domingo, 2 de octubre de 2022

EL GLOBITO

 


Escrito por FLAVIO RODRÍGUEZ

Era viejo, muy viejo, ajado y desgastado por la vida cruel que lo golpeaba sin culpas todos los días, y el clima impiadoso que lo hacía tiritar de frío en invierno y empaparse de calor en verano había también dejado desde hacía años, su salud bastante resentida. Claro está, era un indigente, y vaya a saber desde hacía cuantas décadas atrás, vivía en la calle.

El Retiro era parte de sus dominios, tierras que alcanzaban el límite de  la Facultad de Derecho, esa mole frente al Museo de Bellas Artes.

Por allí caminaba todo el día, lleno de bártulos, como una especie de Príncipe de la Tristeza, o Dios del Descalabro. Tapado con una frazada en invierno. Y también en verano. Con una pava de aluminio sin tapa tiznada de negro, atada a un piolín que le oficiaba de magro cinturón….

Había (por obra y gracia de vaya a saberse quién) conseguido unos borcegos de trabajo (luego me enteré que se los había regalado un operario de la vieja SEGBA), que la verdad eran bastante nuevos……pero número 39. Como nuestro personaje calzaba 43, le había hecho un corte a las puntas que dejaban apuntando desnudos y hacia la libertad a unos inefables dedos sorpresivamente muy cuidados. De alguna manera que hasta ahí desconocía, nuestro querido indigente mantenía sus pies aseados y sus uñas perfectamente cortadas.

Un día (y de casualidad), estaba yo saliendo del Rond Point de Figueroa Alcorta y Tagle  (frente a ATC, hoy Televisión Pública), luego de un almuerzo con amigos. Y es allí que observo la siguiente escena:

Ahí sobre Alcorta, un par de gringos con un mapa de la ciudad le preguntaron respetuosamente algo sobre una dirección a un juvenil cronista deportivo que pasaba por allí, que supimos luego conocer como Mauro Viale.

Y cabe aclarar dos cosas: una que el nivel de inglés utilizado por los gringos era (es obvio) ultra avanzado, yotra que Mauro Viale no sabía ni decir “No” en inglés. Ni “no” ni nada, a fin de ser sincero. 

Mauro se acercó a ellos (siempre le ponía mucha onda y actitud a todo, con Crónica y La Razón enrolladas bajo su brazo) y trató, aunque fuera con gestos, de explicarles.

Nada, a nivel que los gringos turistas ya se reían sin tapujos. Y los tres se reían y los que observábamos la bizarra escena, también.

No me había percatado de que nuestro querido personaje se encontraba allí descansando, mas bien despatarrado en el piso, su espalda contra la torreta del semáforo. Mauro lo vio, le guiñó un ojo y (divertido) le dijo:

-“Arreglála vos, Osvaldito, sacáme de esta”!!-

Se rió tímidamente nuestro Príncipe triste, nuestro Dios descalabrado. Pero se levantó, se acercó a los extraviados jóvenes, les sonrió con esa dentadura desprovista de un paletón y de todos los incisivos y en un perfectísimo inglés de cuna que ya lo hubieran deseados estos gringos, les empezó  a aclarar todas las dudas, que colectivos tomar, donde bajarse y cuáles eran las bondades del barrio al que se dirigían (iban a Palermo Viejo). Los gringos, encantados, se tomaron fotos con él y se fueron, seguros, a su destino.

Hizo un gesto extraño para mí, en ese momento: sacó de entre sus ropas un pequeño globo rojo, viejo y apenas inflado, apenitas. Vieron cuando apenas apenas se sopla un globo, que se lo saca, digamos, de su estatus de desinflado? Bueno, eso, la nada misma. Le dio un beso. Y lo guardó.

Ya descubierto por mi curiosidad, lo vi (y le presté atención a partir de ese instante) ahora muchas más veces.

Pidiendo alguna moneda, cruzando alguna calle, tomando agua en algún bebedero. Incluso descubrí que dormía bajos los arcos del Planetario, donde se guarecía de humedades y penosos olvidos. 

Y casi siempre ante cualquier situación, efectuaba indefectiblemente el mismo gesto: sacaba de alguna parte de sus raídas ropas el globito y le daba un cariñoso beso, la más de las veces con los ojos cerrados. Me enteré también que ya de hacía tiempo un desconsiderado de alma y pobre de corazón (que como sabrán es una calaña que nunca falta en esta vida) lo había bautizado como “el loco del globito”.

Alguna vez le di algo con que soportar sus noches o su estómago. Siempre es poca cosa.

Dos o tres años después, allá por el 93, el interno 47 de la línea 130 le pasó por encima, impiadoso, frente a la Facultad de Derecho. La tapa de Crónica no fue menos cruel: “SE MATÓ EL LOCO DEL GLOBITO”, con sendas e insoportables fotografías en la contratapa.

Al día siguiente (yo en general andaba por la zona), Mauro que me dice:  -“Viste nene quién se murió?? Osvaldito!!”-

Y sabés algo más de él? – le pregunté- “No, nada, que era un fenómeno”. De las escasas oportunidades en las que por aquellas épocas, lo noté sinceramente  triste y apesadumbrado.

Y es así como me enteré de su triste final, tal vez por casualidad (o tal vez no)…..

Pasaron un par de años, menos de dos, las cosas mejoraron y me mejoraron, y algunos amigos me pusieron en contacto con algunas familias “encumbradas”. Tenía yo que armar una tesis y me venía genial. Es por ello que así conocí San Simón, en el partido de Maipú, allá por la primavera de 1995.

La legendaria y antigua estancia de los Alzaga Unzué, en la cual todavía festejaban anualmente todos los nacimientos, casamientos y (por supuesto) los nobles fallecimientos de diversos integrantes de la distinguida familia.

Fui invitado casi fortuitamente no por Rodolfo (claro) sino por su inolvidable hija Agustina, una señora ya muy entrada en años. Digo “fortuita” porque ella no me conocía, pero su esposo Marcos era muy amigo de quien había sido mi primer jefe en el ámbito laboral, y tuvo una época en la cual me veía todos los días y todos los días tenía yo que incluirlo en la agenda de mi empleador, como “un favor”, se podría decir. Es que la esposa de mi jefe no soportaba mucho al para mi tan anciano como genial Marcos González Balcarce, pero esa es otra historia.

Bueno, para no aburrir, estaba yo ahí no por ser parte de nada sino por  trabajar como secretario para uno de los dos tipos que eran considerados por aquellas viejas épocas de mis 30 años, faros de la cultura nacional. Mi jefe tuvo que excusarse de ir, y fui yo. Así de simple.

Si observan la foto que acompaña, el casco principal de San Simón tiene un encanto mágico, rodeado de un parque de ensueño. Y está cimentado sobre una lomada que al frente posee un enorme espejo de agua. Todo lo que se imaginen de un cuento de  Ursula Wölfel, en San Simón es posible.

Imaginen que cuando María Luisa Bemberg buscaba una locación para filmar su película "Mis Mary", vio San Simón y no lo pensó dos veces, quedó enamorada…por lo demás, hasta cuatro generaciones de Álzagas pasaron por acá.

Como fuera, andaba yo boyando de mesa en mesa entre sandwichitos y canapés cuando escucho a la señora Alzaga Unzué decir, con sus lúcidos setenta y tantos años: “Has visto que a Valdito lo atropelló el 130, ese colectivo de Palermo y lo mató? Que desperdicio de niño!”.

Automáticamente en mi mente se me representó la imagen de Mauro Viale, diciendo “Arreglála vos, Osvaldito, sacáme de esta”, y la triste imagen final.

Y resulta que había sido administrador de San Simón, que había poseído vastos campos en Zárate, que fue hijo de franceses, hablaba seis idiomas, y que su prometida (la más linda de Zárate) falleció un día antes del casamiento. Pero que el golpe mortal lo recibió tan solo un año después, ya que Anastasia, su madre (coincidiendo con los preparativos de los festejos del cumpleaños de primogénito Osvaldo) falleció de un síncope de una manera casi bizarra: mientras inflaba los globos del malogrado cumpleaños de su hijo.

Lo otro que le escuché a Agustina decir, fue: “Perdió todo. Imagináte lo mal que quedó, que siempre guardaba un globo que llevaba a todos lados porque decía que lo único importante en su vida era solo ese poquito de aire que quedaba dentro, porque lo había inflado su madre…y no quería perderlo. No supe nada de él por treinta años, hasta que leí su nombre en ese diario. No lo podía creer, che”.

Esa noche cuando llegué a casa, busqué desesperado el diario hasta que lo encontré. 

La foto de Crónica mostraba a una triste marioneta destartalada, destrozada por el impacto. 

Sin embargo, algo era evidente: pese a la atrocidad de la imagen, en su mano derecha sostenía firme un pequeño globo rojo, viejo y apenas inflado, muy apenitas. 

Bueno, eso, en apariencias, la nada misma…

El Príncipe de la Tristeza (o el Dios del Descalabro) se llamaba también Osvaldo Washington Marchand Ortega, y había guardado celosamente un amor, toda su vida. El último suspiro de su madre. No tenía más. Pero eso, lo mantuvo vivo.

Bueno, hoy día ya ni Mauro está, así que solo puedo dejarles este relato, tan corto como desordenado. Intento (y prometo) mejorar.

Aquí el sacrosanto cafecito que, aunque no lo crean, ayuda a continuar con estas historias…

https://cafecito.app/historiasminimas

Y estamos regresando al redil y se vienen mas historias…

Mil gracias por llegar acá y leer.......

Pero más gracias por estar.

sábado, 1 de octubre de 2022

SORTILEGIO

ESCRITO POR MARCELO ALEJANDRO CAPARRA

             Ilustración de Margaret Kane

SLM  

Me temblaban las piernas cuando le pregunté el nombre a la kiosquera de Mac Lean y calle cinco (¡qué genialidad! Hace tanto que no me felicito por nada que tuve que felicitarme por no haber perdido, a mis años, la capacidad de asombro. Y la idolatría un tanto histérica de los perros y los niños que tocan a sus dioses y se hacen pis encima de felicidad. No perdí el horror ante lo sublime bello. No perdí la capacidad de temblar). Le ofrecí respetuosamente mi nombre para quedarme con el suyo, como un secreto a medias, una moneda privada, algo que vive en lo oscuro, y mientras se lo daba llevé protocolarmente la mano derecha al pecho como resabio de hidalguía o qué sé yo. Mi chica tiene flequillo rolinga, estrafalario y hermoso, ojos demasiado enormes y ombligo empoderado. Todo en su cuerpo es a la vez libérrimo y portátil (escribo estas palabras con los ojos cerrados). Todo en ella hipnotiza y sortilegio y su jurisdicción, aunque divina, es tan pequeña, tan geográficamente pequeña quiero decir, que uno puede deleitarse contemplando todo el paisaje al mismo tiempo porque todo queda cerca de donde aterrizó el deseo la primera vez. Y el lector percibe, con un pantallazo ligero y sin mayores esfuerzos, la cortesía de su gramática, la seducción del formato breve, la intermitencia de su aliento, la infinita generosidad del hacedor.  Todo en ella es chiquito y la eternidad, todo es redondo y muelle, todo mi mundo cabe en su ombligo (y las palabras sobran), todo es cápsula y el universo, horizonte y célula, cuchara de helado doble bocha de mi infancia y molécula de Dios, es un eco que viene desde dónde, una sed, como llegar, descansar, acabar.  

Por cierto, se llama Salma. O así me dijo (“encantada, Marcelo, Salma me llamo”). O a mí me agrada, me viene bien que se llame así.  Un nombre blanco, como los lirios en el jardín del persa que –si damos crédito a la leyenda– solo se abren a medianoche, su fragancia encandila y embriaga sin cesar. Volví con la oscura certeza de ya no ser un viajero solitario, un extravío con canas; con la certeza indeclinable de ser ahora parte de ese pueblo embrutecido y místico, de haberme vuelto, ahora y para siempre,  nación de su destierro. Me llevo tu nombre a la sábana, Salma, para amansar la blanca calma, para narrar las ganas, para amarrar las almas –y amarlas más. El sonido de Salma sopla suavemente sobre la brisa que su nombre nombra. Sé que esta noche descalza y entre jardines algo en su nombre se acordará de mí.  



viernes, 30 de septiembre de 2022

CONTIGO

 



CONTIGO de

LUIS CERNUDA

¿Mi tierra?

Mi tierra eres tú.


¿Mi gente?

Mi gente eres tú.


El destierro y la muerte

para mi están adonde

no estés tú.


¿Y mi vida?

Dime, mi vida,

¿qué es, si no eres tú?

lunes, 26 de septiembre de 2022

EL ROPERO

 


¡OH ! 

Cuento corto de Moisés Saucedo Jiménez

                 Le escuchaba hablar desde el asiento que ocupaba al otro lado de mi mesa. Era inevitable, tenía, el hombre que decía aquellas palabras, un torrente de voz indomable. Parecía a simple vista que poseyera una fuerza descomunal. Una mayúscula espalda y unos brazos enormes, que movía de un lado para otro sin parar, era lo único, aparte de su voz, que se le adivinaba desde el sitio en el que yo estaba. Su compañero de mesa, a quien yo veía perfectamente, era pura atención y yo también diría que puro asombro. Después de haberme tragado, casi sin querer, toda la conversación, toda su historia, no entendía cómo un hombre tal podía haberse confesado de aquella manera tan sincera. Y cuando se levantó para salir del bar, entendí mucho menos cómo podía haber sido objeto de violencia  por parte de su mujer. Me sacaba dos cuartas y yo no soy bajo. Era, lo que se dice, un ropero empotrado. El hombre salía del bar cabizbajo y paradójicamente dando palmaditas de ánimos en la espalda de su amigo.

Les seguí, la curiosidad me mataba. No tuve que andar mucho hasta el momento en el que se separaron. Entonces mi interés fue extremo. Yo soy nuevo en el barrio. No soy detective, soy escritor y lo que había escuchado no sé si era digno de una novela, pero sí de un buen relato como mínimo. Tenía que ver con mis propios ojos a la pareja de aquel hombre o nunca me creería la historia que acababa de oírle. 

La curiosidad mata al gato y aquella tarde estuve a punto de no volver a maullar. Aquella mujer me sacaría unas cuatro cuartas y por lo tanto era dos palmos más grande, en altura y sabe dios en que más, a su marido, a “su hombre”. Si la voz del hombre en aquel bar me resultó indomable, la de la mujer… no debe existir máquina capaz de  medir los decibelios que por aquella boca salían.  Como dije que el marido era un ropero empotrado, al verla a ella se me vino a la mente uno de los antiguos, de esos de cuatro puertas con todos los adornos habidos y por haber. La gigantona no paraba de gesticular con sus dos manazas y yo me imaginaba al ropero antiguo abriendo y cerrando las puertas, como poseído por una extraña y diabólica fuerza.  Salí corriendo antes de que me viera y solté un suspiro que llegué a confundir con un maullido, o no sé si fue al revés. No cabe ninguna duda de que la historia que oí en aquel bar me la creí de cabo a rabo. 

Ahora no sé si escribir el relato.

                     MOISÉS SAUCEDO JIMÉNEZ

miércoles, 21 de septiembre de 2022

DIOS PANÓPTICO

Estoy leyendo LA VIDA CONTADA POR UN SAPIENS A UN NEANDERTAL, cuyos autores son Juan Luis Arsuaga, paleontólogo "legendario" y Juan José Millás, escritor y periodista. Es un diálogo por momentos hilarante, excelente libro. Ameno, científico y divertido. En el capítulo 7 explica cómo evoluciona Dios desde un punto de vista científico. En las sociedades antiguas los humanos respetaban y reverenciaban a su dios o dioses. Esos dioses exigían que les hagan sacrificios y les rindieran honores. Y nada más, con eso se conformaban. Pero, con la evolución y organización de ese grupo humano resulta que su dios cambia: los mira y los juzga,  se empieza a interesar por las conductas humanas, es decir, como se comportan unos con otros. Es un dios controlador. Este dios controlador no puede aparecer cuando cada individuo tiene una creencia. Tiene que haber creencias colectivas regladas, fijadas, universalizadas y organizadas. Para estudiar este curioso fenómeno se elaboró una escala para medir el grado de complejidad de una sociedad humana cualquiera, basado en diversos criterios, por ejemplo, el número de habitantes, digamos un millón de habitantes. 

Basados en estos criterios, la escala iba de cero a diez y descubrieron que cuando esas sociedades humanas alcanzaban un puntaje de 6,1 tenían la suficiente complejidad para que apareciera un dios controlador, pero antes no. Necesitaban a ese dios y culturalmente lo creaban. Además, los investigadores descubrieron que desde que la sociedad es compleja hasta que aparece ese dios "panóptico" que todo lo ve, hay varios siglos de "incubamiento", por decirlo así. Ya tienen rituales, profetas, clase sacerdotal, etc, es decir, están preparados. Con la llegada de ese dios las sociedades se cohesionan, se amalgaman; porque él favorece las conductas sociales y castiga las antisociales. 

Ese dios se apunta a las corrientes dominantes de la sociedad en la que aparece: si la sociedad es homófoba ese dios castiga a los homosexuales; si la sociedad es patriarcal y machista ese dios también lo es, es decir, apoya a la ideología dominante. "La complejidad no es garantía de bondad, ni siquiera garantía de justicia".

Y ahora lo sorprendente: en la América precolombina no había ninguna sociedad que llegara al 6,1. Por lo tanto no tenían dioses controladores. Sólo dioses que exigían sacrificios y honores. Únicamente los incas estaban ya incubando a ese dios prosocial que aparece en las sociedades complejas pero justo llegaron los españoles con su propio dios controlador y allí se produjo el sincretismo, es decir, la mezcla de religiones.

Ese dios tiene un nombre distinto en cada lugar pero es el mismo en todas partes: pasa por la misma evolución. 

Las sociedades actuales tienden a ser laicas, a pesar de su complejidad, porque Dios ya está en el código penal. No lo necesitamos, aparentemente, pero falta saber si la ONU y demás organismos internacionales que han sustituido al dios controlador tienen la suficiente fuerza para mantener a una sociedad cohesionada. Hasta ahora parece que no, pero es pronto para decirlo. "El experimento de las sociedades sin dios es muy reciente. No sabemos aún qué va a ocurrir". 

Este extraordinario trabajo antropológico nos dice que los fenómenos religiosos se pueden abordar desde la perspectiva de las ciencias experimentales. 

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COPIO AHORA UN POST DE HÉCTOR J. DÍAZ, QUE ES LA GUINDA DE ESTE PASTEL. 

«El porvenir es tan irrevocable como el rígido ayer. No hay una cosa que no sea una letra silenciosa de la eterna escritura indescifrable cuyo libro es el tiempo.»

Primera parte del soneto “I King” con el que Borges prologa “I Ching. Libro de las mutaciones” (1975)

Jorge L. Borges.

El hombre es el único ser que se impone ataduras.Probablemente desde que existe ha creído en un dios o en muchos. Pone su miedo ancestral en la fe por temor a lo desconocido. Alivia sus penurias orando a la nada, pero convencido que su dios lo escucha. Y entonces lo justifica, y lo ama y lo idolatra. Los dioses, el dios, son inventos del hombre. Inventos para justificar su inexplicable existencia y la de las estrellas y el Universo mismo. Inventos para sentirse acompañado, protegido, e intentar minimizar el terror que le produce la soledad de una vida vacía, sin propósito aparente y que no llega a comprender.

Y no me voy a adentrar en aquellos hombres que desde la antigüedad utilizaron la idea del dios o de los dioses para crear su propio poder y someter pueblos enteros. Que realizaron ignorantes, sacrificios humanos o que asesinaron en su nombre, esclavizaron voluntades y que se enriquecieron a su costa. Cuando muchos afirman que el dios no es un invento del hombre, se está hablando desde la concepción y creencia divina de ese dios. Y desde la fe si se es un creyente. Y eso lo respeto.

Yo no creo en la existencia de un dios divino e inteligente como hacedor del Universo y como algunas religiones lo mencionan. Respeto la fe y las ceencias de todos, pero sus historias escritas como La Biblia, El Coran, Los Nuevos Testamentos, La Tora, El Canon Pali del Budismo y tantos otros, me parecen historias fantásticas que han nacido de la creencia y de la fe de esos hombres y mujeres en algo en lo que deben apoyarse para justificar la ignorancia de la creación misma y no hundirse en el terror del abandono y la soledad del existir.

Existe un solo dios. Un solo arquitecto de todos los Universos y las cosas. Y ese dios es el Tiempo. Cuando digo que "Dios es el tiempo" es porque en mi concepción y observación de todas las cosas, pienso que solo el Tiempo ha estado aquí siempre como protagonista (¿O hacedor involuntario?) de la creación de todo. Borges decía que podemos imaginar un Universo sin espacio, un Universo sin sonidos, pero no podemos imaginar un Universo sin tiempo. Por esto digo que Dios es el Tiempo, pero no como lo conciben las religiones en sus historias fantásticas.

El tiempo es un dios involuntario, que como decia Bernard Shaw también está eternamente haciéndose. Y yo intento pobremente, rudimentariamente, hablar de lo que es. No desde un credo, no desde la fe.

Pero en mi percepción, así como en las matemáticas de Einstein, el tiempo es relativo. Porque mi percepción es humana e imperfecta.

Concebir y comprender la sustancia del tiempo no está a nuestro alcance. Porque está más allá de nuestra percepción y de nuestro entendimiento. Si alguna vez pudiésemos comprender su sustancia, su esencia y su propósito, el Universo todo nos sería revelado. Y si asi fuese, tal vez nos consumiría el horror o la locura. Que representan la única manera de conocer al dios.

Hector J Díaz (2010)

REPITE...

 


LOS ESPEJOS

Jorge Luis Borges


Yo que sentí el horror de los espejos

no sólo ante el cristal impenetrable

donde acaba y empieza, inhabitable,

un imposible espacio de reflejos

 

sino ante el agua especular que imita

el otro azul en su profundo cielo

que a veces raya el ilusorio vuelo

del ave inversa o que un temblor agita

 

Y ante la superficie silenciosa

del ébano sutil cuya tersura

repite como un sueño la blancura

de un vago mármol o una vaga rosa,

 

Hoy, al cabo de tantos y perplejos

años de errar bajo la varia luna,

me pregunto qué azar de la fortuna

hizo que yo temiera los espejos.

 

Espejos de metal, enmascarado

espejo de caoba que en la bruma

de su rojo crepúsculo disfuma

ese rostro que mira y es mirado,

 

Infinitos los veo, elementales

ejecutores de un antiguo pacto,

multiplicar el mundo como el acto

generativo, insomnes y fatales.

 

Prolonga este vano mundo incierto

en su vertiginosa telaraña;

a veces en la tarde los empaña

el Hálito de un hombre que no ha muerto.

 

Nos acecha el cristal. Si entre las cuatro

paredes de la alcoba hay un espejo,

ya no estoy solo. Hay otro. Hay el reflejo

que arma en el alba un sigiloso teatro.

 

Todo acontece y nada se recuerda

en esos gabinetes cristalinos

donde, como fantásticos rabinos,

leemos los libros de derecha a izquierda.

 

Claudio, rey de una tarde, rey soñado,

no sintió que era un sueño hasta aquel día

en que un actor mimó su felonía

con arte silencioso, en un tablado.

 

Que haya sueños es raro, que haya espejos,

que el usual y gastado repertorio

de cada día incluya el ilusorio

orbe profundo que urden los reflejos.

 

Dios (he dado en pensar) pone un empeño

en toda esa inasible arquitectura

que edifica la luz con la tersura

del cristal y la sombra con el sueño.

 

Dios ha creado las noches que se arman

de sueños y las formas del espejo

para que el hombre sienta que es reflejo

y vanidad. Por eso nos  alarman.

sábado, 17 de septiembre de 2022

AYUDA

DESPUÉS DE LA TORMENTA


Relato corto de Raúl Romera Morilla. 

Llovía a cántaros, como solo llueve en Matasejún con la llegada del otoño. Las calles empedradas, como ríos desbocados, llevaban el agua hasta la cañada del arroyo, que fluía oscuro y turbulento, alimentado por la tormenta. El cielo, pesado, oscuro y algodonoso, barnizaba los tejados de las casas del pueblo y decoraba con encajes de agua los aleros. La ciclópea piel de piedra de las casas, bañada por la lluvia, presentaba una tez oscura, curtida e impenetrable. Los pastores, habiendo barruntado la tormenta, habían recogido los rebaños, que permanecían apesebrados al refugio de la lluvia. 

Bajo aquel aguacero, Matasejún parecía más solitario que nunca. Los truenos, que seguían al destello fugaz de los relámpagos, parecían provenir del mismo infierno, aunque nacieron en algún lugar más allá del cielo. 

Un niño, sentado en el umbral de su casa al resguardo de la lluvia, observaba la calle, inmersa en el diluvio otoñal, vacía y triste. En la lontananza se distinguía el monte, salpicado de algunos árboles que aquí y allá bailaban con la tormenta. La escasa luz de la tarde empezó a desvanecerse, y con ella, también el agua abandonaba Matasejún para arreciar en algún otro rincón de las Tierras Altas. El estruendo de la tormenta tornó en un silencio perlado del sonido del goteo de los aleros y el discurrir del agua por la pendiente de la calle. El niño tensaba y destensaba a la goma de su tirachinas, cuando, en la penumbra, logró distinguir al final de la calleja una silueta baja que se movía con lentitud, avanzando con precaución. Dos puntos brillantes quedaban enmarcados en aquel oscuro esbozo, moviéndose a su compás. 

El pequeño se incorporó y, tras guardar el tirachinas en el bolsillo de su pantalón, salió despacio, internándose en la oscuridad de la calle. Hacía frío y sus pantalones cortos y las viejas botas que calzaba hacían poco por remediarlo. Conforme la silueta empezaba a hacerse reconocible, descubrió dos pares más de relumbrantes ojos tras los primeros. El niño se detuvo en mitad de la calle cuando reconoció en las siluetas a tres lobos que, con la templanza del depredador, se internaban despacio en la calleja. Los animales, con el pelaje empapado, adquirían un aspecto siniestro y demoníaco que hizo estremecerse al niño. El lobo que avanzaba en primer término se detuvo, y tras este, los dos que le seguían.

Como si de un extraño  duelo se tratase, el niño y los tres lobos permanecieron en mitad de la calle, observándose en la oscuridad.  El niño, atemorizado en un primer momento, fue calmándose al percibir en los tres animales la misma sensación de temor. En la lejanía, los sonidos amortiguados de los truenos parecían marcar el ritmo de aquel encuentro. Los lobos avanzaron unos pasos hacia el niño, que seguía inmóvil, hasta que el más adelantado quedó apenas a un metro del pequeño. El niño, petrificado, esperaba oír gruñir al animal, o que éste le mostrará sus terroríficos colmillos. Pero nada de eso sucedió. El animal miró con lentitud y tristeza al niño y luego giró la cabeza para dirigir su mirada al lobo que permanecía más alejado. El niño descubrió que este lobo caminaba sobre tres de sus patas, estando una de las traseras prácticamente destrozada y cubierta de una costra de sangre. La repentina detonación de un disparo de escopeta sobresaltó al niño. Los tres lobos, también asustados, giraron rápidamente sobre sus pasos y huyeron hacia el monte todo lo rápido que pudieron, internándose en la oscuridad. 

-¡Hijo! ¿Estás bien?- dijo el hombre dejando la escopeta con la que había hecho el disparo al aire, apoyada en el quicio de la puerta y avanzando hacia su hijo iluminando tenuemente la calle con un farol de aceite -. ¡A esos malditos lobos no les basta con atacar a los rebaños y ahora se atreven a entrar en el pueblo!

Tras comprobar que el niño estaba bien, el hombre lo agarró por el brazo para acompañarlo hasta la casa. 

-Esta mañana  disparé a uno de ellos- le explicaba el hombre a su hijo mientras recogía la escopeta y cerraba la puerta de su casa-. Creo que le alcancé en una pata, porque huyó cojeando. ¡Condenados lobos! ¡Me pregunto que vendrían a buscar en el pueblo!

-Ayuda, padre- dijo el niño con voz queda-. Venían buscando ayuda. 

jueves, 15 de septiembre de 2022

COMPAÑERA

 


CANON EOS 2000D. Foto de Marisa Martínez. 

MODELOS: Paco y Sonia. 

 COMPAÑERA por Jesús Vasco

          “Difícil año éste que ha transcurrido. Difícil porque mi cuerpo maltrecho ha sido sometido a una guerra sin cuartel. He tenido dudas de si volvería a ver florecer los prados o a las cigüeñas crotorar en sus nidos o a discurrir las aguas nerviosas de Noja, del Valderaduey, del Linares o del Castaños. Un viento solano me heló el aliento y me retrotrajo a mis primeros orígenes, como si el permiso para renacer de nuevo dependiera, exclusivamente, de un capricho de la naturaleza. Puedo decir, por el contrario, que ésta se ha portado bien conmigo, que me ha dado una oportunidad de seguir aferrado a este mundo con sus alegrías y sus miserias. Un trasplante de médula es el más claro ejemplo de una travesía cruel, excesivamente cruel, entre la muerte y la vida.

           Por fin, he vuelto a ver el Buciero, el teso de La Villa, el Moncayo y el Gorbea, y las alondras revolotear entre los matorrales. Por fin, he podido contemplar las miríadas de pinos ribeteando los montes y los frutos de las frondosas alimentar a corzos y ciervos. Por fin, he visto bañar de luz las cárcavas y brillar el sol jugueteando con las sombras que tanto me han hecho dudar. Por fin, estoy aquí, entre vosotros, venido de un mundo no tan lejano de incertidumbre y sufrimiento.

          Y aquí, a mi lado, mi querida compañera. Temerosa, aún, de si la tregua es duradera o sólo es un pequeño oasis en medio de dunas interminables y arenas sin fin. Aquí descansa con los ojos aún húmedos de contemplar amaneceres sombríos. Cuando me debatía entre la vida y lo contrario, abría mis ojos y estaba ella allí, mirando el horizonte a través de mis niñas y boqueando aliento con mis pulmones. Supe entonces que éramos uno, que hemos vivido las mismas vidas y soñado los mismos sueños. Que hemos mecido las mismas cunas y hemos compartido la misma mesa. Ahora he entendido esa voz interior que tantas veces me ha llamado sin ser plenamente consciente de que era ella quien ordenaba mi vida y le daba sentido.

            Pido la oportunidad de acabar los atardeceres juntos, de ver cómo el sol se esconde en el horizonte sucediéndole la noche y sus sombras. Deseo vivir este trozo de vida que me ha sido regalada asidos de la mano como cuando nos conocimos, renovando proyectos que nos ayuden a vivir juntos.

        Gracias, Eugenia, por tu generosidad, tu paciencia y por tu enorme inteligencia para llevarme con tino. Acaricia mis sueños para que sean felices, entrégame tu mano firme para que me agarre sin miedo, ilumina mis noches y comparte conmigo tus sueños. No me dejes nunca a merced del viento. No me entregues a un rumbo sin destino. Dirige mi proa hacia acantilados vírgenes donde revoloteen gaviotas inmaculadas y rompan olas de espuma blanca. Como aquellas que en Noja vienen y van. Vienen y van. Las mismas que tanto te gustan y te envuelven y que en silencio contemplas embelesada, soñando, quizás, portarlas allá, a La Alcarama que, en su día, también fue mar”.

domingo, 11 de septiembre de 2022

GENERACIONES

Para empezar, es mi deseo aclarar que este escrito no tiene la más remota intención de esconder una condena moral. Somo hijos de nuestro tiempo, somos DASEIN, que según Martín Heidegger, es el humano y su entorno. La familia, la religión, la época, el nivel socio-económico, etc...

En algunas situaciones la brecha generacional crea diferentes sensibilidades con respecto a la naturaleza. También, el haber crecido sobre asfalto o sobre hierba, o haberse acostumbrado desde chicos al teléfono móvil. A veces esas diferencias se notan muchísimo y generan auténticos abismos en la mirada de unos y otros. Pero a lo que iba: tuve unos vecinos de mediana edad, que habían creado en su pequeño patio un vergel de verdes vibrantes. Plantas colgantes de macetas rústicas en cada riconcito de pared disponible, frescura,  enredaderas, una piscinita para la tortuga, rosales, una buganvilla,  rincones oscuros y húmedos con helechos, especies aromáticas escalonadas y zonas de cactus que el gato Bartolo esquivaba con habilidad felina. Humilde y grandiosa biodiversidad vegetal y animal. Variedad cromática.  Legiones de lagartijas, un camaleón y un puercoespín se paseaban por ahí de vez en cuando. Era una pequeña selva cuidada y preciosa en un espacio reducido, llena de seres vivos que estimulaban el despertar de cada mañana con un aleteo de insectos. Verlos volar, crecer, florecer, fructificar... hojas, pétalos, tallos;  de todas las formas, colores y tamaños imaginables. Todos ellos dependiendo de nuestra regadera, de nuestros cuidados, de nuestra mirada amorosa, brindándonos diariamente un  placer estético inigualable. Seres vivos que piden tan poco a cambio y engalanan con su presencia y su perfume cualquier entorno. Una paleta de pintor a la que no le falta nada. 

Un día mis vecinos se mudaron y se llevaron su jardín. Vinieron otros, más jóvenes y nacidos y criados en una ciudad grande. Buenos chicos, inteligentes, modernos, respetuosos, universitarios. En poco tiempo el patio quedó desnudo, desolado, baldosas a pleno sol, totalmente desangelado y con absoluta ausencia de verdor. Un patético desierto de material con una triste mesa de plástico sin un mínimo florero. Soledad de cemento. Solo piedras, sequía, desertización, mosaicos y un profundo desinterés por el lenguaje botánico. Todo ardiendo bajo el inclemente sol andaluz del verano. Y así siguió. El gran jardín circundante nunca los atrajo tampoco: nunca se detuvieron a mirar de cerca los árboles añosos. Dentro, en la habitación, los jóvenes tenían muchos adornitos primorosos fabricados en serie, ingentes cantidades de fotos de la pareja con sonrisas resultonas, bonita decoración, alguna manta vistosa, souvenirs de plástico o de cerámica... cosas. Cosas y más cosas. No faltan ordenadores, móviles, cables, altavoces y redes sociales para estar siempre conectados a bellos paisajes de lujuriosa vegetación... en televisión. Otra manera de vivir la vida. Una diferente forma de ver el mundo. Variedad cromática on-line sin aromas. Otra cosmovisión, como dicen ahora, aunque esta palabra sea demasiado abarcadora para el pequeño tema que tratamos pero parece que un desfase temporal hay. 

El patio me mira y me pregunta: ¿por qué me han abandonado? Y yo le explico: somos hijos de nuestro tiempo. 



domingo, 4 de septiembre de 2022

ODIO

LLUÍS QUINTANA-MURCI  Fragmento del artículo publicado en El País, domingo 4 de septiembre de 2022. 

CUANDO NO HAY DIVERSIDAD GENETICA NI CULTURAL, EMPIEZA EL ODIO.




(...) "...los europeos de hoy son una mezcla de distinto origen. Me hace gracia cuando los supremacistas blancos piensan que los europeos, o las personas de origen europeo, somos un pueblo "puro". Los europeos somos una mezcla, al menos, de cuatro tipos de población. Uno, los primeros humanos paleolíticos que llegaron a Europa de África hace unos 50.000 años. Dos, los que llegaron de Oriente Medio hace 10.000 años y trajeron la agricultura. Tres, los que llegaron del este hace 4000 años y trajeron las lenguas indoeuropeas que hablamos hoy. Y cuatro, el 2% que tenemos todos los europeos, en nuestro genoma, de origen neandertal.

Hay humanos por todos los lugares. Y somos una especie un poco invasiva, quizá sea esta la parte menos gloriosa de nuestra historia. Adonde llegan los humanos, las otras especies humanas desaparecen. Los humanos llegan de África a Europa y, poco después los neandertales desaparecen. Llegan a Asia, y poco después los denisovanos desaparecen. Llegan a Filipinas, y el homo luzonensis desaparece. Llegan a Indonesia, y el homo floresiensis desaparece. ¿Por qué? No lo sabemos. Mi intuición me dice que somos una especie muy cosmopolita y adaptable (...) Para adaptarse a un ambiente nuevo se necesita variabilidad genética, porque dentro de esa variabilidad genética puede haber mutaciones que nos ayuden a soportar mejor el frío, la humedad de las selvas ecuatoriales, a vivir mejor en altura como los tibetanos o ciertos etíopes...(...) Imagine que una población de África llega a Europa y debe adaptarse al frío. Hay dos opciones. Una es esperar que aparezca una mutación y por casualidad que esa mutación nos ayude a soportar mejor el frío. La otra, mezclarse con una población que ya viva en Europa, como los neandertales desde hace 300.000 años, que por definición ya están adaptados, y entonces se toma "prestada" la mutación que ellos ya usaban para adaptarse al nuevo ambiente", o sea, el mestizaje. Sin la diversidad y la mezcla se está en peligro de extinción. "Sin diversidad genética, sin diversidad cultural, biológicamente y como sociedad, creo que es el principio del fin". El aislamiento, el empobrecimiento cultural y genético, el inicio del odio, del miedo a la diferencia son factores mortales en potencia. 

lunes, 29 de agosto de 2022

EL DOCTOR SÁNDWICH

 


EL DOCTOR SÁNDWICH

Por Juan Solá (basado en una historia real).

Un día vas a entrar con tu traje y tu corbata a Tribunales, ¡vas a ser reconocido!, vos haceme caso, me dijo Ramón. Ramón me quiere mucho, yo me doy cuenta. Debe ser porque los abuelos no son abuelos, sino dos veces padres.

Hoy me acordé de Ramón y de ese anhelo pueblerino que tenía de verme enorme. La copia de M'hijo el dotor me miraba desde la repisa y qué orgullo hubiese sentido Ramón si me hubiese visto contando fojas. Pero no, qué fojas ni fojas. Me dolía un poco que sobre la mesa no hubiese sellos, ni expedientes, ni rastros de tinta. Me dolía un poco estar contando fetas de queso.

Mamá siempre decía que la pobreza te hace ingenioso y aunque no necesitara demasiado ingenio para montar un pebete de jamón y queso, venderlos era otra historia. La gente en la calle es desconfiada: andá a saber de dónde sacó el jamón, andá a saber a cuánto compró ese queso, andá a saber si se lavó las manos antes de envolverlos.

A veces, quisiera responderles. Quisiera decirles lo temprano que me levanto para que Julio me dé a mí el mejor pan, o hacerlos esperar conmigo los minutos eternos de fila para conseguir el muzzarella de buena marca un poquito más barato, mientras espío los carritos de los demás, llenos de postrecitos de chocolate y vinos que jamás podré invitarle a Ramón, que postrado en su ranchito de chapas todavía me piensa de traje y corbata y jamás soportaría esta realidad que aprieta más que la cofia que uso para que los pelos no se me vayan con los sánguches.

Los Tribunales de la calle Rojas se parecen un poco a un complejo de viviendas abandonadas, con los aires acondicionados destartalados escupiéndole viento caliente al mediodía. Subí los escalones con el sol pisándome los hombros con tanta crueldad, que me sentí una hormiga negra bajo la lupa cínica del chango que se escapa al patio porque no quiere dormir la siesta. Si vendo mucho, me doy el gustito y me compro una coquita, pensé.

A la hora del almuerzo, los empleados largan mate, fojas y teclados y se escapan hasta algún barcito a comer frituras. Golpeé muchas puertas que no se abrieron y sonreí sin ganas a través de las ventanillas desde donde me miraban con un poquito de pena y otro poquito de asco. Pero no me importaba. La pobreza te hace ingenioso, pero también te hace corajudo.

Muy rico todo, decían algunos. Volvé mañana, me pidieron otros. Había vendido casi todo y aquello me alivió más que los dos minutos de aire acondicionado que me regaló la señora que me hizo pasar a su oficina para darme la plata.

No me imagino cuán boba habrá sido la sonrisa que se me había dibujado en el rostro. Iba saliendo con el peso de los billetes en el bolsillo y esas ganas que no se me iban de tomarme una gaseosa y supongo que habrá sido por eso que cuando el cana me pegó el grito me asusté tanto, como si recién me hubiese despertado y la pieza estuviera en llamas.

¿Qué está haciendo, señor?, me dijo. ¿Usted no sabe que acá está prohibida la venta ambulante?, me reclamó. Retírese, retírese.

No alcancé ni a pedir disculpas. Me hubiese gustado que al menos me pidiera por favor. Retírese, por favor, podría haber dicho, pero nadie le pide por favor al pibe de los sánguches.

Ese día dormí tranquilo porque pagué la pieza y me tomé la coquita y hasta me alcanzó para un helado. Estaba contento, tan contento que al otro día no me costó nada levantarme temprano para buscar el pan calentito en lo de Julio. Tan contento, que los carritos de supermercado ajenos, llenos de chocolate y vino, no me importaban ni un poco.

Canté mientras cortaba el pan y canté un poco más mientras contaba las fetas y a lo mejor los vecinos de la pensión pensaron que me había vuelto loco, pero qué importaba.

Esta vez me avivé y fui para Tribunales más temprano. Vendí muchos sánguches, más que el día anterior. Algunos de los empleados me estaban esperando. La señora del aire acondicionado me hizo pasar de nuevo, me ofreció un vaso de agua fría y me dijo que qué rico pan, que dónde lo había comprado. Andá a saber dónde compra el pan, le habrán dicho, y tuvo que preguntar. Yo le conté de Julio, pero no me animé a decirle que me hacía ir a las seis, ni que la panadería me quedaba a diecinueve cuadras. No quería que sintiera pena por mí.

Me habían quedado ocho sánguches, seis de jamón y queso y dos de queso y verduras. Iba saliendo con los ojos en la canasta y la misma sonrisa boba cuando me choqué de frente con ese muro de tela azul marino que era el cana del día anterior.

Escuchame una cosa, negro de mierda, me dijo ¿No te dije que no aparezcas más por acá? ¿Querés quedar demorado? ¿Sos sordo o sos mogólico?

Soy pobre, quise decirle, pero no pude, porque cuando abrí la boca, el oficial agarró la canasta con una mano y mi brazo con la otra y me acompañó hasta la salida. Acompañar es una forma de decir, no sé cómo se dice cuando te llevan hasta la puerta de un lugar para echarte, mientras te repiten una y otra vez que la próxima vas preso, que la próxima te matan, que total nadie va a extrañar a un negrito retobado.

Cuando llegamos hasta las escaleras, el empujón casi me hizo rodar hasta la calle. Giré para pedirle mi canasta y lo vi agarrar uno por uno los sánguches que me habían quedado y estrellarlos contra el pavimento hirviendo. Los pisó con las botas, como si fueran colillas de cigarrillos. Me dio mucha lástima, porque la comida no se tira y porque en mi casa no había otra cosa para cenar a la noche, pero peor es terminar preso, así que junté mi canasta y no dije nada.

La pobreza te hace ingenioso, y el ingenio es un gran aliado cuando a uno le extinguen un poco el coraje.

Tenía que hacer algo para volver a Tribunales, que para mí era como una mina de oro llena de señoras con blusas de modal y hambre de sanguchitos.

El que me prestó la corbata fue Julio. Me dijo que se la cuide, que era de la comunión del hijo. Planché como pude la única camisa que tenía y lustré desesperado el par de zapatos que heredé de Ramón. Cambié la cofia por el pelo peinado al costado, con una raya bien prolijita, y pinté de negro las letras blancas del maletín de lona que conmemoraba aquel XXIII Congreso Internacional de Ortodoncia y Periodoncia al que yo había asistido en calidad de camarero a la hora del café.

Llegué al edificio poco después de las doce.

Buenos días, doctor, me dijo el mismo cana de siempre. Cómo se nota que ni te miran a la cara cuando te fajan, pensé. Con no tener ropa de negro alcanza para pasar desapercibido.

Buenos días, ¿lo puedo ayudar?, me preguntó la señora del aire acondicionado. Sí que puede, le dije yo, y ahí nomás abrí el maletín lleno de sánguches. Ella quería preguntarme si yo era yo, pero no pudo, porque con la carcajada que le explotó entre los dientes chuecos alcanzó para que todos sus compañeros se acercaran a ver qué pasaba.

¡Este es el pibe de los sánguches!, exclamó una, dejando el catálogo de cosméticos sobre el escritorio. ¿Qué haces así vestido?, preguntó otro, cebándose un mate que de lejos se notaba que estaba bien lavado. ¡Les presento al doctor Sandwich!, dijo la señora del aire acondicionado, y todos nos reímos un montón.

Me hicieron pasar y les expliqué que la venta ambulante estaba prohibida en el edificio. Ellos me dijeron que no hiciera caso, que los canas hacen eso porque a ellos no les dan permiso de parar para comer. Yo qué culpa tengo, pensé, acordándome del queso fundido entre el borceguí negro y el cemento hirviendo de las dos de la tarde santiagueña.

Algún día vas a entrar con tu traje y tu corbata a Tribunales, ¡vas a ser reconocido!, vos haceme caso, me había dicho Ramón. Y Ramón tenía razón, porque los abuelos son padres dos veces.

Sigo yendo a Tribunales de traje y corbata todos los días, aunque ahora no me haga tanta falta. Ahí viene el doctor Sandwich, dicen cuando me ven asomarme a la ventanilla.

Todos me conocen y me dicen hola cuando me ven pasar, aunque no compren. ¿Cómo le va doctor? ¿Le queda algún expediente de jamón y queso?, preguntan, y ellos se ríen y yo sonrío con ese mismo gesto bobo de siempre.

Me gusta ir a Tribunales para acordarme de ellos, sí, pero también para acordarme de mí. El hornero no se olvida del nido que construyó metiendo las alas en el barro.

El doctor Sándwich

(basado en una historia real) de Juan Solá

jueves, 25 de agosto de 2022

ADICTA

 

8/5/2020    Cuento corto de MARISA MARTÍNEZ 


SOY UNA ADICTA

 Y no es que el hecho de haberme convertido en una drogata me tenga muy preocupada...pero tiene sus pequeños inconvenientes .El primero y menos importante es que en cuanto tienes la más mínima necesidad de beber tiene que ser nestea (porque mi adicción, tiene huevos, es al nestea), no agua u otra bebida similar, no: nestea y si no, no se te quita la sed... y por conseguirlo te rebajas hasta vender el honor de tu madre, de tu padre y la virginidad de tu hija. El segundo que te pasas el día y la noche meando sin parar y como que jode que estes hablando por teléfono y te digan "¿qué? ¿otra vez meando?" Los mejores momentos te cogen en el baño y ya es triste, joe. Y el tercero y más importante, es que me sobreexcita, no que me pone caliente, no... que no me deja quieta en ningún sitio  que voy de un sitio para otro como chota por el monte, y vas de sala de fiesta en sala de fiesta, y de pub en pub buscando bailoteo y huyendo de los pelmazos que sólo quieren darte hebra pa intentar llevarte al catre... y lo que es peor que después de cerrar el último tugurio de la noche te quedas recogidita en la calle, por que no te apetece casa ni loca... y vas calle arriba, calle abajo que los basureros me tienen fichada como puta, fijo, si es pasar a su altura y echarse mano a la bragueta ... Y encima con este tiempo, que ya llevo unos cuantos chaparrones encima, y un resfriado que no se me quita... la única ventaja es que como estás mojada como que te da igual mearte encima.

Os aseguro por lo más sagrado que he intentado vencer mi adicción y he intentado estarme sin beber o beber sólo agua, pero sólo he conseguido despertarme por las noches sobresaltada y con la boca seca como una mojama.

Y aquí ando debatiéndome en la duda si apuntarme a "Proyecto Hombre", a "Alcohólicos anónimos" o denunciar directamente a nestle por intento de asesinato

                 MARISA MARTÍNEZ

lunes, 22 de agosto de 2022

 EL FAMOSO CANTANTE DE TANGOS ACONSEJA A UNA FUTURA LEYENDA

En 1934 Carlos Gardel estaba viviendo en la ciudad de Nueva York. Había llegado desde Francia, contratado por la cinematográfica Paramount a fines de realizar una serie de películas para el público hispanoparlante.

Entre filmación y filmación Carlitos mataba el tiempo cantando por radio. A principios de ese año la prensa neoyorkina anuncia que habrá dos nuevos programas en la cadena WEAF-NBC a partir del 14 de enero, los cuales serán un programa semanal con la orquesta de Richard Hommer y la segunda nueva programación incluirá la presentación de Carlos Gardel, barítono argentino (textual), todos los día a las 21 horas.

La National Broadcasting Corporation (NBC) era un poco como Radio Belgrano en la Argentina : ni tan populachera como Radio Porteña ni tan finoli y nariz levantada como Radio El Mundo. Decenas de millones de yankis seguían sus programas de costa a costa tratando de olvidar las penurias

Es entonces que a ver y escuchar el programa de Gardel llega una noche de ese gélido invierno de 1934 un muchacho venido de la barriada de Hoboken en la vecina Nueva Jersey.

Se trata de Francesco Albertino Sinatra Agravantes, hijo de genovesa y siciliano que a sus apenas 18 años de edad no ha dejado macana sin hacer: ha sido expulsado de la escuela tras innumerables amonestaciones por su carácter provocador. Sus incursiones laborales: camionero, repartidor de diarios, cadete, etc. terminaban siempre en el abandono de todos esos trabajos.

Al filo de la ley, es un pibe rápido pa' los mandados, sobre todo los de los mafiosos de cabotaje, lo que le lleva a tener mas de una entrada en las comisarías. En plena juventud, Frank Sinatra anda a los tumbos por la vida.

Si esa noche concurre a los estudios de la NBC a escuchar a Gardel, es un poco porque le gusta la música y un mucho porque quien le insiste en ir para alejarlo de las malas compañias, es su novia Nancy Barbato, que tambien desciende de inmigrantes italianos, nacida en Nueva Jersey.

Sinatra queda embelesado al escuchar a Gardel y cuando termina el programa se atreve a acercarse junto a Nancy para saludarlo. Medio en italiano y medio en castellano se establece el diálogo. Gardel le pregunta a que se dedica y Sinatra calla, notándosele avergonzado.

Nancy entonces le cuenta a Gardel que su novio está desperdiciando su talento ya que tiene una voz muy hermosa, y en vez de cultivarla anda todo el día con otros muchachones de dudoso vivir. Gardel le pone una mano en el hombro y le dice a Sinatra: -"Mirá ragazzino, cuando yo tenía tu edad, andaba allá en Buenos Aires como vos andás ahora en Nueva York. Pasaba todo el día en compañía no muy recomendable cerca del mercado de Abasto, con personajes como los que vos frecuentás.

Especialmente con unos malandrinos genoveses, los fratelli Traverso, cuyo padre tenía una fonda llamada O´Rondeman, que era una guarida de la Mano Negra , la Camorra y tutti cuanti. Lógicamente cada dos por tres me portaban en galera. No te voy a decir que ahora soy un santo, pero el cantar no solo me dio fama y fortuna, también me apartó de ese ambiente donde solo me esperaba pudrirme en la cárcel o morir violentamente".

 Sinatra lo escuchaba atentamente y en algún momento se atreve a preguntar: -"Mister Gardel, ¿usted que me aconseja que haga?".

Gardel le contesta: - "Por lo pronto ragazzino, aprovechá que estás aquí en la radio y anotate en un concurso de cantantes que creo que se llama "Major Bowes Amateur Hour". Hacelo ragazzino que con probar nada se pierde".

 Sinatra le hizo caso. Se presentó a ese concurso acompañando al trío Three Flashes, que para la ocasión se hicieron llamar Hoboken Four (todos vivían en ese barrio de Nueva Jersey) y ganaron el primer premio, lo que les llevó a una gira patrocinada por el programa. No obstante, por desavenencias con el resto de sus compañeros, a los tres meses Sinatra abandonó la gira. Pero ya la simiente de su fulgurante carrera artística estaba plantada gracias al oportuno consejo que le diera ese barítono argentino en los pasillos de la NBC.

Muchos años después de estos episodios, el consagradísimo en todo el orbe Frank Sinatra llegó en agosto de 1981 por primera vez y única vez a la Argentina y debutó en el Luna Park de Buenos Aires ante 20.000 personas en un concierto en el que interpretó sus más famosas canciones. Se sintió muy identificado con nuestra gente.

Afirmó que apreciaba a los argentinos. Le gustaba el asado y el vino -de hecho, lo calificó de excelente-. Según La Voz , el espectáculo que dio en el Luna Park fue uno de los mejores shows que había hecho desde hacía mucho tiempo. Cuando subió al escenario, comentó: -"Se me puso la piel de gallina". ¿Por qué tanta generosidad con este país al que recién llegaba y no estaría en el mas que unas cuantas horas?

Muy pocos supimos que el día anterior, convenientemente camuflado para tratar de pasar de incógnito se hizo llevar hasta la zona del Abasto. Había pedido previamente al agregado cultural de la Embajada de EE.UU. que lo acompañaba, que tratara de ubicar donde había estado el café O´Rondeman. Este lo condujo a la esquina de Aguero y Humahuaca, donde un terreno baldío dejaba ver entre yuyales viejos cimientos.

En la fría tarde porteña, Sinatra sacó de su sobretodo una amarillenta entrada de un espectáculo radial de 1934, la besó, la puso en tierra y para asombro de todos chapurreó en un castellano casi fonético : -"¿Dónde estarán Traverso, el Cordobés y el Noy, el pardo Augusto, Flores y el morocho Aldao… los guapos del Abasto rimaron mi cantar".

 Y en voz fuerte para que todos lo oyeran La Voz agregó: -"thanks for helping me to live, Mister Gardel".

sábado, 20 de agosto de 2022

AMIGOS

 


Los amigos

en el tabaco, en el café, en el vino,

Al borde de la noche se levantan

como esas voces que a lo lejos cantan

sin que se sepa por qué; por el camino.

Livianamente hermanas del destino,

dióscuros, sombras pálidas, me espantan

Las moscas de los hábitos me aguantan

que siga a flote en cada remolino.

Los muertos hablan más pero al oído,

y los vivos son mano tibia y techo, 

suma de lo ganado y lo perdido.

Así un día en la barca de la sombra,

de tanta ausencia abrigará mi pecho

esta antigua ternura que los nombra.

jueves, 18 de agosto de 2022

VENTAJAS DE SER ARGENTINA

RECUERDOS DE MÓNICA BARDI.

Era una bochornosa mañana de domingo de agosto en Cádiz y mi nieto Adrián y yo andábamos desorientados sin saber bien donde refugiarnos un día entero del inclemente sol andaluz. Yendo a la playa nos exponíamos a una insolación. El Corte Inglés estaba cerrado y sus cines, también. Nuestras casas no eran opción porque las relaciones familiares andaban torcidas y era mejor evitarlas. Pasamos por un precioso hotel en el casco antiguo y se me ocurrió una idea: como casi seguro que no habría habitaciones libres echaríamos mano del ingenio para conseguir alguna. O, al menos, lo intentaríamos. Le indiqué a Adrián que  íbamos a montar un teatrillo y que se mantuviera callado. Se rió entusiasmado e hizo el gesto característico de una cremallera sobre sus labios. Me acerqué al recepcionista y en un exagerado tono argentino-lastimero-víctima total le dije que recién habíamos llegado de mi país, que habían desaparecido nuestras maletas y que mi nieto pequeño y yo no teníamos donde descansar en este tórrido domingo. El recepcionista, muy joven, me susurró que había una habitación libre que había sido reservada, que casi seguro que hoy no llegaban los clientes, pero que era cara. Saqué triunfante mi tarjeta de crédito (mejor así, impulsivamente, sin pensar en ruinas posteriores). Mi nieto y yo pasamos un día divino e inolvidable (por lo menos para mi), alternando siestas, piscina, aire acondicionado y patatas fritas.

 "Abuela" dijo muy alarmado Adrián al principio, "no traje bañador". 

"Ah, no te preocupes. Seguro que encontramos algo en la tienda del hotel". Y así fue, aunque le quedaba un poco grande, pero sirvió. (Otra vez machacando la tarjeta de crédito). "El dinero no me hace feliz, me hace falta" dijo Groucho Marx en una ocasión. Y yo agrego: "a mí a veces me hace feliz". 

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Mi médico de cabecera no me hace caso porque siempre estoy sana. Pero esta vez fui a echarle la bronca porque jamás me pide un control radiográfico a mi prótesis de cadera. Iba decidida a cantarle las cuarenta (siempre que me enojo me salen los argentinismos), así que le dije, apuntándole con el índice: "¡esto no puede ser, es una boludez que no me des pelota en esta cuestión! Ni que tuvieras que pagar vos la radiografía" 

Empezó a reírse y me contestó: "De puta madre, sigue hablándome en argentino, me encanta". 

"Callate, (cayate, dije en realidad) pelotudo (esta palabrota a ellos les gusta y no les suena ofensiva) y dame de una vez la orden para el traumatólogo".  

"No", dijo, "pero sigue hablando, por favor" y más se reía. Fin del cuento: me fui con una receta de una crema hidratante para los granos que me salen abajo de las tetas y sin traumatólogo. Claro que al final el médico me contagió la risa a mi también. A veces se gana y a veces se pierde aunque siempre se intenta. 

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No logro obtener papeles que tengo que sacar por Internet. No logro citas en organismos oficiales por teléfono ni por Internet. Es un calvario. Me estresa y me enfurece esta cuestión. Así que solo me queda Salva. Salvador es el pasante del notario y, haciendo honor a su nombre, siempre me salva del naufragio on line. Pero hay que ir con cuidado porque tiene muchísimo trabajo y pocas pulgas y si lo pillas en un mal día, te puede mandar a paseo sin la menor contemplación. 

Así que tengo que emplear todo mi seductor argentinismo para lograr esos putos papeles. Llego a su oficina y le digo: "Salva, cariño, te canto un tango si me sacás el modelo 600 del ordenador y una cita con la Junta de Andalucía". 

Hosco y ocupado me contesta, mirándome por encima de sus gafas: "¿me estás haciendo burdamente la pelota?". 

"Si", le confirmo. 

"¡No tengo tiempo! ¿no ves esta pila de expedientes? Estoy liadísimo", retruca irritado. 

"Si, los veo, es un quilombo, pero a mí también se me acaba el plazo para presentar esto... por favor, Salva, sálvame", explico y suplico, al borde de unas lágrimas... de cocodrilo. 

Luego de un interminable período de latencia me mira muy serio a través de sus tupidas cejas y susurra "¿Y ese tango?"... 

"Adivino el parpadeo de la luces que a lo lejos van marcando mi retorno; son las mismas que alumbraron con su pálido reflejo hondas horas de dolor, etc..."

El inconfundible sonido de la impresora mezclándose con mi tango, me indicaban que Salva una vez más, me había salvado. Esta vez aposté al caballo ganador: "Por una cabeza de un noble potrillo..." dice otro tango. A la vez siguiente le llevé un buen vino porque con tangos ya no llegaba. 

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Y el último, para no cansar al personal.

Íbamos en el coche Eva, mi divina asistente dental y yo en dirección a Jerez de la Frontera, a trabajar. Nos detiene la guardia civil para un control de alcoholemia. Riéndome les digo, pero dirigiéndome a mi copiloto: "Uyyy, Eva, escondé volando la botella de tinto" enfatizando, cómo no, el acento porteño. "Anda, mira tú por dónde, nos topamos con una argentina" dice el picoleto (coloquial irrespetuoso de guardia civil). Y sigue: "a ver, señora, ¿ha bebido y está conduciendo?". 

"¡Siiiii!", dice Eva, riéndose como solo se puede reír cuando se tiene la seguridad de no haber bebido más que agua. 

Los tipos se miraron, se sonrieron y empezó la cháchara del tópico, a saber: "¿hace mucho que vino de Argentina?... Yo tengo tíos allá... no ha perdido el acento ése tan dulce, etc, etc...

Viendo que la cosa se alargaba, les digo:  "¿Y la alcoholemia para cuándo?" 

"No hace falta, se nota que no han bebido". 

Entonces allí no más les solté una queja: "Ahh, no, no me pueden hacer esto. ¡Hace mucho que espero con una ilusión enorme para soplar en ese cacharro y ahora me dicen que no!"  Más risas compartidas (estamos en Andalucía) y finalmente llega la orden inapelable: CIRCULEN, SEÑORAS.

              FIN. 



miércoles, 17 de agosto de 2022

HOJAS

POESÍA DE NÉSTOR CARLOS HIDALGO.

(El padre de mis hijos). 


Cuando mueren las hojas de la Parra

las junto en el centro del patio

las observo, las huelo, las acaricio y leo

el intrincado abanico de sus nervios

y el miedo posterior que fluye de ellas. 


La sensación del humo en mi nariz

me arrastra a lo anterior que fue mi origen

En el agua y la piedra está tu rostro,

tu voz, tu forma, tu sabor y aroma. 

El rumor de la nieve en los cipreses, 

El vozarrón del viento entre las piedras

y el secreto murmullo de la lluvia en la arena. 

Vas unida al hogar y a la madera

que crepita su música en la noche.

Estridente silencio de las llamas

porque incendió la angustia. 

La memoria de las hojas caídas aquí, a la siesta. 

                    NÉSTOR CARLOS HIDALGO. 




domingo, 14 de agosto de 2022

FORTUNATA Y JACINTA

Hay ciertos hombres a los que amaría con loca pasión. Si, ya sé que están muertos. Pero si estuvieran vivos, los miraría a los ojos y les diría: "te amo y me voy contigo al fin del mundo". Estoy segura. 

 BENITO PÉREZ GALDÓS (1843-1920) Pintado por Joaquín Sorolla

"Podría decirse que la sociedad llega a un punto de su camino en que se ve rodeada de ingentes rocas que le cierran el paso. Diversas grietas se abren en la dura y pavorosa peña, indicándonos senderos o salidas que tal vez nos conduzcan a regiones despejadas (...). Contábamos, sin duda, los incansables viajeros con que una voz sobrenatural nos dijera desde lo alto: por aquí se va, y nada más que por aquí. Pero la voz sobrenatural no hiere aún nuestros oídos y los más sabios de entre nosotros se enredan en interminables controversias sobre cuál pueda o deba ser la hendidura o pasadizo por el cual podremos salir de este hoyo pantanoso en que nos revolvemos y asfixiamos. Algunos, que intrépidos se lanzan por tal o cual angostura, vuelven con las manos en la cabeza, diciendo que no han visto más que tinieblas y enmarañadas zarzas que estorban el paso; otros quieren abrirlo a pico, con paciente labor, o quebrantar la piedra con la acción física de substancias destructoras; y todos, en fin, nos lamentamos, con discorde vocerío, de haber venido a parar a este recodo, del cual no vemos manera de salir, aunque la habrá seguramente, porque allí hemos de quedarnos hasta el fin de los siglos".

Fragmento del discurso leído por Pérez Galdós ante la Real Academia Española, La sociedad presente como materia novelable.[4

Con el paso del tiempo, creo que se hablará cada vez menos del aspecto puramente formal y artístico de su obra, de su faceta como realista o naturalista o de su técnica dramática. Porque hay en la obra y vida de este hombre (...) una visión vital. En la amplitud y potencia de esta visión, Galdós goza de un mérito especial en su época. ¡Qué gloriosa ironía hay en el hecho de que él, tan a menudo considerado enemigo de la Fe, resulta ser el mayor defensor de la fe, de la fe en la democracia, la fe en la justicia, la fe en las verdades eternas, la fe en el ser humano! Este es el mensaje que predicó a una generación que avanzaba a tientas y confusa en la aparente desesperanza de la vida. Esta, también seguirá siendo la lección sempiterna de su interpretación de la vida incluso cuando los problemas y luchas que forman el trasfondo material de su obra hayan caído en el olvido.
Hayward KenistonGaldós, Interpreter of Life. Discurso ante la American Association of Teachers of Spanish and Portuguese, Nueva York, 13 de abril de 1920.

martes, 9 de agosto de 2022

DUELOS


Narración de Mónica Bardi

Anoche se acercó a su platito con trozos pequeños de mortadela que le corta Miguel. Pero no comió y se fue al jardín. Como siempre hace lo mismo, esperamos que volviera. Pero no volvió. Nuestra gatita Mimi no volvió. 

Miguel está preguntándose si la habrá atropellado un coche, si habrá comido veneno para ratas en algún jardín vecino, si alguien se la habrá llevado, viéndola tan dócil. Miguel está sufriendo y pensando. Tenemos la esperanza de que vuelva. Los gatos son así de aventureros y desapegados. Entretanto, Miguel para distraerse se va de pesca, su mejor terapia. Allí se va con resignación y cañas de pescar. 

Hoy hace 48 años que murió el padre de Miguel, durmiendo. Sólo tenía 53 años y su hijo lentamente va hilvanando recuerdos y, en su narración, todavía se refleja la perplejidad. Hoy estamos hablando de un buen hombre y un padre cariñoso, que murió en la flor de la vida. Hoy es un día triste. 


miércoles, 3 de agosto de 2022

EL ESQUELETITO

Cuento corto de Mónica Bardi. 

CAPÍTULO I: MATASEJÚN

"¡Nos vamos al pueblo, por fin!" gritó la mamá Azucena, eufórica, mientra subía las maletas a la caravana que habían comprado 《con mucho sacrificio》, como repetía a los cuatro vientos para que nadie pensara que estaban forradas. Esta vez no llevaba plantas de su vivero, como siempre, porque ya iban muy cargadas. La hija Magnolia revoloteaba alrededor con su mochila al hombro haciendo como que ayudaba aunque solo entorpecía. Como todos los hijos. Únicamente pensaba en sus bichos preferidos: los dinosaurios de Matasejún. Esa ruta de las Icnitas con sus huellas de tres dedos la tenían fascinada. Finalmente llegaron tomando la desviación de la carretera SO-630. Al día siguiente saltó la niña Magnolia de la cama y volando raudamente con su precario equipito de paleontología, salió a la conquista de fósiles y de libertad, ya que en el pueblo no había peligros, mientras pensaba: "qué guay no tener que ir al cole a escuchar a la pesada de la profe". Trotando por el empedrado de las calles de Matasejún aterrizó en el yacimiento de las Adoberas y allí desparramó sus "instrumentos profesionales". Así le gustaba llamarlos y no "herramientas", algo que había aprendido de su dentista, la que le había puesto la ortodoncia, porque ella sabía que entre los utensilios de un arqueólogo hay raspadores dentales. Sin pensárselo dos veces se puso a excavar con entusiasmo febril. 

Cavaba y sudaba, sudaba y cavaba, y solo escarabajos y hormigas encontraba, hasta que toda ella quedó dentro de un túnel. Cuando estaba en lo mejor llegó esa inconfundible voz que podía taladrar una pared de titanio: "¡a comerrrrrrr!" Su madre, ¡ufff!, qué condena, el panóptico, el ojo que todo lo ve. ¿Por qué no seguirá con sus plantas, que son su pasión? Cuando ya, obedientemente, se iba, vió emerger del fondo del pozo algo convexo, redondeado. Apartó los pedruscos y sacó un hueso como de un perro grande. Y lo dejó a un lado para seguir más tarde. Tenía que ducharse con carácter de urgencia antes que mamá Azucena la viera cubierta de polvo. "Algún dia seré libre, nunca más iré a la escuela, comeré cuando tenga hambre y no me ducharé jamás" pensaba Magnolia mientras caminaba resignadamente a su destino.  

CAPITULO II: SAURÓPODOS, ORNITÓPODOS Y TERÓPODOS.

Encontró más huesos hasta casi completar un esqueletito que armó en una especie de repisa que fabricó dentro del pozo. Fue alli cuando una extrañísima voz, mezcla de ancestral e infantil, pero al menos en castellano,  brotó de esa mandíbula desencajada, murmurando: "No te asustes, niña, por favor". Inútil advertencia, claro, porque por poco se le para el corazón, pero superado el primer sobresalto, reprimió con entereza las ganas de salir corriendo y dejó que la curiosidad ganara la partida. Se acercó cautelosamente. Siguió escuchando, ya que hablar no podía. Tenía un atasco laríngeo, como diría un otorrino. "Soy el hijo pequeño de una especie carnívora que se extinguió  hace 140 millones de años y sólo querría estar al lado de mi mamá saurio. No te vayas, estoy cansado de estar solo". 

"No, no me voy. Pero tu mamá está...muerta" contestó la niña Magnolia con un hilo de voz. 

"Claro" replicó el esqueletito. "Y yo también, pero igual querría estar a su lado. Los fósiles tenemos sentimientos  ¿sabes?"

"Bueno, no lo sabía pero te creo. Y ella, ¿dónde está?"

"No lo sé, en algún museo, porque la desenterraron y se la llevaron. A mí no me vieron".

"Esto sí que es raro" pensó Magnolia. "Estoy hablando con un esqueleto como en la peli la novia cadáver y tenemos que encontrar a su madre. Y a propósito de madres, más me vale que la mía ni se entere, si no quiero ir a parar a un psicólogo. Con esos ajustatornillos una sabe como entra pero nunca como sale". 

"¡Tengo una idea!" exclamó al cabo la niña Magnolia. "Tu madre debe estar en un museo cerca de aquí. Le preguntaremos al dr. Google" explicó entusiasmada. Después de todo, era la primera vez que hablaba con un fósil de dinosaurio.  

"¿El dr Google es un paleontólogo?"

"No, no" se rió la niña, que no solo había perdido el miedo sino que se sentía en la gloria, como nunca hubiera soñado. "Ya verás" y se trajo la laptop. Buscó las fotos de los fósiles expuestos en los museos cercanos y al final el esqueletito reconoció, con gran emoción, a su inmensa madre en el Aula Paleontológica de Villar del Río. 

CAPÍTULO III: LOS PALEONTÓLOGOS.

Lucas Mallada y Pueyo (1841-1921), fundador de la paleontología española y Emiliano Aguirre (1925-2021), descubridor de Atapuerca, patrimonio mundial por la UNESCO, charlaban en el Aula de Villar del Río de diversas cuestiones, para no perder actualidad. Estaban a gusto entre sus queridos fósiles, mucho mejor que en ningún cielo o infierno, ya que ellos también estaban muertos. Allí se quedaron a vivir... vivir, no, bueno, no exactamente... ustedes ya me entienden.  A Lucas Mallada le gustaba leer el diario en voz alta y comentar las novedades con Emiliano Aguirre, siempre enfrascado en alguna falange petrificada.

"Recórcholis, licenciado, mira lo que dice el diario. Una niña descubrió cerca del empedrado de Matasejún un fósil. Pero es que es de la misma especie del ejemplar que tenemos aquí", comentó Lucas. 

"¡No me digas!", se soprendió Emiliano, apartando la lupa de un trilobite. "¿Y cuándo lo van a traer?"

"Nunca, porque se lo llevaron al museo de Madrid".

"¡Eso no puede ser! ¡Le corresponde estar aquí!", se indignó Emiliano. 

"Eso mismo creo yo. Ni te imaginas el desconsuelo de la niña y el fósil porque parece que hablaron entre ellos. Claro que nadie les creyó, sólo Iker Jiménez, el de Cuarto Milenio".

"¡Qué injusticia! Y nosotros ¿qué podemos hacer para reparar el daño? Nada. Estamos aquí menos que pintados en la pared, para toda la eternidad". 

"Aunque...aunque...espera...espera..." musitó Lucas, presa de una epifanía. "Quizás algo podamos hacer, una conexión... esa niña...

CAPÍTULO IV: LA ESPERANZA. 

La mamá Azucena estaba tan preocupada por la persistente tristeza de su niña Magnolia, que ya ni siquiera pensaba en la hipoteca, mientras regaba parsimoniosamente a sus amadas plantas. Era su terapia. Desde que le quitaron a su querido esqueletito, Magnolia casi no hablaba y vivía encerrada en su habitación. "¿Para qué habré comunicado el descubrimiento a los del museo, con todos los fósiles que tienen allí arrumbados? Me lo hubiera traido en el maletero del coche, con el morro bien blindado y santas pascuas" pensó arrepentida. Pero claro, no era lo correcto, aunque ese razonamiento no consolara en absoluto a su hija... ni a ella, porque toda madre sabe que una hija está incluida en cualquier imperativo categórico, es un mandamiento antes que cualquier otro. Y si no, que se lo pregunten a Kant. En esas disquisiciones filosóficas se encontraba inmersa cuando de golpe ocurrió lo imponderable: "¡Mamá!...¡mamá! ¡Tengo un hambre de lobo feroz!" saltó la niña de su dormitorio con una rutilante sonrisa.  

"¡Pero qué maravilla, tesoro...te veo contenta...¡qué cambio! ¿Pasó algo nuevo? Ya mismo te preparo unas lentejas"

"¡Nooooo... no me arruines el día, mamá,  mejor una pizza!"

"Vale, una pizza". Todo le daba igual a mamá Azucena con tal de verla repuesta y feliz. "Pero, cuéntame, ¿cómo es que estás tan alegre, así, de golpe?"

"Es que estoy hablando con dos paleontólogos famosos y ellos me han animado y motivado para seguir luchando por lo que me apasiona. Así que decidido está: estudiaré arqueología y cuando pueda, me traeré a mi esqueletito con su madre, a Matasejún. Total, si hace tantos años que espera, unos cuantos más no lo van a deprimir". 

"Ah, buen plan, nadie dirá que eres cortoplacista, ¿hablas con ellos por Internet, ¿no?"

"No, lo hago en persona. Face to face. Son muy famosos. Ellos han muerto hace tiempo. Pero no te alarmes: ¿no eres tú la que le habla a las plantas?"

Un silencio espeso cayó como un telón y la cara de la madre empalideció . "¿Cómo? ¡pero qué dices! Eso es muy distinto: yo no espero que me contesten" y puso la mano en la frente de la niña. "¿Sin fiebre y otra vez hablando con fantasmas? Y dime, cariño, motivo de mis desvelos, esos señores ¿cómo se llaman?"

"Lucas y Emiliano". 

CAPÍTULO V: AS THE YEARS GO BY

La niña creció y cumplió con su vocación, que más que vocación parecía obsesión. En la Complutense de Madrid se graduó, se doctoró, se fue al extranjero, volvió, se hizo una famosa divulgadora en televisión, tuvo becarios, y tuvo una hija a la que llamó Rosa, para seguir con la tradición de los nombres botánicos y floridos. Como su madre y su pasión: las plantas. 

Asi es como encontramos a tres mujeres: la ahora abuela Azucena (que por fin había terminado de pagar la hipoteca), la ahora madre Magnolia (que por fin había terminado la tesis de doctorado) y la joven niña Rosa (que por fin había terminado el bachillerato), charlando animadamente en Matasejún, esperando que pasaran las Móndidas y el mozo del Ramo (que por fin habían superado la pandemia). 

"Abu, ¿cómo te fue en Madrid con tu nuevo novio?" preguntó mientras se desperazaba lánguidamente la nieta Rosa. 

"Ah, muy bien. Unos días espléndidos y muy románticos, jeje" contestó la abuela Azucena, mirándola con picardía. "Aproveché para pasear; ya estaban preparando la Feria del Libro y no dejé de ir al museo arqueológico para volver a visitar al fósil de dinosaurio que encontró tu mamá cuando era pequeña, ¿recuerdas lo que te conté mil veces?"

La mamá Magnolia, indiferente, seguía infatigable e inasequible pegada al móvil, rebuscando actualizaciones mundiales de paleontología. La gran científica no estaba, aparentemente, en la conversación. 

Prosiguió la abuela Azucena con su incesante perorata bajo la atenta mirada de su nieta Rosa, que sabía perfectamente a donde quería llegar: "Así que fui a ver al esqueletito, como lo llamaba tu mamá, y allí estaba, donde siempre. Ahuyenté a mi seudo-novio con un pretexto y me acerqué mucho, mucho, mucho al fósil y le susurré: "¿me oyes, querido, estás bien?" No me contestó pero me pareció ver un brillo distinto, una chispa, dentro de las cuencas de los ojos. Esperé y disimulé porque un vigilante me observaba extrañado y al rato volví a preguntar: "¿estás bien?" Una voz dulce y extrañamente cavernosa me llegó: "si, señora... la oigo... me encuentro bien. Aquí me tratan de lujo, me mantienen limpio, no dejan que los niños me anden toqueteando y todo eso, pero...pero..."

"Pero querrías estar con tu madre ¿verdad?"

"Si, si, me hace falta su amor. Usted seguro que lo comprende".

"Claro que lo comprendo. Seguiremos luchando para lograrlo, te lo prometo. La burocracia es espantosa; las cosas de palacio van despacio".

"¿Qué es la burocracia, señora?"

"Ohhh, mejor que no lo sepas. Es cosa de burros, con todos mis respetos a esos entrañables cuadrúpedos". 

CAPÍTULO VI: DESENLACE

"Mamá, mamá, deja ya el móvil, porfa. Tú, que eres importante en el mundo de la arqueología ¿no podrías hacer algo por el esqueletito?"

En ese momento abuela y nieta se dieron cuenta que mamá Magnolia estaba conmocionada porque inadvertidas lágrimas súbitamente explotaron en llanto. Estupefactas, esperaron que pasara el temporal mientras la acariciaban. "¿Qué te pasa, mamá?", "¿qué te pasa, hija?" preguntaron al unísono. Entre hipos y suspiros, contestó desconsoladamente Magnolia: "lo había olvidado por completo. No sé en qué parte de mi cerebro lo escondí. ¿Cómo pude hacerle eso al pobre esqueletito?, lo abandoné, tengo que arreglar esto de inmediato". 

A continuación, la sabia abuela Azucena explicó: "con el cerebro hemos topado. Porque todo lo que no sea racional una gran científica no puede permitírselo. Entrar en un sueño no es científico...y un sueño compartido con tu madre, para colmo, que ni siquiera te creyó", afirmó rotunda pero dulcemente mientras desenredaba el pelo de su hija y continuó: "justo yo, que alardeaba de hablar con las plantas. Hasta que lo entendí a través de la poesía, cuando leí a Jorge Luis Borges en LA MILONGA DEL MUERTO, que dice así: 《Lo he soñado en esta casa entre paredes y puertas. Dios le permite a los hombres soñar cosas que son ciertas.》"

"Yo también quiero entrar en vuestros sueños, abuela" dijo la joven Rosa, emocionada. 

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Unos meses mas tarde el esqueletito de los candentes ojitos, asomaba entre las enormes patas de su madre, en el Aula Paleontológica de Villar del Rio. Y pensaba: "nadie está viendo como me rio". 

                   FIN DEL CUENTO