RECUERDOS DE JUAN GARCÍA LARRONDO
martes, 21 de noviembre de 2023
EL BARREÑO DE ZINC
miércoles, 11 de octubre de 2023
BUENOS AIRES-MADRID
Supongo que un síntoma de envejecimiento (o madurez, para ser más benévolos) es que a una los recuerdos la tomen así, por asalto, cargados de sentimentalidad. Me explico: este vuelo de septiembre de 2023, desde Buenos Aires a Madrid, me ha evocado de manera sorpresiva y perentoria a otro vuelo. Un remoto viaje de un martes 13 de septiembre de 1988, con mis tres pequeños hijos. Siempre septiembre.
Emigrábamos, lo cual no es un dato menor, o sea, no íbamos de vacaciones.
Esos pequeñajos de 15, 13 y 11 años de edad jamás habían hecho un viaje tan largo y lleno de incertidumbres. Muchas cosas han pasado desde entonces. Pero volvamos a este particular revival mientras los demás pasajeros duermen sumergidos en sus propias historias. Los tres niños habían sido arrancados de sus rutinas escolares, de su barrio y de sus amigos. Y naturalmente sin consultarles aunque explicaciones hubo muchas. Lo pienso ahora y siento que un estilete me atraviesa el alma.
Es evidente que las grandes decisiones requieren bajas dosis de escrúpulos y altas dosis de temeridad. Y yo, siendo todavía joven, las tenía. También tenía esa brújula interior para poder concentrar mis energías en un objetivo central y no dispersarme. Si no, no hubiera hecho nada.
Mi querido país que tanto me había dado parecía una montaña rusa y nunca me gustaron las montañas rusas. El rodrigazo, los desaparecidos, las dictaduras militares, la inflación, el fracaso del plan Austral me habían decepcionado de mi querido país. No era, a todas luces, un amor eterno, de esos del tipo "hasta que la muerte nos separe". Luego vino la hiperinflación, el corralito, etc., pero yo ya estaba fuera.
El desapego es otro de los requisitos indispensables para poder emprender un viaje sólo de ida. Emigrar no es para todo el mundo.
Las circunstancias políticas y económicas impulsaron mi decisión. Por eso me sorprende que ahora, año 2023, el recordar a mis niños en aquél avión casi me hace lagrimear de pena. Por ellos, no por mí. A mi me fue muy bien y a ellos... bueno... el desarraigo lo tuvieron que gestionar. Y lo hicieron bien.
Cuando una envejece la piel se adelgaza y las espinas enseguida la atraviesan: las vivencias propias y ajenas nos tocan hoy con enorme facilidad. Somos más vulnerables.
Ese chico de 15 años con grandes expectativas para su futuro, esa chica de 13 años con el corazón roto al tener que dejar a su primer amor y ese chico de 11 años que no alcanzaba a imaginar lo que era un viaje solo de ida por mucho que se le explicara, dormían a pata suelta en un bello y rojo amanecer español, ocupando varios asientos de un avión medio vacío. Y yo estoy ahora acá, en otro vuelo, recordándolos nítidamente, 40 años más tarde. Estamos los cuatro en una máquina del tiempo agridulce, esperanzada y arriesgada.
El que emigra jamás deja de preguntarse como hubieran sido sus vivencias si se hubiera quedado en su país de origen. Pregunta que, naturalmente, no tiene respuesta. Si ya es insondable para un adulto pasa a la categoría de misterio absoluto para 3 adolescentes que ahora ya son adultos y llevan su vida actual lo mejor que pueden, como todo el mundo.
Pero entonces, si al final todo salió relativamente bien, ¿por qué duele tanto? ¿Duele recordar el largo período de adaptación que vino luego? Las marchas y contramarchas para solventar burocracias, sistemas educativos, documentos y situaciones inéditas con un sistema desconocido siempre es complicado. Si habíamos salido de una montaña rusa ahora estábamos en un laberinto.
¿Se suma al dolor de haber dejado las padres atrás, que nunca se animaron a venir? ¿O duele porque en aquél momento a ellos les dolió y ahora, al evocarlo, me pongo en su lugar y me duele a mí? Estas remontadas en tiempo y espacio traen emociones nuevas de lo que fue y de lo que pudo haber sido. Lo pasado se revive en un presente distinto, con otra narrativa.
Eso. Simplemente duele ahora como no dolió en aquél momento porque los años agigantan la imaginación y profundizan en las experiencias propias y ajenas. Es otro calado: ya se fue la anestesia y la gran paradoja es que ahora a ellos no les duele ese pasado. O eso parece. Son jóvenes y están imbuidos en sus propias luchas con otras alegrías y otros dolores. Todo aparenta caminar a destiempo ¿no?
Perdonen el tópico pero hay que vivir toda una vida para volver a ser niño, cuando el lienzo está pleno de colores saturados. Luego, esa pintura siempre inacabada va sumando capas y capas de texturas y matices. Es historia. Lo llaman VIDA.
sábado, 25 de marzo de 2023
CALESITA
RECUERDOS DE MÓNICA BARDI
Estaba esperando a una persona en una esquina de mi pequeña ciudad y me apoyé en un poste de una señal de tráfico, inadvertidamente.
En ese momento todo cambió y mi entorno se iluminó con luces de otra época en un terreno baldío. Mi vaquero mutó a un vestidito de verano, bajé treinta kilos, mis dientes se proyectaron hacia delante en antiestética posición y una gran excitación se apoderó de mí al ver tan de cerca la ambicionada sortija. Mientras tanto, una calesita en la que estaba subida, revoleaba luces y colores en alocados círculos desparramando risas. Mi hermano Mario estaba en un cochecito rojo y azul, girando como loco el volantito. Inesperadamente, reviví ese delicioso momento cuando la felicidad está tan cerca que uno puede sentir su respiración. Un hombre humilde, mayor; que es quien decide a qué niño le acerca en cada vuelta la calabaza de madera (la bocha) con la sortija, para que pueda llevarse el premio gordo (una vuelta gratis), seguramente recordará lo que su propio corazón infantil vibraba al alcanzar el artilugio. Ese hombre ya está muerto pero su sonrisa flotante y su mirada amable quedó impresa en mi. Y a lo mejor, en muchos niños más. ¿Quiénes habrán sido los adultos de alma generosa e imaginativa que inventaron ese pasaporte al mágico mundo giratorio? El carrusel o tiovivo se inventó en el siglo XIX en Europa pero la idea de la sortija es un invento argentino inspirado en las carreras de sortijas de los gauchos. A decir verdad las sortijas andan a la búsqueda de niños anhelantes, por darle la vuelta a la cosa y viene a ser algo que le agrega a la calesita, lo que para cualquiera que la haya vivido, la razón de ser.
martes, 7 de febrero de 2023
¿UNOS MATES?
CELIA
El mate (...) "Es... besar estas tierras, correr de norte a sur, besar esas estrellas que son la cruz del sur" The arlequín.
Con el primer sorbo de mate, vuelo instantáneamente a la calle Callao, entre Bartolomé Mitre y Cangallo (hoy se llama Perón, creo) y charlo con mi amiga Celia Acevedo que no para de reírse. La mujer más linda del mundo. Su risa, esa risa que me desborda de calidez el cuore; sus pinturas, que me rodean por doquier cuando voy a su casa.
Pintura de Celia AcevedoTambién ha venido Osmar Villaflor que trabaja de cartero pero que no pierde la oportunidad de soltarnos un monólogo de Benedetti, ensayo actual de su amado teatro. Mientras, Maximiliano, el hijo de Celia saborea un helado y mira con curiosidad a un bebé que descansa relajadamente en una cuna azul reciclada que le queda enorme. Es Camilo, mi primer hijo que nació hace pocos días. En una pared, justo pegada al lado de la cuna, hay una cartulina gigante y amarilla llena de animalitos de colores que pinté para la ocasión y que atraen hipnóticamente la mirada del bebé porque por las noches mugen, berrean y cacarean.
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(...) "Tengo la costumbre de andar por los caminos mirando a derecha e izquierda, y de vez en cuando para atrás... y lo que veo a cada momento es aquéllo que nunca antes había visto". Fernando Pessoa.
Caminando por un carril de mi barrio gaditano escucho en una casa lejana el sonido característico de un partido de ping pong y las risas de los que juegan. Instantáneamente me transporto al club Lawn Tennis de Témperley donde el gordo Pería y Adolfo Hasenbalg le pegan con furia a la pelotita. Los hermanos Szeche (no sé si se escribe asi), Lía Carruthers, Erika Gargiulo, Graciela Capelli, los hermanos Seara, Tito Garona, Susana Lugones y otros tantos miramos el partido distraídamente. Vamos y venimos.
ERIKA
Nada puede superar el placer estético que me produce ese lugar en el mundo: un pequeño club de barrio. El color ladrillo de las canchas de tenis, los verdes de las ligustrinas y los turquesas de la pileta se mezclan en translúcidas aguadas de un lienzo imaginario. Club de juventud con olor veraniego.
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Una avioneta pasa ronroneando entre nubes indecisas en los cielos hispanos y en ese preciso momento me despierto en mi cama de Cangallo 274, en Témperley y miro por la ventana. Es un frío dia de invierno y mi papá está, como siempre, leyendo el diario en la cocina, subrayando y recortando artículos interesantes o fragmentos para no olvidar; de manera idéntica a como lo hago yo hoy en día.
MARIO ANÍBAL
Mi hermano Mario y su amigo Pipe Ruffa esperan con paciencia para armar un barrilete con la ayuda de papá. Mamá y sus blancos dientes de conejo charlan con una vecina. El perro Riquet, llamado así por el cuento de Antole France, está atento a todo haciéndose el dormido, siempre a los pies de mi papá.
FAMILIA BARDI
(...) "Dime por favor cuál es la noche, que no tiene el color de tu mirada; cuál es el sol, que tiene luz tan solo y no la sensación de que me llamas". Jorge Luis Borges.
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Al pasar al lado de un jazmín que me tira flores y perfumes como serpentinas de un loco carnaval, instantáneamente estoy en Espora 51, Témperley, subiendo la escalera de la casa de Pily Fernández con Sonia Samaniego, Stella Botti, Ana Nowacke y Horacio Lazzatti.
PILY
Esos peldaños desembocan en un amplio living a la izquierda y a la derecha a un patio soleado lleno de plantas. Allí no nos quedaremos. Claro que no; sino que subiremos otro tramo de escalera a la buhardilla a seguir con nuestras conspiraciones. Unas largas charlas vespertinas olvidadas en su contenido pero nunca en sus emociones, llenas de pertenencia a un selecto grupo de rebeldes sin causa. Mientras, las chicas esperamos entre suspiros secretos que aparezca Carlos, el hermano de Pily, el tipo más interesante y churro del mundo mundial.
STELLA MARIS
Me ha enviado Stellita una música de THE MAMAS AND THE PAPAS para que un recuerdo estalle en mi cabeza. Estamos en la calle 25 de Mayo y hay asalto en la casa de la familia Botti.
SILVIA
Chicos con pantalones patas de elefante y chicas con minifalda que transpiran "bailando con lobos", aunque estos son lobitos amigos, no como las tóxicas manadas testosterónicas de hoy en día. Están los mellizos Muñoa, los hermanos Page, Jaime Palacios, Carlitos Frieiro, Silvia y Susie Ferramola y otro montón de sombras queridas que se van perdiendo, se van esfumando. Y mientras se evaporan no dejan de bailar como fantasmas desencajados que algún día desaparecerán del todo. Por eso escribo esto: para que mis queridos fantasmas duren un poquito más, así, queridos e idealizados por las veladuras del tiempo.
(...) "Rabia de no haberme traído el pasado robado en la mochila" Fernando Pessoa.
viernes, 22 de julio de 2022
MES DE JULIO
Por Mónica Bardi
Mes de julio. ¿Invierno, verano? Todo es relativo y depende de la posición del observador. Mes de julio, juventud, colegio, universidad. Hemisferio sur: frío, lluvia, jazmines, dulce de leche, tango, La Plata, Temperley; Tina y Cachila, nuestras queridas perras. En julio es el cumpleaños de papá (18) y también de mi hermano Mario (24). Tiempo pasado impreso en viejas fotos desteñidas de vivencias que se van alejando irremediablemente. Papá, rebautizado el tordo odontologista (lunfardo casero), o Stradivarius (curvo, elegante y antiguo), flaco fumador hasta que una bronquitis con mucha bronca lo hizo dejar el pucho.
Papá, ese refugio seguro. Papón, para sus nietos. Carácter fuerte y rígidos principios. Cercano en la niñez, lejano en la adolescencia. Costó cortar el cordón, eso siempre es con dolor. Dolor por ambas partes, necesario para crecer.
Mario, hermano, Coco para la familia. Su inteligencia asombraba a sus compañeros de la facultad. Reproduzco acá las palabras exactas de un amigo que compartió muchos años de juventud y que, afortunadamente, sigue viviendo hasta la actualidad: "Mario era el tipo más audaz del grupo. Podía tomar riesgos y liderar acciones que otros, sin su liderazgo, no hubiésemos sido capaces de llevar a cabo. Era temerario e idealista, una combinación letal para esos tiempos". Y aquí intervino el azar: ¿ por qué desgraciada carambola le tocó vivir justo esa época de dictadura militar? A él y a tantos otros.
Siempre repito lo mismo: ¡Cómo te hubiera gustado la vida! Este mes cumplirías 73, hermanito. ¿Tendrías mucho pelo, ondeado y blanco? ¿O escaso y grisáceo? ¿Tendrías barriga o te mantendrías flaco y rugoso? ¿Seguirías con esa semisonrisa indecisa? ¿Dónde te hubiera gustado vivir? Siempre me estoy inventando vidas contigo, viajes contigo, broncas contigo. Mis hijos y tu hija ya superaron al galope la edad en la que te desaparecieron, aunque yo no supero tu ausencia ni ellos tu recuerdo. Me hiciste hija única, inesperadamente, pero el cordón umbilical fraterno nunca se cortó, porque en sueños hablamos. También hablo con Papón, papá. En el mundo de los sueños cualquier cosa puede pasar.
Mes de julio, ¿verano, invierno? Todo es relativo y depende de la posición del observador. Viento ardiente en el hemisferio norte, sol prepotente, uvas, incendios, paella, flamenco. Cambiamos el mate por el gazpacho. El inmenso Atlántico devora la playa con frenéticas olas de espuma refrescante. Mis animalitos campan a sus anchas en el jardín de Chiclana mientras yo riego y fabrico arcoiris con el agua de la manguera.
Mes de julio, Camilo, mi hijo mayor, cumple años. Cumplió 15 inviernos australes allá, en el sur americano y cumplió muchos más en el norte europeo y su verano hispano, cuando ya habíamos emigrado. Ahora peina canas y parece haber mejorado su carácter impulsivo. Sigue luchando por afianzar su situación en Dinamarca y seguro que lo va a lograr. Una flaca rubia es su compañera incondicional. Mes de julio, en nuestra familia, un mes de cumpleaños y conmemoraciones: un mes muy especial.
“Hay un dicho que es tan común como falso: El pasado, pasado está, creemos. Pero el pasado no pasa nunca, si hay algo que no pasa es el pasado, el pasado está siempre, somos memoria de nosotros mismos y de los demás, somos la memoria que tenemos”.
--José Saramago.
Portugal, 1922 - 2010
Premio Nobel de Literatura 1998
sábado, 19 de marzo de 2022
PASEOS
De muy pequeña recuerdo con fascinación el espejo de pie de la habitación de mi mamá en la casa de Témperley. Allí, al lado del ventanal que daba al jardín. Mi hermanito y yo reflejándonos haciendo morisquetas como dos payasitos. Y ella, mi mamá, una reina, con su vestido de raso de lunares, tan linda. "La vida de mi mamá no fue fácil" pienso ahora. "Ojalá hubiera sabido o podido apoyarla más, como sí hacía mi hermano Mario, más bueno, más comprensivo" sigo pensando. Los hijos casi siempre llegamos tarde para comprender a los padres... y de comprender a los hijos, mejor ni hablar. O sea, no hay salida, estamos siempre a destiempo. Pero evoco con ternura algo extraordinario que vivió mi mamá: estar enamorada de mi papá hasta el fin de sus días, con todas las movidas de una pareja un poco despareja en muchos sentidos, con los problemas de una larga convivencia y con los hijos que nunca dejan de crear preocupaciones y dolor, voluntarias o involuntarias, como la desaparición de mi hermano.
Cuando uno es chico, quiere crecer y cuando crece, se da cuenta de todo lo que quedó de la infancia guardado para siempre en la memoria del espejo, todo lo que no se dijo, todos los besos que no se dieron. En fin...
Dice Borges en un fragmento: ...Temí asimismo que el silencioso tiempo del espejo se desviara del curso cotidiano de las horas del hombre y hospedara en su vago confín imaginario seres y formas y colores nuevos...
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De mi vida universitaria recuerdo la primera vez que me asomé a la puerta de la facultad de Odontología, en la calle 44 de la ciudad de La Plata y la curiosidad cargada de optimismo que sentí vislumbrando esa nueva etapa. Los jóvenes preciosos también me aportaron un gran interés a la parte no estrictamente estudiantil ¿a qué negarlo? Eran unos pibes de rechupete.
La casa de La Plata de mi primo Beto, con mi tía Ada, su mamá, es otro hito en esa época. Beto estudiaba ingeniería, atendía la joyería de su padre ya fallecido y amaba incondicionalmente el teatro y, por eso, al final le dedicó su vida, con una trayectoria genial que hoy cosecha satisfecho.
Con ellos vivi un año cuando cursaba segundo de odontología. En esa casa no había maldad ni conflictos y se respiraba libertad y una profunda tolerancia. De eso se aprende mucho. Ese año en la facultad fue de una exigencia superlativa, aunque logré aprobarlo. Cuando volví a mi casa en Témperley estaba tan flaca que mi papá se asustó y me mandó directamente a la cama. Muchos días de verano pasé solo comiendo y durmiendo hasta que me recuperé.
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Años después, me veo con mi bebé Camilo en la calle Callao, entre Bartolomé Mitre y Cangallo, en pleno centro de Buenos Aires. El sentado en el bebesit y yo haciendo la comida. Los demás con los que vivíamos; Néstor Hidalgo, mi marido; Roberto Fitte y María Rosa, otro matrimonio con el que compartíamos piso, estaban en sus respectivos trabajos. Yo ya estaba en posesión del título pero con nula experiencia laboral y con un hijo pequeño que cuidar. También con nula experiencia maternal y sin familia cerca para enseñarme. Los primeros hijos son el experimento de las madres. Pobres y pequeños cobayos humanos en manos inexpertas. Mi gran amiga Celia Acevedo, la mujer más linda del mundo, pintora y escultora de las buenas, me vino a visitar creyendo que todavía no había dado a luz y cuando vio al bebé en su cuna, lanzó un grito de sorpresa seguido de risas de alegría. Lo recuerdo con una nitidez esplendorosa.
Osmar Villaflor, un habitué de nuestra casa, trabajaba de cartero pero profesaba un profundo amor al teatro (igual que mi primo Beto) vino una vez y me representó un monólogo de Bertolt Brecht que había aprendido. ¡Para mí sola! Tal fue el estado de hipnosis en que caí por la seducción del texto, que me tuvo que decir que ya había terminado su actuación para que yo aterrizara de nuevo al mundo real. Lo revivo y vuelvo a caer en ese trance fabuloso.
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Otra vuelta de tuerca y decido volver con mis hijos a Buenos Aires, a "un tango equilibrista", a Témperley. Las alegrías de esta nueva etapa se las debo a mi amada facultad de odontología porque, aunque yo había estudiado en La Plata, mi vida de postgrado fue en Buenos Aires. Al doctor Bozzini y su cátedra de fisiología en la que tanto aprendí. De esos tiempos de intenso estudio me quedaron tres colegas amigos entrañables hasta el día de hoy, con los cuales seguimos en contacto gracias a Internet: Beatriz Duffau, Virginia Descalzo y Juan Carlos Elverdin. En ese lugar también tuve la gran oportunidad de mi vida (allí conocí a los médicos españoles que luego me brindaron la posibilidad de tener un trabajo en España), algo con lo que soñaba desde chica: emigrar, volar en otros cielos, mirarme en otros ojos, palpar otras realidades; en fin, cortar un cordón umbilical que pesaba como un ancla. El sube y baja de los eternos problemas de inestabilidad de mi país, la desaparición de tantas personas, los golpes militares, Malvinas, el fracaso del plan Austral, etc, etc...pero sobretodo mi inevitable alma viajera y exploratoria.
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La luna de miel con España y su insignificante inflación, el habla de Andalucía, los bares llenos de humo por doquier, la calidez y sencillez de la gente, todos hablando y riendo a la vez, la seguridad de sus calles, la estabilidad, los proyectos de futuro. Eso me tuvo abducida muchísimo tiempo. Un nuevo horizonte se abría ante mi. Todo era diferente y novedoso. Todo era descubrimiento, risas y sorpresas: un aprendizaje nuevo cada día. Me hacía acordar al tango: "...subite a mi ilusión supersport". Me costó mucho entender sus códigos, tan diferentes a los de una porteña que había vivido 40 años en entornos argentinos. Me ayudaba mucho ser argentina (los gaditanos mayores siempre se acuerdan de los barcos cargados de carne y cereales que llegaban al puerto mandados por Perón), estar bien dispuesta y llena de optimismo, obstinadamente ciega a la carga burocrática que me había caído encima. Los dichosos "papeles", la anhelada legalidad, para mí y para mis hijos. Sobre todo Camilo, el mayor, que se acercaba peligrosamente a la mayoría de edad y se me escapaba la posibilidad de la reagrupación familiar prevista en la ley de extranjería. Riesgo, intuición, cambio, leyes, nuevos vecinos, algo de temeridad, tiempos de zozobra, adrenalina. Mis hijos y yo éramos peces de agua dulce tratando de aclimatarnos al agua salada. Adaptación rápida frente a situaciones nuevas ¿Qué otra cosa es la vida?
Y ahora, muchos tiempo después, ya con un montón de años encima y muchas tareas cumplidas tengo la oportunidad de entender la archirrepetida y remanida frase del "placer de las pequeñas cosas", que se dice y se repite pero no se comprende hasta que no se vive. El perfume alado de los azahares, la primavera que estamos a punto de capturar, los campos amarillos puntillistas empachados de flores diminutas, las nubes huyendo alarmadas a otras latitudes. En uno de esos días soleados, paseando por ahí al azar y muy distraída, divisé a una variopinta familia con hijos y perros, correteando y riéndose, y de sólo verlos por un instante rocé la felicidad, un momento Satori, como dicen los japoneses. Nadie nos bombardeaba.
El castillo de Sancti Petri (antiguamente Hércules-Melkart y que, según dice la leyenda, fue fundado en el siglo XII antes de Cristo, en tiempos de la guerra de Troya), con su típica piedra ostionera, en la costa de Chiclana de la Frontera puede conmigo: no hay vez que no lo vea que no me invada ese misterioso halo de fascinación con sus dioses y su historia: es como si me susurrara desde su alma metida en las aguas del Atlántico. Hace milenios pertenecía a la isla de Kotinoussa, que se extendía hasta la ciudad de Cádiz. La actual torre es más moderna y fue construida por orden de Felipe II (siglo XVI), como parte de una serie de puntos de avistamiento para la temida llegada de los piratas berberiscos. Verlo de lejos con la caída del sol me emociona de una manera inexplicable. Como si su pasado me atravesara. Debo haber estado allí en otra vida, entre tirios y troyanos. ¡Seguro!
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Podemos pasear tranquilamente mientras en otros lugares la gente vive guerras, huye, sufre y muere. Pero no solo ahora. Siempre. Todas las víctimas son iguales pero unas son más iguales que otras. (Juez Calatayud dixit) Aunque en este momento de la historia y en este lugar del mundo no nos toca (de momento) beber de esa copa amarga. Me siento agradecida y lo digo sin culpas. El sufrimiento y el placer son algo inherentes al Sapiens, ya sea matándose o ayudándose entre si, compitiendo salvajemente o cooperando fraternalmente. Pensar nuestra humanidad llena de crueldad y bondad metida irremediablemente en los genes y toda entremezclada, me permite ver la realidad con más calma, científicamente, aceptando mejor lo que pasa, aunque con tintes amargos. Me consuelo aplicando el viejo adagio local cuando habla de lo irremediable: "esto es lo que hay".
FIN DEL CUENTO
jueves, 3 de febrero de 2022
HERMANO
Las ventanillas traseras. MÓNICA BARDI
Creo que era cerca del mediodía... no me acuerdo. Y ya no queda nadie a quien preguntarle: todos murieron, menos mi sobrina Selva, que era un bebé en aquel momento y yo. Se fueron en un taxi hasta el aeropuerto. Las 3 caritas nos miraban desde las ventanillas de atrás. Saludábamos agitando las manos sin demasiada convicción: era triste la situación. La hija de mi hermano Mario y de su mujer, Claudia, era una pequeña con nombre salvaje, Selva María y habían venido los tres a pasar unas vacaciones a mi casa de Villa La Angostura, en la provincia del Neuquén. Allí, en ese paisaje imposible de pinos, montañas y lagos, vivíamos con mi marido e hijos. Pero a los pocos días Selvita enfermó y, a pesar de que había en el pueblo un hospitalito, ellos se sintieron más seguros con la opinión de su pediatra en Buenos Aires y decidieron volverse. Al final solo fue una eruptiva, menos mal.
Unos meses más tarde, mis padres vinieron a pasar unas vacaciones a ese mismo lugar, a relajarse y disfrutar. Cuando estábamos en lo mejor llegó un telegrama de mi cuñada Claudia, avisando que Mario estaba enfermo y que su vida corría peligro. Ante tal emergencia se fueron volando para Buenos Aires. Poco después supimos que, en realidad, lo habían secuestrado los parapoliciales y se lo habían llevado a la rastra. Estaba con el ambo de guardia (era médico) en la puerta de una clínica y un compañero del colegio que, casualmente, pasaba en un autobús, lo reconoció desde lejos y fue testigo de aquél brutal acto de violencia, como años después testificó.
Recuerdo, como si fuera hoy, las caritas de pena de mis padres en la ventanilla de atrás del taxi que los trasladaba al aeropuerto. Muchísimos años pasaron y, más que nunca, cuando uno se acerca a la puerta de salida de la vida, esos recuerdos lacerantes que no se pueden compartir más que con un blog, duelen más que si hubieran ocurrido ayer.
Dicen que los años atemperan la pena de una pérdida, que el dolor se supera y queda el recuerdo. Pero ¿y si fuera al revés? ¿Y si los años nos abrieran ventanas sensibles que, siendo jóvenes, teníamos obturadas por las prisas, los hijos, el trabajo y las obligaciones? ¿Y si el tiempo nos ha remodelado la forma de mirar? ¿Y si la muerte de jóvenes cercanos nos ha tocado alguna fibra dormida? Todos hemos oído hablar de grandes políticos muy belicistas que se transforman en impulsores de procesos de paz, siendo mayores. Todos hemos visto aumentar la sensibilidad hacia los animales o personas desvalidas con el paso de los años. ¿Y si el verdadero valor de la vida se apreciara en toda su magnitud cuando el periscopio mira desde lejos?
Recreo involuntariamente las escenas de las ventanillas traseras y un estilete de hielo me atraviesa de lado a lado. No puedo evitar imaginar la escena del secuestro de mi hermano una y otra vez, como si fuera un martillo: oigo gritos, veo patadas, un auto con las puertas abiertas, la voz de mi hermano, aullando: "¡No, no, no, soltame, hijo de puta!" Imagino músculos y tendones, sangre, corazones latiendo enloquecidos, ojos inyectados de odio... ¿para que seguir? Y luego... luego, nada. La nada. Un rato después la gente sigue con su vida tranquilamente. ¿Qué otra cosa pueden hacer?
Reitero la pregunta: ¿Y si muchas otras cosas fueran al revés? ¿Si fuera el Reino del Revés, como cantó María Elena Walsh? Recordemos un fragmento de una canción: "Me dijeron que en el Reino del Revés nadie baila con los pies, que un ladrón es vigilante y otro es juez y que dos y dos son tres".
Y por fin me doy cuenta: las ventanillas traseras son una mirada al pasado, una mirada distinta, una mirada del revés, "donde nadie baila con los pies".
sábado, 4 de septiembre de 2021
MOMENTOS DE FELICIDAD
Escrito por Mónica Bardi
Basándome en esta estimulante frase y teniendo en cuenta que vivo circunstancias agridulces en esta etapa de mi vida, me decido a hacer algún rescate aleatorio de momentos en los que me tocó esa esquiva y fugaz varita mágica que solemos llamar felicidad. Palabra a todas luces excesiva, pero a la cual no podemos negar existencia real e instantánea.sábado, 16 de enero de 2021
ROSEBUD
OSVALDO SORIANO.
La memoria lo agiganta todo. A mí me parecía que mi casa de Cipolletti era tan enorme que ocupaba una manzana pero al regresar, treinta y tres años después, encontré que no lo era tanto. Todo a su alrededor había cambiado, pero mi Rosebud seguía ahí. Es un peral añoso, de tronco bajo, al que me subía las tardes en que me sentía triste. Mi madre me buscaba por toda la casa, salía a llamarme al patio y aunque yo pudiera sentir su aliento ella no podía verme.
Tendría once o doce años y andaba mal en el colegio.
Me habían cambiado tantas veces de pueblo que no tenía amigos ni tierra que pudiera sentir como propios. Nací a pocos pasos del mar pero mis primeros recuerdos son de San Luis y los desiertos puntanos. Allí mi padre era empleado de Obras Sanitarias, llevaba sombrero y montaba una recia bicicleta de industria nacional. De ese tiempo sobreviven airosos un limonero en el jardín y mi novia de la infancia.
Creo que no usábamos esa palabra de lazos comprometedores: se llamaba Marta y ahora suele escribirme desde Bahía Blanca para reprocharme mis recuerdos desencontrados. Era la hija mayor de una boticaria que me curó una verruga en el pie y tenía una hermana de nombre Mirta. Los tres nos trepábamos a una montaña de troncos abatidos que quizá no era tan grande como la recuerdo ahora. En la vereda de enfrente jugaba con un chico de nombre Eduardo Belgrano Rawson, que años más tarde iba a escribir varios libros deliciosos.
Un día, bruscamente, me arrancaron de allí y me llevaron a Río Cuarto, de donde sólo tengo recuerdos de pelota en un baldío y un flash imborrable: atrás de una casa demolida hay un pozo ciego desbordado de globos tan enormes que parecen fantasmas. Alguien murmuró que eran preservativos viejos, inflados por algún efecto del encierro y los gases y ésa fue la primera vez que escuché hablar de ellos.
Muchos años más tarde, temblando de miedo, me animé a comprar uno en Cipolletti pero mi madre me lo descubrió enseguida en un bolsillo del flamante pantalón largo.
Mi padre me llamó a su escritorio con un tono solemne, cerró la puerta, y me dio un sermón sobre las maneras de ser hombre. Me acuerdo del bochorno como si lo estuviese viviendo ahora. Yo sentado al borde de la silla y mi viejo al otro lado del escritorio llamándome "pelotudo" en el tiempo en que esa palabra tenía algún significado.
No me reprochaba el preservativo sino el descuido. Menos mal que afuera estaba mi Rosebud y allí fui a refugiarme, entre las hojas de ese árbol que me elevaba por encima del mundo. Creo haber escrito que recordamos la infancia como el lugar de la felicidad, pero creo que eso no es verdad para mí.
Yo nunca era del lugar donde vivía y eso se parecía mucho a no ser de ninguna parte. En el colegio de Río Cuarto me llamaban "puntano" por el acento que traía de San Luis; después, en Cipolletti, los chicos me decían "el cordobés". Ya grande, recién llegado a Buenos Aires, Osiris Troiani, uno de los jefes de Primera Plana, me gritaba de una punta a la otra de la redacción: " Apúrese, tandilense, que me está enterrando el cierre".
He vivido en tantos lugares y tan distintos que me cuesta elegir uno en el momento de responder de dónde soy. Creo que uno es del lugar donde lo quieren. Después de muchos años en Europa volví a mi Mar del Plata natal. Tan mal la conocía que tuve que abordar a un cartero para preguntarle cómo se hacía para llegar al bosque. Nadie me aceptaría puntano en San Luis ni cordobés en Río Cuarto ni riojano en Chilecito, y no hay nadie en Tandil que me confunda con uno de los suyos.
En Cipolletti sí se acordaban de mí. Por aquella historia del penal más largo del mundo y por las correrías de mi padre que dejaron huellas en los parajes. Al volver a mi casa de la infancia me dejaron entrar sin preguntar nada y sin saber quién era. Reconocí la puerta desde donde me llamaba mi madre, el rincón en el que se murió mi perro y el lugar de la calle donde me atropello un coche.
Ese era mi jardín y ahí estaba mi Rosebud cualunque, erguido entre otros árboles. Si hubiera estado solo me habría subido de nuevo por aquellas ramas. Al rato salió un hombre: "Yo viví acá hace mucho tiempo", le dije, y me hizo pasar. Ahí estaban otra vez el escritorio donde mi padre me trató de pelotudo y la pieza en la que me masturbaba con un ejemplar deshojado de "Las memorias de una princesa rusa".
No eran tan grandes como los guardaba mi memoria, pero aparte de los muebles nada había cambiado. Pensé en otras partidas y regresos. En el inolvidable personaje de Winesburg, Ohio, de Sherwood Anderson, cuando al final decide emprender la marcha: "Bueno, hasta ahora no me he movido de Winesburg, eso es; todavía no he salido de aquí; pero ya voy haciéndome mayor. He leído muchos libros y he pensado mucho.
Voy a intentar ser algo en la vida". También se me cruzó por la cabeza el relato de Peter Weiss; el momento en que vuelve del exilio a una Alemania que nunca más será la suya. Tuve de nuevo la imagen de Robert Mitchum que rodea una cabaña abandonada en una película de Nicholas Ray; de pronto ve un hueco entre las maderas del suelo y con el corazón agitado se tira de bruces y mete una mano. Parece tocar algo y su mirada vuelve al galope a un día que sólo existe para él. Ahí está su oso de pana con los ojos intactos; ahí está el chico que nunca se fue.
Todos tenemos nuestro Rosebud personal y nos llevamos el secreto a la tumba. El trineo (N. del E.: Rosebud) de Charles Foster Kane, en El ciudadano, no es la verdad de su vida, pero sí aquello que para él había sido el origen de la verdad.
Lo que siempre pasará inadvertido para cualquier otro. Al elegir un árbol para evocar mi infancia estoy mintiéndoles a los demás, pero detrás de esa mentira hay un hilo secreto que me conduce hacia mi propio Aleph. Podemos borrar o confundir las huellas de una vida, pero las llevamos a cuestas. En éso pensaba más de treinta años después en Cipolletti, al caminar sobre mis propios rastros en el jardín.
Ha pasado tanto tiempo que al otro lado del río, en Neuquén, el señor Perticone, que era el director de mi escuela industrial, se ha convertido en el nombre de una calle. A dos pasos, cruzando la ruta, se encuentra una zona respetable que en mi tiempo se llamaba Barrio Gris.
Ahí nos llevaba el Flaco Martínez que era el profesor de física. Pagábamos treinta pesos de entonces para creernos hombres en una covacha alumbrada a candil. Hacíamos tiempo en una sala de espera hasta que la puerta se entornaba y Madame Geneviéve despedía al cliente con un beso en la mejilla. Entonces pasaba el siguiente y si quería sacarle el corpiño tenía que pagar diez pesos más. Al llegar al aeropuerto de Neuquén se me acercó un tipo que dijo haberme marcado muy fuerte en un partido de fútbol que escribí pero que nunca existió. Es dura de borrar la palabra escrita.
¿Soy yo aquel chico o es mi imaginación quien lo ha creado a imagen y semejanza de mis deseos? ¿Quién soy en aquel que fui a orillas del Limay? ¿Seré los ojos de mi madre y la desazón de mi padre? Poco importa: el árbol sigue dando peras y por la ventana de mi pieza todavía entra el sol. Mi padre solía contarme de una curtiembre en Campana y tal vez ahí, en ese lugar al que nunca fui, esté el Rosebud del que no me habló. Un trompo olvidado en un sótano o unas pocas bolitas todas cascadas.
Hubo un tiempo en que las fotos fijaban un instante de nuestra dicha. Luego las cintas de video multiplicaron la banalidad. Igual las miramos con nostalgia, como si pudieran revelarnos un secreto que nos ayude a sobrellevar lo que falta del viaje. Un día, al volver sobre nuestros pasos, encontramos el árbol que la memoria había agigantado. Por un instante sentimos el sobresalto de una revelación. Hasta que descubrimos que lo que cuenta no es el árbol, sino lo que hemos hecho de él. Ese es nuestro Rosebud.
OSVALDO SORIANO 🇦🇷 (1943-1997)
sábado, 14 de noviembre de 2020
FAMILIAS y ALGORITMOS
Cuando una barre con el rastrillo las hojas secas de un albaricoque en otoño, concurren pensamientos inesperados que acompañan el ritmo monótono de lo que se arrastra. Las neuronas recorren pistas remotas que, aparentemente, no vienen a cuento. Son asociaciones de ideas aleatorias. Metáforas a punta pala: arraste de hojas...arrastre de hechos pasados...arrastre...arrastre, una queda para el arrastre; así quedé yo después del parto, con esa sutura de una episiotomía en el hospital Penna de Buenos Aires, a raíz del nacimiento de mi primer hijo, donde, por única vez en mi vida experimenté el paso de la aguja y el hilo suturando mis carnes sin sentir dolor. Algo había separado el dolor del sufrimiento. Allí no hubo arrastre, sino sorpresa. ¿Sería la felicidad por el hijo deseado; ese escurridizo y remanido estado interior que ha llenado páginas y más páginas de la literatura universal? A todo esto, ¿existe la felicidad? Y qué sé yo. Ya me conformo con vivir tranquila. Acá intercalo un párrafo de Jorge Luis Borges sobre este tema: "Tampoco jugaré a ser feliz, porque lo soy a ratos perdidos. Pero a veces, caminando por la calle, siento una racha de felicidad, y trato de no indagar por la razón; porque si lo hago comprobaré con harta felicidad que me sobran motivos de desventura" (Borges).
Las hojas amarillas sonríen al paso del rastrillo, ya no tienen clorofila ni nada importante que hacer. Han sido separadas de la rama pero todavía viven aunque no padecen. (Como mi episiotomía) Se dejan llevar...eso es una vida serena, como mi vejez tranquila. ¡Qué diferencia con las urgencias de la juventud!
Hablando de juventud, Bartolo, el joven gato de mis vecinos, se trepó torpemente al árbol y, tratando de no caerse, sacudió las ramas, que mansamente dejaron caer hojas viejitas sobre mi cabeza y me brindó involuntariamente, una chispa de felicidad y de risa.
De padres neuróticos suelen salir hijos neuróticos. Y así, en el maremágnum de los vértigos emocionales, nacieron y crecieron mis 3 hijos. Los pobres ni se imaginaban donde habían caído. Porque los hijos no nos eligen, simplemente nacen y se tienen que aguantar con lo que hay. Igual que nosotros con nuestros padres y así hasta el origen de la primera ameba. Pero la neurosis no tiene nada que ver con la dureza o blandura del corazón, con los sentimientos hacia los demás, con la empatía (palabra de moda poco aplicada en la práctica). Cada uno de nosotros, en esta familia, tiene una madera esencial y primaria y cada uno de nosotros fue arrojado al mundo que nos tocó, sin contemplaciones. Con esos elementos, nuestro entorno y con esa madera, nuestra genética; nos miramos las manos y, siempre pero siempre, tomamos decisiones con lo que tenemos en estas manos. Tenemos el imperativo categórico que podemos (Kant). No mucho más. Improvisamos. Hablando de improvisaciones, estoy podando un rosal. Improvisando: cortando ramas llevada por el instinto y con cuidado de no pincharme, aunque muchas veces me pincho igual. Eso pasa con las familias también: nos pinchamos, nos decimos cosas dolorosas sin medir las consecuencias y a la vuelta de los años nos hemos podado mal, dejando cicatrices que duelen más que las propias heridas y que han terminado por crear auténticos cañadones. Si todo se redujera a podar un rosal... en fin.
Uno es un DASEIN, según Martín Heidegger, un humano con un escenario ya montado donde los personajes, la historia que nos antecede, la educación, la política y mucho más, condicionan nuestro futuro y delinean nuestra personalidad. Mi hijo mayor Camilo hizo cosas, con las posibilidades de que disponía, que siempre le agradeceré, pero hay una que destaca con luz propia: él solito tuvo que cortar (podar) el cordón umbilical conmigo porque yo no podía. Simplemente no podía. Y eso sí que es enfermizo. Me recuerda a mi tenaz enredadera, que lo invade todo con su amoroso verde y sus patitas adherentes: un apego demasiado pegote. Mi hijo logró deconstruirse (como dicen ahora) y de a poco, reconstruirse en otro país partiendo de cero. Años más tarde pudo darle trabajo en el cámping de Dinamarca a su ex y a su hijo y, aunque después las cosas terminaron como el rosario de la aurora (porque trabajar con la familia es muy complicado), acá estamos para rescatar lo positivo, coser y no cortar y dejar atrás las lastimaduras para que, si es posible, se vayan curando con el paso de los siglos. Cuando los bordes de una herida se acercan y contactan nítida e íntimamente, (como en los tejidos bucales. Deformación profesional) es probable que lleguen a cicatrizar. OJALÁ.
Y hablando de heridas, es como cuando me muerde los pies mi ganso ampurdanés bautizado en la religión de los agnósticos Cuaco, que me sigue como un perrito y ha decidido quedarse a vivir con nosotros sin permiso; las lastimaduras que provoca son las de un animal salvaje. A lo mejor es una muestra de cariño y los dasein no sabemos interpretarlas. Eso no impide que lo saque a escobazos, obvio. Y al final, tampoco sabemos interpretar a los de nuestro propio idioma. Todo se ha vuelto cada vez más incomprensible, como los algoritmos.
Sigo hilando reflexiones mientras trabajo en mi jardín. Con la llegada del otoño, el césped ha sido tapizado por un manto de tréboles. Debajo está esa maraña dura y consistente del gramillón. Al igual que nosotros, que nos volvemos impenetrables. ¿Será como con el principito, que lo esencial es invisible a los ojos?
El viento de levante arrecia y las altísimas palmeras doblan sus troncos pero no se quiebran, aunque murmuren entre sí, protestando, porque se les arruina el peinado. Mi hija Cuyén, la segunda y la del medio, sostuvo ella solita, como una palmerita muy resultona, a mi empresa mientras yo transitaba mi particular calvario: una enfermedad autoinmune y como colofón una reabsorción de la cabeza del fémur con posterior prótesis de cadera. Durante un año ella se ocupó de todo mientras yo hacía lo que podía, trabajando a los trompicones, mientras me iba curando de a poco. Del cuerpo y del alma. Como si eso fuera poco, ella me puso en contacto con una familia muy buena que me alquiló la casa de La Rosaleda, en Chiclana, con lo cual me resolvió un problema y no sólo eso: poco tiempo después esa misma familia me la compró. Esa venta salvó mi siempre arriesgada economía de la crisis de la quiebra de Lehmans Brothers. Mi hija Cuyén es una chica decidida, como cuando era jovencita y se largó a Londres a explorar el mundo como una semilla que vuela grandes distancias para intentar fructificar en otros idiomas.
Hay en mi jardín árboles de hoja caduca y de hoja perenne. Los de hoja perenne están siempre presentes, en las buenas y en las malas. Así es mi hijo Alejo, que estuvo al lado de su padre en Argentina hasta su muerte, en los momentos más aciagos y terribles de una enfermedad terminal. Eso no lo hace cualquiera por un padre que estuvo ausente la mayor parte de su vida. Años antes, me acompañó durante mi recuperación de la cadera, aunque tuvo que venir de Londres, donde vivía en ese momento. De hecho, en la clínica dónde me operaron, en mi primera ducha después de la cirugía, me armó un camino con toallas hasta el baño para que no me resbalara con las muletas; eso fue para mí, un precioso recuerdo que atesoro y que nunca olvidaré. Allí comprobé que este chico tenía vocación de cuidador, de protector, como las copas de las higueras bien podadas, que son la sombrilla más perfecta para el prepotente sol del verano.
Y llegado el momento tuvo el valor de desapegarse él también e iniciar una nueva vida en Argentina, alejándose de cosas que le hacían daño, por ejemplo, una familia neurótica. Mis hijos saben volar con alas propias, sólo espero que sepan aterrizar cuando llegue el momento. Como se bastan a sí mismos, creo que todavía no aprendieron, que, en tiempos difíciles, más vale unirse que alejarse. Y no me refiero a la lejanía física. Pero ya lo descubrirán, como dice el Martín Fierro. La vida se encarga generalmente de eso.
Siempre que el granado de mi jardín está feliz con sus grandes frutos colgando, una no puede dejar de evocar un arbolito de navidad. Navidades hubo muchas pero yo no olvidaré con particular ternura una en la que, milagrosamente, estábamos todos. La reunión era en el piso mío de Cádiz y ya habíamos cenado. Cuyén bajó a comprar algo (alcohólico, seguro) y se encontró con 2 alemanes desconocidos, totalmente perdidos y que pululaban desorientados, buscando un hotel dónde quedarse. Hablaban un inglés perfecto. Ni lenta ni perezosa se los trajo a mi casa a cenar lo que había quedado. Charlamos hasta quedarnos sin saliva. Encantadores los dos.
A Alejo le pareció disparatado que trajera a dos desconocidos a una reunión íntima y familiar (siempre tan formalito) y por eso estuvo un tiempo con cara de malas pulgas, pero eso no le impidió relajarse luego y salir de copas con ellos hasta las tantas de la madrugada y conseguirles un hotel. Fue una Navidad muy divertida. Camilo se reía como nunca de la inesperada situación. Es un lindo recuerdo de cuando estábamos juntos. El factor imponderable apareció muchos años más tarde: el coronavirus. El mundo ya no volverá a ser igual. Está en manos de pocas personas y ahora nos gobiernan los algoritmos, que no están al alcance y al espíritu crítico de cualquiera, con lo cual, estamos en sus dudosas manos. Lo del libre albedrío démoslo por muerto y hagamos lo que podamos.
Sólo nos queda el amor, aquéllo que según Ignacio Martínez Mendizábal, el paleontólogo de la sierra de Atapuerca, empujó a la selección natural de nuestra especie. Sólo nos queda el amor. ¿De verdad habrá subsistido?
sábado, 30 de noviembre de 2019
MATAR AL OLVIDO.
Lejano en tu cercanía
Porque todos los días
Algo trae a remolque, vívidos recuerdos
Cuando hay lazos indestructibles.
Media vida nos une y
Es tan lindo andar de la mano
A semejante distancia.
Es tan dulce saber
Que en la otra parte del mundo
Alguien guarda imágenes de momentos compartidos.
Qué lindo suponer que una es especial
En algún sentido...
Genera ternura evocar que un océano
Nos uniría, después de tantos años,
Pareciendo que el cielo, el agua, las gaviotas y no Internet
Llevaran mensajes nuestros de ida y de vuelta para que no nos asalte el olvido.
sábado, 28 de febrero de 2015
NO ME OLVIDES
"Pero sí" dijo la otra, "claro que lo sé...viene de...se hace con....uy, ¡no me sale el nombre!"
"A mí tampoco"
"Bueno, no importa, es el retardo sináptico, la laguna mental o lo que coño sea...ya nos va a salir"
"Sí, en cuanto lo olvidemos vendrá automáticamente"
"Pasemos a otro tema"
Luego de superar el silencio incómodo de sentirse una tan, pero tan boluda de no acordarse de algo tan, pero tan cotidiano y que hemos usado tantas veces, seguimos con nuestra cháchara inconsistente, para variar.
Fuimos al museo de Picasso y allí admiramos, nos asombramos y comentamos lo que sería, para los contemporáneos de Pablo Picasso, tratar de entender por qué a ese hombre le había dado el ataque de
deformar arbitraria y caprichosamente los cuerpos de esas preciosas damas. Uno, con el ojo ya acostumbrado a la pintura no ajustada a lo estrictamente figurativo, no puede imaginar la impresión que causaría en esas personas.
Entre pinturas con nalgas y tetas mirando una al norte y otra a la cuarta dimensión estábamos cuando salieron a relucir en nuestros comentarios las maravillosas pinturas de los relojes blandos de...de....¡pero claro, por favor, ese pintor catalán más loco que un plumero!............en ese preciso momento grito de una manera totalmente espontánea:¡¡¡¡ALBAHACA!!!!!, como quien grita eureka al descubrir la penicilina.
Allí estaba la respuesta que, por lo menos una hora y media antes, estábamos buscando.
Y mientras nos reíamos y nos reíamos de una situación absurda seguíamos caminando en dirección al coche mirando y admirando la preciosa arquitectura y continuando nuestra cháchara inconsistente, salió de manera casual el intento de recordar, cómo no, el nombre completo de un cantante de tangos ya muerto, cuando brotó como de la nada el nombre de SALVADOR DALÍ, el de los relojes blandos.
Y así siguió nuestro precioso día, encadenando recuerdos, pero, eso sí, contando con el RETARDO SINÁPTICO, que es la manera científica y que induce a confusión, de denominar otra cosa.
Más elegante, ¿no?
GOYENECHE!!!!!!!!!!!!!!!























