domingo, 24 de julio de 2016

LA VIDA DE A DOS.

Yo soy la mochila de ella. Voy y vengo a sus espaldas como un guardaespaldas. Cuando no estoy acarreando cosas livianas o pesadas, valiosas o sin valor, a veces llena, a veces semi vacía, cumpliendo con mi deber; me quedo descansando en cualquier lugar. Hasta en el suelo, aunque las malas lenguas digan que a los bolsos no hay que dejarlos allí porque se escapa el dinero. Pero ella no es supersticiosa y no se cansa de pregonarlo.
A veces cambia de bolso y me achanto en un rincón, aburridísima. Pero antes o después vuelve a mí y eso ocurre así hace muchísimos años. Parece que no me gasto ni paso de moda. Lo sé porque la he oído a ella decir: "esta mochila es eterna e insustituible". Lo cual me llena de orgullo y me sube la autoestima.
Y aparte de serle útil, le gusto porque le he oído decir: "me encanta este macuto".
Vamos a todas partes ya que a ella le mola viajar. Y a mí también. Cada vez que imagino una mochila que no viaja me asalta una rara melancolía y pienso: "¿toda la vida en el mismo lugar?"Qué monotonía. "¿Y siempre escuchando el mismo idioma?" Qué rutina. "¿viendo siempre el mismo paisaje o viviendo eternamente en el mismo clima?"Qué aburrimiento. Y lo que es peor: "¿oyendo a la misma gente diciendo las mismas cosas, los consabidos lugares comunes?"Letal..
Hasta la misma arquitectura una y otra vez vistas, cansa. Un castigo. ¿Y cuando me lleva a su trabajo? Una paliza. Una mochila no ha sido concebida para eso. Ella tampoco ha sido concebida para eso y que lo digan sus padres, viajeros infatigables. A nosotras nos gusta andar para que nos den aires renovadores, ver los colores del mundo, oler variados aromas, tocar diferentes texturas, hasta vivir sobresaltos: como cuando me quisieron robar...¡me faltó gritar!

Y hablando de algo que contar...eso es lo único que nos falta: ALGUIEN A QUIEN CONTAR, porque la verdad es que siempre vamos solas ella y yo. Sería lindo comentar lo que se va experimentando con alguien más. A veces me parece que habla sola...pero habla por el móvil, ¡qué idiota soy! Claro que con eso no alcanza y al final es verdad que vamos solas. Mejor dicho: ÍBAMOS.
Hace ya unos cuantos días ocurrió algo inesperado. Me dí cuenta luego de un rato: VIAJABA EN LA ESPALDA DE OTRA PERSONA. ÉL.Sí, uno de esos animales crudos que van por ahí caminando, que han sido adobados en el seno materno con testosterona y que solemos llamar "hombre".
Cuando ella necesita sacar alguna cosa de mí, se ubica detrás de él y escarba, como siempre, al tacto, algo, en el fondo de mis insondables compartimentos. Las gafas de sol, por ejemplo. En realidad para mí es más cómodo porque no me están subiendo y bajando todo el tiempo. Incluso he llegado a pensar que esta situación compartida reúne grandes ventajas: le veo la cara a la jefa más seguido, oigo las risas de los dos, sus comentarios, parte de sus conversaciones y me parece que se entienden bien, creo que son felices.
Supongo que tanta autonomía, estando ella sola para todo, llega a cansar. Supongo que si no hay más remedio, se llega a aceptar. Supongo que hay personas que aman la soledad, tienen un mundo interior propio y puede ser que los demás entorpezcan ese discurrir. Porque aunque la soledad no sea el estado natural del hombre, ya que es un ser gregario; habrá excepciones.
Aunque yo, la mochila, allí detrás sólo veo lo que viene más atrás, me he dado cuenta que éstos dos caminan de la mano. Para caminar de la mano hay que haber recorrido un cierto sendero afectivo, supongo yo.  Me encanta cuando vamos los tres al cine: los dos absortos en la pantalla y yo fresquita durmiendo la siesta. Son felices, ya lo dije y lo repito. Ojalá no les dé por comprar una mochila nueva más grande porque entonces allí se acabó mi historia. Yo sugeriría que, como máximo, agreguen otra mochila. Pero a mí ¿quién me va a consultar?
De algo sí estoy segura: con una, dos mochilas o ninguna, su historia de amor continuará porque ellos ya han descubierto el secreto mejor guardado: DE A DOS ES MEJOR.