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miércoles, 21 de septiembre de 2022

REPITE...

 


LOS ESPEJOS

Jorge Luis Borges


Yo que sentí el horror de los espejos

no sólo ante el cristal impenetrable

donde acaba y empieza, inhabitable,

un imposible espacio de reflejos

 

sino ante el agua especular que imita

el otro azul en su profundo cielo

que a veces raya el ilusorio vuelo

del ave inversa o que un temblor agita

 

Y ante la superficie silenciosa

del ébano sutil cuya tersura

repite como un sueño la blancura

de un vago mármol o una vaga rosa,

 

Hoy, al cabo de tantos y perplejos

años de errar bajo la varia luna,

me pregunto qué azar de la fortuna

hizo que yo temiera los espejos.

 

Espejos de metal, enmascarado

espejo de caoba que en la bruma

de su rojo crepúsculo disfuma

ese rostro que mira y es mirado,

 

Infinitos los veo, elementales

ejecutores de un antiguo pacto,

multiplicar el mundo como el acto

generativo, insomnes y fatales.

 

Prolonga este vano mundo incierto

en su vertiginosa telaraña;

a veces en la tarde los empaña

el Hálito de un hombre que no ha muerto.

 

Nos acecha el cristal. Si entre las cuatro

paredes de la alcoba hay un espejo,

ya no estoy solo. Hay otro. Hay el reflejo

que arma en el alba un sigiloso teatro.

 

Todo acontece y nada se recuerda

en esos gabinetes cristalinos

donde, como fantásticos rabinos,

leemos los libros de derecha a izquierda.

 

Claudio, rey de una tarde, rey soñado,

no sintió que era un sueño hasta aquel día

en que un actor mimó su felonía

con arte silencioso, en un tablado.

 

Que haya sueños es raro, que haya espejos,

que el usual y gastado repertorio

de cada día incluya el ilusorio

orbe profundo que urden los reflejos.

 

Dios (he dado en pensar) pone un empeño

en toda esa inasible arquitectura

que edifica la luz con la tersura

del cristal y la sombra con el sueño.

 

Dios ha creado las noches que se arman

de sueños y las formas del espejo

para que el hombre sienta que es reflejo

y vanidad. Por eso nos  alarman.

martes, 12 de abril de 2022

DIOSES Y DUDAS

 


Una charla con Borges. 

"-Mi madre me llevaba a misa con bastante frecuencia; tenía una inmensa fe. Una fe por todos nosotros.

 - ¿Y su hermana?

 -Sí, también mi hermana. También. Rezaba… Reza todas las noches.

 -Pero de alguna manera le atraen las religiones. En sus escritos usted hace referencias a la tradición cristiana, al budismo, al judaísmo, al islam...

 -Sí, claro. Puedo ver a las religiones como una cuestión intelectual y son una fuente inagotable de pensamientos. Los conceptos metafísicos de lo sagrado son fascinantes, pero mi visión no es teológica. Es más bien estética. Mire, cada religión cuenta con su libro o textos sagrados que dan basamento a sus respectivas creencias. El cristianismo tiene a la Biblia; el islamismo, el Corán; el hinduismo, los Vedas; el judaísmo, su Tanaj… Fíjese cómo cada país también tiene, en una especie de estética de las religiones, su autor canónico: España a Cervantes, Italia a Dante, Inglaterra a Shakespeare, Francia a ¿Hugo? ¿Voltaire?, Alemania a Goethe, Argentina a ¿Hernández…?

 -Argentina a Borges-dijimos casi al mismo tiempo sonriendo.

 -Bueno, no, no, por favor. Son ustedes los que dicen eso…-respondió haciéndose cómplice con una sonrisa. 

 -Pero, en definitiva, no cree en Dios. 

 -Nunca creí en un dios personal y menos aún en esas tonteras sobre la Trinidad o los premios, castigos y sobornos para ganar un lugar en el cielo. Ese planteo del cristianismo y del judaísmo es, además de infantil, bastante cruel e injusto. Dígame, ¿cómo podría alguien castigar eternamente a otro por lo que hizo en una fugaz vida terrenal? Yo no lo haría, y seguramente ustedes tampoco. ¿Cómo entonces un dios podría hacer algo así? “I’m an atheist and I thank God for it.”-se ríe- Bernard Shaw dijo también “God is in the making”, o sea, Dios no es, Dios se hace continuamente, en todos y en todo. Ese es un dios en el que sí podría creer… 

 -Ni hablemos de la vida eterna entonces.

 -No por favor. Eso sería terrible. Vivir para siempre…- silencio- Pero como dijo mi padre una vez: “Si somos inmortales, ya habrá tiempo de hablar de todas estas cosas.” Aunque él también dijo “Es tan raro el mundo, que todo es posible. Hasta la Santísima Trinidad.” Así que quién sabe, ¿no?

 -En definitiva, nos morimos y no hay nada más.

 -Al menos eso creo yo. Morir ha de ser como dormir sin soñar, un descanso profundo y eterno. Por otro lado, el universo se las arregló muy bien sin mí hasta que nací, así que bien puede seguir tranquilamente después de que me haya ido. Cuando mi padre estaba por morir, me dijo que su deseo era morir entero, de cuerpo y alma. Yo creo que lo logró. Pero quién sabe."

lunes, 1 de noviembre de 2021

SIEMPRE BORGES

 


EL PESO DEL TIEMPO .

La vejez... creo que todo está en ese libro sobre la senectud de Cicerón, pero yo no lo recuerdo, así que trataré de hablar de mi experiencia...

La vejez es una forma de soledad, y en mi caso esa soledad está agravada por la ceguera. Cuando uno comete la imprudencia de cumplir, ay de mí, 84 años, se siente la gravitación de la soledad. Mis contemporáneos están en la Recoleta, o en la Chacarita. Pero hay alguna gente joven que me perdona mi vejez y que viene a verme. Si no, paso buena parte de mi tiempo en esa casa, y estoy solo. Tengo que poblar mi soledad, y entonces trato de no pensar en el pasado, de pensar en el porvenir, de poblar esta soledad con proyectos literarios. 


¿Que otra cosa puedo hacer? Es decir, estoy solo. Estoy continuamente pensando en versos, en sonetos, en prosa, en cuentos. Tengo que escribir, además, porque en un momento de locura me prometí escribir cien prólogos, de los cuales he escrito siete hasta ahora, de modo que me veo obligado a la longevidad...


Siempre uno está solo cuando muere, supongo. 

De modo que me he resignado a la vejez y a la ceguera del mismo modo que uno se resigna a la vida, que es lo más grave y lo más difícil. 

Una vez le dijeron a Bernard Shaw que obrar de tal modo era imprudente, y él contestó: "Bueno, es imprudente haber nacido, es imprudente seguir viviendo, vivir es cometer imprudencias...¿por qué no agregar una más?"

Bueno, creo que ahora me siento en todo caso más sereno que cuando tenía no 84 sino 24 años. Claro, a esa edad uno trata de ser Hamlet, de ser Byron, de ser Baudelaire, de ser algún personaje de una novela rusa del siglo pasado, y uno cultiva la desdicha. Después uno se da cuenta que la desdicha no es necesario cultivarla, que uno se la encuentra... Y ahora creo estar, no diré cerca de la felicidad, pero muchas veces cerca de la serenidad, lo cual es más importante. Además, a mi edad uno conoce sus límites. No sé que puedo hacer, pero sé que no debo hacer... Sé que hay cosas que no debo intentar, por ejemplo escribir una novela, o escribir una pieza de teatro, o enamorarme. Esos son esfuerzos, claro...


En cuanto a la vejez, no se la aconsejo a nadie, pero si llega, mejor resignarse. Cuando yo era joven, pensaba en el suicidio. En cambio ahora el tiempo se encargará de suicidarme en cualquier momento, no tengo por qué tomarme ese trabajo. 

En cuanto a esto de que el país tiene demasiado viejos, en fin, trataré de morirme lo antes posible, pero yo no tengo la culpa de eso. 


Si el problema es que nacen pocos chicos, bueno, en el mundo ya hay demasiada gente.


Además, este país es muy raro. De todas la población, los que no están en Buenos Aires están en Rosario o en Córdoba. ¿En el resto del país qué ciudades hay? Son pedazos de Almagro o de Flores tirados en medio del campo. 

Cuando yo era chico, vivíamos en Palermo, el suburbio de Evaristo Carriego. Y la edificación seguía hasta lo que ahora es Juan B. Justo, antes El arroyo Maldonado. Un barrio muy pobre, muy pobre, con calabreses y criollos, y ahí ya había poca edificación. 

Luego, volvía a empezar en lo que ahora es Federico Lacroze; en el medio, ese espacio estaba casi hueco...Era muy chica la ciudad, y ahora no la conozco... Un poema mío empieza así: "He nacido en otra ciudad que también se llamaba Buenos Aires..."

Nací en la calle Tucumán entre Esmeralda y Suipacha, y había una sola casa de altos que era el almacén de la esquina. 

Todo el resto eran casas bajas, con azoteas, con zaguanes, con patios, con aljibes, una tortuga en el fondo del aljibe, con llamadores, porque no había timbres. 

Es decir, completamente distinto. Una ciudad de casas bajas. Y aquí, por ejemplo, donde está el garaje, hasta hace 20 años había un conventillo, en la esquina de Charcas y Maipú. Estaba pintado de amarillo y era bajo, y nosotros podíamos ver el río. Después lo demolieron, hicieron el edificio y taparon la vista al río.


Como decía un filósofo alemán, me tocó vivir como a todo el mundo una época de transición...

Todas las épocas son de transición y de cambio...


En Europa se siente el peso tiempo, pero es un peso que no es abrumador, que es grato. Ahí han pasado muchísimas cosas...


En cambio a nosotros nos gusta inventar un pasado. Pocos países tienen una historia tan reciente como la nuestra y tantos aniversarios, tantas estatuas ecuestres, más estatuas que personas...Dentro de poco las estatuas van a desplazar a las personas...

Una vez me pidieron que firmara por una estatua ecuestre del general Soler, soy sobrino bisnieto de él...pero creo que el país tiene urgencia de otras cosas, hay demasiadas estatuas ecuestres, y horribles además...

Ahora hay que tratar de sobrevivir. El costo de la vida es terrible. Vivo de dos pensiones... fui profesor de Literatura inglesa y americana en la Universidad de Buenos Aires y dejé atrás el límite de edad para jubilarme. Fui director de la Biblioteca Nacional. Mis libros parece que son los que más se venden, pero no podría vivir de eso. El 10 por ciento de derechos de autor se paga tarde, mal o nunca, así que ningún escritor podría vivir de la literatura. De manera que con mis pensiones no podría viajar, viajo por invitación de otros países...


Escribí un poema sobre todo esto también: "Me gustaría saber/ quien me mira del otro lado del espejo/si es algún horrendo anciano..." Pero dicen que no, que por suerte no soy tan horrendo. 


Jorge Luis Borges.

lunes, 16 de agosto de 2021

UN DIOS QUE EVOLUCIONA.

 Jorge Luis Borges sobre Dios (maravilloso)



¿Cree usted en Dios?


Borges —Si por Dios se entiende una personalidad unitaria o trinitaria, una especie de hombre sobrenatural, un juez de nuestros actos y pensamientos, no creo en ese ser. En cambio, si por Dios entendemos un propósito moral o mental en el universo, creo ciertamente en Él. En cuanto al problema de la inmortalidad personal que Unamuno y otros escritores han vinculado a la noción de Dios, no creo, ni deseo ser personalmente inmortal.

Que hay un orden en el universo, un sistema de periodicidades y una evolución general, me parece evidente. No menos innegable es para mí la existencia de una ley moral, de un sentimiento íntimo de haber obrado bien o mal en cada ocasión.


—¿Quiere decir entonces que en esencia todo eso probaría la existencia de Dios, o que Él haya sido el creador, el principio y el fin de las cosas?


Borges —No sé si Dios está en el principio del proceso cósmico, pero posiblemente está en el fin. Dios es tal vez algo hacia lo cual tiende el universo.


—¿Y por qué cree usted de esta manera en Dios?


Borges —Creo por intuición y además porque sería desesperante no creer. Si suponemos que hay un ser perfecto y omnipotente que está al principio de la historia universal, y suponemos que creó el mundo, entonces no comprendemos por qué existe el dolor o la maldad; en cambio si suponemos un Dios que está creándose a través del proceso cósmico o de nuestros destinos personales, en esa única forma podemos creer en Él, es decir, como canalización evolutiva hacia la perfectibilidad.


—¿Y cómo aplica su creencia a la vida práctica cotidiana?


Borges —Trato de aplicarla. Dentro de la vida para la cual estoy condicionado hago lo más que puedo. Además no exijo a la finitud de mi ambición más de lo que el proceso natural de mi propia evolución podrá darme. Trato de ser un hombre justo, pero no siempre lo consigo.

jueves, 29 de abril de 2021

Animales queridos.

 


A un gato. 

Jorge Luis Borges


No son más silenciosos los espejos

ni más furtiva el alba aventurera;

eres, bajo la luna, esa pantera

que nos es dado divisar de lejos.

Por obra indescifrable de un decreto

divino, te buscamos vanamente;

más remoto que el Ganges y el poniente,

tuya es la soledad, tuyo el secreto.

Tu lomo condesciende a la morosa

caricia de mi mano. Has admitido,

desde esa eternidad que ya es olvido,

el amor de la mano recelosa.

En otro tiempo estás. Eres el dueño

de un ámbito cerrado como un sueño.

domingo, 22 de julio de 2018

BORGES Y ELLA. Capítulo 1

Cierta noche estrellada, en la casa de ella se olfateaba un acontecimiento importante. A pesar de su corta edad entendía esos movimientos como algo muy prometedor porque la familia se había emperifollado con sus mejores galas. Corbatas, perfumes y un moño precioso en su pelo. Eso no pasaba todos los días. Su hermano pequeño con el trajecito de pantalón corto, al uso de la época. Tampoco se lo ponía todos los días.Su hermano pequeño, su pequeño hermano...ese maravilloso ser humano que tan poco pudo disfrutar. Pero volvamos a la historia.
Eran una familia tradicional, con cuatro componentes, de clase media, como las de las fotos blanco y negro que salen sonriendo, pero con todos los mambos y neurosis que esconden esas "familias normales" debajo de la alfombra.
_"¿Dónde vamos?"_ preguntó ella intrigada.
_ "A ver a Borges"_ contestó mecánicamente el padre, mientras le acomodaba la corbatita al nene.
Eso no le aclaró nada a la niña, pero decidió esperar a los acontecimientos, mientra miraba a su linda mamá con el vestido de raso con lunares...siempre tan elegante.
Llegaron a un colegio inglés caro, rodeado de una arboleda añosa, un lugar precioso...había una multitud.
"¿Toda esta gente también vendrá a ver a Borges?", se preguntó ella.
En un momento dado se hizo un silencio expectante y apareció ÉL: JORGE LUIS BORGES.
"Uy, qué feo", pensó, pero menos mal que no dijo nada. Cuando cesaron los aplausos y se inició la conferencia, ella escuchaba todo con mucha atención, sin entender absolutamente nada, aunque de a poco, inexplicablemente, se sintió abducida por ese "feo" señor mayor, que hablaba con un cadencioso y lento acento porteño. Tenía un aroma de respeto, de elegancia, de cercanía, de humor...¿Sería esa sonrisa, esa dulzura lo que la mantenía en vilo? ¿Era aquélla una transfusión mágica?.
Cada tanto la gente se reía, aunque ella no entendía por qué. Todavía era muy chica para captar las ironías. De golpe pensó: "No es tan feo". Ese señor hacía muchas preguntas...se las hacía a él mismo. Ese señor tan famoso no tenía todas las respuestas. ¿Cómo era eso posible? ¿Entonces por qué era tan famoso? Su padre, que no era tan famoso, siempre parecía ser el dueño de la verdad. Por eso lo admiraba tanto. Mucho después, ella desarrolló una ALERGIA EMOCIONAL hacia las personas con un discurso del que emana un pensamiento ÚNICO. Ese amable señor que no veía recitó una poesía ¡con el nombre de su mamá! Ella miró a su mamá y la vió con una tenue sonrisa...como si el poema fuera para ella...¿quién sabe, en el fondo, si no lo era?

LA ROSA
La rosa,
la inmarcesible rosa que no canto,
la que es peso y fragancia,
la del negro jardín en la alta noche, 
la de cualquier jardín y cualquier tarde,
la rosa que resurge de la tenue
ceniza por el arte de la alquimia, 
la rosa de los persas y de Ariosto,
la que siempre está sola,
la que siempre es la rosa de las rosas, 
la joven flor platónica, 
la ardiente y ciega rosa que no canto, 
la rosa inalcanzable". 

Y entre medio de la maraña de palabras borgianas surgió una. Que se repetía, como la rosa. Y precisamente ésa se le quedó clavada para siempre: DUDA. 

De a poco, con los años y los acontecimientos, se transformó en una mujer dubitativa, para la que no hay blancos inmaculados sino más bien negros insondables...todo depende.
En 1932 Heisenberg recibió el Premio Nóbel de Física por haber establecido lo que se conoce como PRINCIPIO DE INCERTIDUMBRE.
Seguramente ella lo leyó en algún lado y se quedó pensando: si la ciencia tiene un principio de incertidumbre, ¿qué nos queda para el resto?...¿el olfato, la intuición?
Como después comprobó, dudar no tenía buena prensa...¿era ésa una época de certezas? ¿Existen las épocas de certezas? ¿Qué es una certeza? según el diccionario, una certeza es el conocimiento claro y seguro de algo. Quien tiene una certeza está convencido de que sabe algo sin posibilidad de equivocarse, aunque la certeza no implica veracidad o exactitud. Esto quiere decir que una persona puede afirmar que tiene una certeza y, sin embargo, la información que maneja es falsa o errónea o esconde algo. Puede ser una falacia. 
Como no sea la ley de la gravitación universal, el resto está bastante borroso, pensaba ella.Y lo de la gravedad, ahora, porque Ptolomeo había afirmado algo bien distinto. CONTINUARÁ.