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miércoles, 29 de noviembre de 2023

LEGADOS

 

CONSTE EN ACTA                                                   Se entregará el collar de perlas a la muchacha que me leía los Salmos al atardecer; me hacían creer que existe otra población en otro mundo. La maceta con clemátides será de mi hermana mayor.                                                                Al invierno lego la grandeza de los fuegos de mi chimenea.                                              A la noche, la claridad.                                  A la vida, mis libros porque permaneceré con mis ojos abiertos en sus páginas.          A la parca dejo una caja vacía.                    Al atardecer, el cedro con el rocío.              A la mariposa, las imbatibles alas de mis sueños.                                                              A mi hijo lego mi vida por cuyas venas corren presurosos los versos.                                               DELFINA ACOSTA                                                     

domingo, 30 de octubre de 2022

PAZ

 


PIDO POR LA PAZ EN UCRANIA 

Del libro "La canción que no cesa" de DELFINA ACOSTA.

Ni la marea que lleva y trae

a los caballos y jinetes muertos,

con los espasmos de sus altas olas,

es violenta como tú, guerra. 

Ni la lluvia que se ahoga 

en su misma agua

y apura su propia caída

es suicida como tú, guerra. 

ni la ansiosa llama

que se muerde a sí misma. 

es terca como tú, guerra. 

Ni el bufido del viento

que cabalga sobre la enceguecida noche,

es temible como tú, guerra. 

Ya escucho los cercanos cascos de la muerte,

ya se disponen a no rendirse los héroes;

su encendida sangre será,

en un instante, glorioso polvo. 

Los movimientos de las incendiadas sombras

avanzan veloces

la paz se arrodilla pidiendo a un impasible Dios,

a nadie, a quien sea, 

que la dejen vivir un dia más.

                                                   6/3/22




lunes, 7 de marzo de 2022

CONFUSIÓN

 LA OFICINA CENTRAL. 

por Delfina Acosta.

       


                                         

Macedonio Gutiérrez y su amigo Apolonio llegaron, en condición de curiosos, a la oficina central del pueblo, lugar muy concurrido, por cierto. Cosa de no creer, los pueblerinos debían, diariamente, hacer presencia física en tal recinto para confirmar que eran quienes eran, diciendo en las ventanillas sus nombres y apellidos. Quienes llegaban tarde a la repartición de números, eran excluidos de las largas filas; se quedaban entonces, como huevos de gallinas, sin identidad alguna. Recuerdo que hubo miles de casos de personas quienes, víctimas de la confusión generada por los griteríos, recibían cédulas equivocadas. Fue así que una tal Aparicia Quiñónez, dignísima señora, aburrida viuda del juez, salió de la oficina con la identidad de Ofelia Iriarte, meretriz de la casa de citas "La estrella". Sin embargo, la mujer, quién lo diría, aceptó más que satisfecha su nueva condición civil. Macedonio, gran observador, al ver su rostro contento, le echó un piropo salado. Ella le sonrió. Al caer la noche, ambos se dirigieron, con pasos rápidos, al río lustrado por la rojiza luna.          DELFINA ACOSTA