Por Mónica Bardi.
Hoy, 8 de marzo, día de la mujer, recordé un hecho que viene a cuento de esta fecha cargado de feminismo y manifestaciones.
Hace muchos años yo estaba tratando a una jovencita, en mi consulta de ortodoncia, que siempre venía acompañada de sus padres y un hermanito.
Tardé muy poco en darme cuenta que tanto marido como mujer eran visceralmente desconfiados y miraban con suspicacia todo lo que yo hacía y decía. Nada los conformaba. El único que parecía entender mis empeñosas explicaciones era el pequeño pero ése no contaba.
El tratamiento iba bien, aunque la paciente tenía cierto retraso intelectual pero eso no afectaba su dócil comportamiento.
Los padres, por el contrario, erre que erre, siempre protestando, siempre sembrando dudas y exteriorizando desconfianza. Más dura me ponía, mal. Más dulce explicaba por milésima vez lo mismo, peor. No encontraba la manera de revertir esa situación por el bien de todos.
No sé en qué momento me cayó la ficha y lo vi claro: no confiaban en mí porque era mujer. Era una familia machista y de a poco lo fui corroborando por sus actitudes y algunas preguntas que yo lanzaba distraídamente, como al pasar. Cumplían todos los requisitos de la mentalidad machista más casposa, retrógrada y básica. Espantosos.
Entonces, hablé con un colega muy especial. Era un tenaz torturador de subalternas, recepcionistas, pacientes y todo lo que se pusiera a tiro, si se había levantado con el pie izquierdo y aunque se levantara con el derecho, no variaba mucho la cosa. Eso necesitaba yo: un maltratador, pero de los auténticos. A ver quién era más macho. Le expliqué la situación y me dijo muy seguro: "déjamelos a mí", mientras le goteaba el canino izquierdo. Me pidió un par de precisiones clínicas y, muy sonriente, me preguntó: "¿Qué quieres que les diga?". Se lo expliqué con las radiografías y los modelos de yeso y le especifiqué que eran personas muy problemáticas y con mucha mala leche.
"Perfecto", remató, mientras le goteaba el canino derecho.
Citamos a los pacientes, los recibí con mi mejor sonrisa, mientras pensaba: "no saben la que les va a caer, jeje".
Entró el doctor, majestuoso como un pavo real y se largó a dar una larga explicación con tono de voz creciente... creciente...creciente. Los padres de la paciente iban decreciendo...decreciendo...decreciendo, mudos, sin valor ni siquiera para mirarse entre sí. El doctor, llegando al clímax de su actuación, dió un puñetazo en la platina, mientras casi aullaba: "¿Ha quedado todo claro?"
Los pacientes habían encogido hasta quedar reducidos a su mínima expresión.
"¿Alguna pregunta?" gritó el monstruo con guardapolvo.
Respondió el padre sólo con un gesto de negación, ya que las palabras no le salían del terror que lo atenazaba.
A partir de allí, no tuve más inconvenientes con ellos; por el contrario, la relación paciente-profesional terminó casi amablemente.
Al macho lo respetaban, aunque no sabía nada de ortodoncia (porque era cirujano), pero era HOMBRE.
Hete aquí como un prejuicio, si se sabe detectar, puede jugar a nuestro favor y aunque suene horrible, ésa es la realidad con la que muchas veces tenemos que trabajar en esta sociedad variopinta.
MÓNICA BARDI.
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domingo, 8 de marzo de 2020
domingo, 2 de febrero de 2014
REFLEXIONES DE UNA ODONTÓLOGA EMIGRADA
Va para 30 años que decidí dedicarme por completo a la especialidad que estudié durante 5 años en el Ateneo Argentino de Odontología, en Buenos Aires: la ortodoncia.
Esto lo decidí al llegar a España, porque ya había trabajado como generalista 15 años y a los 40 años de edad ya estaba harta de las reconstrucciones, la periodoncia y la prótesis, aunque la endodoncia me gustaba.
Sabía que a ese paso no tendría una larga vida profesional porque el trabajo como odontólogo general es muy esforzado y genera un gran desgaste físico y psíquico.
A lo largo de estos años debo decir que esta especialidad es FANTÁSTICA, creo que la mejor. Da una gran satisfacción por los extraordinarios logros estéticos, o sea, los pacientes están contentos y yo también.
Duele poquísimo y a algunos nada, según me manifiestan mis pobres víctimas. Cuando molesta están en su casa y al volver al mes siguiente ya ni se acuerdan. El primer mes después de la colocación del aparato te ametrallan a preguntas, suposiciones e hipótesis estrafalarias...al darse cuenta del poco eco que tales requerimientos provocan en mí, aprenden a preguntar cosas lógicas de vez en cuando. Porque, además, todo se les da por escrito en un folleto muy detallado, aunque son contados los que se acuerdan de leerlo.
Esta especialidad carece de urgencias e infecciones...por lo tanto, no es necesario medicar. Algunos se automedican los primeros días, aunque yo no lo recomiendo. Porque la molestia es perfectamente soportable y para que no abusen de los medicamentos, cosa que muchos hacen a diario.
Mis queridos niños y jóvenes aumentan la autoestima de manera ostensible.
La incidencia de caries baja dramáticamente, tanto por la mejor alineación como por la insoportable insistencia con la que mes a mes, durante 2 ó 3 años, los incordio con la correcta higiene; porque son unos cochinillos, todo hay que decirlo.
Tengo maravillosos recuerdos de muchos pacientes a los que ni reconocería si los viera por la calle.
Los he visto crecer, ponerse piercings (cosa que prohíbo pero que ni puñetero caso me hacen), dejarse flequillos debajo de los cuales están ellos, hacerse tatuajes y otras espantosas costumbres que me hacen reír mucho, porque ¿de qué me serviría enfadarme?. Algunos ya vienen a los controles postoperatorios con sus novias/os en vez de con sus omnipresentes madres, con muchas de las cuales hablamos como si fuéramos familia. A veces toca hacer de psicólogo y no de dentista.
Haciendo un balance de los beneficios de la ortodoncia sin duda me inclino por los extraordinarios logros de la ya mencionada higiene oral, ventaja que ni por asomo logran los que no están asediados por los controles mensuales. O sea, que la mejor profilaxis termina siendo la ortodoncia.
Hay un porcentaje ínfimo de pacientes, tanto adultos como niños, que se resisten sistemáticamente a los consejos de cepillado y son los que más llaman mi atención. Esas personas tienen, sin duda, algún tipo de neurosis o bloqueo mental y lo afirmo sin temor a equivocarme, porque su resistencia no es normal. A esos casos se los da por perdidos ya que no se puede obligar a nadie de manera infinita.
Otra neurosis que veo de vez en cuando es el afán exagerado de logros en la estética que, además, no depende enteramente de los dientes, sino de las encías, de la línea de la sonrisa y de las características esqueletales. Algunas damas jóvenes (aunque a veces ellos también), entran como callos y quieren salir como rosas. Imposible. El cuento del patito feo sólo para los cisnes.
Y otras veces son algunas madres las neuróticas que quieren ponerle aparatos a sus hijos a toda costa, aunque yo lo contraindique por variados motivos. El más común es que hay pacientes que, aunque estén preparados clínicamente, no lo están psicológicamente y no van a cooperar. Problemas en puerta. Mejor esperar y/o motivar.
Claro que no cualquiera se enfrenta desarmado a una madre andaluza hiperconvencida y dueña de la verdad.
El conocimiento de esta profesión incluye un gran conocimiento social, dominio de los códigos, del lenguaje corporal y de la adquisición de empatía que lleva muchos más años que la profesión misma. Eso no lo enseñan ni en la facultad de odontología ni en ningún master, porque cada ciudad o comunidad autónoma tiene características diferenciadoras. No es lo mismo trabajar en una gran ciudad que en un pueblo chico, por ejemplo. No es lo mismo una ciudad gallega que una vasca. No es lo mismo una pueblo castellano que uno catalán. Y hablamos del mismo país, (no soy separatista). A mí me costó muchísimo aprender el trato con pacientes locales viniendo de Buenos Aires. Allí si que había un abismo.
Y conozco algunos extranjeros que nunca aprendieron por muchos años que lleven aquí. La adaptación requiere componentes emocionales muy concretos.
Para mí es muy importante, también, el equipo que acompaña. Los compañeros de trabajo son, en general, muy buenos y muchas veces terminamos en amistad, aunque la amistad en estas latitudes sea completamente diferente a lo que en Argentina entendemos por amistad. Eso también lo aprendí. Claro que yo, con mi todoterreno enfermera, secretaria, jefa de compras y chófer llevo una ventaja incuestionable. Dejemos de lado que es mi hija y que, a veces estamos a punto de homicidio mutuo, lo cual es habitual entre padres e hijos que tienen la desafortunda circunstancia de trabajar juntos.
Es broma.
Esto lo decidí al llegar a España, porque ya había trabajado como generalista 15 años y a los 40 años de edad ya estaba harta de las reconstrucciones, la periodoncia y la prótesis, aunque la endodoncia me gustaba.
Sabía que a ese paso no tendría una larga vida profesional porque el trabajo como odontólogo general es muy esforzado y genera un gran desgaste físico y psíquico.
A lo largo de estos años debo decir que esta especialidad es FANTÁSTICA, creo que la mejor. Da una gran satisfacción por los extraordinarios logros estéticos, o sea, los pacientes están contentos y yo también.
Duele poquísimo y a algunos nada, según me manifiestan mis pobres víctimas. Cuando molesta están en su casa y al volver al mes siguiente ya ni se acuerdan. El primer mes después de la colocación del aparato te ametrallan a preguntas, suposiciones e hipótesis estrafalarias...al darse cuenta del poco eco que tales requerimientos provocan en mí, aprenden a preguntar cosas lógicas de vez en cuando. Porque, además, todo se les da por escrito en un folleto muy detallado, aunque son contados los que se acuerdan de leerlo.
Esta especialidad carece de urgencias e infecciones...por lo tanto, no es necesario medicar. Algunos se automedican los primeros días, aunque yo no lo recomiendo. Porque la molestia es perfectamente soportable y para que no abusen de los medicamentos, cosa que muchos hacen a diario.
Mis queridos niños y jóvenes aumentan la autoestima de manera ostensible.
La incidencia de caries baja dramáticamente, tanto por la mejor alineación como por la insoportable insistencia con la que mes a mes, durante 2 ó 3 años, los incordio con la correcta higiene; porque son unos cochinillos, todo hay que decirlo.
Tengo maravillosos recuerdos de muchos pacientes a los que ni reconocería si los viera por la calle.
Los he visto crecer, ponerse piercings (cosa que prohíbo pero que ni puñetero caso me hacen), dejarse flequillos debajo de los cuales están ellos, hacerse tatuajes y otras espantosas costumbres que me hacen reír mucho, porque ¿de qué me serviría enfadarme?. Algunos ya vienen a los controles postoperatorios con sus novias/os en vez de con sus omnipresentes madres, con muchas de las cuales hablamos como si fuéramos familia. A veces toca hacer de psicólogo y no de dentista.
Haciendo un balance de los beneficios de la ortodoncia sin duda me inclino por los extraordinarios logros de la ya mencionada higiene oral, ventaja que ni por asomo logran los que no están asediados por los controles mensuales. O sea, que la mejor profilaxis termina siendo la ortodoncia.
Hay un porcentaje ínfimo de pacientes, tanto adultos como niños, que se resisten sistemáticamente a los consejos de cepillado y son los que más llaman mi atención. Esas personas tienen, sin duda, algún tipo de neurosis o bloqueo mental y lo afirmo sin temor a equivocarme, porque su resistencia no es normal. A esos casos se los da por perdidos ya que no se puede obligar a nadie de manera infinita.
Otra neurosis que veo de vez en cuando es el afán exagerado de logros en la estética que, además, no depende enteramente de los dientes, sino de las encías, de la línea de la sonrisa y de las características esqueletales. Algunas damas jóvenes (aunque a veces ellos también), entran como callos y quieren salir como rosas. Imposible. El cuento del patito feo sólo para los cisnes.
Y otras veces son algunas madres las neuróticas que quieren ponerle aparatos a sus hijos a toda costa, aunque yo lo contraindique por variados motivos. El más común es que hay pacientes que, aunque estén preparados clínicamente, no lo están psicológicamente y no van a cooperar. Problemas en puerta. Mejor esperar y/o motivar.
Claro que no cualquiera se enfrenta desarmado a una madre andaluza hiperconvencida y dueña de la verdad.
El conocimiento de esta profesión incluye un gran conocimiento social, dominio de los códigos, del lenguaje corporal y de la adquisición de empatía que lleva muchos más años que la profesión misma. Eso no lo enseñan ni en la facultad de odontología ni en ningún master, porque cada ciudad o comunidad autónoma tiene características diferenciadoras. No es lo mismo trabajar en una gran ciudad que en un pueblo chico, por ejemplo. No es lo mismo una ciudad gallega que una vasca. No es lo mismo una pueblo castellano que uno catalán. Y hablamos del mismo país, (no soy separatista). A mí me costó muchísimo aprender el trato con pacientes locales viniendo de Buenos Aires. Allí si que había un abismo.
Y conozco algunos extranjeros que nunca aprendieron por muchos años que lleven aquí. La adaptación requiere componentes emocionales muy concretos.
Para mí es muy importante, también, el equipo que acompaña. Los compañeros de trabajo son, en general, muy buenos y muchas veces terminamos en amistad, aunque la amistad en estas latitudes sea completamente diferente a lo que en Argentina entendemos por amistad. Eso también lo aprendí. Claro que yo, con mi todoterreno enfermera, secretaria, jefa de compras y chófer llevo una ventaja incuestionable. Dejemos de lado que es mi hija y que, a veces estamos a punto de homicidio mutuo, lo cual es habitual entre padres e hijos que tienen la desafortunda circunstancia de trabajar juntos.
Es broma.
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