CLAUDIO LUIS ROMÁN, fue secuestrado y llevado al campo de concentración La Perla, luego asesinado en un enfrentamiento fraguado. Era alumno de la Escuela Superior de Comercio Manuel Belgrano. Es una de las víctimas del juicio que comenzará mañana en Córdoba.
“El encargado de la morgue del Córdoba, ante la desesperación de Román y de su cuñado, los dejó ingresar para ver si encontraban a Claudio.
El espectáculo era horroroso. Fue un golpe muy duro para el papá y el tío de Claudio. No estaban preparados para semejante espanto.
Los cadáveres amontonados como si fueran bolsas de basura sobre camillas improvisadas. La mayoría, muy jóvenes; se veían los cabellos largos de algunas chicas. Había cuerpos hasta en el suelo, en posiciones forzadas que demostraban que no habían sido tocados luego de que fueran tirados como desperdicios en la sala fría, lúgubre, oscura.
El papá de Claudio caminaba despacio, detrás de su cuñado. Cuando se chocaron con esas imágenes, creyeron que eran tragados por otro mundo.
Román se descompuso, quedó tirado en el piso, inerme, desolado, con las manos tapándose la cara. El encargado de la morgue, a pesar de los riesgos que corría, se interesó en ayudarlos para encontrar a Claudio.
–Es probable que esté acá. Pero con todos los milicos que hay no voy a poder hacer mucho.
–Por favor, llevamos horas buscando a mi sobrino.
–Hay una lista y me parece que por las características que usted describe puede ser el 817.
–¿Usted sabe dónde trabajo?
–Sí, me dijeron que sos de La Voz del Interior.
Forastelli pensó que si se sabía que era personal de un medio de prensa tendría las puertas abiertas.
Nunca imaginó que la vida lo enfrentaría de esa manera con la muerte. A medida que avanzaba por la fría sala, iba observando los cuerpos desnudos con agujeros de bala y marcas de tortura.
Primero, le mostraron un joven que tendría unos 23 años, era ingeniero, tenía la chapita número 817.
–No, ese no es mi sobrino. Claudio es más rubio, grandote...
El encargado llamó a otros dos empleados para consultarles.
En mi vida he visto esto, ni en películas. Ocho, diez cuerpos, apilados en forma de pirámide... ¿Puede ser que estés entre ellos? Eras como mi hijo, Claudio. ¡Cómo puede ser! Esto es un infierno, falta el diablo. No, no, el diablo está. Está allá, en el Tercer Cuerpo.
En la desesperación por encontrar a Claudio, su tío ayudaba a los empleados a correr los cadáveres apilados.
–Creo que es éste.
–Si es éste, se han equivocado al colocarle la chapita. Sacale la chapita al ingeniero y ponele el número que le corresponde. Román es el 817. Siendo el encargado, me estoy arriesgando, aquí me pueden hacer boleta a mí también.
Forastelli necesitó llamar a su cuñado; creía que era Claudio pero con las horribles marcas de tortura que prácticamente lo habían destrozado le costaba reconocerlo.
Tenía un lunar en la pierna y esa fue la señal inequívoca de que era él. Apenas 16 años. Cómo puede ser, Claudio, que hayas terminado así. Cómo habrás sufrido.
Tenía el cuerpo con quemaduras de picana eléctrica. Agujeros de balas en el vientre. En la cara, golpes. ¿Qué te han hecho, Claudio querido? Apenas 16 años.
Cuando el papá se acercó para reconocerlo, empalideció y sintió que se desmayaría. Su hijo mayor, aquel del primer día de clase con guardapolvo blanco; el de la foto con cara sonriente, con un cuaderno abierto y un lápiz en la mano, mirando a la cámara sonriente; aquel pequeño de flequillo sobre la frente con toda la vida por delante. Vas a ver, papá, que conseguiremos que todos puedan trabajar, estudiar, comer y vivir con dignidad. ¡Lo vamos a lograr, viejo! El sueño de un mundo nuevo, distinto, destrozado, tanto como el cuerpo de ese hijo que había sido la esperanza, la alegría y que ahora se lo tenía que llevar a velarlo.”
(Del libro "La vida por delante", A.M.)
Ana Mariani gracias!

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