domingo, 21 de diciembre de 2014

MUDANZAS.

Por Mónica Bardi

Me voy a mudar. Mejor dicho, nos vamos a mudar. Mi hijo, el menor, y yo queremos vivir juntos pero con mucha más independencia. Así que conseguimos una casa y media. Un jardín precioso y un corto desfiladero de palmeras jalonando la entrada te da la bienvenida. La llegada a la casa es un poco tortuosa y en algunas partes los pinos han levantado el asfalto con ondulaciones y desniveles. Las calles tienen nombres que suenan a cosas pasadas: calle de Canasteros, camino de los Chopos, Campillo. Uno se pierde con facilidad en esos recovecos con calles que se fueron creando al azar, sin planificación alguna.
La vegetación es típicamente mediterránea...otra no aguantaría los vientos ardientes del Levante español o requeriría mucho riego. Tendremos agua de pozo...menos mal. La de red nos costaría carísima y ésta no hay que pagarla. Bueno, gratis no es, hay que pagar la electricidad del motor del pozo que la extrae.
Total, a lo que iba. Esto de mudarse tiene sus implicancias. Reflexionando sobre este tema pienso: ¿cómo recuerdo yo las casas en las que he vivido? Para contestar esto debo remontarme a mi casa paterna. Una linda casa en un suburbano con un patio interior que la iluminaba completamente. La había diseñado mi papá y él la adoraba. Recuerdo mi niñez allí y por supuesto que no todo fué idílico. Teníamos tropiezos como todas las familias y, a medida que mi hermano y yo crecíamos, crecían también los problemas. Si evoco esa casa me viene una sensación de protección, de calor, de luces, de música, de olor a comida. 
Cuando andaba por ahí, tratando de independizarme aún antes de terminar la carrera, recuerdo que extrañaba la sensación de protección que me daba esa casa. La misma que toda la vida traté de que sintieran mis hijos...Esa cosa de hogar que se ve en medio de la oscuridad.  
Recuerdo perfectamente cuando terminé segundo año de odontología, que fué tan duro. Yo andaba a salto de mata entre las casas de Willy Vicuña y Stella Lanfranconi estudiando fisio, fármaco, materiales...¡mama mía, qué añito!. Cuando terminó el curso volví a la casa de mis padres, estaba tan agotada que creo que dormí 3 días ininterrumpidamente sintiendo esa protección paterna, esa seguridad. ¡Qué descanso!
¡Qué afortunados los que tenemos un techo protector, comida, calefacción! Siempre pienso en eso y en toda la gente que carece de esas cosas básicas para la supervivencia.
Pero esa casa también alberga momentos muy negros, sufrimientos....mejor ni pensar en ello y considerarlo parte del pasado con casa y todo. Las contingencias que viven sus habitantes quedan impresas para siempre en sus paredes, entre sus plantas, en los cajones, aunque esa historia sólo la revivan quienes la recuerdan aún. .....las risas de la niñez, las lágrimas de la adolescencia, los gritos de la ira, la rebeldía de los que van creciendo, las velitas de las fiestas de cumpleaños, los miedos a la oscuridad, las visitas de los amigos. 
 Luego, en Villa la Angostura, sentí como nunca esa protección ambiental en medio de la nieve y el frío tan intenso, con mis hijos tan chiquitos siempre alegrándose cuando llegaba de trabajar. Mi marido me decía que veía las luces de la casa desde lejos y que rememoraba un nido. Él, que había sufrido desprotección y horfandad.
Normalmente relacionamos una casa, un pueblo o una ciudad con lo que nos pasó allí. Salvo grandes desgracias, todo tiene para mí un sabor agridulce, siempre es una mezcla. No recuerdo situaciones con emociones nítidas, completas, absolutas. Quizás el primer período del enamoramiento consiste en esa ceguera a lo que luego vemos con claridad.
Entonces miro estas paredes que todavía me rodean en la casa que estoy a punto de dejar y me pregunto: ¿qué tipo de vínculo emocional he tenido con esta vivienda? Siento sinceramente que es sólo una casa, 4 paredes y un techo que me brindaron cobijo y seguridad. ¿Qué cosas me pasaron mientras viví acá?
Como siempre, hubo de todo. Bueno y malo. La casa no tiene la culpa pero uno puede llegar a sentir rechazo a cuatro paredes porque le evoca alguna situación desgraciada y con la cual cuesta reconciliarse. 
Lo que más gratamente recordaré de esta casa son sus atardeceres mágicos. Llega una hora en que el jardín pasa por todos los tonos de los colores fríos, todos los azules y violáceos, colores crepusculares que relacionamos con la nostalgia. Las hojas de las plantas tienen un color diferente en el anverso que en el reverso (como las olas del mar, cuando descubrí atónita que al caer el sol el hueco de la ola se torna violáceo). Me hipnotiza ese tránsito hacia la oscuridad total hasta que me acuerdo de encender las luces.
La ciudad que sin duda tiene, para mí, esa mezcla de amor-odio es Cádiz.
Y el país, Argentina. En ambos casos, son sólo lugares. Lugares donde vive gente de todo tipo, con paisajes maravillosos y con una mochila bien llena que es su historia y que les ha moldeado una manera de ver el mundo. Lo que siempre tuve claro es que esos lugares pueden darme cosas positivas pero también restarme calidad de vida. Argentina me permitió obtener un título universitario gracias al cual he podido hacer una vida independiente pero en cierto momento me dió miedo vivir allí...todo era inestable y hasta peligroso. Rescato a mi gente querida (que no es poca)y al tango, que me emociona.Y yo, ¿qué le dí a mi país? Bueno, unos cuantos años trabajando en el interior de forma un poco precaria en lugares a donde mucha gente no quiere ir.  
Cádiz me brindó una gran oportunidad laboral y una seguridad ciudadana muy alta pero no comulgo con muchas de sus costumbres y su fondo religioso cuando le conviene. Me quedo con sus risas y su historia trimilenaria. Y yo ¿qué le dí a Cádiz? Años de trabajo con el mejoramiento evidente de la salud buco-dental (estética y funcional) de muchos de sus habitantes. Tanto de Argentina como de España aprendí cosas: en la primera, mi profesión (y lo latinoamericano); en la segunda, la práctica profesional en un entorno estable (y lo europeo).
Los países, igual que las personas, pueden llegar a resultar tóxicos o nutritivos por una suma de circunstancias en las que interactúan el individuo y el lugar. Buenos Aires tiene aspectos tóxicos, como la inestabilidad política y económica y la inseguridad y Cádiz los tiene también, como la superficialidad, la aceptación social del alcohol y el querer vivir del cuento.   
Sigo sin comprender ese amor incondicional a las casas, a las ciudades, incluso a los países. Lo veo en mucha gente pero yo creo que nunca lo he sentido. No lo cuestiono, por supuesto, sólo que no lo siento. Ese amor incondicional lo tengo sólo con ciertas personas, no con cosas o lugares. 
¿Y qué siento por esa casa nueva? Todavía nada, sólo cierto placer estético. Es algo que acabo de conocer. No sé que les pudo haber pasado a las gentes que vivieron allí antes que yo y creo que tampoco me importa. A esa construcción todavía anónima le tengo que poner mi impronta, vestirla con mis pinturas, con las fotos de padres, hijos, amigos. Debo ponerle maquillaje. Quiero llenarla de situaciones, de vivencias, de miradas, de tiempo y de gente...tengo que VIVIRLA y con la mayor felicidad posible. 
 

2 comentarios:

  1. Mi querida y admirada Mónica. Sólo se me ocurre un comentario a esta entrada tuya del mes de Diciembre que he leído en Febrero. Sólo se me ocurre impregnar de mi propio corazón lo que me ha hecho rememorar toda esa amplia y vibrante descripción de lo que es el sentir de una persona que, sobre todo, ha vivido...dá igual dónde, pero que ciertamente ha vivido.
    Mi comentario sólo puede ser lo que sale de mi corazón:OLE.

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  2. OLE...excelente manera de felicitarme. Muchas gracias. Este blog, que seguramente a muchos aburrirá y a otros gustará es mi manera de hacer una especie de terapia discursiva. Pero también me gusta mucho compartirlo con aquéllas personas a las que les guste.

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