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domingo, 4 de julio de 2021

HIGOS Y FÉMINAS

 


NO SOMOS ÁRBOLES FRUTALES. Elvira Lindo

"Para que luego digan que lo esencial es la obra y que la vida no importa. En el caso de Emilia Pardo Bazán, no puede entenderse una cosa sin otra porque su voluntad empecinada por vivir a su aire y la entrega a la literatura fueron fruto del mismo carácter apasionado. Lo que más me admira de esta grandísima intelectual fue la magnanimidad con la que trató sus propias contradicciones. No parecía sufrir por ellas, se las permitía. Su biógrafa Isabel Burdiel suele contar que para escribir la vida de una mujer tan intensa hubo de enfrentarse al hecho de que estaba retratando a una escritora progresista y conservadora a un tiempo. Esa complejidad es la que convierte a doña Emia en una mujer fascinante. Católica sin ser beata, carlista airada en su juventud, escandalosa para los reaccionarios, feminista que no soportaba el romanticismo o el costumbrismo pedagógico al que se veían abocadas las plumas femeninas. 

Emilia Pardo Bazán.

Amante de sus amantes. Qué maravilla esa relación cambiante que mantuvo con Galdós. Él la defendería siempre en los ambientes progresistas y ella en los círculos conservadores. Lo que nos cautiva ante todo en esta revitalización de su figura que suponen los actos de su centenario es la bravura con la que siempre defendió la igualdad de las mujeres. Fue ella el producto de una educación inusitadamente liberal en la que, sobre todo su padre, la animó a perseguir sus ambiciones y a no dejarse amedrentar por quienes reservaban para las mujeres un papel subordinado. 

Una idea sustancial de nuestra escritora, que revela valentía y audacia, se basa en no suponer la maternidad como el acontecimiento que vertebra la vida de una mujer: "todas las mujeres conciben ideas, pero no todas conciben hijos. El ser humano no es un árbol frutal que solo se cultive por la cosecha". Cómo es fácil deducir, fue habitual tacharla de mala madre, por ser ser también poco ternurista en los textos que dedicó a sus hijos. Se me vienen a la cabeza los valerosos pensamientos de doña Emilia leyendo estos días la alarma que provoca la caída en picado de la natalidad en España. En 2020 han nacido 21411 criaturas menos que en el anterior. Puedo entender esta falta de entusiasmo colectivo para traer hijos al mundo. Sólo hace falta recordar el estado de estupefacción en el que nos quedamos tantos el día en que se paralizó la actividad social y nos vimos encerrados en nuestras madrigueras. Pero el descenso de la natalidad venía de lejos. Es curioso observar que seremos un país envejecido en un planeta en el que sobra gente y faltan recursos. Al ho de esta circunstancia surge el debate. Por un lado, la idea de que si no tiene descendencia una mujer está incompleta, a pesar de que lo retrógrado que esto suena, expresado por escrito, mantiene su vigencia; por otro, el temor a convertirnos en un país de jubilados sin jovenzuelos que produzcan riqueza obliga a incluir el Asunta en los programas políticos, algunos con un tufillo rancio que apesta a los viejos premios de natalidad. Está claro que las condiciones económicas no animan a tener hijos y que nuestro sistema de ayuda a la crianza es raquítico comparado con países como Alemania, donde se favorece la conciliación. El Estado ha de poner su parte, arropar a quien quiera procrear, pero también hay que entender que las mujeres no repoblamos espacios vacíos. Una joven sin hijos no tiene por qué considerarse disminuida o sentirse frustrada. Y eso no tiene nada que ver con el egoísmo o con la banalidad. Volvemos a Pardo Bazán: no somos árboles frutales. Lo decía doña Emilia que era feminista y católica, compleja, como somos muchas porque, señora Ayuso, no abortan solo las de izquierdas, no ayudan a una muerte digna solo los hijos de izquierdas. No deshumanice usted al adversario llamándolo insensible o incluso asesino, como así hizo su asesor Miguel Ángel Rodríguez con el doctor Montes y le salió caro". 

lunes, 9 de diciembre de 2013

MI IDEA DE FAMILIA

Lo último que aprendí de mi nieto es, cómo no, algo más sobre las relaciones familiares. Su trato con la última recién nacida, su primita Creta, me ha hecho reflexionar sobre las jóvenes madres españolas, sobre la bajísima natalidad y sobre el trato que veo a diario entre padres e hijos de todas las edades. Para empezar, está claro como el cristal que lo que no se aprendió no se puede llevar a la práctica.
Mi nieto aprendió a tratar a un bebé y está siendo testigo directo y cotidiano de su crecimiento. Quizás eso explique por qué se lo ve tan desenvuelto y divertido con su pequeña primita.
Quizás eso explique por qué los que no hemos tenido esa suerte ignoramos, subestimamos y no nos resulta tan atractivo el trato con bebés y niños de corta edad. (En lo que a mí respecta encuentro muy interesante la conversación de un niño de más de 2 años).
Este alejamiento del mundo infantil lo hago extensivo a gran parte de los países europeos, especialmente los que ostentan bajísimas cifras de natalidad.
El que no ve nacer, crecer y adquirir pericias a otro probablemente no sienta la llamada de la paternidad. Porque, además, se entera de oído de la parte dura del asunto, o sea, la brutal responsabilidad que les cae a los padres y las enfermedades y tropiezos lógicos del que está creciendo.
Pero no desarrolla, entonces, esos vínculos afectivos totalmente desinteresados, no palpa los sentimientos de ida y vuelta, no vive la sorpresas de las respuestas de los niños y su inagotable energía que obliga al adulto en momentos bajos a seguir contra viento y marea. O sea, de la parte buena del asunto.
El aumento del individualismo, las prisas de la vida urbana y competitiva y el alejamiento de la familia llevan a la persona a preocuparse demasiado por sí misma, a evolucionar mucho en el terreno laboral y a negarse a cargar con el peso de una paternidad.
Y llegado el caso del nacimiento de un (1) vástago, no saben bien cómo tratarlo y/o educarlo.
Les aseguro que lo veo todos los días en mi trabajo. Por muchos libros y revistas especializadas que lean, si no tienen a los padres o los abuelos cerca, hacen agua por todas partes. Igual salen adelante, por supuesto, pero a un coste muy alto en la relación padres-hijos.
En esos adultos solitarios a veces se desarrollan conductas tendientes al pesimismo, a la soledad y a la tristeza. Quizás sólo se salvan de este destino los que son arropados por una familia o por una pasión como el arte o la investigación científica. Muchos dicen que no tienen hijos para poder disfrutar de la vida aunque yo he visto que son los que menos disfrutan.
Y en ese terreno abonado se perpetúan y amplían las conductas de hostilidad, desconfianza e indiferencia para con los demás. Insolidaridad y racismo se pueden sumar a esos sentimientos egoístas. Definitivamente creo, a esta altura de mi vida y tratando de ser lo más objetiva posible, que los seres vivos están diseñados para perpetuar la especie.
Creo firmemente que los hijos son una escuela de amor, desinterés propio y protección del semejante, aunque a veces nos hagan sufrir muchísimo.



domingo, 30 de enero de 2011

lunes, 6 de diciembre de 2010

"ENCIMONISMO U ORGÍA DE LA MOTHERPHILIA"

El País (28/11/10). Dice Elvira Lindo en su artículo: "MADRES PERFECTAS":  "...mamás encimonas (que están encima permanentemente), que hacen de su criatura el objetivo de su existencia (y de la tuya, si te pilla de visita). Es su niño Jesús o su Buda y desean que el mundo se una a la adoración de criatura tan extraordinaria. El ENCIMONISMO es una de las religiones de nuestro tiempo. Mi generación ya no ejercía la autoridad incontestable de nuestros padres, teníamos la "ventaja" de vivir en un desastre que nos inhabilitaba para ir dando lecciones de maternidad a diestro y siniestro. ...hay una tendencia publicitaria de muchas revistas destinadas a mujeres que ilustran la maternidad como una circunstancia idílica a la que hay que entregar la vida. Esas Jolies y Madonnas que recorren el mundo demostrando su APEGO, uno de los mandamientos del ENCIMONISMO.
En contraposición, en los cuentos de ALICE MUNRO aparecen esas madres hechas de la materia de los seres humanos; tan imperfectas como reales que, mientras amamantan piensan es esa otra vida que se están perdiendo. (Oh, pecadoras, digo yo). ALICE MUNRO llamó a las ENCIMONAS las víctimas de la "orgía de la Motherphilia". Lo más sorprendente de esta tendencia avasalladora es que quien la practica no sabe que está siguiendo una MODA, al contrario, piensa que al fin se ha llegado a redactar el catecismo de la perfecta crianza.
Ni tan siquiera reparan en que en otras culturas la educación del niño está en manos de una comunidad de parientes. Sé que habrá quien lea este artículo con la escopeta cargada e interpretará que estoy en contra de cosas, que en su justa medida, me parecen deseables pero me niego a admitir que haya una sola manera correcta de criar a un niño. Habrá un día en que los hijos del ENCIMONISMO mirarán a sus padres a los ojos y les dirán: "POR FAVOR, ENTRETENEOS CON OTRA COSA, VIVID VUESTRA VIDA...¡DEJADME RESPIRAR!"