buenos Aires a Madrid, me ha evocado de manera sorpresiva y perentoria a otro vuelo. Un remoto viaje de un martes 13 de septiembre de 1988, con mis tres pequeños hijos. Siempre septiembre. 

Emigrábamos, lo cual no es un dato menor, o sea, no íbamos de vacaciones. 

Esos pequeñajos de 15, 13 y 11 años de edad jamás habían hecho un viaje tan largo y lleno de incertidumbres. Muchas cosas han pasado desde entonces. Pero volvamos a este particular revival mientras los demás pasajeros duermen sumergidos en sus propias historias. Los tres niños habían sido arrancados de sus rutinas escolares, de su barrio y de sus amigos. Y naturalmente sin consultarles aunque explicaciones hubo muchas. Lo pienso ahora y siento que un estilete me atraviesa el alma. 

Es evidente que las grandes decisiones requieren bajas dosis de escrúpulos y altas dosis de temeridad. Y yo, siendo todavía joven, las tenía. También tenía esa brújula interior para poder concentrar mis energías en un objetivo central y no dispersarme. Si no, no hubiera hecho nada. 

Mi querido país que tanto me había dado parecía una montaña rusa y nunca me gustaron las montañas rusas. El rodrigazo, los desaparecidos, las dictaduras militares, la inflación, el fracaso del plan Austral me habían decepcionado de mi querido país. No era, a todas luces, un amor eterno, de esos del tipo "hasta que la muerte nos separe". Luego vino la hiperinflación, el corralito, etc., pero yo ya estaba fuera. 

El desapego es otro de los requisitos indispensables para poder emprender un viaje sólo de ida. Emigrar no es para todo el mundo. 

Las circunstancias políticas y económicas impulsaron mi decisión. Por eso me sorprende que ahora, año 2023, el recordar a mis niños en aquél avión casi me hace lagrimear de pena. Por ellos, no por mí. A mi me fue muy bien y a ellos... bueno... el desarraigo lo tuvieron que gestionar. Y lo hicieron bien. 

Cuando una envejece la piel se adelgaza y las espinas enseguida la atraviesan: las vivencias propias y ajenas nos tocan hoy con enorme facilidad. Somos más vulnerables.

Ese chico de 15 años con grandes expectativas para su futuro, esa chica de 13 años con el corazón roto al tener que dejar a su primer amor y ese chico de 11 años que no alcanzaba a imaginar lo que era un viaje solo de ida por mucho que se le explicara, dormían a pata suelta en un bello y rojo amanecer español, ocupando varios asientos de un avión medio vacío.  Y yo estoy ahora acá, en otro vuelo,  recordándolos nítidamente, 40 años más tarde. Estamos los cuatro en una máquina del tiempo agridulce, esperanzada y arriesgada. 

El que emigra jamás deja de preguntarse como hubieran sido sus vivencias si se hubiera quedado en su país de origen.  Pregunta que, naturalmente, no tiene respuesta. Si ya es insondable para un adulto pasa a la categoría de misterio absoluto para 3 adolescentes que ahora ya son adultos y llevan su vida actual lo mejor que pueden, como todo el mundo.

Pero entonces, si al final todo salió relativamente bien, ¿por qué duele tanto? ¿Duele recordar el largo período de adaptación que vino luego? Las marchas y contramarchas para solventar burocracias, sistemas educativos, documentos y situaciones inéditas con un sistema desconocido siempre es complicado. Si habíamos salido de una montaña rusa ahora estábamos en un laberinto. 

 ¿Se suma al dolor de haber dejado las padres atrás, que nunca se animaron a venir? ¿O duele porque en aquél momento a ellos les dolió y ahora, al evocarlo, me pongo en su lugar y me duele a mí? Estas remontadas en tiempo y espacio traen emociones nuevas de lo que fue y de lo que pudo haber sido. Lo pasado se revive en un presente distinto, con otra narrativa. 

Eso. Simplemente duele ahora como no dolió en aquél momento porque los años agigantan la imaginación y profundizan en las experiencias propias y ajenas. Es otro calado: ya se fue la anestesia y la gran paradoja es que ahora a ellos no les duele ese pasado. O eso parece. Son jóvenes y están imbuidos en sus propias luchas con otras alegrías y otros dolores. Todo aparenta caminar a destiempo ¿no?

 Perdonen el tópico pero hay que vivir toda una vida para volver a ser niño, cuando el lienzo está pleno de colores saturados. Luego, esa pintura siempre inacabada va sumando capas y capas de texturas y matices. Es historia. Lo llaman VIDA. 

sábado, 2 de abril de 2022

MALVINAS

 


Datos El diarioAr

Cuarenta años de una guerra, sus combatientes están entre nosotros, también, madres, padres, tíos, los lazos afectivos de aquellos chicos de la guerra que tuvieron el apoyo popular en los días del otoño de 1982, el más triste que mi memoria recuerda, solo superado, probablemente, por el de 1976. Cada uno como pudo, cada uno desde su edad, su conocimiento, su responsabilidad, vivió la guerra y apoyó a los chicos de la guerra, los soldados de Malvinas. Escribo “chicos de la guerra” con total intención,  porque cuando la guerra terminó, ese calificativo sirvió para explicar la derrota poniéndolos a merced no solo de los británicos, sino de sus superiores. No importaba que fueran chicos cuando marcharon a combatir, pero su juventud sirvió para explicar y justificar el fracaso cuando la guerra terminó el 14 de junio de 1982, la consigna era olvidar, apagar la televisión, cambiar de radio, y seguir con nuestras vidas. Pero, cómo olvidar si tenían mi edad.

¿Cómo hace alguien que vivió una guerra para apagar la tele y seguir? En qué caja guarda sus recuerdos, cómo entra y sale de ellos, cuán preparado está un ex combatiente, una madre que perdió un hijo, no hay respeto ni recuerdo suficientes para esas personas cuando la memoria los asalta de manera impiadosa, sin tener en cuenta el paso de los años, cuarenta años de una guerra merecerían el esfuerzo de demostrar que algunas cosas hemos aprendido.

Los objetos de la guerra nos atan al pasado: son la evidencia material de que lo que vivimos no es solo un mal recuerdo. Esa esquirla que alguien logró traer como prisionero, la que pegó en la trinchera. Esas cartas, ya ilegibles, son las que me mantuvieron vivo dijo un amigo. “¿Ven este cuarto?”, podría preguntarnos una mamá “Está tal cual él lo dejó”. 

Otra madre cuenta que guardo en una botella tierra de las islas, cuando volvió años después, no cualquier tierra, no, es tierra que junté del fondo de un embudo de artillería, creyeron que con un objeto traído de las islas estarían más cerca de ellas, recuerda que la primera vez que viajé a las islas, en 2007, cuando aún no había un clima tan distante como en los últimos años, la encargada de la aduana en el aeropuerto, en Mount Pleasant, vio la tierra que nos llevábamos y hasta se permitió un chiste: nos preguntó si pensábamos recuperar las islas así, de a poco.

Y aquí estamos, nosotros los que no fuimos a la guerra, nosotros los que nos entusiasmamos y los que nos entristecimos tan rápido en aquellos días de 1982, y seguimos nuestro camino igual de rápido después. Pero yo no olvido el valor de aquellos chicos convertidos en soldados.

Datos ElDiarioAr.

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MALHERIDA por Martha Valiente.

Hace cuarenta años hacía frío

y el viento barría las calles del centro

Deste lado del fuego, tiritábamos.

En las esquinas nos abrazaba el miedo. 

Yo tenía una hija en una cuna 

y un televisor en blanco y negro.

que me mintió con sus voces marciales,

su amenaza, su alcohol y su violencia. 

Hace cuarenta años desperté en una guerra

en la locura colectiva de una plaza rosada.

Yo tenía una máquina de escribir moderna, un escritorio y un título de secretaria

pero de pronto fui recluta, así tan lejos

fui herida de bala y esa sangre de todos

se derramó invisible en las veredas.

Tenía también un Citroën de color naranja

repleto de galletas, de lata y de frazadas.

A veces me gustó el triunfalismo,

la ingenuidad de las colectas mentirosas

la declaración del gran espíritu argentino

en la batalla. 

Hace cuarenta años por veinticuatro horas

llegué a creer que éramos capaces de todo, 

que no nos costaría la vida, la penuria,

el olvido de tantos y tantos. 

Desde el piso quince de una torre en el bajo, 

auscultábamos el cielo y el río, 

imaginando submarinos en el puerto

en espera de aviones enemigos. 

De trajecisto sastre y tacos altos

anduve alucinada por la city porteña

entre miles de extraños de corbata

adornados con escarapelas.

Las noticias del mundo se llenaron de enojo,

el imperio otra vez se encargó de convencer al mundo

con su larga uña que señalaba al sur

Qué solos nos quedamos entonces

sometidos a la fiebre contagiosa de 

un borracho y sus compinches.

Hace cuarenta años hubo una guerra

que se me hizo quiste en la memoria.

Y me llené de por qués que todavía andan sueltos

o en anónimas celdas por los manicomios. 

No, no se terminó la guerra

la vieja herida sigue ahí, todavía tiembla. 


martes, 8 de marzo de 2022

SÍMBOLOS

 MÓNICA BARDI

Vendió para pagar viejas deudas. Muchas eran culpas del pasado. Todos llevamos algo a cuestas. Pagó y se dió cuenta que eso le aportó cierta impalpable tranquilidad interior como si una tímida paz se asomara desde algún lugar oscuro. Por eso, cuando fue interpelado por AQUEL que siempre tocaba el apropiado botón emocional que le hacía daño, notó algo distinto, algo nuevo. En un primer momento, no pudo definirlo, no pudo ponerle nombre, era como una serenidad inquebrantable. Los ataques verbales de AQUEL salían de su boca pero, asombrosamente, no llegaban a destino. Las apuñalantes palabras, esas terribles y dolorosas palabras, perfectamente entendidas desde lo racional, llegaban vacías de contenido, habían perdido su filo, sus puntas y su quemazón. Profundamente asombrado, constataba, con el paso de los minutos de la conversación, que era como si un parapeto transparente lo aislara del poder hiriente de AQUEL que lo quería herir. Ese noble cristal actuaba de cortocircuito y lo iracundo se derretía en el camino. ¿Como se habría obrado aquel milagro? ¿Era posible que con plata se hubiera saldado esa deuda que solo existía en su imaginación? ¿Tanto poder tenía ese papel impreso en su subjetividad? "Para que después resten importancia a la fuerza simbólica del dinero" pensó más tarde, rebobinando el diálogo con placer. Y una leve sonrisa curvó su boca. Había ganado la guerra, llevada y traída en tantas batallas a lo largo de muchos años: YA NO PODÍA HACERLE DAÑO. 
                            Mónica Bardi. 

jueves, 3 de febrero de 2022

HERMANO

 Las ventanillas traseras. MÓNICA BARDI

 Creo que era cerca del mediodía... no me acuerdo. Y ya no queda nadie a quien preguntarle: todos murieron, menos mi sobrina Selva, que era un bebé en aquel momento y yo. Se fueron en un taxi hasta el aeropuerto. Las 3 caritas nos miraban desde las ventanillas de atrás. Saludábamos agitando las manos sin demasiada convicción: era triste la situación. La hija de mi hermano Mario y de su mujer, Claudia, era una pequeña con nombre salvaje, Selva María y habían venido los tres a pasar unas vacaciones a mi casa de Villa La Angostura, en la provincia del Neuquén. Allí, en ese paisaje imposible de pinos, montañas y lagos, vivíamos con mi marido e hijos. Pero a los pocos días Selvita enfermó y, a pesar de que había en el pueblo un hospitalito, ellos se sintieron más seguros con la opinión de su pediatra en Buenos Aires y decidieron volverse. Al final solo fue una eruptiva, menos mal. 


Unos meses más tarde, mis padres vinieron a pasar unas vacaciones a ese mismo lugar, a relajarse y disfrutar. Cuando estábamos en lo mejor llegó un telegrama de mi cuñada Claudia, avisando que Mario estaba enfermo y que su vida corría peligro. Ante tal emergencia se fueron volando para Buenos Aires. Poco después supimos que, en realidad, lo habían secuestrado los parapoliciales y se lo habían llevado a la rastra. Estaba con el ambo de guardia (era médico) en la puerta de una clínica y un compañero del colegio que, casualmente, pasaba en un autobús, lo reconoció desde lejos y fue testigo de aquél brutal acto de violencia, como años después testificó.

Recuerdo, como si fuera hoy, las caritas de pena de mis padres en la ventanilla de atrás del taxi que los trasladaba al aeropuerto. Muchísimos años pasaron y, más que nunca, cuando uno se acerca a la puerta de salida de la vida, esos recuerdos lacerantes que no se pueden compartir más que con un blog, duelen más que si hubieran ocurrido ayer. 

Dicen que los años atemperan la pena de una pérdida, que el dolor se supera y queda el recuerdo. Pero ¿y si fuera al revés? ¿Y si los años nos abrieran ventanas sensibles que, siendo jóvenes, teníamos obturadas por las prisas, los hijos, el trabajo y las obligaciones? ¿Y si el tiempo nos ha remodelado la forma de mirar? ¿Y si la muerte de jóvenes cercanos nos ha tocado alguna fibra dormida? Todos hemos oído hablar de grandes políticos muy belicistas que se transforman en impulsores de procesos de paz, siendo mayores. Todos hemos visto aumentar la sensibilidad hacia los animales o personas desvalidas con el paso de los años. ¿Y si el verdadero valor de la vida se apreciara en toda su magnitud cuando el periscopio mira desde lejos? 

Recreo involuntariamente las escenas de las ventanillas traseras y un estilete de hielo me atraviesa de lado a lado. No puedo evitar imaginar la escena del secuestro de mi hermano una y otra vez, como si fuera un martillo: oigo gritos, veo patadas, un auto con las puertas abiertas, la voz de mi hermano, aullando: "¡No, no, no, soltame, hijo de puta!" Imagino músculos y tendones, sangre, corazones latiendo enloquecidos, ojos inyectados de odio... ¿para que seguir? Y luego... luego, nada. La nada. Un rato después la gente sigue con su vida tranquilamente. ¿Qué otra cosa pueden hacer?

Reitero la pregunta: ¿Y si muchas otras cosas fueran al revés? ¿Si fuera el Reino del Revés, como cantó María Elena Walsh? Recordemos un fragmento de una canción: "Me dijeron que en el Reino del Revés nadie baila con los pies, que un ladrón es vigilante y otro es juez y que dos y dos son tres". 

Y por fin me doy cuenta: las ventanillas traseras son una mirada al pasado, una mirada distinta, una mirada del revés, "donde nadie baila con los pies". 

domingo, 25 de junio de 2017

ADÈLE

Anoche ví una película que me impactó, me hipnotizó y todavía, casi un día más tarde, no logro borrarme las imágenes de la carita de la protagonista. Sus expresiones, sus miradas sugerentes, su vacilar casi adolescente, su inseguridad y sus semi-sonrisas. Es francesa, se llama ADÈLE ECHARCHOPOULOS y la película es "LA VIDA DE ADÈLE", con dirección de ABDELLATIF KECHICHE.
No me voy a extender mucho en su argumento, ni tampoco en sus largas escenas de sexo homosexual explícito, que a mí me vienen de perlas para ir a hacer pipí o hacerme un Colacao porque no hay manera de que me interesen, por muy buenas que sean.
 Lo que me dejó patidifusa fué la evolución de la historia de amor hasta llegar al desamor....los omnipresentes primeros planos de esta jovencita que me atrapó empáticamente a un punto desconocido para mí. Llegué a compadecerla, a sufrir a su lado como una desgraciada, a sentir ese desconsuelo infinito, ese duelo, que, como dice ROSA MONTERO, es un lugar al que nadie puede llegar para acompañar a nadie, un agujero negro de dolor del cuál nadie sabe como salir, hasta que ha salido...o no. Y no hay nada de exagerado o de histérico en la película...es un dolor pleno de lágrimas discretas, de silencios, de miradas a la nada, de esfuerzos por continuar con una vida normal.
Esa criatura que vive su primer amor con pasión, hasta el fondo y que se ha entregado íntegramente, como sólo se ama, quizás, a esa edad. Sin cálculo, tratando de agradar a los amigos de su amada de todas las formas posibles y sintiéndose en inferioridad de condiciones intelectuales con respecto a los demás. Todo eso lo transmite a la pantalla de una forma magistral. No sé si yo me estoy volviendo más vulnerable con los años al dolor ajeno o las actrices cada vez son mejores. EXCEPCIONAL.
Una película para recomendar.