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sábado, 22 de noviembre de 2025

ARTURO

 CUENTO CORTO DE MÓNICA BARDI


Mientras se duchaba, pensaba Arturo: "Uffff, justo un domingo y tengo que hacerle un favor a este amigo". Se vistió parsimoniosamente, pero recordando que el otro lo estaba esperando. Tenían que ir a la casa de la suegra para cambiar la bañera por un plato de ducha, antes que la vieja se resbalara y tuvieran un disgusto. Recordaba Arturo la frase de Benedetti: "aquí no hay viejos. Sólo nos llegó la tarde. Viejo es el mar y se agiganta. Viejo es el sol y nos calienta. Vieja es la luna y nos alumbra". 

Algo raro pasó cuando llegaron: la viejita dueña de casa se presentó muy educadamente y ambos se dieron la mano. Este simple acto de estrecharse las manos, tan común en otros contextos, era algo inusual en éste. La gente no suele darse la mano al presentarse, sino un simple "Hola" o dos besos si hay mas proximidad personal. Despues de esta primera toma de contacto, ella quedó algo perpleja, como hipnotizada; de lo cual Arturo ni se dió cuenta y siguió a lo suyo. 

Mientras hacía cálculos y tomaba medidas algo raro notó. La mujer lo observaba fijamente pero él, mientras continuaba mecánicamente su trabajo,  reflexionó para sí que los ancianos tienen actitudes indescifrables y, además, siempre viven en el pasado sumergidos en sus recuerdos. Así lo atestiguaban unas fotos antiguas que lo miraban desde su color sepia, muy serios, sobre el pequeño escritorio del dormitorio contiguo. Cuando terminó sus cálculos se fue saludando ceremoniosamente. 

"Adiós, papá" susurró la viejita con los ojos llenos de lágrimas. 

Y se despertó. 

jueves, 10 de agosto de 2023

FACUNDO

 


Del muro de Paul Torres. 

CONCHITA CUENTA CUENTOS

"Siempre quise saber lo que había detrás de la famosa frase de Facundo Cabral “No soy de aquí ni soy de allá...”, y cuando lo supe, amé esta historia que ahora les cuento: Tiene tanto tiene qué ver con un sentimiento tan noble y tan poderoso como el amor: el perdón.

El padre de Facundo se fue de su casa antes de que éste naciera. Luego Sara, su madre, fue echada a la calle junto a sus pequeños hijos, y Facundo no tuvo un techo donde nacer, de ahí lo de “No soy de aquí ni soy de allá / no tengo edad ni porvenir / y (a pesar de todo) ser feliz / es mi color de identidad”.

Nació así en La Plata, y se crió en una de las barriadas más pobres de la urbe argentina, como presagio de lo que más adelante la montaña rusa de la vida le depararía: sinsabores, éxitos, fracasos, lucha, amores, desamores y mucho aprendizaje, como preparando al gran apóstol de la música latinoamericana para un camino que no detendría ni su absurda muerte un 9 de julio.

Una noche, tras terminar un concierto en una de las catedrales de la música de Buenos Aires, Facundo, con 46 años a cuestas, se llevó la sorpresa de su vida: en el pasillo lo esperaba su padre. “Lo reconocí porque era igual a la foto que mi madre siempre había guardado, pero con el pelo cano y las huellas del tiempo reflejadas en su rostro y en sus manos. En el acto supe que era él, porque siempre vi esa foto en la repisa de la cama de mi madre”, contaba Cabral. “Mi padre era muy apuesto. Todo lo contrario a mí, era muy elegante. Ahora, muchísimos años después, estaba allí y me quedé congelado sin saber qué hacer”.

Este era el primer encuentro con su padre. ¿Se imaginan la tormenta de emociones, pensamientos y nerviosismo que azotaban dentro de aquel hombre que paseaba su música por el mundo pregonando la paz, el perdón y el amor? Entonces, ¿qué hacer?

Un día Cabral dijo sobre su padre: “Agotó todo el odio que había acumulado en mí; lo odié tanto y tan profundamente porque había dejado sola a mi madre con siete hijos. Aprendimos todos a tener el cielo por techo y la lucha por sobrevivir se volvió prioridad para los ocho. Murieron cuatro de hambre y frío. Tres sobrevivimos de milagro”.

Ahora, su padre estaba frente a él, y sentía tener todo el derecho de decirle lo que su corazón guardaba. El rencor es un sentimiento tan fuerte como el perdón y Facundo sintió muchas veces que su memoria le alejaría para siempre de aquel hombre. En ese momento, el recuerdo de las palabras de su madre retumbó en su cabeza y en su corazón: “Vos que caminás tanto, algún día te vas a encontrar con tu padre. ¡No cometas el error de juzgarlo! Recuerda el mandamiento: honrarás al padre y a la madre. Segundo, ese hombre que vas a tener enfrente, es el ser que más amó, más ama y más amará tu madre. Tercero, lo que corresponde es que le des un abrazo y las gracias, porque por él estás gozando las maravillas de Dios en este mundo por el que caminas. La vida que tanto amas no sólo te la dio tu madre, también se la debes a tu padre. No lo olvides”.

El desenlace de este encuentro lo cuenta el mismo Facundo: “Por eso cuando vi a mi padre nos acercamos, nos abrazamos y fuimos grandes amigos hasta el final de sus días. Aquella vez me liberé y dije: ‘Mi Dios, qué maravilloso es vivir sin odio’. Me costó años perdonar y pude hacerlo en un segundo. Y me sentí tan bien”.

El perdón es tan noble y poderoso como el amor.

Texto:  Facundo Cabral.

martes, 9 de agosto de 2022

DUELOS


Narración de Mónica Bardi

Anoche se acercó a su platito con trozos pequeños de mortadela que le corta Miguel. Pero no comió y se fue al jardín. Como siempre hace lo mismo, esperamos que volviera. Pero no volvió. Nuestra gatita Mimi no volvió. 

Miguel está preguntándose si la habrá atropellado un coche, si habrá comido veneno para ratas en algún jardín vecino, si alguien se la habrá llevado, viéndola tan dócil. Miguel está sufriendo y pensando. Tenemos la esperanza de que vuelva. Los gatos son así de aventureros y desapegados. Entretanto, Miguel para distraerse se va de pesca, su mejor terapia. Allí se va con resignación y cañas de pescar. 

Hoy hace 48 años que murió el padre de Miguel, durmiendo. Sólo tenía 53 años y su hijo lentamente va hilvanando recuerdos y, en su narración, todavía se refleja la perplejidad. Hoy estamos hablando de un buen hombre y un padre cariñoso, que murió en la flor de la vida. Hoy es un día triste. 


domingo, 19 de junio de 2022

PADRE

 


MARCELO ALEJANDRO CAPARRA. 

El Día del Padre me levanto temprano para ir a comprar facturas para mis tres hijas. Busco agasajarlas a través de mí. Nadie me obliga, lo hago porque "quiero", o porque sí. No se me ocurre una síntesis más perfecta de nuestra condición. El padre es un hombre que ya ha dejado de ser propiamente una persona –es decir, carece de voluntad propia, apetencias o libre albedrío– para volverse un pasamanos, un vampiro al revés: no vive, se deja vivir, se ha vuelto arteria interplanetaria, pone su cuerpo-puerco a disposición de los usuarios y ve pasar la vida a través de él. Soy una vaca (no creo en el “instinto” ni en categorizaciones sexogénero: creo en el sacrificio que disuelve el yo o lo anula para encomendarlo a algo superior, creo en la entrega y en el amor) y mientras mis terneros chupan, me autoengaño o me ilusiono con ver la vida un poco más. Voy corriendo los límites: doce, quince, dieciocho; primaria, triple duelo, segundo divorcio, acto académico, mayoría de edad. Ahora que lo pienso, yo también las uso: las uso para no morir. (Los hijos son una trampa mortal). El día que cargaron la Tarjebús y me dijeron “nosotras podemos volver solas, papá”, conocí el horror y estuve una semana sin hablar. Ya no puedo tomarlas del brazo para cruzar al otro lado. Ni siquiera mi apellido es enteramente mío: un puñado de pitufos mal peinados, de canallas imberbes, de torpes picaflores hormonales lo utiliza en contextos procaces, me oigo mencionado pero el mensaje no es para mí. Deshojado en el otoño, me desparramé. Enmascaro la cobardía de no morirme todavía en una metáfora tradicional y trepidante. Mi salario es un chiste, un dibujo torpe a cuatro manos, una sonrisa. Seis de membrillo y seis con crema pastelera, por favor. No no, dulce de leche no. Después de los cuarenta, “felicidad” se vuelve una palabra resbaladiza, un significante con un significado siempre cambiante, vertiginoso, desplazado. Me veo oscuramente reflejado, pero cuando las miro sin buscar. Debo buscar en los escombros de décadas, remover siglos, eternidades de desmemoria planificada, debo reconstruir el espinazo de la familia, debo disimular el yuyo amargo, debo partirme en tres. Les dediqué tres libros que nunca leerán: mejor así. Ya bastante tienen con ser lo que serán (imagen para un sueño: tres hormiguitas hombreando trabajosamente un ataúd relativamente prestigioso por la ciudad, ¿a dónde me llevan?, ¿hacia dónde van?). Tengo que sacarles fotos a escondidas porque, claro, para ellas el presente es un rumor inacabable y la muerte una abstracción. Si el tiempo no pasa, sacar fotos es despilfarro y tautología. A la más chiquita le enseñé a decir “Darth Vader”. Pienso en estas chucherías mientras regreso a casa (la primera panadería estaba cerrada, tuve que hacer tres cuadras más) cascabeleando con las facturas y el catarro a cuestas, el sol se despereza del otro lado de la avenida, busca, como yo, un abrazo triple con lagañas, a fin de cuentas todos peregrinamos algo. Odio a Piero, odio a mi papá: procuro no volverme él, pero la pulseada es más difícil cada vez. (Un pájaro muy negro vive en mi pecho, quisiera sobreponerme a mí). Le digo a mi cara que piense algo lindo. Procuro detener el tiempo, saborear el sol de la mañana y no llorar. 


✍️🎁💝

domingo, 12 de junio de 2022

EL PELO NEGRO

 Por Mónica Bardi

        Dibujo de Mónica Bardi

Volvió ella de un viaje de trabajo. Era una científica reputada y respetada. Claro que, como toda científica, para cada hecho observable, hurgaba en una búsqueda incesante hasta dar con una respuesta justa. Igual que los psicólogos que se remontan al origen del parto hasta para explicar un inoportuno eructo. Por tales razones preguntó con exagerada insistencia a su marido por ese detalle en el cuarto de baño, aparentemente superfluo, que no escapó a su agudo ojo clínico. El se explicó o, mejor dicho, intentó explicarse por todos los medios a su modesto alcance. Pero claro, aquéllo no era plausible ni convincente... no tenía base teórica. Y lo dejaba a él en entredicho. Lo que, en realidad, no lograba hacerle entender a él, es que ella no interpretaba ese detalle como una infidelidad, sino que todo era por una cuestión puramente epistemológica, por un amor al conocimiento, por un apego a la verdad y no por esa trivialidad de los celos. Ella no deseaba compartir sentimientos vulgares con otras personas igualmente vulgares. El enredo llegó a un punto tal que decidieron apelar a la gran inteligencia natural de la suegra, o sea, la madre de él, una anciana muy respetada. Ella los escuchó con profundo interés y en absoluto silencio. Cuando estaban ya esperando un diagnóstico  de la situación, una palabra... algo... la viejita estalló en estrepitosas carcajadas y tanto se rió, que su corazón no resistió y allí mismo se murió. 

Superado ese trance espantoso y como el asunto original quedaba pendiente, el interrogante seguía flotando en un sinvivir. Eso resquebrajó la mutua confianza de la pareja hasta que uno de los hijos vino de vacaciones y notó una atmósfera enrarecida, una nueva incomodidad en ese hogar, otrora armónico, y decidió encarar la situación. Hubiera preferido no entrometerse, pero su curiosidad pudo más y preguntó con delicadeza: "¿pero cuál fue ese detalle, mamá, que tanto te inquieta?" Cuando ella iba a responder, el padre empezó a protestar: "Es que tu madre y su poderoso instinto científico me tienen hasta el gorro... ve visiones absurdas".

"¡No veo visiones! Quiero corroborar algo real con una base empírica" soltó solemnemente ella. 

"Y dale..." suspiró el pobre mortal del marido, que solo se interesaba por el fútbol. 

"¡Pero bueno, basta ya!" intercedió el hijo, bastante contrariado: "¿me van a decir de qué se trata?"

La madre decididamente rompió el fuego: "Lo que pasó fue que a la vuelta del viaje, cuando me fui a duchar encontré un largo pelo negro en la bañera. Yo soy rubia de pelo corto y éste es calvo. ¿Alguien me puede explicar como llegó ese pelo allí?"

"¿Y eso es todo?" replicó boquiabierto el hijo. "Pero... pero... para eso hay mil explicaciones"

"¿Si? Dame una." desafió la madre. 

"Entró por la ventana con el viento"

"Ese baño no tiene ventanas, como bien sabes" replicó al instante la madre. 

"Eh... eh... quedó allí desde que vino la mujer de la limpieza"

"No tenemos mujer de la limpieza. Limpio yo", replicó muy digna. 

El hijo, que era un alto mandatario de la administración pública, puesto a dedo, por la libre designación del gobierno de turno, vió allí la única salida posible. Y pensó: "Ahora o nunca". 

Saltó como un resorte: "¿me estás diciendo que tú, mi madre, con todas las horas que estás trabajando en la consulta, no tiene AYUDANTE EN CASA?!" terminó en un alarido.

El padre se iba reduciendo a tamaños liliputienses y sus ojos danzaban desesperados, buscando un escape inexistente. 

La madre, perturbada por ese violento golpe de volante argumental de su hijo, había enmudecido. Lo cual envalentonó todavía más al hijo, que ya se sentía en un mitin político, rodeado de gente aplaudiendo. Y continuó: "con todo el dinero que se gastan en viajes y otras pavadas y tú, mamá te partes la espalda, ¿pasando la fregona y limpiando cristales subida a una escalera? Papá, mamá, a los dos me dirijo: ¡¡no podemos seguir así!! ¡Van a arruinar mi carrera política si esto se sabe!"

"Pero si es tu madre la que no quiere que la ayuden: ella lo hace mejor que nadie en el mundo entero", murmuró el padre con rencor, en una voz apenas audible. El efecto posterior a ese comentario fue como echarle gasolina al fuego. 

"¡¡Me da exactamente igual: la contratas tú, papá!! ¡Con un par de huevos!¡Y ojo a quien contratas!¡No la vayas a sacar de un puti club! ¡Ya me pasaré yo por aquí a ver como van las cosas... así que ya lo saben, he hablado muy claro y quiero resultados. Y pronto!"

Después de echar unas miradas admonitorias de padre a madre y viceversa, en actitud de mafioso siciliano, salió dando un portazo. 

Hombre y mujer se miraron perplejos y allí, solo allí, vivieron en carne propia las habilidades de un político de pura sangre, que sabe cómo desviar la atención del asunto principal y dejar a los demás en pelotas, por expresarlo  gráficamente. Ya nadie se acordaba del largo pelo negro. Secretamente se felicitaron por ese hijo, que nadaba en océanos de manipulación y corruptelas,  sin perder el rumbo prefijado. 

"Y ahora, ¿qué hacemos?" se dijeron al unísono mientras se miraban con un recuperado cariño.  

"¡CONTRATAR A UNA LIMPIADORA!"  

jueves, 12 de mayo de 2022

LOS REYES MAGOS

 Cuento corto por Mónica Bardi


"Mamá, ¿los reyes existen?"

"Claro. Se llaman Felipe y Letizia". 

"¡Mamáááá...los reyes magos!"

"¡Ah...ellos!... los magos. En fin...bueno, ya hablaremos de eso". 

Pasaron unos días y la pregunta seguía flotando entre los humos de guisos exquisitos que la mamá preparaba mientras pensaba y pensaba, revolviendo la cuchara de madera sin cesar. 

Un día cualquiera entró de la calle, radiante, agitando una carta en la mano.

"¡Mira, cariño, llegó una carta para ti!"

"¿Para mi? Que raro...nunca me escribe nadie"

"Pues mira, acá figura tu nombre bien clarito".

Con gran curiosidad abrió el sobre y empezó a leer: "Queridos niños: esta carta tiene el propósito de explicar algunas cosas sobre nosotros, los reyes magos. Hace muchísimos años que viajamos por los cinco continentes repartiendo juguetes entre todos los niños del mundo. Atravesamos ríos, desiertos y montañas con nuestros amados camellos, muy sufridos ellos. 

Cada vez estamos mas viejitos y ya nos cuesta llegar a nuestros destinos porque nos cansamos y, a veces, nos perdemos. Asi que hemos pedido ayuda a todos los padres del mundo y ellos aceptaron encantados. Por lo tanto, a partir de este año van a ser ellos los que repartan los juguetes. Nos despedimos con gran cariño y un beso en cada mejilla".

Un silencio un poco largo prosiguió. La perplejidad de la criatura se adivinaba por su mirada fija en ese trozo de papel que, prácticamente, había dado de baja a su infancia. 

"¿Entonces no van a venir más?"

"Parece que no", aventuró la madre que sentía que se encontraba en terreno pantanoso; intuyendo que cuanto menos hablara, mejor. 

"No me lo puedo creer" 

...........................................................................

Muchos, muchos años más tarde, se hallaban en una situación muy distinta. 

"Mamá...mamá... ¿me oyes?

La anciana madre apenas atinó a murmurar. Estaba ya muy viejita, acurrucada en su camita. 

"Eh...eh... si, si, te oigo. 

"Tengo algo que decirte... ¿te acuerdas de la carta que me escribieron los reyes magos para decirme que no vendrían más?"

"Claro...claro que me acuerdo"

"Esa carta la escribiste tú para que yo me hiciera a la idea de que los reyes magos no existen... después lo comprendí"

"Si, por supuesto". 

"Pues te diré algo: ellos siguieron viniendo y nos veíamos a escondidas cada 6 de enero".

"¿En serio? ¿Y por qué nunca me lo contaste?"

"Porque no me ibas a creer... "



viernes, 7 de enero de 2022

PADRE

 LA JIRAFA AMARILLA

Moisés Saucedo Jiménez

               


Le daba palmaditas constantemente, el dibujo de la jirafa colgaba del espejo  retrovisor de su coche. Llevaba algunos años ahí y a veces la tomaba con él. Al principio le encantaba cómo daba vueltas la jirafa amarilla de papel con corazoncitos rojos que su hijita con tanto amor le había regalado. Aquel dibujo, plastificado ya, le ahogaba la visibilidad.

En cada semáforo la miraba y recordaba, en unos destellos de amor,  los cuatro años casi enteros vividos para ella. Pero ahora no soportaba aquella pesadilla colgante y aún así no la quería quitar.

Desde que su pequeñita tuvo que irse con otro padre, sólo el hecho de coger el coche le volvía loco.

Aquello tenía que terminar cuanto antes pero no sabía cómo acabaría. La jirafita era lo más bonito de su selva pero le ahogaba, le quitaba la visibilidad y le iba quitando la vida, pero jamás lo descolgaría del espejo retrovisor de su coche.