miércoles, 21 de enero de 2026

METEORO.

 Esta historia tiene 2 puntas: por un lado la familia Álvarez, asturianos que emigraron a EEUU en 1887. Por otro lado, la empresa petrolera PEMEX, que buscaba petróleo en 1950 en el Golfo de México. ¿Qué pasó para que estas personas en las antípodas llegaron a un enorme descubrimiento?

Empecemos de una vez: el abuelo Luis Fernández Álvarez dejó España con 13 años y estudió medicina en Stanford. Chico listo de dinastía de chicos listos. Sus hijos, Walter Clement, también médico; Luis Walter estudió física y ganó el premio Nobel en 1968 y Walter (a secas) fue profesor de Berkeley en geología y elaboró la "hipótesis de Álvarez", porque encontró en determinadas zonas de la corteza terrestre unas inusuales cantidades de capas de iridio, elemento químico escasísimo en la Tierra, por lo cual dedujo que serían de origen extraterrestre, o sea, de un meteorito, por ejemplo. 

Álvarez padre y su hijo Walter Álvarez.

En 1980 presentaron él y su padre sus conjeturas a un congreso internacional pero fueron olímpicamente ignorados, aunque ellos sabían que ese iridio tenía que haber venido del espacio y también sabían que, en ciencia hay que tener paciencia. Calcularon (no me pregunten cómo) que el tamaño del meteorito sería de unos 12 km. de diámetro dejando, en su caída, un anillo de 200 km de ancho, aproximadamente. También calcularon ( no me pregunten cómo) que eso tenía que haber ocurrido hace unos 66 millones de años. Todo eso sabían pero no lograban encontrar el lugar de la caída. 

Años después surgió la hipótesis de que los dinosaurios y otras especies murieron como consecuencia de esa desastre que provocó un cataclismo descomunal. Pero, ¿dónde buscar? ¿Dónde pudo haber caído? Imposible saberlo. 

Mientras tanto, en 1950, los geólogos de PEMEX hallaron una estructura circular, en la península de Yucatán, México, con un magnetismo anormalmente alto, pero la empresa no permitió que esa información trascendiera al mundo científico. En 1978 se repite la exploración buscando petróleo pero está vez con un avance tecnológico: un examen magnético aéreo. Así que, por un lado tenemos a los Álvarez buscando al hueco dejado por el meteorito (1981) y por otro tenemos a buscadores de petróleo frente a una estructura circular inmensa, creyendo que era el cráter de un volcán extinguido (1978).

¿Y quién hizo la conexión? Pues en 1990, un periodista de Texas, que trabajaba en el Houston Chronicle llamado Carlos Byars lo pensó y lo publicó. Tipo imaginativo con neuronas despiertas. 


Imaginó que el cráter de Yucatán (llamado Chicxulub) donde se encuentran los famosos CENOTES, depósito de agua azul de manantial, paraíso de los buceadores, podía ser lo que andaban buscando los Álvarez, un agujero enorme causado por la caída del meteorito, de las dimensiones calculadas por ellos. 

En 1988, una científica nacida en Colombia, criada en Argentina y trabajando en EEUU, llamada Adriana Ocampo, asistió a un congreso en Acapulco, y el corazón le dio un vuelco al escuchar que esa formación circular podía ser la señal que apuntaba a la línea de investigación a la cual había dedicado su vida profesional. El final del Cretácico y el comienzo del Cenozoico. 

Finalmente, en 2014, el investigador Hermann Bermúdez encontro depósitos de esférulas (pequeñas perlas de vidrio) que se formaron cuando el calor y la presión del impacto derritieron expulsándolas a la atmósfera y que luego volvieron a caer por la acción de la gravedad. Las evidencias se acumulan porque así debe ser en el mundo científico. Todo es provisional.

                 FIN DEL CUENTO




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