miércoles, 2 de diciembre de 2020

CON TECHO Y SIN TECHO

CUENTO CORTO de Mónica Bardi


 ¡Qué vida de perros! De contenedor en contenedor buscando algo para comer. Frío, lluvia, nieve, sol escrachante...todo aposentado en mi pelaje. Pero, ¿qué digo? Si yo soy un gato. Eso, claro, no cambia mucho... todo sobre el pelaje. Aunque ahora que lo pienso no es lo mismo un cánido que un felino. Para los hombres, esos tipos raros que caminan en 2 patas, nos dividimos nítidamente entre los que quieren a los perros y los que quieren a los gatos. Y a veces son excluyentes. ¡Ah, me olvidaba! Están los que no quieren ni a unos ni a otros. ¿Creerán que somos tipo dinosaurios pequeños? ¿Seres peligrosos? Todos los seres vivientes sabemos que los peligrosos son ellos, los de 2 patas y un gran cerebro, el mayor depredador del planeta. Y ellos también lo saben, por supuesto, pero ¿qué pueden hacer? 
En fin, así es la vida. Son humanos, demasiado humanos. Algún día se restablecerá el equilibrio y los hombres volverán a las cavernas...algún virus al que nosotros seremos inmunes se hará cargo de ellos. Cada vez que me pongo a reflexionar sobre esto (lo hago sólo si he comido, con la panza vacía no puedo) me doy cuenta que no puedo compartir mis pensamientos con mis colegas de contenedor. No me entienden. Son idiotas. Me siento solo a veces. Tengo un par de amigos con los que puedo hablar y sanseacabó. El resto pertenecen a una masa informe sin personalidad ni convicciones. Y si sale un tema controvertido, en seguida aparecen las garras, se acabó el diálogo: la famosa grieta. 

Mi vida se ha complicado. Hay mucha competencia y poca cooperación. Por eso cuando viene un chico/a simpáticos a querer acariciarme, yo me dejo... a ver si me adopta. Con un poquito de suerte me consigo casa y comida gratis sin tanto sacrificio. Siempre voy aseado para dar una buena impresión y si pudiera sonreír, lo haría. Por lo menos, ronroneo, que es casi lo mismo.  

Un día, el planeta, contento de seguir girando alrededor del sol, nos regaló una espléndida mañana. Un joven amoroso se me acercó y me empezó a acariciar. Tuve suerte: me llevó a la casa de sus abuelos, porque su madre no quería bichos en casa y  allí empezó mi segunda vida. Me mimaban muchísimo, comía lo que quería, correteaba a las ratas de campo en el jardín enorme, iba y venía. Lo genial era que podía siempre volver a mi refugio seguro. Eso tienen las casas paternas: uno siempre puede volver. Pero lo mejor era que ellos nunca me criticaban o me regañaban: nos entendíamos a la perfección; no mezclábamos la política, claro. Siempre hay algún tema tabú. Muchas veces mirábamos los tres la tele en la cama. Empezaron a llamarme Sinclair, un nombre largo y difícil de acortar para voces a la distancia pero a ellos les gustaba porque es el de un personaje de Hermann Hesse que describe el cisma entre el mundo bajo techo, cálido y hogareño y el mundo sin techo, hostil y peligroso. 

Éramos felices: seducir a los humanos no es difícil. Simplemente hay que saber con quién ponerse meloso y con quién no. Siempre ser prudente y con un pelín de sana desconfianza. Los niños malcriados son mi pesadilla. Un horror esos personajillos de dos patitas. 

Antes o después me descubren y venga darme el coñazo: se creen que soy un peluche. Un día me voy a hacer un tatuaje que diga: "GATO, NO TOCAR". 

Pero aguantar hay que aguantar porque escuché por ahí una palabra amenazante: CASTRACIÓN. Tengo entendido que te cortan las pelotas y entonces sí que casi llegas a la categoría de peluche. ¡Mein Gott, señor de los faraones egipcios, ampárame y protégeme! Los humanos son capaces de cualquier cosa. Por eso me porto bien, no araño, no muerdo ni aunque sea jugando. ¿Aquí no hay animales sagrados? ¡Claro!, hay COSAS sagradas, animales sagrados, no. 

Pero a lo que iba: estaba yo en ese seguro y luminoso hogar y casi había olvidado por completo el otro mundo duro y desconsiderado que un señor Darwin definió como el de "la supervivencia del más apto". No del más fuerte sino el del más APTO. No nos equivoquemos. (eso lo aprendí viendo en Youtube a Ignacio Martínez Mendizábal) Yo era apto: me buscaba bien la vida. Les acomodaba el pelo a los otros gatos, trataba de ser amable y compartía mi comida. 

Súbitamente algo cósmico quebró la armonía. El cielo se cubrió de luces de todos colores, los sonidos subieron a 14000 decibelios y lo que era placentero silencio trastocó en infierno. Un bosque de piernas interfería mi andar, música a todo gas, poca luz y bailarines efusivos regados con alcohol, transformaron una vivienda tranquila en un aquelarre. Y no fué una vez...el cambio persistió. Cómo si una alfombra mágica nos hubiera trasladado a mis abuelos y a mí, mientras dormíamos, a ese lugar espantoso dentro del mismo espacio. Muy loco. Ahí empezó mi tercera vida. 

No podía entender por qué había habido un cambio tan agudo entre una forma de vivir y la otra. Era como una absurda metamorfosis, algo, para mí, inaceptable, imposible de digerir. Escuché por ahí: "son vacaciones y vinieron los jóvenes a divertirse". Los abuelos aguantaban como podían. El hecho es que mi pobre cerebro mamífero, tan evolucionado, con neuronas tan armoniosamente conectadas, se colapsó. Se apoderó de mí un pánico infinito; me volví huraño y avinagrado. Los estrépitos al final cesaron y por fin llegó el invierno,  pero mi desconfianza no hacía más que agigantarse. Algo me había cambiado el carácter de manera irreversible. Era muy joven y vulnerable. 

En un par de años empecé a hacer daño. Arañaba al que se acercaba. ¿Qué me había pasado? ¿Por qué no podía dejar atrás el resentimiento y el odio que crecía en mi interior? Mis abuelos no sabían que hacer. Me acariciaban preguntándome: "Sinclair ¿qué te pasa, tesoro?" Hasta intentaron llevarme al veterinario pero era imposible meterme en un transportín. Había vuelto a merodear compulsivamente por los contenedores y a relacionarme con gente chunga. No lo podía evitar aunque era plenamente consciente que yo podía tener una vida mucho mejor. 

Así fue pasando el tiempo y, aunque a veces parecía que mejoraba mi carácter, en el momento más inesperado sacaba a relucir mis garras. Una noche salí a dar una vuelta. Una fría y alba luna clareaba todavía más la nieve en ese deslumbrante blanco y negro. Los colores habían huído hacia lugares más veraniegos. Hacía mucho frío. 

De repente vi una cesta de mimbre a los pies de una gran cruz, en un sendero estrecho. ¿Qué hace esa canasta ahí? ¿Tendrá comida? No parece. Unos gemidos débiles salían de allí, así que me acerqué a curiosear. Era un bebé humano recién nacido y alcancé a ver, a lo lejos, a una mujer de negro que huía apresuradamente. 

Ese pequeño humano no podría sobrevivir allí mucho tiempo. No sabía que hacer, pero en principio me acurruqué al lado del bebé y se ve que, con el calor de mi cuerpo, pudo dormirse. Pasaron las horas y el niño empezó a llorar: tiene hambre, pensé. 

Salí a buscar algo para darle pero enseguida comprendí que leche era lo que necesitaba. Es muy difícil darse cuenta de las necesidades de los demás. Me acerqué a mis colegas de los contenedores a ver si alguna gata tuviera a bien darle la teta, en caso de que hubiera parido hace poco. Pero los veterinarios los habían castrado a todos, para limitar la población felina.  No había madres disponibles. Mejor, los hijos son un engorro. Lástima el bebé. Con los perros no podía contar. No me entendían. 

Mientras distraídamente pensaba en ello, súbitamente unos tipos de uniforme me pillaron con una red y me llevaron a un refugio animal, junto con otro montón de gatos.

-Pásame los que tienen que ser castrados- dijo uno alto y flaco de bata blanca. Y entre ellos iba yo. ¡Lo que tanto había temido! ¡Mis pobres e indefensos testículos!... qué poco habían durado. Ni tiempo para reproducirme.

Eso me recordó al bebé abandonado, pero ¿cómo les avisaba? La grieta lingüística. Luego me anestesiaron y ya no recuerdo más nada. Un par de días más tarde me soltaron ya castrado. No me dolía el cuerpo, así que me acordé y me acerqué a la cesta al pie de la cruz. "Quizás el dios de los humanos se haya apiadado de él, aunque algunos digan que Dios ha muerto". 

Pero no sólo dios había muerto, sino el bebé también. Estaba azul y relajado. Muerto. 

......,......................................................................

"¡Sinclair, volviste!" se alegraron los abuelos. Efectivamente, volví a mi siempre amigable hogar, templado y acogedor, pensando que, si hubiéramos hablado el mismo idioma, si nos hubiéramos podido entender, les podría haber avisado, pero eso, claro, eso era y es imposible. Nunca me hubieran comprendido por mucho que maullara. Pensarían que era otra de mis locuras. Otra vez la grieta. Me acurruqué en mi cama calentita, después de haber saciado mi hambre atrasada. 

El abuelo leía el diario sentado en su sillón y le contaba a la abuela: "¡encontraron una cesta con un bebé muerto!". La abuela, que estaba pintando un cuadro de un perro, comentó en tono triste: "¿Quién puede ser capaz de hacer algo así?" 

Ahí empezó mi tercera vida. Me quedaban varias: el eterno retorno. En fin, me dormí y me olvidé del asunto. 

                                Mónica Bardi

sábado, 28 de noviembre de 2020

UN HERMOSO RECUERDO

 LA DIMENSIÓN DE DIEGO ES INIMAGINABLE.

CINTIA MARTÍNEZ. 


Maradona y un taxista en Jerusalén: una historia real. 


En el verano de 2008 viajé a Israel, tras haber obtenido una beca para estudiar en Yad Vashem y en la Universidad de Jerusalén, sobre la memoria del holocausto. 


Una tarde –era invierno, nevaba un poquito y allí oscurece muy temprano– tomé un taxi para ir al hotel donde me alojaba. El chofer era muy abierto y simpático y de pronto, tal vez al escuchar mi pésimo inglés, me preguntó de dónde era. Le dije: de la Argentina.

El hombre se transformó, se encendió. Y me dijo:

–¡Argentina! ¡Maradona!

Confieso que no me interesaba ni me interesa el fútbol; y, hasta ese momento, la figura de Diego no estaba entre mis preferidas. Y el taxista siguió, con un entusiasmo casi festivo. 

–Mire. Yo soy palestino, y cuando era chico era muy, muy pobre. Pero pudimos ver el Mundial de México 86, en el único televisor que había en el campamento de refugiados donde estábamos. Y pudimos ver cómo Maradona les hizo dos goles y les ganó… ¡a los ingleses! ¿Sabe lo que era eso para nosotros? ¡A los ingleses! ¡Un chico pobre como yo, le ganó al Imperio!.


Llegamos al hotel y cuando quise pagarle, él se negó rotundamente, me bendijo y me dijo unas palabras que nunca he podido olvidar:

–Usted  me hizo recordar el día más feliz de mi vida.


Me baje del taxi, me quedé unos minutos en el parque del hotel observando cómo nevaba, y le agradecí a Diego, a la distancia, por darle alegría a tanta gente.


Lo que no les conté, es que el taxista que no me quiso cobrar el viaje, se llamaba Jesús.

Han pasado casi veinte años desde que viaje a Israel, y cuando hoy me enteré que Diego  había fallecido, vino a mi mente la cara de Jesús, aquel taxista palestino que me enseñó a querer a Maradona.


Cintia Martinez

Del muro de Paul Azema.

domingo, 22 de noviembre de 2020

ESPEJOS.

 Este escrito no pretende ser un estudio sociológico ni psicológico; que eso vaya por delante. Pero de mis humildes observaciones entre personas que conozco en persona y por Internet, he sacado una conclusión (provisional) que seguramente a nadie le interesa pero éste es mi blog y digo lo que me da la gana. A la nube va a ir igual. Después de todo, con estas opiniones no perjudico a nadie. 

Hay dos series en televisión que a mí me gustan mucho. Una es muy antigua: HOUSE (Hugh Laurie), serie norteamericana, actor inglés y la otra es más actual: CANDICE RENOIR (Cécile Bois), serie francesa, actriz francesa. Los protagonistas tienen algunos puntos en común, a saber, son excepcionalmente talentosos para desarrollar su trabajo, son muy neuróticos y profundamente manipuladores. 


 


El Dr. House es un médico famoso que acierta con diagnósticos dificilísimos y la comandante Renoir descubre crímenes retorcidos. Los dos personajes son atípicos, imaginativos, nada convencionales y están muy bien actuados. Ambos son caprichosos, problemáticos con su entorno y se pasan la vida metiendo la pata con los colegas o hiriendo los sentimientos de los demás. Pero tienen algo más: son extremadamente seductores. Hasta acá todo normal: buenos guionistas y, al fin y al cabo, son personajes inventados para las series pero que existen en la vida real, aunque es difícil encontrarlos tan inteligentes. 

Lo llamativo del asunto es que el personaje de House, totalmente carente de escrúpulos, molesta bastante al público MASCULINO. Les toca alguna fibra sensible y, en seguida, dejan de ver la serie mientras las mujeres nos babeamos con sus ojos azules y sus actitudes desaforadas. Somos sus incondicionales seguidoras, hablando en general, por supuesto. Le perdonamos todo y disimulamos o justificamos sus barbaridades.

Y la otra, la loca simpática, divertida y enamoradiza Candice, entre crimen y crimen, se enamora de uno y otro de sus compañeros de trabajo, para vergüenza de sus cuatro hijos. Y cuando las cosas salen mal, actúa vengativa e histéricamente. De vez en cuando tiene un gesto de bondad y es bastante solidaria. Pero al público FEMENINO nos repatea que no sea más sensata, menos impulsiva y a veces nos vamos enfadadas con esa loca mujer. En cambio, a los hombres los atrapa con su profunda independencia y su risa loca. No hay más que verlos hipnotizados con ella. 

Y con todo esto ¿a dónde quiero llegar? A por qué generan en el público esos sentimientos de adhesión o de rechazo, dependiendo del sexo, si al fin y al cabo uno tiene claro que pertenecen a la pequeña pantalla y a la ficción. Se ve que no podemos mantener la suficiente distancia emocional para tomarnos en solfa sus locuras y sus maldades. Para los chicos House es como una bofetada y tratan de ridiculizarlo. (Aunque el guionista es más listo). Para las chicas Candice está siempre desubicada pero generalmente se sale con la suya (acá también el guionista es más listo y ya conoce la reacción del espectador).

¿Qué reflejo nos ponen por delante esos tipejos tan extravagantes? Algo debe removernos en nuestro interior; un pequeño demonio que se frota las manos entre risas malévolas llenas de dientes torcidos... si hasta me parece verlo: ¡Jojojo! ¡Cómo te pareces!

¿Qué nos atrae y qué nos rechaza? ¿La inteligencia de dos seres, que, finalmente, sufren las consecuencias de sus actos en carne propia? ¿Nos atrae su soledad, su cultura, su dolor, su perspicacia? ¿Nos rechaza ver su egocentrismo como reflejo de parte del nuestro?  Las mujeres sabemos que los tipos con un toque canalla nos resultan irresistibles. Por eso ese desconsiderado House de mirada penetrante nos puede. Y a los hombres les roe la envidia. Seguro que piensan "¿qué le gusta tanto a mi mujer de ese bicho malo?"

¿Y la rubia coqueta de Candice? Su faceta inmadura, irresponsable y profundamente seductora y cariñosa atrae como un imán a los hombres pero muchas mujeres deciden declararla su enemiga mortal y mala madre. Y seguro que pensamos: "A ver qué harías con una así en tu propia casa". 

Hay muchos ejemplos en la literatura de personajes a los que llegamos a odiar o a amar. Leamos de nuevo "Los miserables" y volveremos a vibrar como las cuerdas de un Stradivarius. Pero hablábamos de cine. Todo eso no parece afectar a la audiencia así que probablemente mi estudio sea sesgado y no sirva para nada. 

La cuetión es: seguro que el espejo imaginario de esos dos nos muestra algo de nosotros que no nos gusta. ¿En alguna ocasión hicimos cosas parecidas y estos atorrantes te lo vienen a recordar con todos los detalles? ¿Cuántas veces hemos sido caprichosos y egoístas? ¿Alguna mentirijilla oportuna? ¿Machismo, feminismo? Muchas preguntas ¿verdad?

Die answer, muy friend, is blowing in the wind (BOB DYLAN). Humanos, demasiado humanos. 

sábado, 14 de noviembre de 2020

FAMILIAS y ALGORITMOS

 


Cuando una barre con el rastrillo las hojas secas de un albaricoque en otoño, concurren pensamientos inesperados que acompañan el ritmo monótono de lo que se arrastra. Las neuronas recorren pistas remotas que, aparentemente, no vienen a cuento. Son asociaciones de ideas aleatorias. Metáforas a punta pala: arraste de hojas...arrastre de hechos pasados...arrastre...arrastre, una queda para el arrastre; así quedé yo después del parto, con esa sutura de una episiotomía en el hospital Penna de Buenos Aires, a raíz del nacimiento de mi primer hijo, donde, por única vez en mi vida experimenté el paso de la aguja y el hilo suturando mis carnes sin sentir dolor. Algo había separado el dolor del sufrimiento. Allí no hubo arrastre, sino sorpresa. ¿Sería la felicidad por el hijo deseado; ese escurridizo y remanido estado interior que ha llenado páginas y más páginas de la literatura universal? A todo esto, ¿existe la felicidad? Y qué sé yo. Ya me conformo con vivir tranquila. Acá intercalo un párrafo de Jorge Luis Borges sobre este tema: "Tampoco jugaré a ser feliz, porque lo soy a ratos perdidos. Pero a veces, caminando por la calle, siento una racha de felicidad, y trato de no indagar por la razón; porque si lo hago comprobaré con harta felicidad que me sobran motivos de desventura" (Borges).

Las hojas amarillas sonríen al paso del rastrillo, ya no tienen clorofila ni nada importante que hacer. Han sido separadas de la rama pero todavía viven aunque no padecen. (Como mi episiotomía) Se dejan llevar...eso es una vida serena, como mi vejez tranquila. ¡Qué diferencia con las urgencias de la juventud! 


Hablando de juventud, Bartolo, el joven gato de mis vecinos, se trepó torpemente al árbol y, tratando de no caerse, sacudió las ramas, que mansamente dejaron caer hojas viejitas sobre mi cabeza y me brindó involuntariamente, una chispa de felicidad y de risa. 

De padres neuróticos suelen salir hijos neuróticos. Y así, en el maremágnum de los vértigos emocionales, nacieron y crecieron mis 3 hijos. Los pobres ni se imaginaban donde habían caído. Porque los hijos no nos eligen, simplemente nacen y se tienen que aguantar con lo que hay. Igual que nosotros con nuestros padres y así hasta el origen de la primera ameba. Pero la neurosis no tiene nada que ver con la dureza o blandura del corazón, con los sentimientos hacia los demás, con la empatía (palabra de moda poco aplicada en la práctica). Cada uno de nosotros, en esta familia, tiene una madera esencial y primaria y cada uno de nosotros fue arrojado al mundo que nos tocó, sin contemplaciones. Con esos elementos, nuestro entorno y con esa madera, nuestra genética; nos miramos las manos y, siempre pero siempre, tomamos decisiones con lo que tenemos en estas manos. Tenemos el imperativo categórico que podemos (Kant). No mucho más. Improvisamos. Hablando de improvisaciones, estoy podando un rosal. Improvisando: cortando ramas llevada por el instinto y con cuidado de no pincharme, aunque muchas veces me pincho igual. Eso pasa con las familias también: nos pinchamos, nos decimos cosas dolorosas sin medir las consecuencias y a la vuelta de los años nos hemos podado mal, dejando cicatrices que duelen más que las propias heridas y que han terminado por crear auténticos cañadones. Si todo se redujera a podar un rosal... en fin. 

Uno es un DASEIN, según Martín Heidegger, un humano con un escenario ya montado donde los personajes, la historia que nos antecede, la educación, la política y mucho más, condicionan nuestro futuro y delinean nuestra personalidad. Mi hijo mayor Camilo hizo cosas, con las posibilidades de que disponía, que siempre le agradeceré, pero hay una que destaca con luz propia: él solito tuvo que cortar (podar) el cordón umbilical conmigo porque yo no podía. Simplemente no podía. Y eso sí que es enfermizo. Me recuerda a mi tenaz enredadera, que lo invade todo con su amoroso verde y sus patitas adherentes: un apego demasiado pegote. Mi hijo logró deconstruirse (como dicen ahora) y de a poco, reconstruirse en otro país partiendo de cero. Años más tarde pudo darle trabajo en el cámping de Dinamarca a su ex y a su hijo y, aunque después las cosas terminaron como el rosario de la aurora (porque trabajar con la familia es muy complicado), acá estamos para rescatar lo positivo, coser y no cortar y dejar atrás las lastimaduras para que, si es posible, se vayan curando con el paso de los siglos.  Cuando los bordes de una herida se acercan y contactan nítida e íntimamente, (como en los tejidos bucales. Deformación profesional) es probable que lleguen a cicatrizar. OJALÁ.


Y hablando de heridas, es como cuando me muerde los pies mi ganso ampurdanés bautizado en la religión de los agnósticos Cuaco, que me sigue como un perrito y ha decidido quedarse a vivir con nosotros sin permiso; las lastimaduras que provoca son las de un animal salvaje. A lo mejor es una muestra de cariño y los dasein no sabemos interpretarlas. Eso no impide que lo saque a escobazos, obvio. Y al final, tampoco sabemos interpretar a los de nuestro propio idioma. Todo se ha vuelto cada vez más incomprensible, como los algoritmos.

 Sigo hilando reflexiones mientras trabajo en mi jardín. Con la llegada del otoño, el césped ha sido tapizado por un manto de tréboles. Debajo está esa maraña dura y consistente del gramillón. Al igual que nosotros, que nos volvemos impenetrables. ¿Será como con el principito, que lo esencial es invisible a los ojos?

El viento de levante arrecia y las altísimas palmeras doblan sus troncos pero no se quiebran, aunque murmuren entre sí, protestando, porque se les arruina el peinado. Mi hija Cuyén, la segunda y la del medio, sostuvo ella solita, como una palmerita muy resultona, a mi empresa mientras yo transitaba mi particular calvario: una enfermedad autoinmune y como colofón una reabsorción de la cabeza del fémur con posterior prótesis de cadera. Durante un año ella se ocupó de todo mientras yo hacía lo que podía, trabajando a los trompicones, mientras me iba curando de a poco. Del cuerpo y del alma. Como si eso fuera poco, ella me puso en contacto con una familia muy buena que me alquiló la casa de La Rosaleda, en Chiclana, con lo cual me resolvió un problema y no sólo eso: poco tiempo después esa misma familia me la compró. Esa venta salvó mi siempre arriesgada economía de la crisis de la quiebra de Lehmans Brothers. Mi hija Cuyén es una chica decidida, como cuando era jovencita y se largó a Londres a explorar el mundo como una semilla que vuela grandes distancias para intentar fructificar en otros idiomas. 


Hay en mi jardín árboles de hoja caduca y de hoja perenne. Los de hoja perenne están siempre presentes, en las buenas y en las malas. Así es mi hijo Alejo, que estuvo al lado de su padre en Argentina hasta su muerte, en los momentos más aciagos y terribles de una enfermedad terminal. Eso no lo hace cualquiera por un padre que estuvo ausente la mayor parte de su vida.  Años antes, me acompañó durante mi recuperación de la cadera, aunque tuvo que venir de Londres, donde vivía en ese momento. De hecho, en la clínica dónde me operaron, en mi primera ducha después de la cirugía, me armó un camino con toallas hasta el baño para que no me resbalara con las muletas; eso fue para mí, un precioso recuerdo que atesoro y que nunca olvidaré. Allí comprobé que este chico tenía vocación de cuidador, de protector, como las copas de las higueras bien podadas,  que son la sombrilla más perfecta para el prepotente sol del verano.  

Y llegado el momento tuvo el valor de desapegarse él también e iniciar una nueva vida en Argentina, alejándose de cosas que le hacían daño, por ejemplo, una familia neurótica. Mis hijos saben volar con alas propias, sólo espero que sepan aterrizar cuando llegue el momento. Como se bastan a sí mismos, creo que todavía no aprendieron, que, en tiempos difíciles, más vale unirse que alejarse. Y no me refiero a la lejanía física. Pero ya lo descubrirán, como dice el Martín Fierro. La vida se encarga generalmente de eso. 


Siempre que el granado de mi jardín está feliz con sus grandes frutos colgando, una no puede dejar de evocar un arbolito de navidad. Navidades hubo muchas pero yo no olvidaré con particular ternura una en la que, milagrosamente, estábamos todos. La reunión era en el piso mío de Cádiz y ya habíamos cenado. Cuyén bajó a comprar algo (alcohólico, seguro) y se encontró con 2 alemanes desconocidos, totalmente perdidos y que pululaban desorientados, buscando un hotel dónde quedarse. Hablaban un inglés perfecto. Ni lenta ni perezosa se los trajo a mi casa a cenar lo que había quedado. Charlamos hasta quedarnos sin saliva. Encantadores los dos. 

A Alejo le pareció disparatado que trajera a dos desconocidos a una reunión íntima y familiar (siempre tan formalito) y por eso estuvo un tiempo con cara de malas pulgas, pero eso no le impidió relajarse luego y salir de copas con ellos hasta las tantas de la madrugada y conseguirles un hotel. Fue una Navidad muy divertida. Camilo se reía como nunca de la inesperada situación. Es un lindo recuerdo de cuando estábamos juntos. El factor imponderable apareció muchos años más tarde: el coronavirus. El mundo ya no volverá a ser igual. Está en manos de pocas personas y ahora nos gobiernan los algoritmos, que no están al alcance y al espíritu crítico de cualquiera, con lo cual, estamos en sus dudosas manos. Lo del libre albedrío démoslo por muerto y hagamos lo que podamos.

Sólo nos queda el amor, aquéllo que según Ignacio Martínez Mendizábal, el paleontólogo de la sierra de Atapuerca, empujó a la selección natural de nuestra especie. Sólo nos queda el amor. ¿De verdad habrá subsistido?

viernes, 13 de noviembre de 2020

ODA ESCRITA EN 1966


 Jorge Luis Borges.

Nadie es la patria. Ni siquiera el jinete

qué, alto en el alba de una plaza desierta,

rige un corcel de bronce por el tiempo,

ni los otros que miran desde el mármol,

ni los que prodigaron su bélica ceniza

por los vamos de América

o dejaron un verso o una hazaña

o la memoria de una vida cabal

en el justo ejercicio de los días.

Nadie es la patria. Ni siquiera los símbolos.


Nadie es la patria. Ni siquiera el tiempo

cargado de batallas, de espadas y de éxodos

y de la lenta población de regiones

qué linda con la aurora y el ocaso,

y de rostros que van envejeciendo

en los espejos que se empañan

y de sufridas agonías anónimas

qué duran hasta el alba

y de la telaraña de la lluvia

Sobre negros jardines. 


La patria, amigos, es un acto perpetuo

como el perpetuo mundo. (Si el Eterno

Espectador dejará de soñarnos

un solo instante, nos fulminaría,

blanco y brusco relámpago, Su olvido.)

Nadie es la patria, pero todos debemos 

ser dignos del antiguo juramento

qué prestaron aquellos caballeros

de ser lo que ignoraban, argentinos,

de ser lo que serían por el hecho 

de haber jurado en esa vieja casa. 

Somos el porvenir de esos varones,

la justificación de aquellos muertos;

nuestro deber es la gloriosa carga

qué a nuestra sombra legan esas sombras

qué debemos salvar. 


Nadie es la patria, pero todos lo somos.

Arda en mi pecho y en el vuestro, incesante,

ese límpido fuego misterioso. 


                 JORGE LUIS BORGES.

viernes, 16 de octubre de 2020

 


La historia de George Temperley, el inglés que marcó el origen de la ciudad hace 150 años

Llegó a Argentina en 1835 con apenas 15 años, se convirtió en un exitoso empresario y fue el fundador de la localidad de Temperley.

La historia de George Temperley, el inglés que marcó el origen de la ciudad hace 150 años

El 16 de octubre de 1870 tuvo lugar un suceso que se considera "el origen" de Temperley. En esa fecha se produjo el primer loteo de tierras que encaminó el surgimiento esta localidad. El personaje histórico que estuvo al frente de ese acto fue quien le daría nombre a la ciudad: el británico George Allison Temperley.  Muchas veces recorremos las localidades de Lomas de Zamora sin saber por qué se llaman como se llaman. De la misma manera que existió Edward Banfield, gerente del Ferrocarril del Sud cuyo apellido bautizó a esa ciudad. Los vecinos deben saber que Temperley también fue una persona de carne y hueso. Se llamaba George, o Jorge para los argentinos. Fue un terrateniente y empresario que nació el 10 de octubre de 1823 en Newcastle, Inglaterra. ¿Cómo fue que sus caminos se cruzaron con los del Conurbano bonaerense? La historia cuenta que George Temperley llegó a Argentina en 1838, cuando tenía 15 años. Como todo inmigrante del siglo XIX, no tardó en poner manos a la obra para construir un nuevo futuro en el país que le abrió las puertas. Y lo logró con creces. En sus primeros años trabajó en un almacén de ramos generales y al cumplir la mayoría de edad se dedicó a la exportación de lanas y frutos y a la importación de ropa.

Firma de George Temperley.

Firma de George Temperley.

Su vida personal también fue bastante activa: antes de los 30 años ya se había casado dos veces. En 1846 contrajo matrimonio con Charlotte Knight y cinco años más tarde con su cuñada Carolyn. En sintonía, su reputación y su poder económico creció cada vez más. Se convirtió en dueño de un negocio de fundición de metales y pasó a la historia como uno de los socios fundadores de la Sociedad Rural Argentina. Entre tanto prestigio, el destino quiso que en 1854 George llegara a una naciente Lomas de Zamora.

En aquel año, George Temperley compró a los hermanos Marenco un campo de 51 hectáreas delimitado por las actuales calles Almirante Brown, Dorrego, Juncal-Lavalle y Eva Perón (ex Pasco). En este lugar construyó una casa quinta al estilo inglés, que fue una de las más lujosas de la época.

Con el correr de los años quedó en evidencia su verdadera intención: quería dividir esa extensa chacra para fundar una nueva ciudad. Es así como llegamos a una fecha clave que hoy se conmemora: el 16 de octubre 1870, George loteó sus tierras y dio el puntapié inicial para escribir la historia de Temperley.

Historia: así era la estación de tren en 1900, año de fallecimiento de George Temperley.

Historia: así era la estación de tren en 1900, año de fallecimiento de George Temperley.

George puso en remate 139 lotes y les dio varios incentivos a los compradores para que construyeran sus viviendas, llegando incluso a donarles materiales. En 1871, un año más tarde de aquel loteo, cumplió su promesa de inaugurar la "Estación Temperley" del primitivo Ferrocarril del Sud, la cual fue fundamental para el desarrollo económico y urbanístico de la ciudad. El camino quedó allanado para fundar formalmente la localidad de Temperley el 1 de febrero de 1893.

A diferencia de otros personajes históricos que no pudieron ser homenajeados en vida, George sí vivió lo suficiente para ver crecer al pueblo que había fundado y bautizado con su apellido. Su vida se apagaría muchos años después con la llegada del nuevo centenario. El 25 de junio de 1900, a los 76 años, Temperley falleció en Buenos Aires. Hoy, en pleno 2020, su legado todavía sigue vivo en estos 150 años de historia de la ciudad.

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domingo, 11 de octubre de 2020

Delicioso recuerdo.

 EL PRIMER TELEVISOR. 

ROBERTO VALERO



Allá por los 60 y pico mi viejo era de escuchar radio y no le gustaba el televisor, lo compró para mi vieja y el nene o sea yo, como en 850 mil cuotas, a mi viejo no le gustaba porque decía que todos los que trabajaban en la tv eran homosexuales, ya en los años 60 era un visionario de lo que es hoy en día, se ve que no estaba desestructurado.

Mi vieja compró una mesita con rueditas, el elevador que mantenía la corriente estable y una plantita de aloe vera abajo. El Philco tenía una perilla que hacía un ruido como trac, trac, trac, cada vez que cambiaba de canal primero el 7 y el 13, luego se agregaron el 11 y el 9. El 2 era un desbole porque había que mover la antena, la señal venía del otro lado del mundo La Plata, de control remoto olvidate; no existía. 

Yo miraba Rin tin tin, Randall el justiciero, Combate, El hombre del rifle, Batman, El avispón verde, los tres chiflados, dibujitos etc, va lo que miraban todos, no había mucho para elegir como ahora con ochocientos canales y Netflix.

Si se llega a romper así como llegó se va decía mi viejo. Lo peor que le podía pasar era que se quemara el tubo, se empezaba a achicar la imagen; si éste tubo de mierda se averiaba había que vender la casa, los que arreglaban tv eran Favaloro, un día se empezó a achicar la imagen, cae el técnico con el ayudante, mi mamá ya había preparado un vasito de jugo y galletitas; era un Rock Star, un médico, saca la madera terciaria de atrás, el tipo pone cara de Karpoff pensando una jugada de ajedrez, lo mira a mí viejo y dice compungido "Es el tubo". Se lo llevaron en el gordini como si fuera un féretro, con sumo cuidado. Nosotros nos quedamos viendo la plantita de aloe vera en la mesita.

Luego volvió y se quedó nomás...

miércoles, 7 de octubre de 2020

FOTOS VIEJAS

Existen días, generalmente domingos, en que no hay mucho que hacer. Claro que con la pandemia todos los días hay poco que hacer, o, más concretamente, nada.
Y entonces es cuando se decide rememorar épocas pasadas mirando viejas fotografías en papel. Sacamos unos miles de álbumes, siempre con la precaución de tener a mano un trapo húmedo para retirar el polvo ancestral (que ojalá pudiera hablar) y que se ha ido juntando.
Preparado todo, se abre la caja de Pandora y  se asoma una a mundos pretéritos, escenarios olvidados y, eso sí, toneladas de sonrisas. En las fotos, todos sonríen. Aunque estén a un paso del suicidio, para la foto, SONRISA. Obligatoria.
Viendo tanto diente rutilante es inevitable preguntarse si reflejaban verdaderamente momentos de felicidad. O, por lo menos, de alegría. ¿Sería porque éramos más jóvenes? ¿Teníamos mucho proyecto por delante? ¿O era pura impostura para la foto?¿Qué pasó con todo aquéllo?
Las reuniones familiares...ahora todos medio alejados y sin ganas ni tiempo para juntarnos, cuanto más lejos mejor. Los cumpleaños, los aniversarios...¿qué pasó con todo eso?
Los amigos con los que, por lo menos, se habla de vez en cuando. Todo parece tan lejano, hasta las ganas de reírse se aquietaron, si acaso alguna sonrisa lateral. Más allá del confinamiento, lo que se acumula son las desilusiones, las reyertas, los rencores, las familias hechas hilachas ... ¿el mundo se ha vuelto gris? Esas ganas de estar reunidos, de tomar algo, de charlar ¿fue un espejismo? ¿Todo tiempo pasado fue mejor? Eso es indudable si se tiene un hermano detenido-desaparecido, que sonríe en una cara de juventud eterna.
¡Ay, hermanito, cómo te hubiera gustado la vida! Si pudieras charlar, aunque sea cinco minutos con tu hija y con tu nieta. Seguro que te hubieran encantado.
¿Y mis padres? Mi papá, mi Stradivarius, como le decía yo porque, ya viejito, era curvo, refinado y antiguo. 
Mi mamá, con su vestido oscuro de seda con lunares blancos. ¡Le quedaba precioso! Y su sonrisa con dientes de conejo... dulzura. 
Qué amarga les fue la vida a partir de cierta época funesta. Pobrecitos: qué fuertes fueron y cómo la lucharon. Y yo, metida en mis propias batallas, lejos,  no estuve a su lado cuando murieron. Cuánto lo siento.  
La verdad es que las relaciones humanas se van erosionando con el tiempo, se gastan. ¿Algunas se fortalecen? Las penurias le van ganando a los amores por varias cabezas, me parece. ¿O será algo pasajero? El individualismo, el consumismo y los teléfonos se van comiendo las charlas amables, largas y fructíferas. Todo es instantáneo... ya no se escucha con atención y muchísimo menos si uno es mayor.
La palabra de los viejos ha perdido peso, consistencia, interés. Las ganas que hay que tener para escucharlos se han evaporado entre confusas y rápidas opiniones superpuestas y superficiales, sin el tiempo necesario para la reflexión. Todos son datos, estadísticas y palabras al socaire soltadas casi a los gritos. Opiniones fugaces, ligeras, confusas hasta contradictorias. Hay que tener cuidado a quien se elige para conversar a riesgo de pasar un rato con cara de póker y salir huyendo a la primera de cambio o exactamente a la inversa ¿Por qué no? A lo mejor, el que sale huyendo es el OTRO. ¿Todo tiempo pasado fue mejor? Esa impresión da, aunque sea en fotos arqueológicas, donde han quedado perfectamente impresas las ilusiones, los proyectos y las alegrías, en las expresiones.
¡Qué colores intensos los de esas fotos 
desteñidas! ¡Y las de blanco y negro! Divinas. Aunque en éstas la gente no salía sonriendo. ¿Sería que en esa época las fotos eran una cosa seria? Pero si hasta fotografiaban a los muertos. Esos no se reían, pero a buen seguro que ya nada los podía perturbar.
Quizás la felicidad sea contemplar con detenimiento esas "supuestas" felicidades pasadas, llenarlas de un contenido nuevo, cambiar la narración echándoles condimentos morunos, mejorarlas, endulzar el pasado.
Quizás la felicidad es imaginar lo que pudo ser y no fue: otros destinos, otras geografías, otros amigos. Sumergirse conteniendo la respiración en realidades paralelas más placenteras, más amorosas, menos dolorosas, en otra dimensión cuántica. Está muy de moda el tema cuántico y, además, ya lo describió Borges. Y si el maestro lo imaginó, seguro que existe.
Hablando de Borges, en una conversación que tuvo con Sábato comentaban que en sus reuniones se hablaba de literatura y filosofía. Este comentario me recordó que, cuando éramos jóvenes, hablábamos de política. Hoy hablan de películas y modas.
Tengo que llegar a la conclusión, bastante obvia por cierto, que cuántos más años se vive, más océano se atraviesa y ya sabemos, más tormentas también. Cada momento grato agrega la sombra de lo que nos tocará mañana y enturbia inevitablemente el momento grato. 
Esa plenitud y ese placer enorme de las risas compartidas ya pasó y a esta altura, nos queda sólo lo AGRIDULCE. 
En fin, los años no vienen solos. Menos mal que es otoño y cada mañana el césped húmedo, la casa llena de pinturas y la sonrisa de Miguel me reciben... cada mañana. 

jueves, 1 de octubre de 2020

SIN RUMBO. capítulo octavo: Garganta profunda.


Ilustración de Florencia Menéndez: DESPIDOS. 

 - Confesá, cabrona.- soltó Stellita B. con mirada de hielo- Qué momento pasional, ¿no? Para plantarle semejante bocado; fuiste vos la del mordisco, ¿no? 

¿Cómo te diste cuenta?- preguntó muy intrigada la acusada. 

-Muy sencillo: aritmética básica- pero si te digo la verdad, me parece una banalidad. ¿Qué importancia puede tener que hayas mantenido un affaire y que el tipo crepó en pleno acto? 

-Ninguna. Pero no me gusta. No me gusta que todo el mundo sepa que me acosté con él. Podría llegar a los oídos de mi primi. Además, parece que lo hubiera obligado. 

-¿Obligado? ¿Y él se tragó los Viagra porque le metiste un cuchillo en la garganta y lo obligaste? Eso no se lo cree nadie. ¿Vos tenés antecedentes penales?

-Claro. Cómo todo el mundo, pero sólo por tráfico de drogas. 

-¡Ah, pero eso no es nada! Bueno, quédate tranquila... no soy yo quien va a abrir la bocaza. Ser chivata nunca fue mi vocación. Pero alguien se va a dar cuenta, así como me di cuenta yo. 

Se acerca Pily, que había decidido bajar un rato del aerostático y darse una vuelta por la cubierta. 

-¿Qué están conspirando ustedes dos?- preguntó con curiosidad. 

-Parece que viene una tormenta- dijo Stella por decir algo y para desviar la atención. 

-Tormenta es la que tenemos acá. ¿Se aclaró lo del muerto?

La acusada se excusó con la excusa de un súbito dolor de cabeza y se alejó cabizbaja, con el peso de la culpa. Voló antes que la suspicaz psicóloga la pescara en un acto fallido. 

-¿Y a ésta que le pasa? ¿Le duele una muela?-preguntó Pily, sospechando algo. 

-Paranoias, nada importante y si le doliera una muela, ella sabrá mejor que nadie qué hacer. 

-Chicas, viene una tormenta- aventuró Marta V. acercándose al fogón- hay que prepararse y encomendarse a Dios. 

Y Kuky Belack agregó: - ¿A Dios, o a Neptuno? Mejor nos ponemos a jugar al truco, como tantas veces hicimos para furia de las monjas. Y de paso, nos distraemos y no nos damos manija con la tormenta, ¿no?

-¡Pero nada de trampas, eh, que es lo que más las divierte!- añadió Marta P. con su mejor cara de jueza- porque se lo cuento a Mónica que nos va a sacar una muela sin anestesia, como FIANZA, agregó sin poder disimular una risa subrepticia. 

-¡Ehhhhh, sin anestesia noooo!- la doctora Elvirita sabía de lo que hablaba. Víctimas le sobraban en su abultado currículum vitae.

-Aunque sea una epidural- comentaron Marta G. Y Mechi Ll, muy sensatas ellas, muertas de risa. 

-¡No llegaaaa hasta los dientes esa anestesia!¡La peridural es mucho más abajo, de la cintura para abajo!- se divirtió Mónica Bardi, recién llegada, alcanzando a oír el final de la conversación: -A menos que tengas una muela en el monte de Venus-

-¡Siempre tan bruta!- susurraron varias- ¡tanta risa y el temporal nos va a llevar puestos! 

-Sería igual que sin anestesia. Un sacrificio ofrecido como adelanto para cuando vayamos al cielo. Como en la edad media antes del cloroformo: con un litro de ginebra entre pecho y espalda y a aguantar- matizó Maricruz O, mientras arriaba sus banderas políticas al mirar al cielo oscurecerse peligrosamente. La política y el cielo siempre se oscurecen peligrosamente. 

- ¿Sin anestesia?, tienen alma sádica estos galenos. Qué horror. ¿Qué se creen? ¿Que somos plantas?- corearon las ninfas del jardín de las Hespérides Grace M. y Adelina. 

-¿Plantas?- discrepó Estela G., que oficiaba de tercera ninfa y no podía ausentarse de la improvisada reunión: -las plantas también sienten, ¿lo sabían? Por eso hay que hablarles con suavidad y ponerles música. 

- Exactamente, son seres vivos, por si alguien lo ha olvidado -afirmaron al unísono Marta G. y Norma Ragusa. 

-Pero yo me como una lechuga y 20 tomates sin culpas...- se burló Stellita Bottichelli- y una milanesa también- Los que vivimos nos tenemos que alimentar de otros que vivieron. 

-Bruja mala, hereje, que nos vienes con filosofía barata. Te vamos a quemar en la hoguera por comerte las vaquitas y sus hijitos - opinaron las veganas, medio en broma, medio en serio. 

-De acuerdo- afirmó rotunda Stellita- la próxima vez le pido perdón a la merluza, antes de zampármela. Me queda claro. 

En ese momento se acercó corriendo Ana N. --Chicasss, ¡qué se viene una tormenta!¡No es joda!¡Moriremos ahogadas, si no ocurre un milagro!

-Ah, entonces es verdad. ¿Y es muy fuerte?- 

-Bueno, si, pero conservemos la calma- Mirta A. como siempre. -Calma, calma, mi alma. 

Graciela V., con su espíritu solidario y organizativo, empezó a pensar a toda velocidad lo que haría falta a septuagenarias en apuros. Se les iban a volar desde las dentaduras hasta las bombachas. Había que pensar en todo; hasta en el más mínimo de los detalles. 

-¡Marita, largá los pinceles!- gritó Graciela L., la marquesa- ¡Hay que bajar la casita de Estela G. y el globo de las 2 piantadas!

Ana María P. de L., haciendo honor a su apellido, agarró unos prismáticos y oteó el negro horizonte, para formarse una idea de la situación, mientras Betty T. se enfundaba un impermeable, para ayudar en lo que fuera necesario. El peligro hacía aflorar la solidaridad y el espíritu maternal entre ellas.

Llegó el capitán bastante agitado y avisó que se venía una borrasca fuerte y que ya había modificado el rumbo pero que igual nos iba a agarrar de refilón. -Así que a rezar a Monjamon, a Zeus, a Alá y a todos los dioses que tengan a mano, porque falta nos hará. 

La tripulación empezó a guardar todas las cosas de cubierta y las mandó a ponerse bajo techo. ¡A jugar al truco todas ustedes! ¡Y sin vomitar!

-¿Y si mejor nos vamos alos catres de los camarotes con alguno de la tripulación y hacemos movimientos ondulantes ayudados por las olas... para no marearnos? Sólo para no marearnos, claro- sugirió Mónica B. 

-¡Buena idea! Y mejor motivadas con alguna bebida espirituosa- Marita, cuándo no, con una aromática copa de vino gran reserva en la mano- porque si vamos a morir ahogadas, mejor estar beodas y en medio de un orgasmo. 

-A la hoguera dos más-. se oyó por ahí. "Tanta agua no apagará tanto fuego". 

La tormenta fue brutal, el crucero parecía un barquito de papel. Todas nos dábamos valor unas a otras. No estaba como para aventuras románticas en la cama.  Se lloraba, se rezaba, se invocaba y la única que vomitó fue Marita (aunque ya se rumoreaba que estaba embarazada). La orquesta seguía tocando imperturbable, lo cual era peor porque nos recordaba al puto Titanic. Muchas cosas volaron por los aires y las olas parecían montañas. TERRORÍFICO. PÁNICO SIDERAL. Pensando en las familias, a la que ya no volveríamos a ver, sólo se oía rezar y rezar:  "Monjamon. ¡Monjamon, Monjamon, sálvanos del tormentón!" No se sabe cuánto duró aquéllo pero parecieron siglos. En ese tiempo que parecía el último se dijeron cosas horribles y preciosas. Las ateas pedían por favor a Dios que las salvara y las católicas renegaban de él, porque lo consideraban un injusto destino. "En la cancha se ven los pingos" gritó alguien. 

Todas confesaron sus horribles pecados y fue inimaginable los secretos que salieron a la luz.  Por eso cuando alguna sugirió que para ir al cielo directamente habría que conectarse con los SEMENTAL MEN DE LA PRADERA y pedirles perdón antes de morir, todas saltaron como un resorte. 

-¡¡Noooooooo, eso nunca!! Lo llevaremos en nuestra conciencia. Prefiero arder en el infierno...bueno, en el purgatorio, unos pocos siglos... que no es para tanto- gritó Nilda Paz. Pero no supimos bien por qué, ya que, en teoría, ella no tenía que rendirle cuentas a nadie, era una santa y carecía de  primi en el dichoso club.

Un sentimiento de desconfianza se extendió entre esas buenas mujeres. ¿No sería ella la del mordiscón en el muslo del muerto, después de todo? Como en los cuentos policiales, el último de quien se sospecha es el culpable.

Y alguien lo dijo en voz bien alta, ella, la que estaba acostumbrada a tratar con mentirosos: hablamos de Marta P., por supuesto, cuya vida profesional la había llevado de juzgado en juzgado, metiendo en cana a los decentes y a la inversa, como todos los abogados... bueno, casi todos, no se puede generalizar, pero mejor pagarles al final. 

-¡Noooooo, ella no fue!- gritó Stellita Maris, llenando de alivio la carita de Nilda que ya iba adquiriendo un subido tono "Tomatito maduro". 

Instantáneamente todas giraron su mirada hacia Stella Bottichelli (apodo recién adquirido), y ya iban a preguntarle de dónde venía esa tremenda certeza anunciada con tanto grito, cuando una enorme ola las interrumpió e hizo zozobrar el precioso transatlántico. A duras penas alcanzaron los botes salvavidas que, de milagro, albergaron tanto sobrepeso. La mitad de la tripulación murió junto con el capitán, que se hundió con su barco, como corresponde. 

Llegaron agotadas y con 20 kilos menos al Pacífico Sur, a las islas FIJI, donde afortunadamente las atendieron como a marquesas (y no solo a la marquesa). Las flacas como Pily eran esqueletos vivientes y las gordas parecían salidas de un desfile de top models. 

Las islas eran bellísimas y aquéllas pecadoras arrepentidas vieron el cielo abierto para volver a pecar, así que, con una caipiriña en cada mano, decidieron avisar al club SEMENTAL MEN DE LA PRADERA que habían decidido quedarse un tiempo... (indeterminado) y que si querían verlas, que vinieran ellos porque eso era una maravilla y no estaban seguras de no haber muerto todas y estar de verdad en el paraíso celestial. Los primi no contestaron. ¿Estarían ofendidos? 

 Pasados unos cuantos días, estaban todas tomando sol en la playa cuando de repente alguien pensó en voz bien alta: - Y al final, ¿quién fue la del mordiscón en el muslo del muerto? Botti lo sabía, ¿no?

-¡Que lo cuente, que lo cuente!- corearon varias, asediando sin tregua a la susodicha. 

Como toda la evidencia se había hundido: el muerto (con erección y todo), con la marca de los dientes culpables en su muslo, los moldes de yeso y hasta las joyas de la marquesa, se supone que nadie, salvo Stella Maris y la culpable sabían la verdad. 

Pero como Stella Maris tenía una muy buena opinión de sí misma y no se consideraba  una chivata, cerró la cremallera labial y juró que no lo iba a decir ni bajo tortura. Y la otra, la culpable, obviamente, tampoco. 

¿Y el PANÓPTICO? TAMPOCO. Había un pacto de silencio y nadie estaba dispuesto a romperlo. Una mafia latinoamericana. 

Fin del cuento.