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martes, 30 de mayo de 2023

PAPÁ

 




Con pedacitos de espejo

metía desde el patio

rayos de sol en la pieza.

Así sabía papá

que yo estaba vivo.


A oscuras ahora

en la cama de papá

espero el reflejo,

los dedos luminosos

de un hijo que juega con el sol,

o la caricia de un padre en la memoria.


Tony Zalazar

viernes, 22 de julio de 2022

MES DE JULIO

Por Mónica Bardi


Mes de julio. ¿Invierno, verano? Todo es relativo y depende de la posición del observador. Mes de julio, juventud, colegio, universidad. Hemisferio sur: frío, lluvia, jazmines, dulce de leche, tango, La Plata, Temperley; Tina y Cachila, nuestras queridas perras. En julio es el cumpleaños de papá (18) y también de mi hermano Mario (24). Tiempo pasado impreso en viejas fotos desteñidas de vivencias que se van alejando irremediablemente. Papá, rebautizado el tordo odontologista (lunfardo casero), o  Stradivarius (curvo, elegante y antiguo), flaco fumador hasta que una bronquitis con mucha bronca lo hizo dejar el pucho. 

Papá, ese refugio seguro. Papón, para sus nietos. Carácter fuerte y rígidos principios. Cercano en la niñez, lejano en la adolescencia. Costó cortar el cordón, eso siempre es con dolor. Dolor por ambas partes, necesario para crecer. 

Mario, hermano, Coco para la familia. Su inteligencia asombraba a sus compañeros de la facultad. Reproduzco acá las palabras exactas de un amigo que compartió muchos años de juventud y que, afortunadamente, sigue viviendo hasta la actualidad: "Mario era el tipo más audaz del grupo. Podía tomar riesgos y liderar acciones que otros, sin su liderazgo, no hubiésemos sido capaces de llevar a cabo. Era temerario e idealista, una combinación letal para esos tiempos". Y aquí intervino el azar: ¿ por qué desgraciada carambola le tocó vivir justo esa época de dictadura militar? A él y a tantos otros. 

Siempre repito lo mismo: ¡Cómo te hubiera gustado la vida! Este mes cumplirías 73, hermanito. ¿Tendrías mucho pelo, ondeado y blanco? ¿O escaso y grisáceo? ¿Tendrías barriga o te mantendrías flaco y rugoso? ¿Seguirías con esa semisonrisa indecisa? ¿Dónde te hubiera gustado vivir? Siempre me estoy inventando vidas contigo, viajes contigo, broncas contigo. Mis hijos y tu hija ya superaron al galope la edad en la que te desaparecieron, aunque yo no supero tu ausencia ni ellos tu recuerdo. Me hiciste hija única, inesperadamente, pero el cordón umbilical fraterno nunca se cortó, porque en sueños hablamos. También hablo con Papón, papá. En el mundo de los sueños cualquier cosa puede pasar. 

Mes de julio, ¿verano, invierno? Todo es relativo y depende de la posición del observador. Viento ardiente en el hemisferio norte, sol prepotente, uvas,  incendios, paella, flamenco. Cambiamos el mate por el gazpacho. El inmenso Atlántico devora la playa con frenéticas olas de espuma refrescante. Mis animalitos campan a sus anchas en el jardín de Chiclana mientras yo riego y fabrico arcoiris con el agua de la manguera. 



Mes de julio, Camilo, mi hijo mayor, cumple años. Cumplió 15 inviernos australes allá, en el sur americano y cumplió muchos más en el norte europeo y su verano hispano, cuando ya habíamos emigrado. Ahora peina canas y parece haber mejorado su carácter impulsivo. Sigue luchando por afianzar su situación en Dinamarca y seguro que lo va a lograr. Una flaca rubia es su compañera incondicional. Mes de julio, en nuestra familia, un mes de cumpleaños y conmemoraciones: un mes muy especial. 

“Hay un dicho que es tan común como falso: El pasado, pasado está, creemos. Pero el pasado no pasa nunca, si hay algo que no pasa es el pasado, el pasado está siempre, somos memoria de nosotros mismos y de los demás, somos la memoria que tenemos”.  

--José Saramago.

Portugal, 1922 - 2010

Premio Nobel de Literatura 1998

miércoles, 8 de junio de 2022

244 5988: EL TELÉFONO DE PAPÁ

 "Era perfectamente natural que te acordaras de él a la hora de las nostalgias, cuando uno se deja corromper por esas ausencias que llamamos recuerdos y hay que remendar con palabras y con imágenes tanto hueco insaciable".

 Julio Cortázar

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Papá. Mónica Bardi.

Pasado el furor diario de las múltiples conexiones y conversaciones con amigos reales y virtuales, ella concluyó que ya era hora de desconectar y hundirse en el cálido útero oscuro de su dormitorio, relajarse, descansar y dejar a la mente para que navegue en paz. Para que haga lo que le de la gana. Así que le sacó el volumen al teléfono  móvil pero le pareció poco porque ahí seguía estando ese funesto y necesario aparatito, siempre atento y vigilante. "No", pensó luego, "mejor en 《modo avión》", aunque claro, es casi lo mismo. "Lo apago y listo". Mujer resolutiva. ¡Ahhhh, qué alivio! y cerró los ojos. 

Sin querer, recordó esos comentarios increíbles de que el espía en cuestión seguía oyendo si no se le quitaba la batería. "¡Paparruchas!", pensó pero encendió la luz y sacó la batería. De ninguna manera iba a creer eso que andan diciendo por ahí que tiene un chip que se activa, aún sin batería. "¡Qué estupidez", pensó pero se levantó y llevó al monstruito a otra habitación, bien lejos. "Soy tarada, si aquí nadie está hablando...¿Quién va a oír qué?". 

Y cuando iba a apagar la luz vió el teléfono fijo en la mesita de noche. Obviamente con él no había peligro. "¿No lo había, seguro?". Mecánicamente levantó el tubo y marcó el número de la casa paterna que había vendido hacía veinte años. 244-5988. Sonó tres veces y por fin atendió su padre muerto.

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Bruscamente la tarde se ha aclarado

Porque ya cae la lluvia minuciosa.

Cae o cayó. La lluvia es una cosa

Que sin duda sucede en el pasado.

Quien la oye caer ha recobrado

El tiempo en que la suerte venturosa

Le reveló una flor llamada rosa

Y el curioso color del colorado.

Esta lluvia que ciega los cristales

Alegrará en perdidos arrabales

Las negras uvas de una parra en cierto

Patio que ya no existe. La mojada

Tarde me trae la voz, la voz deseada,

De mi padre que vuelve y que no ha muerto.

Jorge Luis Borges.


sábado, 18 de mayo de 2019

NUESTRO QUERIDO EDUARDO

Cuando yo era pequeña venían a mi casa de Témperley personas de lo más variopintas. Los divinos amigos de papá (de los cuales yo me enamoraba por turno), que jugaban al póker puntualmente una vez al mes por monedas, pero que se lo tomaban tan en serio como si apostaran una fortuna. Me encantaba el olor de los naipes, las copas de vino y las caras de disimulo cuando las cartas venían cargadas. Allí aprendí ese juego tan mentiroso, mirando y observando.
Algo raro era que cuando ellos venían, nunca estaba Eduardo.
Periódicamente, nos visitaban unas viejitas desvencijadas con excéntricos sombreros,  que leían el futuro en las hojas del té. Aquéllo me fascinaba, aunque por mucho que mirara las hojitas de marras, no entendía nada, y precisamente por eso, más me fascinaba.
También venía un matrimonio asimétrico muy simpático. Al principio charlaban los dos, pero ella, que se creía Rita Hayworth (bajando majestuosamente por una escalera de mármol existente sólo en su imaginación), terminaba cansando a su marido con su voz aguda incesante y sistemáticamente se quedaba dormido en la silla, ladeando su cabeza como un muñeco desarticulado y provocando nuestras risas mal disimuladas.
Recuerdo esa época con enorme felicidad, trotando mi hermanito y yo entre toda esa gente un tanto extravagante.  El tapete verde, los juegos de porcelana inglesa, los vestidos  femeninos y los señores encorbatados, todo aderezado con risas y bebidas.
 Las luces difuminadas de las lámparas de pie pintaban cálidamente  el ambiente nocturno, las cortinas y los manteles componían una sinfonía entre elegante y pretenciosa, de una clase media en alza (las clases medias siempre están bajando o subiendo en nuestras inestables sociedades), en un suburbano seguro (casi no había delincuencia), prolijo y modestamente ajardinado.
Pero sin duda lo más peculiar en ese decorado era Eduardo Vallejos.
Él estaba en mi familia desde que tengo memoria. Será por eso que sus rarezas me parecían tan naturales como ver crecer a los geranios.
Eduardo era refinado, le gustaba mucho la lectura, siempre iba vestido con elegancia y hacía gala de prudencia y discreción. Muchos, muchos años más tarde,comprendí su profundo y original sentido del humor y muchas alternativas de su vida, que explicaban en parte, su inusual comportamiento. Tenía un pequeño departamento, en el centro de Buenos Aires, donde vivía con su madre que estaba decorado con exquisitez, lleno de detalles de buen gusto.
Mi padre y él eran compañeros de trabajo en el ferrocarril como empleados administrativos.
La foto de mi papá en un portrarretratos de plata en su mesita de noche me pareció de lo más normal... sólo mi mamá sonrió brevemente y nos miró de reojo a mi hermano y a mí. Mi papá estaba oportunamente distraído.
Pero lo que verdaderamente llamaba la atención era la forma en que resolvía Eduardo su inaceptable calvicie. Vaya a saber con que clase de betún (como decía mi papá) se pintaba este buen hombre el contorno del nacimiento del pelo y seguía rellenándolo con pintura hasta llegar al pelo real.
Cuando ocasionalmente íbamos todos en tren sentados, la gente de pie le miraba la cabeza con intensa curiosidad y muchas veces se reían. Mis padres ignoraban olímpicamente esas burlas y demostraban  un súbito interés por el paisaje exterior.
Mi hermanito Mario y yo lo vivíamos con naturalidad.
Cuando a mi papá lo obligaron a prejubilarse por no querer ponerse el brazalete negro de duelo por la muerte de Eva Perón (porque él afirmaba que sólo se lo ponía por sus familiares), Eduardo Vallejos vendió su departamento y se mudó con su madre anciana a un chalet enfrente de mi casa en la calle Cangallo, en Témperley y también se jubiló un tiempo más tarde.
Así que nos veíamos casi diariamente. A veces, cuando mis padres salían, él se quedaba a cuidarnos.
Muchos años más tarde, mi mamá, en esas tardes de confidencia que a veces teníamos, me contó en voz baja y con media sonrisa lo siguiente: "Eduardo está enamorado de tu papá desde que se conocen. La verdad es que a mí no me importa porque él nunca podrá ser mujer y a tu papá le gustan las mujeres. Además, Eduardo es muy bueno y desde que murió su madre, está muy solo. Sólo nos tiene a nosotros".
Creo que ese inesperado comentario, aparte de sorprenderme mucho cuando lo escuché, me dejó algún tipo de enseñanza con respecto a la tolerancia y al pensamiento no hegemónico.
Todavía recuerdo nítidamente ir caminando con Eduardo, muchos años después, por la estación de Témperley cuando un comentario irónico suyo me provocó una explosión de risa. Allí logré verlo por primera vez como realmente era y sentí una profunda cercanía hacia él, como nunca había sentido. Y creo que él también.
Me aferré cariñosamente a su brazo y seguimos caminando y charlando.
Pocos años después, estando yo ya en la universidad, murió solito en su casa, sin molestar, como siempre. Guardo un recuerdo entrañable de Eduardo... ojalá hubiera sabido disfrutarlo más.