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domingo, 26 de junio de 2022

FAMILIAS QUE SE VAN PERDIENDO

 

Algo actúa de disparador (¿una foto?) y afloran los recuerdos: un joven, muy joven durmiendo la siesta en un sofá al lado de un señor mayor, durmiendo la siesta en otro sofá. La tele está encendida pero con el volumen bajo. Una mirada de cariño los merodea desde la cocina. Es la mujer del señor mayor; que ya terminó de lavar los platos y sonríe al verlos tan relajados. Nunca había tenido hijo varón, sólo hijas. Ese joven es el novio de una de sus hijas. Afuera se oyen lejanos pájaros piando sin cesar. Y a pesar de que están en una pequeña capital de provincias normalmente festiva, no es muy ruidosa a la hora de la siesta. Aplastante y con el implacable sol andaluz. Había cariño en el ambiente. Armonía. Había esperanza. 

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Ella estaba embarazada. Son muy jóvenes y no tienen trabajo ni dinero. Pero tienen familia de los dos lados. Y una de esas familias les dejó una vivienda en una ciudad cercana y la otra familia le dió a ella un trabajo. Luego el terminó los estudios y también consiguió un trabajo. Así que al final, cuando nació el niño, pudieron mudarse cerca de la madre de ella para que se quedara con el bebé mientras ellos trabajaban. Había cariño en el ambiente. Armonía. Había esperanza. Sin embargo, un hecho luctuoso fue como un anticipo de lo que vendría: murió el hombre mayor que años antes dormitaba en el sofá con un sufrimiento que podía haberse evitado. 

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Trabajo, techo, necesidades básicas: jamás faltaron. Siempre de algún lado salió la solución. Mejor o peor, pero solución, con buena voluntad, con la preocupación de que eso se resuelva y además, en familia. O con amigos y muchas veces, para amigos. Algunos que luego traicionaron esa mano tendida. Si alguna estaba estudiando y necesitaba faltar al trabajo, se comprendía. Si alguna tenía al hijo con fiebre y necesitaba faltar al trabajo, se comprendía. Había solidaridad. Si alguna quería dejar el trabajo, se la indemnizaba o se llegaba a un acuerdo. Si alguna quería hacer una experiencia en el extranjero, se aceptaba. Eran jóvenes. Porque siempre se partía del antiguo proverbio: "lo que siembres, cosecharás". Había tolerancia. Había ilusión. 

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Como en todos los grupos humanos, hubo errores, broncas, discusiones y malentendidos. Alejamientos y cosas que dañaron. Problemas de dinero, pequeños egoísmos y susurros que animaban al rencor y no al perdón. Como en todas las familias. Pero siempre se trataba de rescatar, de sumar y no de restar, con el optimismo por delante e intentando dar ejemplo y quitando hierro. Siempre se trataba de que en la balanza pesara más lo favorable, lo bueno para la pequeña tribu; que las tendencias negativas, las que siembran discordia y desconfianza, pesaran menos. Pero no era fácil. Construir es largo y laborioso y exige un esfuerzo de la voluntad, pero de la buena. En cambio, destruir es rápido, es dejarse llevar y, muchas veces, es irreversible. Pero eso todavía no lo sabían. 

Los años pasaban. Las circunstancias iban evolucionando con sus más y sus menos. Ajenos e inmersos como estaban en sus propios problemas no vieron venir la ola de individualismo, intolerancia y el fomento del odio que iba inundando la sociedad en la que vivían.  La religión en la que habían crecido, aunque no fueran practicantes, predicaba el perdón y exaltaba la familia pero la fuerza del rencor y la descalificación que campaban a sus anchas en las novedades tecnológicas podían más, mucho más. El dios era el dinero. Las desigualdades iban siendo mayores que nunca, millones de personas se iban empobreciendo y eran privadas de un papel en la sociedad. Hasta las luciérnagas iban desapareciendo del entorno, como metáfora del peligro de la sociedad de consumo. Algo de lo humano se estaba perdiendo. (Pier Paolo Pasolini). Era difícil predecir que muchos jóvenes estaban siendo devorados por el tsunami de intolerancia. Ella siempre se  acordaba de aquél que había intentado recuperar a su familia y decía: "esto de la familia es como una estatuilla de marfil. Se rompe, te da pena y la pegas, pero ya nunca volverá a ser lo mismo".

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Al final, él y ella, ya mayores y en esa nueva pareja que habían formado; que tanto habían luchado en sus respectivas familias, que tanto habían compartido, tantos cumpleaños, tantas tardes de playa, de juegos y de viajes, tantas alegrías y tristezas, de todo eso sólo quedaban las fotos como testigos descoloridos de un pasado cariñoso. A pesar de sus divorcios y sus inestabilidades, creían que algo había todavía, en el bote salvavidas. 

Se miraron y se preguntaron: ¿para qué tanto sembrar? Y repitieron al unísono ¿para qué?, sin entender cabalmente esas rupturas, esa indiferencia, esos alejamientos con algunos de sus hijos y nietos que parecían definitivos. Y ello dejaba paso a la siguiente pregunta: ¿por qué? ¿Tan mal lo habían hecho? El rencor que ennegrecía las almas de sus hijos, de ellos dos no lo habían aprendido, de eso estaban segurísimos. Pero las respuestas a tan poliédricas cuestiones nunca alcanzan, siempre son provisionales y quién sabe que parte de aciertos tienen. Es una lotería. Es inútil. 

Él, después de mucho pensar, dijo que le quedaba la satisfacción de todo lo bueno que era plenamente consciente de haber hecho, de haber disfrutado una niñez maravillosa con sus hijos, así como él había tenido una niñez maravillosa con sus padres. Aunque ahora no viera a sus nietos. Que ya ni los conocería si los viera por la calle. 

Ella siguió pensando pero no lograba encontrar nada que la conformara. Su niñez no había sido tan maravillosa y la de sus hijos, tampoco. Pero admitamos que tampoco fue tan trágica, salvo la desaparición de su hermano a manos de la dictadura militar. El desarraigo de su familia, cuando ella decidió emigrar a otro país, en plena adolescencia de los hijos había exigido de todos un esfuerzo extra de energías y adaptación, que, en lugar de unirlos, los había ido alejando aunque vivieran bajo el mismo techo. 

Le parecía imposible que el rencor y la neurosis le hubieran ganado la partida. Le parecía imposible que ellos no entendieran que "la unión hace la fuerza" y que en tiempos difíciles, la cercanía de la familia puede actuar como una malla de protección y que si no, "se los comen las de afuera". Todavía no conocíamos la expresión "violencia vicaria", que significa que uno de los componentes de una pareja predispone a los hijos contra el otro. Veneno.  

Cuando hay tantas incógnitas no está de más repasar a los filósofos. Y el que escribió mucho sobre la ira y otros sentimientos que envenenan la vida de la gente, fue Séneca (Córdoba, 4 a.C. - 65 d.C.), un filósofo estoico que, dirigiéndose a su hermano menor, escribió un largo tratado en el cual afirmaba que tal sentimiento hace más daño al que lo experimenta que al destinatario. Como un ácido, que corroe al recipiente antes de que llegue al lugar donde se vierte. 

Séneca sufrió muchísimo en su vida con su mala salud y su asma y dijo que no se suicidaba para no darle un disgusto a su padre. Vivió en pleno auge del imperio romano y fue tutor de Nerón, al que intentó enseñarle el autocontrol de sus emociones. Obviamente, sin éxito ya que los desbordes de crueldad de Nerón han perdurado a través de los siglos. 

Finalmente Séneca, sus dos hermanos y un sobrino se suicidaron antes de caer en las garras de Nerón, que los había condenado a muerte, cuando las movidas políticas se pusieron en su contra.

       Pintura de Manuel Domínguez Sánchez (1840-1906): Muerte de Séneca. 

Ella pensó que si Séneca, con todo el intelecto a su favor, terminó así, era hora de ir aceptando y digiriendo los hechos,  ya que no podía cambiarlos. Sin tantas fatigas y dejar el tema atrás. Bien atrás. Aprender de la madres de Plaza de Mayo y superar el victimismo. 

Después de todo algunos trozos del naufragio habían logrado ser rescatados y como la esperanza es lo último que se pierde...pues eso.





jueves, 16 de septiembre de 2021

LEY DE EXTRANJERÍA

CUENTO CORTO DE MÓNICA BARDI

CAPÍTULO I

"¡No te podés casar con ella!"casi gritó el abogado por teléfono a Ulises. 

Pero empecemos por el principio. Esta narración merece paladearse desde el vamos...más cronológica, para que la gente entienda de qué se trata.

Nuestro héroe, Ulises, había emigrado desde una república bananera a una magna, noble y antigua monarquía. Imaginen: abrumadoras diferencias entre una y otra. En la magna, tráfico de influencias; en la otra, tráfico a secas. Y no había emigrado solo. ¡No! Lo hizo con varios hijos (un número indeterminado) y un futuro yerno. Todos entraron como turistas pero con la oculta idea de quedarse a vivir. Oculta para las autoridades, obvio. Ellos se trajeron hasta el colchón. No eran unos irresponsables, para nada. Todos se apoyaban en Ulises, que tenía convalidado el título de especialista en tuercas y tornillos y de su trabajo irían saliendo adelante en la vida. 


De a poco se fueron instalando, una pequeña empresa le dió trabajo a Ulises (en negro, claro, porque no tenía permiso de trabajo y residencia) que ejercía con un mote porque el nombre del héroe de la Odisea era demasiado cantoso. Como eran tercermundistas no les importaban las incomodidades ni los muebles viejos de un departamentito a donde fueron a vivir, en las afueras de una ciudad a orillas del Mediterráneo, prestado por una amiga de los dueños de la pequeña empresa. 

Presentados todos los documentos  pertinentes a extranjería para obtener la tan ansiada legalidad, esperaron la respuesta de las autoridades. 

CAPÍTULO II

Unos meses más tarde y sin novedades a la vista, a Ulises lo llamaron de la policía. Con muy buen olfato pensó que aquéllo olía mal. Para exorcizar el asunto, se compró una planta de albahaca en una macetita coqueta y con sus mejores pilchas, se presentó en la cana. 

"Pero, doctor", se explayó el uniformado, "usted está expulsado". Ulises miró a la albahaca y respondió entre suspiro y suspiro: "Ehhhh... perdone, agente, ¿no está fulano de tal?" 

"No, está de baja por enfermedad". 

El fulano de tal era el amiguete que iba pasando su expediente del primer al último lugar, así, eternamente, en el fondo del cajón. Porque el tráfico de influencias al final existía en esta magna, noble y antigua monarquía. "Con lo fácil que es coimear a un funcionario... acá se complican mucho la vida" pensó Ulises, pero no dijo nada. 

Viéndose acorralado, preguntó: "Ya que estoy expulsado y me tengo que ir ¿Ustedes me van a pagar el pasaje, a mí y a mis hijos?". "Imposible" dijo el otro, "si le tuviéramos que pagar el pasaje a todos los inmigrantes indocumentados, imagínese..."

"Pero es que no tengo dinero para tan caro y largo viaje y de tantas personas". 

"Pero se tiene que ir...no sé cómo...está expulsado, ¿entiende?"- ahora el acorralado parecía el uniformado, no pudiendo dar una respuesta lógica a semejante encerrona burocrática. "Está expulsado", repitió como un robot. "Es que...al estar expulsado no podrá alquilar una vivienda".

"Pero si ya alquilé, ahí vivo", mintió, porque en realidad era prestada. 

"Pero... pero... no podrá abrir una cuenta bancaria" 

"Ya tengo cuenta bancaria. La saqué con el pasaporte" está vez no mintió el doctor. La tenía. 

"No podrá tener un coche". apostilló el otro. 

"Pero si ya tengo. Un Simca 1000 y ya hicimos la transferencia. Con mi pasaporte".

 El poli ya no sabía que decir ante la farragosa e insólita situación y pensaba: "estos inmigrantes se saltan todo lo establecido". 

Ulises se crecía al ver al policía cada vez más confundido, en aquel laberinto sin salida: "Le entiendo, pero piense, agente, por un momento, sólo imagine que no puedo dejar a un número indeterminado de hijos y a un futuro yerno, todos menores de edad, sin mi amparo e irme solo, que sería lo más barato"

"No, por Dios, cómo va a hacer eso... son tantos niños...en fin...pero se tiene que ir, usted y los niños..., la orden de expulsión aquí queda... " musitó el policía con un hilillo de voz y puso el expediente al final del cajón, de donde nunca lo debía haber sacado. "A propósito, doctor, resulta que tengo un problema en una tuerca y me estaba preguntando si me podría echar un cable... usted sabe mucho de eso, ¿no?"  

"Faltaría más, aquí me tiene, a su disposición", sonrió Ulises, desbordando simpatía y coleguismo. Había conseguido un nuevo amigo, gracias a la plantita de albahaca y su perfume arrollador. El amor siempre prevalece.

CAPÍTULO III

Pero claro, el pobre inmigrante indocumentado sabía que aquéllo era una salida temporal y el huracán volvería a soplar, de modo que acudió a sus incondicionales jefes de la pequeña empresa para pedirles ayuda. Ellos, tan desesperados como él, ya habían presentado la solicitud a las autoridades tres veces y las tres veces se la habían rebotado con el argumento de que la empresa tenía un capital social muy bajo y no podría mantener a un extranjero. 

¿Qué hacer? La legalidad había cerrado sus puertas... Volver "con la frente marchita", nunca. Las noticias de la república eran terriblemente desalentadoras. Una hiperinflación, la gente desesperada. El padre de Ulises lo llamó por teléfono para pedirle expresamente que no volvieran, que hiciera lo que fuera necesario para quedarse en el viejo continente. "¿Ven, ven, cómo nos empujan a la ilegalidad, negándonos la posibilidad de hacerlo normalmente?" se justificaba a sí mismo Ulises. "Allá el caos y acá tantas leyes y ni uno ni otro resuelven nada. Si hasta me pondría a pagar impuestos voluntariamente, no me olvidaría nunca de ponerme el cinturón de seguridad en el coche y qué sé yo cuántas cosas más, si me aceptaran por fin tanto papeleo y me dieran los dichosos permisos". 

CAPÍTULO IV

Mi padre está preocupado: se emborracha a veces por eso. Y sumerge sus penas entre las tetas de la vecina, que es a quien tiene más a mano. El pobre. Es que no consigue los papeles. Menos mal que trabajo no le falta y dinero tampoco. Por eso se va de juerga. El pobre. Mis innumerables hermanos y yo ya pudimos entrar al colegio. Allí somos como unos bichos raros: es la barrera del idioma. Pero ya aprenderemos. Lo que más nos gusta a todos es la increíble libertad que tenemos acá: no hay peligros y si nos asustamos por lo que sea, la policía nos ayuda. Como cuando me rescataron de un despeñadero al borde del mar, al cual fuimos con otros chicos que conocí en el instituto, y yo no podía ni subir ni bajar de esa infame roca. Mi hermanita quiere volver a la República pero mi padre dice que ya no podemos volver atrás porque "quemamos las naves". Querrá decir que no podemos volver por falta de medios de transporte y porque allá no tenemos donde caernos muertos. Pero si cuando vivíamos allá mi padre laburaba como un animal y luego no podía pagar el teléfono. Todo se lo comía la inflación. Aunque hemos de admitir que el nunca fue un as de la administración. Yo no sé qué hace con la plata. El pobre. No querría estar en su pellejo. ¡Y mi madre!, que se fugó con un tío Patilludo con  mucha pasta y nos dejó tirados a todos: marido e hijos. 

Decía que la teníamos podrida pero que, a pesar de las apariencias, nos quería... yo creo que en el fondo, muy en el fondo, claro que nos quiere (a su manera), y nos prometió que nos mandaría muchas postales de sus viajes con el tío Patilludo. Yo le creo. La pobre, ya era hora de que fuera feliz. Lo peor es que mi padre se quería ir con ellos dos, si, así como lo oyen, ¡con ellos dos!, lo cual nos dejaba a nosotros con el culo al aire. Menos mal que lo convencimos de que era ilegal abandonar un número indeterminado de hijos menores de edad, que iba a terminar en la cárcel y al final se quedó. La ventaja de todo este quilombo es que los dos, en el fondo, muy, muy en el fondo, nos quieren. Entonces se sienten culpables y nosotros sacamos flor de rentabilidad de la situación. Eso lo sabemos todos los hijos de divorciados, aunque mis padres sólo están separados, no divorciados, porque en el fondo, muy, muy en el fondo, se quieren y seguro que van a envejecer juntos porque el amor siempre prevalece. 

CAPÍTULO V

"Tengo la solución", afirmó con aires de triunfo el dueño de la pequeña empresa. "Te casas con una de acá y obtienes los papeles...y luego te divorcias, ¿qué te parece la idea?"

"Fenomenal, una boda trucha...si no hay más remedio... pero ¿con quién?" contestó Ulises con su habitual falta de escrúpulos. 

"Yo tengo una tía, la tonta de la familia. Tú sabes que en todas las familias hay una persona medio retrasada, la pobre, es solterona, ya bastante vieja y por una cantidad de plata conveniente, se casaría".

"¡Ah, menos mal que era tonta! ¿Y cuánto?"

"Tanto...pero lo puedes pagar en cuotas"

"Bueno... en cuotas...bien. A ver, no me queda otra. ¿Cuándo empezamos?"

Faltaba un detalle: sería bígamo porque no estaba divorciado pero hete aquí que en un antiguo documento de identidad figuraba con su nombre de soltero, pero... pero...en la última hoja del documento de marras constaba el casamiento. Aunque, mirándolo bien, las hojas no estaban numeradas y, aunque lo estuvieran, era la última. Así que, con extrema delicadeza, arrancó esa hoja antipática y se presentó como soltero. ¡Y coló! ¡Las cosas que hay que hacer en esta vida de sainete! "Era tan fácil coimear a cualquiera allá, ¿por qué se complican tanto? En fin, esto es lo que hay y yo quiero la estabilidad de un país no corrupto aunque para ello me tenga que corromper". Y todo contento se lo fue a contar a su abogado quien, con un instinto infalible, le pidió los datos de la novia para averiguar. Por algo era defensor de estafadores y narcos. 

CAPÍTULO VI 

Mi padre dice que se va a casar para obtener los papeles, cavilaba la jovencita, si hasta  con el cónsul de mi país lo consultó. Y a él le pareció un plan infalible. Pero yo, en cuanto pueda, me vuelvo, me importan un pito los papeles. Extraño a mis amigas, a mi colegio, al barrio. Y a mi noviecito. Cada vez que hablo por teléfono con él, terminamos los dos llorando. 

Y cuando le digo a mi papá que me quiero volver me sale con el consabido "quemamos las naves". Que cuando tenga 18 años haga lo que quiera, pero ahora, imposible volver. En cambio, mi hermana mayor fue más lista: se trajo al novio con nosotros. Mi papá aceptó con la condición de que ella se pusiera un DIU, para no quedarse embarazada, lógico. Y a cambio de un dinero de los padres del novio: como una dote. Digamos que lo vendieron al chaval, pero en vez de cobrar, pagaron, y al mejor postor: mi papá. Así se deshacían del joven, que un poco ya estaba dando problemas con la autoridad; a un paso de la cárcel, por trapicheo, cosas de la adolescencia. 

Mi papá se embolsaba de esta forma algo retorcida, una pasta gansa. Pero bueno, mi hermana y él están felices y eso es lo que importa. Todo el mundo salió beneficiado. Igual somos muchas bocas que alimentar y mi padre no es rico. A veces lo parece, porque nos da mucho dinero pero es que todavía no maneja bien la moneda local y nosotros aprovechamos esa circunstancia para comprarnos de todo. Pero en cuanto pueda, me vuelvo. Me voy a la casa de mis abuelos y aquí, al rey y a toda su parentela que les den. Somos tan distintos, extraño tanto y encima no les entiendo nada cuando hablan. Yo me vuelvo con mi noviecito: al final, el amor siempre prevalece. 

CAPITULO VII

"¡No te podés casar con ella!" vociferó desesperado el abogado a Ulises. "No nació acá y eso figura en su partida de nacimiento, indispensable para que se casen. Te vas a casar con una costarricense"

"Pero eso no puede ser... yo mismo vi su DNI y su pasaporte y son de acá" respondió incrédulo el pobre hombre, al ver que la solución de su vida se le escapaba como un pedo en una canasta...

"Pero lo que cuenta es la partida y cuando él nació vivían en Costa Rica y allí lo incluyeron en la cartilla de racionamiento, que era el documento de la época. ¿Me crees, no? No vayas a meter la pata."

"Hombre, me cuesta, me jode, me decepciona...pero te creo, tú de esto sabes mucho... ¿Y ahora, qué hago, dios mío?".

"Ni idea. ¿Buscar otra novia?"

CAPITULO VIII

Ya sé que yo soy el menor de un número indeterminado de hijos pero tarado no soy y me doy cuenta que mi padre anda buscando novia para casarse, aunque casado ya está. Pero eso no importa porque no se casa de verdad: es sólo para obtener los papeles. Es cuestión de interpretaciones, dice mi hermano que dice Nietzsche, que no sé quién es porque no sale en televisión. Yo, la verdad, es que me encuentro muy a gusto en este país. Los chicos vecinos enseguida se me acercaron y poco tiempo después casi les entendía lo que hablaban, aunque cuándo les pregunté cuánto había acá de inflación, me miraron como si fuera un marciano. Lo que más me gusta es mi gato siamés. Duerme conmigo. El colegio, bueno, qué sé yo, muy bien no me va...pero ya mejoraré. Mi padre no me puede ayudar porque él entiende menos que yo. Y eso que es doctor en tuercas y tornillos. Mi hermana mayor y su novio tratan a veces de ayudarme, pero como son tan jóvenes, están siempre en la cama, encerrados en su habitación. Dicen que son las hormonas. Me parece bien, así hacen el amor y no la guerra. Son muy cariñosos conmigo, aunque más lo son entre ellos. Lógico, están enamorados. 

CAPÍTULO IX

Una amiga de un amigo de una amiga de mis jefes de la pequeña empresa es juez. Y entonces alguien le explicó la terrible situación en la que me encontraba y, haciendo uso de su gran poder (si la gente supiera cuánto poder tiene un juez, no podría dormir en paz), "fabricó" una partida de nacimiento de mi "novia" que sirvió para casarnos. Y nos casamos porque yo era puntual con mis pagos. Vino bastante gente a mi boda trucha en el ayuntamiento y los primeros invitados fueron mis amigos, los policías de inmigración, que por fin pudieron tirar mi orden de expulsión a la basura y estaban muy contentos de que el farragoso asunto estuviera ya resuelto. 

Cuando conocí a mi "novia" no me pareció fea ni tan vieja pero sin duda tenía un retardo sináptico aumentado. Ustedes dirán qué es eso. Pues es cuando la información pasa de una primera neurona, mediante neurotransmisores, a una segunda neurona. Ese proceso tarda fracciones de segundo y a eso se llama retardo sináptico. Bueno, en el caso de mi "novia" tardaba un poco más. Por eso había que hablarle despacio y darle un lapso prudente a su cerebro para que entendiera y enviara una respuesta adecuada. Eso era bastante cómodo porque uno podía estar leyendo el diario mientras llegaba la contestación. Daba tiempo a todo. De todos modos, nunca convivimos, obvio. 

A mi mujer y a su tío Patilludo, que, por cierto, fueron muy amables al venir a mi boda, les pareció ella muy simpática y enseguida hicieron buenas migas, charlando sin ton ni son. Mientras, yo le sacaba unos mangos al tío Patilludo, explicándole los terribles gastos que me daban tantos chicos. Soltó una suma modesta, pero yo me conformé. Y hablando de chicos, estaban encantados de volver a ver a su madre luego de tanto tiempo. Felices. Y yo, satisfecho porque luego de una agotadora carrera de obstáculos, obtuve por fin los anhelados "papeles", aunque fuera de manera algo heterodoxa, por decirlo suavemente. Alguien que no recuerdo dijo que "el fin justifica los medios". Y creo que tenía razón, porque el fin fue bueno: ahora pago mis impuestos, respeto las normas de tráfico y ya no intento coimear a nadie. Sólo saco alguna ventaja en circunstancias excepcionales, de viejos amigos y conocidos, por ejemplo, los policías. Pero eso, visto con perspectiva, es un pecado venial ¿no les parece?

THE END. 


 







sábado, 4 de septiembre de 2021

TRES NEURÓTICOS Y UN NIÑO RUBIO

 Cuento de Mónica Bardi

                               RAGNAR

Cuando me mandaron a la cárcel por haber trasladado drogas de un lugar para otro, no quise chivatear y como un cabrón me comí un año de prisión. Allí aprendí mucho y de todos los colores. Si uno quiere, es un lugar ideal para estudiar gratis, sobretodo relaciones "inhumanas" o "infrahumanas", según se mire. Pero bueno, admitamos que en estas cárceles de  Noruega, mi país de origen, a uno lo tratan bien, rebién. Los DDHH funcionan. Al salir, el que me había mandado allí, y sintiéndose culpable, me ofreció un radical cambio de vida. ¿Dónde? En Portugal. ¿En Potugal? No sabía el idioma, pero me atraía la aventura. Y allá me lancé con premura, sin pensarlo ni una vez. Después de un año de encierro, volar me seducía, como quién diría. Lo que no podía saber era que en otra cárcel peor iba a caer: la del amor. ¡Por favor!

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                              CATRINA

Cuando conocí a ese rubio noruego, llamado Ragnar, no me confesó que recién salía del talego, entre otras cosas porque no sabía nada de portugués, pero ya se sabe: una se arregla con el inglés. En fin, nos enamoramos y convencí a mi madre para que en su casa nos instaláramos. No teníamos donde ir porque, como después me enteré, el noruego había mandado a paseo al desgraciado que lo mandó al talego. Noruego homeless. "Te lo ruego, mamma, ¿qué hago con el noruego?". Ella, la mamma Efigênia, al principio dudó pero vió algo noble en la mirada del hombre, como de roble. Allí acertó y entonces, aceptó. 

A mí ya me conocía y sabía que de mí nada bueno podía esperar, aunque no tanto como morfina. Por algo me llamaba Catrina. Se equivocaba, por supuesto. En realidad, mi madre siempre se equivoca, es como el juego de la oca. Eso ya lo sabemos, Lemos. Aunque no con el noruego pero porque le tocó el ego. 

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                           EFIGÊNIA

Ragnar me parece un ser transparente, pensó Efigênia, poniéndose los lentes. Por eso los dejo vivir en una casa decente, o sea, la mía, María. (Bueno, decente cuando se puede). Después de todo, ella, mi hija acaba de salir de una relación dañina con ese Viriato del carajo y lo menos que puedo hacer es echarle un gajo tierno, protector y materno. Pobre Catrina, se calló todo lo que pasó para no darme más grima. ¡El tal Viriato es un fulano maltratador, matador! Recuerdo que venía, a veces, y se sentaba en un banco de la plaza, bajo un sol inmisericorde, mirando hacia mi casa decente (Bueno, decente cuando se puede), a ver si reconquistaba a su presa preferida, mi hija Catrina. Pero ya es tarde, cabrón, y no te hagas el remolón. Menos mal que luego de unos días, se cansó y de nuestras vidas para siempre se borró. El Viriato de pelo ralo, ¡bicho malo! Qué mal recuerdo has dejado.

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                      CATRINA

El rubiaco Ragnar, al que más no puedo amar, es muy formalito como todo norueguito, cavilaba Catrina. Para celebrar  nuestro amorío me lo llevé de chiringuito en chiringuito. Esto es el musical Portugal y mucho nos gusta el baile, además del libre aire. Nos emborrachamos con gusto y allí me confesó lo de sus agrios días en Oslo, encerrado con un candado. No me importó demasiado, "pero que no se entere mi madre Efigênia", le dije, porque nos manda a freír pimientos, sin ningún tipo de miramiento... Qué siga la fiesta...¡Ehhhh, momento, carajo!¿Qué hacen esos tarados queriéndome tocar el trasero? Esto se pone fulero. Ragnar se enfurece y contra ellos arremete. Se ensarzan en un pelea desigual, cuatro contra uno, algo mortal. Al vikingo sólo lo para un cadenazo brutal en medio del cabezal. Allí mismo podía haber terminado su vital aventura, qué locura. 

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                              EFIGÊNIA

Y llegaron a mi casa destrozados, asustados,  amoratados. Mi hija llorando y explicando todo entre moco y moco y él, sin habla, ni siquiera noruego, apaleado y casi desmayado. Se les pasó la resaca, con tanta brava maraca. ¡Bienvenido a Portugal, chaval! Con espanto vi como la cadena quedó impresa en los huesos de su cabeza y tuve la inmediata certeza de ir volando al más cercano hospital.  Luego de horas de médicos y radiografías sin fin parecía no haber sido nada grave, menos mal. 

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                             CATRINA

Qué difícil es hacer entender a mi noruego que no estamos en Noruega. Todo lo quiere formal, pero es que aquí estamos en Portugal. ¡Es muy diferente, pariente! Pasamos años complicados. Ragnar montó una ferretería, y muy bien aprendió el idioma; yo seguí con mi litrona. Trabajando con mi madre Efigênia, típica exponente de esa generación llena de genios, que cree que en la vida todo se gana con laburo y más laburo. Al pedo, pedal, porque después la guita por los poros se evapora. ¡Qué frustración mi madre con su mala administración! ¡Y con el rubio del norte pasa igual, maricón! No sabe organizarse.

 El desgaste cotidiano y los años erosionan la pareja, y pese a los ruegos de mi madre, un día decido dejarle. Por algo me llamo Catrina, vecina; estoy cansada de esta maraña y tanta maña para tener hijos. ¡Yo no quiero! ¡Ni que fuéramos niños pijos!

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                            FILIPA

"Creo que me vuelvo a Noruega, colega" contó Ragnar a Joāo, el hermano de Catrina. La crisis económica golpea como las olas, esto va a traer mucha cola. "Mi Catrina me ha abandonado y me ha dejado solo, acá, en el raso prado. Ella no quiere hijos y así de claro lo dijo". 

Pero ¡cuidado, amigo! La vida nos da sorpresas y ésta es una de ésas. Justo ahora que partía, conoció a una guapa piba llamada Filipa, lisboeta nacida y criada, portuguesa hasta las trancas. Cariñosa era la chica, muy maja y muy amorosa... solo que estaba casada. ¡Oh, qué cagada! Hasta tenía una nena, otra brutal faena. "Igual mantenemos un romance que lleva meses para delante" cuenta el vikingo al hermano de Catrina. ¡Ella se queda embarazada, qué pasada, lo que faltaba! Horror, temor, una imprudencia mayor. Y ahora la gran pregunta: ¿quién es el padre, compadre? El le ofrece una vida mejor en la lejana Noruega, pero ella va a lo seguro, con suegra, con marido y con laburo. Viéndose sin futuro, el se larga a Noruega y con un dolor agudo, atraviesa el duro muro de iniciar una nueva vida; mucho de vikingo tiene y por temerario Ragnar se llama. (Igual que vos, hermano Mario Aníbal). 

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                             EFIGÊNIA

Antes de que se volviera a Noruega, me pasé por la ferretería a besar y abrazar a mi ex yerno querido, mi vikingo preferido. "Te invito a almorzar, Efigênia", me dijo con una sonrisa. Caminamos del brazo sin prisa mientras contaba su último romance de locura. Éste no tiene cura, pensé pero no dije nada. ¿Por qué querré tanto a este taranto, que en vez de jerezano gitano; nórdico y lejano es? Me dolía su inminente lejanía, pero igual le aconsejé que se largara, cuanto antes y sin demora, que la barriga crecía...  "que la cosa se va enredando, pisha, y si sale rubio, a ver cómo lo explicas. Medio mundo te ha visto ya con Filipa, y, si la situación se alarga y complica, verás como tú flipas". 

                          EL NIÑO RUBIO

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Diez largos años pasaron y un día cualquiera, un niño golpeó en la entrada. "¡Hola!" dijo Catrina asombrada, mientras abría la puerta. "Pregunto por mi papá", murmuró el niño sonrojado. "Pasa", le invitó ella intrigada y ahí nomás, muy apurado, se zambulló el pichón en el sillón. "¿Por qué debería tu papá encontrarse justo acá?" preguntó ella con dulzura, al ver de él la premura. "Los niños del colegio han dicho que no soy hijo de mi padre, pero sí lo soy de mi madre; aunque ella, al preguntarle, me ha dado esquinazo y ya no me animé a nada más interrogarle". El niño prosiguió, tragando lágrimas y saliva: "mis vecinos hablan de que acá, en esta misma casa, hace años vivió un noruego y que él podría ser mi padre". "¿Seguro?" aventuró ella, no sin apuro. "Míreme, señora, aunque sea solo por hoy, más alto que un abeto estoy. Mi abuela con babero, a sus otros nietos da caramelos, pero a mí, nada de nada, siempre en la estacada. Mi pelo como el sol no deja lugar a duda; si hasta parezco un farol en medio de la explanada". 

En vista de la situación, muy decidida Catrina telefoneó al noruego mamón, que se tomó el primer avión, sin pensárselo dos veces. El ADN habló claro y a nadie le pareció raro que el niño se mudara allá, a la lejana Noruega. Aquí quedaba un divorcio y un montón de explicaciones que, a decir verdad, ya a casi nadie importaban, salvo a los implicados, que en un buen lío estaban enredados.

Muchos años han pasado. El niño rubio es un hombre y cada tanto lo vemos, si viene de vacaciones. Quedamos todos muy impresionados con ese orden tan alterado:  las aventuras de un noruego que por nuestras vidas ha rodado. Sus genes amables ha donado a una guapa muchacha y con eso nos ha dejado, además de un recuerdo adorado. 

 


martes, 22 de octubre de 2019

50 AÑOS BAJO TECHO. Capítulo I

Soy una casa cómoda, fachada estilo francés, de clase media con pretensiones (como todas las clases medias) pero tengo mi encanto.
Yo me gusto mucho en general, pero si algo me caracteriza y me da un toque especial es el patio central acristalado con impluvium, que le da luz natural a todos los ambientes. "¡Parece una jaula de cristal!" opinaba todo el que la recorría.

Me diseñó Mario Pedro Bardi, el padre de los señoritos, que es dentista pero que se da maña para todo. "Doc" para los amigos, "Stradivarius" para la señorita (porque le decía que era refinado y antiguo) y "tordo odontologista" según Enrique Sampons.
Mi doble entrada da privacidad a la familia porque una puerta distinta accede al consultorio odontológico.
Durante 50 años di techo y protección a la familia Bardi Buclan. ¡En tantos años pasaron tantas cosas!
Hoy sigo de pie, pero no es lo mismo; por eso hablo en tiempo pasado. Una alta reja me aleja de la amabilidad vecinal, aunque digan que así estoy más segura. Las épocas han cambiado, aquéllo era otra vida.
Uno de los pocos que me recuerdan tal como era es un hombre flaco de pelo blanco que a veces pasa por la vereda y me mira. ¡Siempre me mira! Le debo traer recuerdos. Se llama Hugo. Él me conoció hace muchos años y vivió una breve historia entre mis paredes que luego os contaré.
Pero ahora a lo que iba.
El dormitorio principal era una de las mejores partes de mí: un gran ventanal daba al jardín trasero y en su espejo de pie, la señora Rosa, elegantísima con su vestido de raso, se miraba sonriendo satisfecha.
Aunque no ha podido estudiar como hubiese querido al menos se casó con un buen partido. Una historia romántica: el doctor Bardi la salvó de morir ahogada, cuando nadaba en uno de los brazos del delta de El Tigre. Y cayó ¡oh, el destino! en los brazos del tordo odontologista.
Y no estudió porque no pudo: siempre contaba a quien quisiera oírla que ni un solo día había faltado a clases durante la escuela primaria. Era la mejor alumna, la abanderada. Cuando llegó a la edad de la escuela secundaria se vió obligada a trabajar limpiando un banco porque sus padres eran inmigrantes y muy  pobres. Ese escalón que no pudo trepar le dejó una frustración que nunca superó.
La familia de él la aceptaba a regañadientes: porque no era "finoli y acartonada" y, además, su familia era judía.
Pero, bueno, dejemos eso atrás, pensaba Rosa.
Ahora todo parecía perfecto. ¿Perfecto?
Entonces, ¿por qué la joven señora llora a escondidas en el baño? ¿Será porque su hijo menor, el señorito Mario Aníbal tenía dificultades para respirar? ¿Qué cosa lo ahogaba?

Cada semana venía un fisioterapeuta, un señor gordo llamado Formisano, lo acostaba en la mesa de la cocina y lo ayudaba a respirar pausadamente, lo tranquilizaba. Cuando él respiraba, respirábamos todos y yo me llenaba de oxígeno naciente.

Menos mal que al llegar a la adolescencia se curó.
En esos años, cuando los niños son pequeños y la felicidad parece casi poder tocarse, el padre desplegó toda su imaginación y habilidades y construyó (basándose en ilustraciones de Palestina) un belén inmenso con ríos y montañas, para navidades, en mi patio central, que atrajo a todo el barrio. Yo estaba radiante. No todas las casas reciben tantos visitantes de todas las edades.
Otra vez organizó en mi jardín una kermesse inolvidable con pesca de pecesitos de plástico, sapo tragafichas, tiro al blanco y cuartito oscuro del terror con esqueleto verdadero incluído (que el doctor había comprado vaya uno a saber dónde y a quién, pensando quizás en el futuro estudio de sus hijos) al que sacudía convenientemente como si de una marioneta se tratara, aterrorizando alegremente a todo el colegio en una tarde divertidísima.
Con tantas risas las plantas duplicaron su verdor. Hasta un agujero en mi techo que goteaba con la lluvia fué tapado oportunamente con un nido de horneros.
A posteriori el tordo odontologista mandó coser una piscina de lona bastante grande con postes verticales para aguantar la presión del agua, en mi jardín, que, con el griterío de los chiquillos, arruinó las largas y tranquilas siestas veraniegas de los vecinos.
El palo borracho y el paraíso crecieron y se llenaron de flores, como respuesta a tanto jolgorio y tanta agua derramada.
Aunque nada pudo superar el atractivo que produjo en los amigos un pueblo en miniatura lleno de luces, con las vías de un tren eléctrico atravesándolo, que armó en mi garage, en una mesa enorme decorada con infinidad de plantitas y pequeños animales. Eso fué la sensación de los amigos, que venían más por el tren que por ninguno de la familia. Mi garage, que nunca había albergado un coche, aunque sí multitud de cosas más interesantes, se sintió mucho más orgulloso e importante.
Verdaderamente era el doctor Bardi un superdotado en materia de entretenimiento infantil. Seguramente se debía a su alma de niño, ya que disfrutaba cada nueva ocurrencia más que sus propios hijos.
Por eso no se comprende que la señorita Mónica no se conformara del todo con su vida.
Esos dientes espantosos le arruinaron la niñez y fueron alimentando un espíritu acomplejado y rebelde, transmutándose en una niña difícil. (¿Será por eso que al final se hizo ortodoncista?) Para resolver ese tema, su madre Rosa la apoyó totalmente, presionando al padre para que derive a su niña a un ortodoncista. Así y todo, las relaciones madre-hija nunca se enderezaron, aunque los dientes si. Quedaron preciosos. Pero ya sabemos que no es importante ser guapa, sino sentirse guapa y para eso, ya era tarde.
Esta familia bajo mi techo ha resultado ser humana, demasiado humana.

domingo, 12 de abril de 2015

SEGUNDA OPORTUNIDAD

Hoy hablé con una vieja amiga que vive en Nueva York y trabaja como niñera de dos criaturas desde que nacieron. Ella es como su abuela full time, por que no estamos hablando de una jovencita sino de una persona de más de 60 años.
Cumple a la perfección con su trabajo. Los padres de los chicos confían en ella más que en ellos mismos, porque son muy jóvenes y trabajan todo el día como animales al mejor estilo de vida norteamericana. Le pagan bien, pero no tanto como le pagarían en otras familias con la enorme recomendación que ya se ganó de su vida laboral. Aunque no cambia porque allí la tratan bien y con respeto, cosa que no está segura de obtener en otro lado. A esas criaturas ella los levanta, los cuida, los lleva a sus actividades deportivas, los alimenta, los viste y los acuesta, todo con amor ...después se acuesta ella con un ojo siempre abierto por lo que pudieran necesitar, aunque ya hayan llegado los padres. Es que son muy chicos, 3 años y medio la nena y 1 y algo el nene.
Hasta acá todo normal...o no tan normal, ya que es una niñera excepcional, que los educa, les pone límites, pasa todo el día con ellos y los padres y los abuelos nunca cuestionan su autoridad. GENTE INTELIGENTE.
Pero lo excepcional es como lo vive ella. Ella entiende que la vida le ha dado una segunda oportunidad para hacer las cosas mucho mejor que como las hizo con sus propios hijos, ya que, en aquéllos años era muy joven, muy inmadura y con mucho trabajo para poder criarlos con la serena autoridad y la dedicación que puede ofrecer ahora.
Ella me cuenta que interpreta y se interesa profundamente por los avances madurativos y los cambios que van sufriendo con cada mes de crecimiento.
Son, dice, como un libro en blanco que ellos mismos van escribiendo. Ninguna señal que emitan esos niños la pasa ella por alto, pero no por obsesiva sino por una profunda curiosidad por ver cómo se metamorfosea un bebé en un infante y luego en un niño...como desarrolla su motricidad, cómo van manejando los dos idiomas, el inglés paterno-materno y el castellano de ella, cómo se evidencian sus emociones, cómo descubren el mundo....ESTÁ FASCINADA.
 Hablamos muchísimo tiempo por teléfono, como siempre, pero casi todo el tiempo escuché con enorme interés sus amorosas descripciones de esos nenes que ya me parece conocer en persona.
Siento una enorme ENVIDIA porque ella esté haciendo lo que a mí me gustaría hacer. No sé si
podría hacerlo y menos tan bien como ella. No es que mi vida no me guste, al contrario, me encanta, pero me gustaría también tener esa segunda oportunidad de hacer las cosas mejor con mis hijos...más serenidad, más seguridad, más demostración de amor, menos ansiedad, menos trabajo, menos prisas...
En fin, no se puede. EL LIBRO YA ESTÁ ESCRITO, PARA BIEN O PARA MAL.

miércoles, 5 de octubre de 2011

MIS AMORES Y YO

Acá estamos, preciosos y contentos, en el año 1980, en San martín de los Andes con un cervatillo y un nenito mirándonos. Cuyén, la nena, 5 años, Camilo, arrodillado delante mío, 7 años y Alejo, 3 años, a mi derecha. Yo, UNA DIOSA, flaca, linda y joven, 33 pirulos. ¿Y saben, queridos míos, qué es lo más triste? Que yo, como era ten insegura, me veía fea...o, mejor dicho, me SENTÍA fea. No sé si enteramente fea, pero más o menos. Siento no haber disfrutado más delante del espejo pero eso ya pasó y ahora que realmente estoy bastante estropeada me veo y pienso: ¡¡Qué boluda, si era preciosa!!